Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

buques

De las muchas falsedades que se han dicho sobre España, ninguna más repetida que la referente a los peligros y dificultades a que se supone expuesto el viajero. Este país, el más romántico, típico y característico de Europa, puede visitarse de parte a parte, por mar y por tierra, con facilidad y seguridad, como lo saben todos los que han estado en él. La falta de sentido de las críticas de ingleses de baja estofa, que nunca le han visto, predisponen con sus relatos a los turistas pusilánimes: los barcos son regulares, los correos y diligencias excelentes, los caminos pasaderos y las mulas muy seguras; además, las posadas han aumentado y los ladrones han disminuido tanto, que se necesita mucha ingenuidad para ser engañado o robado. Aquellos, sin embargo, que se desviven por cosas extraordinarias, o desean hacer un capítulo o un cuadro, en una palabra, llevarse una aventura para casa, pueden satisfacer su anhelo alardeando de imprudencia y charlatanería y ofreciendo un cebo tentador, aun cuando se ahorrarían tiempo, molestias y dinero ensayando el experimento mucho más cerca de su país.

Como la mayoría de nuestros lectores viven en una isla, empezaremos por el mar y los barcos.

La «Peninsular and Oriental Navigation Company» expide barcos tres veces al mes desde Southampton a Gibraltar. De ordinario emplean setenta horas en llegar a La Coruña, y aquí se toma el correo directo a Madrid, que efectúa el viaje en tres días y medio. Los navíos son excelentes, con tripulación y maquinaria inglesa. La travesía hasta Vigo se hace en menos de tres días, y el viaje a Cádiz, tocando en Lisboa, rara vez excede de seis. El cambio de clima, paisaje, gentes y costumbres que se observa en esta excursión de una semana es realmente notable. En dejando el Canal de la Mancha se entra en el inquieto Golfo de Vizcaya, en donde el petrel anunciador de tormenta está en su casa y donde el gigantesco oleaje del Atlántico es refrenado primeramente por la barrera férrea de la costa de España , el rompeolas de Europa. Aquí puede verse el Océano en toda su magnificencia y soledad: grandioso en la tormenta, grandioso en calma, tranquilo como un espejo y nunca más admirable que por la noche, cuando las estrellas, en un cielo claro y limpio de niebla, titilan como diamantes sobre aquellos «que abajo navegan en barcos por el mar, y alaban las obras del Señor, y admiran sus maravillas». La tierra desaparece y el hombre tiene conciencia de su debilidad y de su fuerza; una línea muy tenue le separa de otro mundo, a pesar de que ha puesto su mano sobre las olas y ha dominado el Océano, haciéndole el camino del comercio y el lazo de unión de las naciones.

Los buques que navegan por la costa de Levante, desde Marsella a Cádiz, son más baratos; pero en modo alguno son tan buenos, ni aprovechan el tiempo «cosa esencial en los negocios» con regularidad inglesa. Están construídos en el extranjero y tripulados por españoles y franceses. Suelen detenerse un día en Barcelona, Valencia y otras capitales importantes, lo que les proporciona ocasión de aprovisionarse de carbón y de pasar contrabando. Un viajero que lleve prisa puede de este modo hacer una ligera visita a las ciudades del litoral, y así es como los autores que creen enterarse de los países extranjeros con una mirada de águila obtienen materiales para varios volúmenes sobre la historia, artes, ciencia, literatura y carácter de los españoles. Pero, como Mons. Feval observa a propósito de algunos de sus inteligentes compatriotas, no tienen éstos mas que rascarse la cabeza, según la expresión de Horacio, y salen a la luz una porción de volúmenes, hasta encuadernados ya en piel, ni más ni menos que Minerva saliera de la cabeza de Júpiter armada de todas armas.

El Mediterráneo es un mar peligroso y falso, encantador y falaz como Italia: las turbonadas son repentinas y terribles; en ellas las tripulaciones blasfeman o invocan a San Telmo, según sean sus ideas... Nosotros hemos sido sorprendidos navegando en estas pérfidas aguas en embarcaciones extranjeras y hemos pensado con los españoles, que escapar es un milagro. La hilaridad producida en presencia del guirigay, confusión y procedimientos de los lobos de mar, estaba muy lejos de disipar los temores presentes y futuros. Algunos de nuestros infelices marinos, en un caso de guerra, puede que no escapen a la suerte con que les amenaza este lago francés. Ningún turista sensato deberá hacer el viaje por mar, si puede hacerlo por tierra, tanto más que contemplar las costas de España con un anteojo desde la cubierta y pasar algunas horas en un puerto no es una manera muy satisfactoria de conocer el país.

 

carreteras

Las carreteras de España , asunto muy importante para el viajero, son algo de lujo moderno, pues sólo se empezaron a construir con regularidad en tiempo de los borbones. Los árabes y los españoles, que viajan a caballo y no en coches, tienen suficiente con las magníficas calzadas que construyeron los romanos en toda la Península: hay lo menos veintinueve de primer orden, que eran absolutamente indispensables a una nación de conquistadores colonizadores para mantener sus comunicaciones militares y comerciales. La más importante de todas que como la Vía Appia , puede llamarse la reina de los caminos, es la que va desde Mérida, capital de la Lusitania, hasta Salamanca. Fue trazada como una muralla ciclópea, y los restos que dde ella se conservan con su línea gris granítica, serpenteando a través del yermo fragante, semejan las vértebras de un mamut. Hemos seguido unas cuantas leguas su trazado , que se descubre por las columnas miliarias que emergen de los jarales; aquí y acullá algunos árboles frondosos crecen en el pedregoso suelo, y demuestran el tiempo que aquellos lugares están abandonados a la naturaleza, que recobra sus derechos desplazando y removiendo los enormes bloques. Festonea las ruinas con guirnaldas de flores y enredaderas, disimula las grietas y las huellas del tiempo inmemorable o de la negligencia humana como una docella bonita adorna con diamantes a una marchita viuda. los arrieros españoles caminan a lo largo de ellas, pero bordeándolos por veredas trilladas en la arena o los guijarros, como si se avergonzaran de pasar por el centro o consideraran que no era necesario un camino tan ancho para su modesto tráfico. Muchas de estas calzadas fueron destruidas por los frailes para edificar conventos, por los burgueses para labrar sus casas o por los militares para levantar fortificaciones: de todos modos, no quedan restos de casi ninguna.

 

 

caminos celestiales

Los caminos medievales de España fueron obra del clero, y aquí, como en muchas partes los barbudos frailes fueron los explotadores de la civilización; ellos hicieron recto, amplio y fácil el camino que conducía a su convento, a su residencia principal, su milagrosa reliquia, o a cualquier punto de peregrinación que se ofrecía a los devotos: el comercio se combinaba con la devoción, y la codicia con el amor de Dios.

Esta imitación de la práctica oriental que es costumbre en la Meca, la confirma la palabra española feria , que significa al mismo tiempo fiesta religiosa y día de fiesta. Aun los santos accedieron a ser protectores de caminos y tomar título de alguno de primer orden. Por ejemplo, Santo Domingo de la Calzada se llamó así por haber sido el primero en trazar un camino que atravesaba una parte de Castilla la Vieja en beneficio de los peregrinos hacia Compostela; y también esta ciudad lleva el mismo honroso título.

Este hecho y su leyenda proporcionaron a Southey asunto para un romance festivo. Habiendo el santo terminado su jornada se hospedó en una posada o venta cuya Maritornes enamoróse de un hermoso peregrino, el cual resistió la tentación. Despechada ella deslizó unas cucharas en la alforja del nuevo José, que acusado de robo fue arrestado por el alcalde y ahorcado en el acto. Algún tiempo después, sus padres pasaron por donde estaba el cuerpo y oyeron que les llamaba y les decía que era inocente y que estaba vivo y sano por mediación del santo ingeniero; en consecuencia, inmediatamente se dirigieron a casa del feroz alcalde para proceder contra él. En aquel momento el hombre se disponía a engullir dos aves y al oír la queja de los que llegaban dijo, señalando a su vianda: Lo mismo podéis decir que este cacarea. En el momento el gallo cacareó y fue llevado a la catedral con su gallina. Desde entonces todos los años cría dos pollos esta respetable pareja, de la cual cualquier viajero ornitólogo aseguraría: que era propia para el jardín zoológico. El gallo y la gallina fueron conservados cuidadosamente junto al altar mayor y con sus plumas blancas adornaban el sombrero los peregrinos. Los viajeros prevenidos deberán, sin embargo, poner entre sus provisiones un par de pollos comunes, porque se dice que el hambre camina hacia Logroño.

En este país de milagros, anomalías y contradicciones, las carreteras de Compostela son hoy detestables. En otras provincias de España llaman a la Vía Láctea el Camino de Santiago, pero los gallegos, que saben por experiencia que los suyos son los peores del mundo, llaman a la Vía Láctea El Camino de Jerusalén, cosa que seguramente no es. Los poetas antiguos atribuían este fenómeno a algunas gotas de leche derramadas del pecho de Juno.

Los caminos de Galicia, a pesar de la protección de Santiago , substituto del romano Hermes, al igual que la Vía Láctea en el cielo tienen muy poco que agradecer a los cuidados humanos. El deán de Santiago , en virtud de su cargo y dignidad, es el encargado de su custodia y su protector especial. Pero el capítulo se preocupa más bien ahora de suavizar el paso hacia un mundo mejor, habiendo así degenerado con respecto a sus antepasados, cuyo principal objeto era construir vías para los peregrinos; desde la desaparición de las ofrendas de los Hadjis poco o nada se ha hecho en esta ruta de los portazgos.

Algunos de los más hermosos caminos de España conducen a los reales sitios o residencias particulares del rey o serpean alguna montaña elevada con un monasterio en la cumbre, como Montserrat. Se tenía en cuenta la comodidad del déspota, haciendo caso omiso de la de los súbditos; el sultán era el estado, España su dominio y los españoles sus siervos, y todos sometidos igualmente, pues, como en Oriente, la perfecta igualdad entre unos y otros era resultado de la inmensa superioridad del señor. Así, mientras él corría rápidamente al trote de un hermoso tronco, por un camino tan firme y llano como una bolera, hacia una residencia de verano, la comunicación entre Madrid y Toledo, la ciudad que alumbrara el sol el mismo día que Dios le creó, es una vereda con una cuarta de barro en invierno y una nube de polvo en verano, y cuyo trazado cambió a gusto de los ganados y arrieros que transitan por ella. Y es que la realeza de los Borbones nunca visita esta capital viuda de los godos. El camino, por lo tanto, está lo mismo que se construyó, si no antes de Adán, por lo menos antes de Mac-Adam. Ahora se trata de hacer una carretera que ya está empezada; cuándo se terminará es cosa difícil de averiguar.