Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

lo que se debe observar en España

Después de tratar de los medios más aceptados en España para viajar, vivir y ser enterrado, es natural que nuestros amables lectores deseen averiguar qué atractivo especial puede inducir a personas que viven con cierta holgura a aventurarse en esta tierra de pasa-trabajos, en la que, donde menos se piensa, saltan las ratas, no la liebre. «Lo digno de observación, es algo muy difícil de explicar, porque, ¿quién puede proveer a la infinita variedad de gustos, a las diferencias por las cuales la naturaleza da a cada carácter lo que la conviene? ¿Y quién se atrevería a decidir cuando los doctores no se ponen de acuerdo, como siempre les ocurre, en cuestión de gustos, ya que cada cual tiene su manera de ver las cosas y sus manías y predilecciones? No hay, pues, que decir que todo el mundo es un yermo ni empeñarse en hallar cizaña donde se crían flores. El buscar lo bueno es el camino más seguro de llegar a la excelencia, y el no apreciarlo donde está, es síntoma seguro de mediocridad. El esfuerzo constante por refinarse acostumbra a pensar, y, por la larga contemplación del bello mundo externo, se sorprenden trozos del bello mundo interno, y los pocos escogidos pueden permitirse una ojeada de los esplendores ocultos para el gran vulgo, que tiene ojos, pero no ve, y que apenas si observa las cosas de la naturaleza externa hasta que se le dice qué es lo que debe mirar, dónde se encuentra y cómo debe contemplarlo, con lo que se les concede un nuevo sentido, una segunda vista.

¡Felices cien veces aquellos que han perdido las telillas de los ojos y que, en lugar de mirar puerilmente, han aprendido realmente a ver! Para ellos brota limpia, pura y abundante, una fuente de placeres desconocidos, según la proporción en que comprendan las formas, bellezas y colores infinitos con que la naturaleza adorna cada una de sus obras, aunque sus más puros goces se revelan a los iniciados como premio reservado a los que se dirigen a su altar con sencillez de espíritu y se entregan a su adoración con toda su alma, su corazón y su entendimiento.

Con estas caritativas intenciones fue con las que nuestro buen amigo John Murray ideó primero las Guías, y luego las escribió él mismo, enseñando a los demás cómo mojar la pluma para escribir esos libros rojos, que enseñan a hombres, mujeres y niños lo ,que han de observar para acabar con los laquaisde place y anular a los autores de excursiones de verano. Pocos señores de los que publican notas de sus rápidos viajes por la Península mejoran sus superficiales diarios con estudios profundos de los que suelen tratar las guías; resbalando, como golondrinas, por la superficie y persiguiendo insectos, ni atienden, ni distinguen las joyas que se esconden allá abajo, en el fondo; ven toda la paja y la escoria que flota en la superficie y apuntan en sus cuadernos todo lo que está podrido en España. De aquí la semejanza de algunas de sus obras; libros y bandidos se parecen unos a otros, llegando así los escritores y los lectores a encontrarse encerrados dentro de un círculo vicioso. Nada molesta tanto a los españoles como ver volúmenes y volúmenes acerca de ellos y de su país escritos por extranjeros que sólo han echado una rápida ojeada sobre un aspecto del asunto, y ése, precisamente, el que más avergüenza a los españoles, y lo consideran menos digno de atención. Este entrometimiento continuo en los defectos de la tierra, para hablar luego de ellos, ha aumentado el desagrado que sienten hacia la tribu del Curioso Impertinente. Bien conocen ellos, y bastante lo sienten, la decadencia de su país; pero, igual que los hidalgos pobres, que sólo pueden enorgullecerse del pasado, ocultan con ansiedad estos secretos de familia hasta a sí mismos, y mucho más a la curiosidad de aquellos que casualmente son superiores a ellos, si no por la sangre, por las riquezas materiales.

 

aversión por los observadores

El temor deser descubiertos agudiza su innata suspicacia, cuando elextranjero desea «observan y examinar sus defectuosos arsenales e instituciones, confundiendo lo bueno y lo malo y anotándolo todo como Pablo Fisgón(1).

¡If there's a hole in a'your coats, I rede ye tent it;

A chiel's among ye, taking notes And faith! he'll prent if(2).

Cuanto menos se observe y se diga acerca de las cosasde España, de los pingajos que ahora cuelgan de su antes altiva bandera, en la que nunca se pone el sol, más fácilmente, piensan ellos, se zurcirán porque: «Sanan cuchilladas, mas no malas palabras».

Y que ningún autor se imagine que por imparciales que sean sus observaciones, presentando a España tal cual es, y sin decir nada maliciosamente, pueda nunca complacer a un español; su orgullo y amor propio son tan grandes como la presunción y vulgar fachenda del americano: ambos son morbosamente sensibles y susceptibles y les perturba la idea de pensar que el mundo entero, que no se cuida para nada de ellos, no piensa en otra cosa y que conspiran conjuntamente contra ellos por envidia, celos o ignorancia; «veo que no nos entienden ustedes». La verdad, a no ser que tenga la forma de un cumplido, se la considera como una enorme calumnia y se la persigue como un embuste y una falsedad, desde el Estrecho hasta el Bidasoa; y un buen ejemplo es la historia de Napier. El español, que difícilmente se acostumbra a una prensa libre, o, más bien, licenciosa, y a la propensión de escarabajo con que en Inglaterra y en América hurga esa prensa en las cloacas de la vida privada y en las gangrenas de la pública, se disgusta de que se cuenten pormenores y le parece que los extranjeros no responden a la hospitalidad con que son recibidos. Considera, y con justicia, que no es prueba de buena crianza, de corazón o de inteligencia, el buscar defectos más bien que bellezas, y setas venenosas más bien que violetas; y desprecia a esos cicateros que ven motas más bien que luces en los bellos ojos de Andalucía. Las producciones de los extranjeros, sobre todo las de aquellos que viajan y escriben de prisa, tienen que adolecerse de la celeridad y de las fuentes de que han salido. Los que no conocen bien el idioma ni están en relación con la buena sociedad española, tienen necesariamente que ponerse en contacto con la vida y las costumbres de la clase más baja, y así resulta que sus informaciones son las que les proporcionan los postillones, posaderos y demás gentualla, que pueden ser divertidas para los que gusten de eso, pero que proporcionan opiniones bien pobres para discurrir sobre lo que más honre a un país, y datos poco sólidos para juzgar de su situación efectiva. ¿Cómo podía a nosotros gustarnos que los españoles se guiaran para juzgar a Inglaterra y los ingleses por los calendarios Newgate, las narraciones de los cocheros o los anales de las cervecerías?

 

(1) Paul Prys, como si dijéramos Pablo Fisgón, comedia de John Paole (1792-1870).

(2) Si hay un agujero en alguno de vuestros vestidos, os aconsejo que lo disimuléis.-Hay un muchacho entre vosotros tomando notas.-Y por mi fe, que lo anotaría.

 

 

cosas dignas de estudio

Siendo como son muchas las cosas dignas de estudio en España, no pocas de las cuales sólo allí pueden verse, bueno será advertir las que no han de encontrarse, pues no hay cosa que haga perder más tiempo que el darse uno cuenta de eso por sí mismo después de perder el tiempo y el esfuerzo. Los que quieran ver arsenales bien provistos, librerías, restaurantes, instituciones literarias o de caridad, canales, ferrocarriles, túneles, puentes colgantes, maquinaria, ómnibus, fábricas, politécnicos, cervecerías y semejantes instrumentos y pertenencias de un alto estado de civilización política, social y comercial, harán bien en no moverse de su casa. En España no hay administración de peajes, ni tribunales trimestrales, ni tribunales de justicia, de acuerdo con la significación real de la palabra, ni ruedas de castigo, ni consejos parroquiales, ni presidentes, directores, jueces extraordinarios del tribunal de cancillería, ni comisarios de beneficencia, ni mítines contra el tabaco y el alcohol, ni sociedades para ayudar a los misioneros, ni para ayudar a las paridas y recién nacidos; nada, en suma, que valga la pena de atraer la atención de un curial algo distinguido, a menos que sienta cierta predilección por el estudio de la ley de quiebras.

España no es país para el economista político, salvo como un ejemplo de la decadencia de la riqueza de las naciones, y como un buen tema para estudiar los errores que deben evitarse, así como para teorías experimentales y planes de reforma y mejora. En España impera la naturaleza, que la ha dotado pródigamente con su suelo y su clima magníficos, dones que los españoles parece como que han tratado de inutilizar durante los últimos cuatro siglos con su culpable negligencia de discursos y banquetes agrícolas y no distribución de premios a los verracos y garañones más grandes y a los labradores con más familia.

El terrateniente de la Península es poco más que un hierbajo del suelo; nunca ha observado ni apenas permitido que otros observen el gran partido que podría y debería sacarse de las cosas; parece como si hubiera puesto a España en manos de la curia; tal es la general dilapidación. El país es casi una tierra incógnita para los geólogos, naturalistas y todas las demás ramas de ólogos y de alistas. Por todas partes es allí el material tan superabundante, como deficientes los braceros y artesanos. Todas estas interesantes ramas de investigación, sanas y agradables por ser estudios al aire libre, que ponen al aficionado en contacto directo con la naturaleza, ofrecen a los autores noveles deseosos de originalidad, asuntos más dignos que las viejas historias de bandidos, toreros y ojos negros.