Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

criados españoles

El primer pensamiento de Don Quijote cuando decidió salir a recorrer España, fue procurarse un caballo; el segundo, buscar un escudero; y así como la narración de sus jornadas es una buena guía para el viajero moderno, tampoco debe desdeñarse su ejemplo. Un buen Sancho Panza será, en fin de cuentas, para un caballero andante, de más utilidad que la misma Dulcinea. El conseguir un buen sirviente es de un interés capital para todo el que haga excursiones internándose por la Península, pues, como suele ocurrir en Oriente, ha de servir no sólo de cocinero, sino de intérprete y compañero de su amo; por lo tanto, es de suma importancia procurarse un hombre con que se pueda intimar en estos agrestes parajes. Conseguido esto, llega a formarse una relación tan estrecha que por parte del servidor es en muchos casos fidelidad canina, tanto, que no es raro ver que un español abandone su hogar, caballo, asno y mujer por seguir a su amo, lo mismo que un perro, hasta el fin del mundo. De diez veces, nueve tiene la culpa el amo de que el criado sea malo. Tel maître, tel valet: Al amo imprudente, el mozo negligente.

Debe acostumbrárseles a empezar desde luego y con exactitud el cumplimiento de su deber; el único modo de obligarles a hacer una cosa es, como decía el duque, atemorizarles y determinarles una línea de conducta firme. Es muy difícil hacerles comprender la importancia de los detalles y de ejecutar las órdenes exactamente como las reciben, pues ellos tratan siempre de evadir todo el trabajo que pueden; es muy conveniente determinar con claridad su obligación al principio, y reprender inmediatamente y con toda seriedad las primeras y más pequeñas faltas, sean de la clase que sean, y así se gana pronto la victoria moral sobre ellos. El ejemplo del amo, cuando es activo y ordenado, es la mejor lección para el criado: mucho sabe el ratón, pero más el gato. Aquiles, Patroclo y los héroes de Homero, guisaban sus comidas, y muchos que no han llegado a héroes, como Lord Blayney, no se han desdeñado el seguir el ejemplo épico en una venta española. De todos modos, un buen criado, que sabe su obligación y quiere trabajar, es una verdadera joya, y en cualquier ocasión merece ser bien tratado; pero teniendo en cuenta que quien se hace miel le comen las moscas, y que con hijo de gato no se burlan los ratones. La

cuestión es acostumbrarles a que se levanten temprano y a conocer el valor del tiempo, pues tiempo y hora no se atan con soga, y el que se levanta tarde, ni oye misa ni compra carne. Si, lo que pronto se advierte, el criado no responde, cuanto antes se le cambie mejor, pues sólo servirá para gastar tiempo y jabón; que el que no vale para nada en su pueblo, no valdrá más en Sevilla o en otra parte, como dice el proverbio.

 

carácter de los criados

Los defectos principales de los criados españoles, que son los mismos de las demás clases bajas del país, suelen ser defectos de raza; como la masa general, tienen la tendencia a la calma, al despilfarro, a la imprevisión y a la suciedad. Son pocos hábiles y tercos; ceden fácilmente ante las dificultades: su primer impulso es vencerlas, y el segundo eludirlas; en seguida renuncian a la lucha. No piensan ni por un momento en alcanzar nada que requiera mucha molestia, ni tampoco en hacer las cosas como es debido, ni siquiera como las han hecho otras veces; cualquier dificultad y el impulso del momento les hace abandonar lo que quiera que sea. Siendo, como ya hemos dicho, poco hábiles, obstinados y llenos de prejuicios, no tienen conciencia de su propia ignorancia, y son perezosos como los orientales; unas veces por orgullo, otras por presunción y pereza, casi nunca preguntan nada, pues esto implicaría para ellos reconocerse inferiores, y más raro es aún que contesten a una pregunta, a menos que ésta sea de su agrado; se guían siempre por sus necesidades, sus deseos y sus opiniones; sus propias personas son su centro de gravedad y no las de sus amos. Como el sí de un español, cuando se le pide un favor, significa, por lo general, no, no quieren o no pueden comprender si vuestro no es realmente una negativa cuando ellos pretenden holgazanear; pero suelen mejorar notablemente cuando se les saca de la ciudad para alguna excursión. La vida de camino les convierte en activos y serviciales, probablemente porque el harum-scamrum de la existencia nómada es lo que conviene a estos descendientes de los árabes, y, en cambio, no soportan la rutina de una cosa ordenada; aborrecen el encierro; por eso es tan difícil conseguir que los españoles estén en fortalezas o sean marinos de guerra, porque en las dos ocupaciones no hay medio de escapar.

Lo que nosotros llamamos una buena servidumbre es imposible de conseguir en el campo o en la ciudad española, y lo mismo da que se tenga gran posición o que no se tenga. En las casas de la clase media acomodada, y en las de la aristocracia, se nota esta falta, particularmente en lo que se refiere a la parte gastronómica, que es la piedra de toque del servicio. Realmente el español, habituado a su manera de comer, desordenada, despreocupada, improvisada y sin refinamiento, se ve un poco embarazado con el orden y el cuidado, la ceremonia y el aparato de una comida bien servida. Únicamente siente respeto hacia las personas, no hacia las cosas. Incluso el aristócrata sólo tiene en su gótico-beduina mesa un ligero barniz europeo; vive y come, rodeado de una pandilla de gente humilde, en su inmensa casona, mal alhajada, que no tiene ninguna de las elegancias, lujos ni siquiera comodidades que piden los sanos principios transpirenaicos; muy pocas son las cocinas dirigidas por un cordon bleu, y menos aún los señores que, realmente, gustan de una entrée ortodoxa, limpia de las herejías del ajo y de la pimienta. Cuando la cocina quiere ser extranjera, como en todas las demás imitaciones, sólo se consigue una copia insulsa. Pocas cosas se hacen en España a conciencia, lo cual implica previsión y gasto; todo se hace a la buena de Dios. El noble señor confía sus asuntos a un mayordomo poco escrupuloso y dormita en este lecho de rosas, soñoliento para todos los asuntos y sólo despierto para la intriga. Sus numerosos, malos y mal pagados servidores no tienen la menor idea de disciplina o subordinación; no puede uno siquiera fiarse de que pongan los manteles, porque prefieren holgazanear en la iglesia o en la plaza a cumplir con su deber, y preferirían perecer de hambre bailando y durmiendo al sereno, pero con independencia, a comer y ganarse la vida trabajando honradamente. Y para el amo no hay remedio, porque si les despide sólo encontrará otro que se les parezca o que sea aún peor.

 

 

defectos y cualidades de los criados

En la casa que nosotros teníamos en España, pasada la hora de comer y la siesta, el cocinero, con el pinche, el criado y el lacayo, se quitaban el traje de pana (la librea apenas se conoce), se endosaban sus graciosos sombreros de terciopelo bordado, sus chalecos azul celeste y sus fajas encarnadas, y se iban, con una guitarra debajo del brazo, a cantar y a cortejar a las mozas, dejando a su amo en sus glorias, filosofando sobre la inestabilidad de las cosas humanas y la perfidia de los hombres.

Hay que soportar lo que no se puede curar. Para terminar con las condiciones de estos servidores españoles, diremos que son locuaces y muy crédulos, y muy frecuentemente son también embusteros, especialmente los andaluces, que lo son en alto grado; ,y en realidad, puede decirse que estas fantasías o romances son los únicos que quedan en España, en lo que se refiere por lo menos a los indígenas. Como abrigan muy buena opinión de sí mismos, son muy susceptibles, impresionables, celosos y quisquillosos, y se molestan con gran facilidad cuando se les reprende sus defectos; son de naturaleza vehemente e irritable; están siempre esperando que ocurra lo que ardientemente desean, sin ningún gran esfuerzo por su parte; y son muy aficionados a estar brazo sobre brazo mientras los demás hincan el hombro. Su viva imaginación es muy a propósito para llevarles a grandes excesos en bien o en mal, y cuando obran instantáneamente como los niños, y después de cumplir su gusto, vuelven de nuevo a su tranquilidad habitual, que es como la de un volcán dormido.

En cambio, están llenos de excelentes cualidades, que compensan de sus defectos: no son caprichosos; son duros, pacientes, joviales, de buen carácter, vivos e inteligentes, honrados, fieles y de absoluta confianza; no son borrachos, ni aficionados a los vicios degradantes; son sufridos en extremo, y bien guiados llegan donde se quiera, constituyendo la masa para el mejor soldado del mundo; son leales, religiosos de corazón; tienen mucho tacto, ingenio y buenas maneras naturales. En general, un trato afable, firme, sereno y hasta cierto punto reservado, produce excelente efecto. Cuando deban cumplir una obligación, hacedles comprender que no se está dispuesto a que se burlen de uno. La frialdad de los ademanes de un inglés decidido, cuando va en serio, es lo que pueden resistir pocos extranjeros. Los visajes y la gesticulación, la cólera y los gritos, la fanfarronería, la petulancia y la impertinencia se levantan y agitan en vano contra ella, igual que las rociadas y espumas del «lago francés» contra la impasible e inmutable roca de Gibraltar. Un inglés puede, sin llegar a ser excesivamente familiar, aventurarse a un mayor grado de afabilidad con sus subalternos españoles que podía atreverse a serlo con los de Inglaterra. Es la costumbre del país; están habituados a ello, y no pierden la cabeza, ni nunca olvidan el sitio en que deben estar.