Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

agua

Al sumergirnos en el estudio de los líquidos españoles, no mezclaremos el vino con el agua, sino que los pondremos separados como suelen hacer en el país; la última merece ocupar el primer puesto, si seguimos la opinión de Píndaro, que consideraba el agua como la mejor de todas las cosas, en contra de lo sostenido por Anacreonte, que no era precisamente miembro de ninguna sociedad de templanza. La gran consideración del español por el agua es completamente oriental, pero, al mismo tiempo, como su sangre tiene tanto de gótico como de árabe, sus preferencias también se dividen, y si adora el claro líquido como un musulmán, venera el jugo de la uva lo mismo que un germano.

El agua es la sangre de la tierra y el purificador del cuerpo en las regiones tropicales y en las religiones que, rigiéndose por la latitud, obligan a frecuentes abluciones; grandes son las alabanzas de los escritores árabes a los arroyos y las fuentes y grande es su culto por las fuentes y manantiales, que, si se ha de dar crédito a lo que cuentan, hacen cosas más maravillosas que las de los hidropáticos de Grafenberg. La idea española de un paraíso en la tierra, de un jardín, es un recinto con mucha agua y bien distribuida; el riego es fertilidad y riqueza, y por esta razón las fuentes, los arroyos y los ríos han sido siempre, como en Oriente, causa de disputas; mejor aún, la palabra rivalidad puede decirse que se deriva de estas cuestiones y pleitos producidas por los ríos, como el nombre dado a la fuente, porque disputaron los hombres de Gerah e Isaac, se llamó esek por el contenido.

El curso del agua no se puede ocultar; la esterilidad más escueta bordea la más lujuriante abundancia, la más triste desolación se ve rodeada de una vegetación espléndida, y desde muy lejos se percibe la línea divisoria entre un desierto y un oasis. Los moros, que vinieron de Oriente, apreciaron mucho el valor de este elemento; recogieron con el mayor cuidado los manantiales mejores y los canalizaron, embalsándolos también en grandes estanques y cisternas, y construyeron magníficos acueductos; en una palabra, ejercieron una mágica influencia sobre este elemento, que guiaron y aprovecharon a su gusto. Su sistema de riegos fue tan perfecto, que no ha sido mejorado ni destruido. En las regiones en que subsiste este sistema, Flora sonríe eternamente y Ceres juguetea con Pomona; donde la devastación de la guerra o la negligencia del hombre han acabado con él, el paraíso ha dejado el sitio al desierto y las llanuras, abundantes un día en trigo, alegría y vida, son hoy campos de tristeza y desolación.

 

las fuentes

Las fuentes en España, especialmente en las comarcas más calientes y en las regiones árabes, son muy numerosas, y no pueden menos de chocar y agradar al extranjero el verlas en las plazas públicas, en los paseos o en los jardines. El modo de aprovechar el agua es muy sencillo: el río, que baja despeñándose de la montaña, se detiene a cierta distancia de su nacimiento y se canaliza artificialmente y es conducido a un recipiente colocado a más altura que la ciudad que ha de surtirse de agua. Como ésta tiende a buscar su nivel, la fuerza, el cuerpo y altura de algunos de los surtidores es de muy regular altura.

En nuestro frío país, donde, excepción hecha de Charing Cross, los manantiales son conducidos, enterrados e invisibles, este borbotar de agua, este brillar de diamantes al sol que refrescan el aire y alegran la vista y el oído son absolutamente desconocidos, y aquí, en cambio, hay tal derroche de ella que llamaría la atención del director de las obras hidráulicas de Chelsea y le inducirían a activar la cobranza de multas por medio del recaudador de contribuciones. Pero como el deseo de muchos de los españoles de levita es imitar a los extranjeros, se avergüenzan del sistema primitivo de sus antepasados y muchos de ellos prefieren la económica cañería a su extravagante y gratuito chapoteo, y un grifo a la más oriental Rebeca que vaya por agua a la fuente.

Las fuentes en España, como en Oriente, son los sitios de reunión y de visita de las mujeres; a ellas acuden jóvenes y viejas, nietas y abuelas, formando un conjunto que volvería loco a un pintor por lo abigarrado de los colores de los trajes, los grupos que se forman y el alboroto y griterío que se escucha. De cuando en cuando se ve un grupo de mozuelas, verdaderas sacerdotisas de Hebe, de formas regulares y paso de gacela, ligero, pero firme, que, más graciosas que bailarinas de ópera, vienen riendo y parloteando, balanceando en la cabeza cántaros de forma antigua, que no envidiarían nada a un jarro de sevres. Cualquiera se figuraría que el coger agua es alguna operación difícil al ver el tiempo que pasan junto al amado borde de la fuente. Pero es que, en realidad, aquel es su paseo, su tertulia; en el momento que están allí descansan las mujeres de su trabajo continuo y atienden sólo al cántaro; aquí, sobre todo, después de misa, las jóvenes discurren sobre amores y vestidos; las de mediana edad y madres, de sus casas y de sus hijos; todas hablan y, por lo general a un tiempo, y la chismografía anima a las hijas de Eva, lo mismo en el elegante gabinete, que en la fresca fuente, cuyas aguas, si se les añade un punto de escándalo, son más dulces que la miel.

 

 

bebedores de agua

Los iberos fueron decididos bebedores de agua, y este rasgo de sus costumbres, que se han modificado mucho, existe aún, lo mismo que el sol que las regula: el griego Ateneo se asombraba de que muchos ricos españoles prefiriesen el agua al vino. Por lo general, beben el vino que les presentan y no prueban el agua, en cambio, sin averiguar su calidad. Nuestro cocinero Francisco, que tenía una de las mejores casas de Sevilla y que, aun cuando un gran artista en su arte, era un consumado bribón (cosas que no son incompatibles), prefirió sacrificar sus intereses a ir a Granada porque había oído decir que el agua de esta capital era mala.

La madre de los árabes sufrió el tormento de la sed y sus hijos hispano-moros lo han heredado; en realidad, cuando el sol aprieta de firme, que es cosa demasiado frecuente, si el barro mortal no se humedeciera con frecuencia, es fácil que llegara a hacerse pedazos como una figura que modela un escultor. Fuego y agua son los elementos de España ; o un auto de fe o una pila de agua bendita. Con un cigarro en la boca, un español echa tanto humo como el Vesubio, y es igualmente seco, combustible e inflamable. Y para comprender con exactitud la observación de Salomón de que el agua fresca es tan necesaria al alma sedienta como las buenas nuevas, hay que haber sentido la sed en las peladas llanuras de la calcinada Castilla , donde la insolación es cosa corriente y donde, al ir a caballo, parece como si se le fueran a uno a derretir los sesos, lo mismo que a Don Quijote cuando Sancho le metió el requesón en el yelmo. Empleando las palabras del viejo Howell diremos: «Los rayos que os calientan en Inglaterra, os tuestan aquí; los que allí sólo irradian luz y doran los campos de madreselva, aquí abrasan y resecan el resquebrajado suelo y llenan de arrugas la faz de la madre común».

Cuando los cielos y la tierra arden, cuando el sol ha hecho desaparecer los ríos, tragándoselos de un sorbo; cuando un tono de siena quemada cubre todo el atezado suelo, y la verde hierba se ve arrugada y escondida entre un polvo negruzco, y los escasos olivos aparecen revestidos con la cenicienta librea del desierto; cuando el calor y la sequedad hacen que incluso los arrieros salamandras juren más fuerte, mientras trajinan como demonios entre un polvo ígneo y salitroso, entonces, repetimos, es cuando un inglés puede convencerse de que está hecho de la misma materia, sólo que más seca, y apreciar el valor del agua. Pero una sed fuerte es un mal demasiado serio, demasiado cercano al sufrimiento para poder hacerlo, como el apetito, motivo de satisfacción, pues cuando todos los líquidos se han evaporado y la sangre se cuaja como jalea y los nervios adquieren la tensión de una cuerda de violín, poniéndose a tono con la excesiva irritabilidad del cerebro, ¡cómo el alma abrasada suspira por las apacibles praderas de Escocia y con qué anhelo se descansaría la garganta con las húmedas nieblas de Devon!. Con esta sed inextinguible del desierto, cualquier bruja amojamada que aparece a la puerta de una choza con un jarro de agua nauseabunda, se convierte por espejismo en una Hebe que lleva el néctar de los inmortales y se desea llegar a la venta más repugnante, porque en ella, al menos, se tiene la seguridad de encontrar agua y sombra y escapar a los rayos de Febo. Los historiadores españoles pueden presumir perfectamente de que al crearse el sol, lo primero que iluminó fue Toledo, y nunca se puso en los dominios del gran rey, que, según nos asegura el señor Berni, «tuvo el sol por sombrero»; pero los humildes mortales que no pertenecen a la aristocracia de este sistema solar, y para los cuales una insolación no sería cosa de juego, harán bien en procurar preservarse del calor, colocando alguna defensa entre el sol y sus sombreros. Así nos hicimos respetar de Febo, y si vosotras, lindas lectoras, llegáis a correr tales riesgos, tomad por Dios con vosotras, si en algo estimáis vuestro cutis, un quitasol y una alcarraza .

Este chisme de barro, como lo indica su nombre árabe, al karaset, es una vasija porosa y refrigerante, en la cual el agua colocada en una corriente de aire caliente se enfría por evaporación; se la ve colgada de pértigas suspendidas de los árboles, columpiándose en los vagones; forma parte integrante, en suma, de todo paisaje español de verano. En las posadas hay varias en hilera a la entrada, y lo primero que hace todo el que entra, antes de dar siquiera al ventero los buenos días, es echarse un trago; todo el mundo es entendido en la materia, y aun cuando a casi nadie pueda acusársele de ser abstemio, no dejan de prodigar grandes alabanzas al líquido elemento. Generalmente, todo el que bebe un trago suele alabarla exclamando: ¡qué agua más rica! Según el decir popular, el agua para ser buena no ha de tener ni sabor, ni olor ni color, y nunca enferma, ni adeuda, ni enviuda ; y además de ser más barata que el vino, la cerveza o el aguardiente, tiene la ventaja de que no embrutece al que la bebe, ni le hace perder la cabeza ni la buena crianza.

Como los españoles siempre están más secos que el desierto o que una esponja, es un negocio vender agua. En todos los prados y alamedas se oyen las chillonas voces de los vendedores de combustibles de boca , que gritan: Candela, candela, agua, ¿quién quiere agua? ; y como a estos orientales les gusta exagerar, añaden que es más fresca que la nieve , y se ve a unos rapazuelos, que parecen niños de Murillo, que corren de un lado para otro con unas mechas encendidas, como si fueran artilleros, para comodidad de los fumadores, esto es, para el 99 por 100 de los hombres, mientras que los aguadores, o más bien pedestres acueductos, persiguen la sed como si fueran a apagar un fuego. Estos aguadores suelen llevar, como sus colegas de Oriente, un cántaro poroso a la espalda con un grifo para sacar el agua y una especie de caja de hoja de lata sujeta a la cintura con una correa, donde coloca los vasos y los azucarillos o panales , una mezcla de azúcar y clara de huevo que los españoles echan y disuelven en el agua. En las ciudades, en cierta época del año y en los puestos que se dedican a la venta de bebidas, suele haber debajo de un toldo unas filas de jarros, vasos, naranjas, limones, etcétera, etc., y un banco o dos para que los bebedores descansen. En invierno tienen un anafre , o sea una estufita portátil, para tener agua caliente y poder quitarle la crudeza, pues en España, por una especie de hábito hidrópico, se bebe como peces durante todo el año. Cuentan que Fernando el Católico, una vez que encontró a un campesino ahogado en un río, dijo «que nunca había visto a un español harto de agua».