Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

la danza de Anibal

Los gallegos y asturianos conservan, entre muchas de sus danzas y tonadas aborígenes, una salvaje y pírrica cabriola, que bailan con palos en las manos, igual que los bailes célticos, y que es la mismísima danza guerrera que Aníbal ejecutó en los solemnes funerales de Graco. Los pasos de esta contradanza son intrincados y belicosos, y requieren, como se decía de las representaciones ibéricas, mucha soltura de piernas, cosa en que los flacos, fibrosos y activos españoles son todavía notables. Estas son las danzas morris importadas de Galicia por nuestro John of Gaunt, que las creía moriscas (moorish). Aun las bailan los aldeanos con sus trajes domingueros y al son de las castañuelas, la gaita y el pandero. Generalmente están dirigidos por un maestro de ceremonias, o lo que es equivalente, un bufón vestido de colores, Μωρος, que puede ser la etimología de la palabra morris.

Estas comparsas de campesinos fueron las que se pagaron en Vitoria para que diesen la bienvenida a los hijos de Luis Felipe; son las mismas que a menudo hemos nosotros presenciado gratis y formadas por ocho hombres que tocaban las castañuelas al compás de un pífano y un tamboril, mientras que un bastonero, o director de la banda, vestido de colores charros, como un arlequín, dirigía la rústica danza; alrededor se agrupaban payesas y aldeanas vestidas con ajustados corpiños, pañuelos en la cabeza, el cabello colgando en trenzas y el cuello cubierto con cuentas azules y de coral; los hombres llevaban recogidos los largos rizos con pañuelos encarnados y bailaban en camisa, con las mangas arremangadas y sujetas con cintas de colores, que cruzaban por el pecho y la espalda, mezcladas con escapularios y pequeñas estampas de santos; llevaban calzones blancos, anchos como las bragas de los valencianos, y como éstos, iban calzados con alpargatas o sandalias de cáñamo sujetas a la pierna con cintas azules; las figuras de la danza eran muy intrincadas y consisten en círculos, vueltas y saltos, y a cada cambio se acompañan con gritos de ¡viva! Estas comparsas son indudablemente una reminiscencia de los originales espectáculos iberos, en los cuales, como en los espartanos y en los de los indios salvajes, siempre se conserva, aun en los recreos, el principio guerrero.

Los bailarines llevaban el compás chocando las espadas con los escudos; y cuando uno de los campeones quería mostrar su menosprecio hacia los romanos, ejecutaba ante ellos una irrisoria pirueta. ¿Se acordaron de esto en el baile de que hablamos en Vitoria?

Pero en España a cada momento se encuentra uno transportado a la antigüedad, y así tenemos que en las mismas orillas del Betis se ven aún aquellas bailarinas de la libertina Gades, que se exportaban a la antigua Roma, con el atún en escabeche, para delicia de los malvados epicúreos y horror de los buenos padres de la Iglesia primitiva, que las comparaban, y quizá con justicia, con las cabriolas ejecutadas por la hija de Herodías. Sus danzas fueron prohibidas por Teodosio, porque según San Crisóstomo, en ellas nunca le faltaba al diablo una pareja. La conocida estatua del museo de Nápoles llamada la Venus Calípiga, es la representación de Telethusa o alguna otra danzarina de Cádiz.

 

danzas gitanas

Sevilla es hoy en esto lo que en la antigüedad fue Gades; nunca falta allí alguna venerable bruja gitana que prepare una función como se llama a estos bonitos espectáculos, tomando la palabra de las ceremonias pontificales, pues en tiempos, Italia era la que ponía la moda en España, como hoy la impone Francia. Estas fiestas son de pago, pues la raza gitanesca, como dice Cervantes, sólo vino a este mundo para ser anzuelo de bolsas. Las callis de jóvenes son muy bonitas, y además son muy zalameras y trafican en negocios muy apetitosos, pues profetizan oro a los hombres y maridos a las mujeres.

La escena del baile es generalmente el barrio de Triana, que viene a ser el Transtevere de la ciudad y cueva de toreros, contrabandistas, pilletes y gitanos, cuyas mujeres son las premieresdanseuses en estas ocasiones, en las que los hombres nunca intervienen. La casa elegida es usualmente una mansión medio árabe que es un verdadero cuadro donde la ruina, la pobreza y la miseria se mezclan con columnas de mármol, higueras, fuentes y parras; la compañía se reúne en algún soberbio salón, cuyo dorado artesonado árabe, salvado del saqueo, descansa sobre paredes blanqueadas; hay en el recinto algunos, pocos, bancos de madera, en donde se sientan las dueñas e invitados, en los cuales se atiende más a la cantidad que a la calidad; probablemente ni el público ni sus trajes serían admisibles en Mansion House(1); pero aquí el pasado triunfa sobre el presente; el baile, que es muy semejante al ghowasee de los egipcios, y al nautch de los indios, se llama el olé entre los españoles y el romalís entre sus gitanos; el alma y la esencia de él consiste en la expresión de cierto sentimiento, que no es ciertamente de carácter muy sentimental o correcto. Las mujeres, que parecen no tener huesos, resuelven el problema del movimiento

continuo, disfrutando sus pies relativamente de un privilegio, pues todo el cuerpo toma parte en la pantomima y tiembla como la hoja del álamo; la flexibilidad y la figura de Terpsícore de una joven andaluza, sea gitana o no, ha sido designada, según dicen los entendidos, por la naturaleza como el marco adecuado para su voluptuosa imaginación.

Sea ello como quiera, el comentador clásico y erudito citará a cada momento a Marcial, etc., al contemplar el inalterable balanceo de los brazos, levantados en alto como para recoger una lluvia de rosas, el taconeo y los movimientos serpentinos y tremolantes. Una excitación contagiosa embarga a los espectadores, que, como los orientales, llevan con medida cadencia el compás con las manos, y, en las pausas, aplauden con gritos y palmoteos. Las damiselas, animadas con los aplausos, continúan sus violentos movimientos hasta que tienen que suspenderlo completamente rendidas; entonces se reparte vino, anisado y alpisteras, y la fiesta, que dura hasta la madrugada, muchas veces termina con alguna cabeza rota, que se llama aquí «la cuenta del gitano». Estas danzas, para muchos de los habitantes del frío Norte son más notables por la energía que por la gracia, y no tienen en ellas menos trabajo las piernas que todo el cuerpo, las caderas y los brazos. La vista de este inalterable pasatiempo de la antigüedad, que excita a los españoles hasta el frenesí, producen más bien disgusto a un espectador inglés, probablemente por alguna mala organización nacional, pues como Moliere dice: L'Angleterre a produit des grands hommes dans les sciences et les beaux arts, mais pas un grand danseur, allez lire l'histoire. Aun cuando estas danzas puedan parecer indecentes, las ejecutantes son inviolablemente castas, y por lo menos, en cuanto toca a los huéspedes no gitanos, son más frías que el granizo; y estas muchachas bailan ante los aprobadores ojos de sus padres y hermanos, que estarían dispuestos a matar a quien atentase contra la virtud de sus hermanas.

 

(1) Palacio del lord Mayor o Alcalde de Londres.

 

 

la caña

En los intermedios lúcidos entre el baile y el anisado, la caña, que es la verdadera gaunía o canción árabe, se administra como un calmante por algún hirsuto artista, sin faralaes, botonaduras, diamantes o guantes de cabritilla, cuyas coplas, tristes y melancólicas, siempre empiezan y terminan con un ¡ay!, un suspiro o grito en tono muy elevado. Estas melodías morunas, reminiscencias de otros tiempos, se conservan mejor en pueblos serranos de cerca de Ronda, donde no hay caminos para los miembros del conservatorio napolitano de la Reina Cristina; pues donde quiera que la Academia impone su autoridad e impera la ópera italiana, ¡adiós canciones populares! Hoy en día, la ópera exótica se cultiva en España por la clase alta, porque como está de moda en París y Londres, se mira como una muestra de la civilización de 1840. Aunque el público, en el fondo de su honrado corazón, se aburra en la ópera más que en otro sitio, la cosa se da por maravillosa, por ser tan cara, tan selecta y tan fuera del alcance del vulgo. Evitadla, sin embargo, en España, bellas lectoras, pues estos cantantes de segundo orden no son dignos de sostener la partitura a los de vuestro querido Haymarket.

La verdadera ópera de España está en la tienda del barbero o en el patio de la venta; en realidad, la buena música, sea armoniosa o científica, vocal o instrumental, rara vez se oye en esta tierra, a pesar del eterno cantar y del arañar de guitarra en que allí se está. Las mismas misas, tal como se cantan en las catedrales, desde la introducción del piano y del violín, tienen carácter muy poco solemne y devoto. El violín desilusiona, pues el mismo Murillo cuando planta las tripas de un violín bajo el mentón de un querubín en las nubes estropea el sentimiento angélico. Pero que nadie desprecie las canciones e instrumentos típicos de la Península, pues la excelencia en música es multiforme, y mucha de ella, tanto en nombre como en sustancia, es convencional. Prueba de ello es una melancólica balada cantada por un coro de sin trabajo ante las entusiasmadas masas callejeras de la vieja Inglaterra, o un aire de gaita, tocado en el Ross-shire, que encanta a los montañeses de Escocia, que repiten a gritos la melodía, pero espanta a los milanos. Déjese, también, a los españoles disfrutar de lo que ellos llaman música, aunque los extranjeros melindrosos la condenen como ibérica y oriental. A ellos les gusta así y la quieren a su manera, con su compás y su tonada, a despecho de Rossini y de Paganini. Ellos, no los italianos, son escuchados por una encantada audiencia semimora, con atención profundamente oriental y melancólica. Como su amor, su música, que es su sustento, son asuntos serios; a pesar de lo cual, la canción melancólica, la guitarra y el baile, son, en este momento, la alegría de la pobreza indolente, el reposo del que trabaja bajo un sol abrasador. El pobre olvida sus fatigas, sans six sous et sans souci; y hasta llega a olvidarse de comer, como claro, el amigo de Plinio, que perdió su cena, aceitunas y gazpacho, por correr tras una bailarina gaditana.

 

la música en las ventas

En las ventas y en los patios, a pesar de la ruda labor del día y de la escasa comida, en cuanto se oye el rasgueo de la guitarra y el repiqueteo de las castañuelas, parece como si la gente sintiera nueva vida correr por sus venas. Lejos de notar la fatiga pasada, la del baile parece que les refresca, y muchos cansados viajeros lamentarán los nocturnos retozos de sus ruidosos y saltarines compañeros de pupilaje. Apenas terminada la cena, cuando apres la panse la danse, algún musculoso ejecutante masculino, verdadera antítesis de Farinelli, vocea sus coplas, chillando sus prosaicos versos con toda la fuerza de sus pulmones, o arrastrando melancólicamente su balada como el zumbido de una gaita del Lincolnshire, y tanto en uno como en otro caso, con inminente peligro para su tráquea y para todos los órganos acústicos no españoles. Porque, verdaderamente, repitiendo la áspera crítica que hace Gray de la Gran Opera francesa, diremos que consiste sólo en des miaulements et des hurlements effroyables, mêlés avec un tintamare du diable. Pero, lo mismo que en París, también aquí, en España, el auditorio está enajenado, los oídos de todos los hombres se ponen a tono, como si hubiesen tragado coplas, y todos hacen coro al final de cada verso; esta «banda particular» como entre los de sangre azul, suple la falta de conversación y convierte un silencio estúpido en atención científica, ainsi les extrêmes se touchant. En toda reunión de españoles, militares, paisanos, arrieros o ministros, siempre hay alguno que sepa tocar la guitarra, mejor o peor, como Luis XIV, a quien, según Voltaire, sólo le habían enseñado esto y bailar. Godoy, el Príncipe de la Paz, uno de los peores de la multitud de ministros malos que han desgobernado España, cautivó primero a la real Mesalina por su habilidad en el rasgueo de la guitarra; así, González Bravo, editor de El Guirigay, de Madrid, llegó a la Presidencia del Consejo y se atrajo a la virtuosa Cristina, que, apaciguada por la dulce música de este averiado Anfión, olvidó sus libelos contra ella y el señor Muñoz. Puede predecirse de las españas, que cuando estos rasgueos enmudezcan todo habrá acabado, pues la expresión hebrea por la nec plus ultra desolación de una ciudad oriental es «la cesación de la alegría de la guitarra y del pandero».