Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

una aventura de ladrones

Una olla sin tocino sería tan sosa como un volumen sobre España sin bandidos: el estimulante es tan necesario para el gusto extendido en nuestro mercado, como el aguardiente para el jerez de importación. Y mientras unos, los tímidos, dudan de asomar las cabezas en estas supuestas cuevas de ladrones, tanto como en una casa encantada, otros, los que no participan de los miedos de los críticos de café y de los escritores exquisitos para álbumes de señoritas, sino que atacan audazmente el avispero, vuelven firmemente convencidos de que la casta de los ladrones ha desaparecido. En España, el país de lo imprevisto, la inesperada ausencia de estos personajes que hacen intransitables los caminos, es una de las muchas sorpresas, y no ciertamente la más desagradable, que esperan al que quiere juzgar un país por experiencia propia, y no se contenta con creer de buena fe las deducciones preconcebidas y los prejuicios estereotipados de los que no la tienen, aun cuando estén dispuestos a juzgar a los primeros y a pronunciar su fallo sin una inspección previa. Este verano, unos cuantos amigos nuestros han hecho varias excursiones, a caballo y en coche, por rincones de la Península verdaderamente sospechosos, sin escolta de ninguna clase y sin armas, y no han tenido la buena suerte de encontrarse con ningún ladrón; realmente hay que reconocer que las historias de frailes y bandidos se refieren más al pasado que al presente.

La seguridad actual de los caminos españoles se debe a los moderados, como se llama a los afrancesados e imitadores del juste milieu, cuyo jefe es el señor Martínez de la Rosa. Este señor es un moderado en poesía lo mismo que en política y un modelo de la sublime mediocridad, que, según Horacio, ni los hombres, ni los dioses, ni los libreros pueden tolerar; su reputación como autor y estadista, ¡pobres Cervantes y Cisneros!, demuestra la presente decadencia de España. Su pluma y su espada están embotadas, sus laureles marchitos y sus entrañas agotadas; pero en tierra de ciegos el tuerto es rey.

Este dramaturgo, en mayo de 1833, fue llamado de su retiro de Granada a Madrid por el suspicaz Calomarde. La diligencia en que viajaba fue detenida por unos ladrones, a cosa de las diez de una lluviosa noche, cerca de Almuradiel; y al primer aviso, el conductor y los postillones se echaron al suelo, con la cara en el polvo, como para demostrar su gran respeto a estos señores del camino. Los pasajeros eran él, un artista alemán y un amigo nuestro, inglés, ,residente ahora en Londres, el cual fue tratado con mucha cortesía por los satisfechos bandidos, porque con la mejor voluntad no opuso ninguna resistencia

a entregar su bien guarnecida bolsa; no así el Deutscher, que estuvo a punto de ser maltratado, como venganza por lo vacío de su bolsillo, de no haber intervenido nuestro amigo explicando cuál era la profesión del alemán y logrando que le dejaran en libertad. Entretanto, el Don se dedicaba a esconder en el forro del coche, después de rajarlo, su reloj y los pocos duros que llevaba, y cuya existencia negó resueltamente al preguntarle por ellos; bien que luego reaparecieron ante la amenaza de una paliza, que casi ejecutaron. Después de esta detención, los viajeros pudieron continuar libremente su camino: el jefe de los bandidos dio la mano a nuestro compatriota, y se despidió deseándole un feliz viaje y diciéndole: «Vaya usted con Dios y sin novedad. Usted es un caballero, como lo son todos los ingleses; el alemán es un pobrecito, y el español, un embustero». Este último señor, tan duramente tratado por ese Lavater español, ha embolsado ya más de lo que le robaron, pues ha llegado a ser presidente del Consejo de Ministros con la reina Cristina y un humilde y adicto siervo de Luis Felipe: ¡Cosas de España!

 

guardia civil

Es muy posible que este pequeño incidente diese origen a la creación de la guardia montada que existe hoy en las ciudades, y que tiene la misión de vigilar las carreteras: se llama la guardia civil, y ha venido a sustituir a la «hermandad», de Fernando e Isabel. Van vestidos a imitación de la gendarmería francesa; y como los españoles nunca pierden la ocasión de dar un mote acertado o de largar una pulla a las cosas de su vecino que no son de su agrado, les llaman polizontes o polizones, palabras que equivalen a la francesa polissons, bergantes, o les llaman hijos de Luis Felipe, pues son lo bastante mal educados, a pesar del matrimonio de Montpensier y de las hazañas nelsonianas de monsieur de Joinville, para considerar las dos palabras como sinónimas.

El número de estos bribones, hijos del rey francés, o guardias civiles, como se les quiera llamar, pasa de cinco mil. Durante el reciente maquiavelismo de su padre putativo, se han utilizado en las ciudades tanto como en el campo, y en funciones políticas más que de pura policía, empleándolos en calmar a la opinión pública indignada, y, en vez de perseguir malhechores, apoya a criminales de primera línea, nacionales y extranjeros, que se dedican ahora a despojar a la pobre España de su oro y de sus libertades; pero siempre ha ocurrido lo mismo. Cuando nosotros llegamos por primera vez a la Península y preguntamos por los bandidos, pudimos convencernos, como lo están ya los españoles sensatos, de que no los encontraríamos en los caminos, sino en los confesonarios, en los bufetes de los abogados y, mejor aún, en las oficinas del Gobierno: aun en la misma Inglaterra están más expuestos los bolsillos en los Ministerios y Cancillerías que en muchos caminos y veredas de la Península.

Mucho se tardará, sin embargo, en conocer esta verdad, pues para ello tendrían que contradecirse muchos de los que escriben y contribuyen a hacer el gusto del público, los cuales tendrían que comerse sus propias palabras y ver sus opiniones debilitadas y combatidas, y esto es tan poco agradable como tener que volver a la escuela cuando ya uno está crecido, como ocurre cuando se estudia la Historia Romana, de Niebuhr, y encontrarse con que hay que empezar de nuevo a estudiar el alfabeto, porque todo lo que nos enseñaron como cierto está equivocado. España se ve desde lejos con un telescopio, atribuyéndola riquezas y bondades exageradas, de las que hay que rebajar mucho, pues como dice el refrán de dineros y bondad se ha de quitar la mitad, o aumentando los peligros y dificultades a un punto extremo. Un mal nombre dado a un perro o a un país es una cosa muy pegadiza y que todo el mundo repite. «Il y a des choses, dice Montesquieu; que tout le monde dit, parce qu'elles ont été dites une fois»; y en castellano se dice: ovejas y bobas, donde va una van todas. Consecuencia de esto es que el error corre y llega a tener más crédito que la verdad misma.

Es cosa tan admitida, al escribir sobre la romántica España, que se prescinda del sentido común y los escritores se remonten a las nubes y hablen a la manera de Cambises, que, a los que descienden a la humilde prosa y se limitan a pintar las cosas como son, se les tacha no solamente de antiestéticos, prosaicos y faltos de inventiva, sino también de inverosímiles y pocos observadores. El espíritu del país, al hablar de sus propias cosas, es muy dado a decir lo que no es, y guiándose por los datos que se recojan sobre el terreno hay mucho adelantado para formar un concepto erróneo. Las leguas interminables de llanuras y montañas solitarias, donde las aves de rapiñas tienen su nido y en las que los sombríos buitres cruzan con pesado vuelo el claro cielo, son muy a propósito para que una imaginación volcánica las pueble con ejemplares igualmente rapaces de la especie de bípedos sin plumas de Platón. Los desfiladeros entre rocas, que parecen especialmente preparados para las emboscadas, las enmarañadas cañadas cubiertas de maleza, a pesar de toda su hermosura, que atrae al artista, no pueden menos de sugerir la idea de una cueva de culebras y de lladrones.

 

 

cruces de asesinados

Contribuyen a ello las frecuentes cruces colocadas sobre los clásicos montoncitos de piedras, en recuerdo de algún individuo asesinado, que tienen por único y conmovedor epitafio el nombre del muerto y la fecha de la desgracia, e implora del viajero, que se encuentra en igual situación que el muerto y que hasta puede serlo en un instante, que rece una oración por su alma en pena.

La sombra de la muerte parece cernirse en tales lugares, y el extranjero se sume más y más en sus pensamientos, que desde mucho antes están en armonía con lo que tiene ante sus ojos. y no será ciertamente aquella cruz, con sus brazos extendidos, muchas veces adornada de flores, lo que haga a nadie pensar en burlarse de la muerte; ni hay sermón más elocuente que una de estas piedras silenciosas con sus sobrias palabras. A los españoles les impresionan menos que a los extranjeros, pues están habituados a ver cruces y sangrientos crucifijos en las iglesias y fuera de ellas; además, saben de sobra que la mayoría de estos pequeños monumentos se han erigido para recordar asesinatos que no han sido perpetrados por malhechores, sino que son resultas de alguna pelea o de alguna venganza, y de diez veces, nueve tienen por causa el vino o una mujer. De todos modos, son lo bastante para que un valiente inglés no se encuentre muy tranquilo a su vista, aun cuando no sirve para nada asustarse cuando ya se está en el sitio: el mejor modo de defenderse es afrontar el peligro y seguir el camino. Así, pues, querido lector, cierra el oído a todas las historias espeluznantes que te contarán por esos pueblos apartados, los crédulos y tímidos habitantes. Como a nosotros nos ha ocurrido con frecuencia, te congratularás de haber pasado tal o cual bosque y tendrás la seguridad de que infaliblemente serás robado en tal o cual lugar, unas leguas más adelante, pues siempre hemos experimentado que este fuego fatuo, de igual manera que el horizonte, retrocede conforme avanzamos, y el sitio peligroso está siempre un poco detrás o un poco delante del lugar en que nos encontramos, y se desvanece, como ocurre en la mayor parte de las dificultades cuando valientemente nos acercamos a ellas para empuñarlas.

Al mismo tiempo, esta clase de sitios y de sucesos permiten que se luzca mucho la imaginación de los que han vuelto sanos y salvos de ellos, para no decir nada de la dignidad y heroicidad que supone el dar tales pruebas de valor durante un viaje de vacaciones. Además, los sombreros de medio queso, el escaparse por el canto de un duro de los cuchillos largos y de los bigotazos, el estar tumbado boca abajo en el suelo durante una hora, mordiendo el polvo, son pequeños entremeses, tan diametralmente opuestos a la civilización y a la aburrida y prosaica rutina de los libres ciudadanos británicos, que pagan contribuciones para caminos y para policías, que son tópicos casi irresistibles para la pluma de un escritor fácil. Tales animados incidentes tienen la seguridad de hallar mucho público en Inglaterra, donde existe gran afición a estos relatos auténticosde España, que les dan las más nuevas y mejor informadas noticias sobre ella y que tan bien casan con la idea que ellos tienen formada de antemano. De aquí que los más populares sean aquellos autores que ponen el amor propio de su lector en la mejor armonía con sus propios conocimientos. Y esto explica la frecuencia con que se habla en los apuntes peninsulares, en las narraciones personales, etc., de atracos y de robos, más fáciles de encontrar en sus páginas que en las llanuras de la Península. Los escritores saben que en el relato de un viaje por España se espera la aventura de bandidos lo mismo que en una novela de la señora Ratcliffe; estos efímeros libros están principalmente compuestos de «grandes acontecimientos», de manera que los autores ensartan todos los horrores tradicionales que circulan y que pueden amontonar sobre los caminos españoles, alimentando y manteniendo de esa manera la idea que existe en muchos condados de Inglaterra, de que la Península está totalmente poblada de bandidos. Y los que tal creen, no piensan que, si esto fuera cierto, sería imposible la vida de relación, y que si casi todos los que cuentan las aventuras han escapado de ellas por milagro, lo mismo les ocurrirá a otros..

 

bandidofobia

Nuestros ingeniosos vecinos, cosa extraña en un pueblo tan valiente, tienen una verdadera bandidofobia, pues, según lo que se les dice en letras de molde a los papanatas de París, todo el temerario que piense tomar asiento en la diligencia española debería antes, a toda costa, hacer su testamento, como cuatro siglos atrás se hacía al salir en peregrinación para Jerusalén. Es muy posible que esto sea una idea de la diplomacia francesa, la cual siempre se ha distinguido por sus ocultas intenciones, y puede convenirle propalar ese rumor, como hacen los monederos falsos cuando corren la voz de que ciertos lugares están habitados por fantasmas, para evitar que otros vayan y asegurarse así una pacífica posesión. Es posible también que la superabundancia del esprit francés preste color y substancia a cosas insignificantes en sí mismas, como un pintor que esté pensando en las musarañas junto a la chimenea convierte las cenizas en castillos monstruos, y otros seres imaginarios, o también puede ser que, como la conciencia hace a todo el mundo cobarde, estos señores vean realmente un bandido en cada arbusto de España y esperen ver surgir de detrás de cada roca un ministro vengador que lleve en el bolsillo una lista de todos los vasos sagrados, Murillos, etc., que se echaron de menos después de la invasión de sus compatriotas. Sea como quiera, lo cierto es que, incluso un hombre tan avisado como monsieur Quinet, un verdadero doctor Sintaxis, llena páginas enteras de su libro Vacances con sus constantes temores, aun cuando por haber llegado al término de su jornada, sin ningún accidente, bien que no sin miedo a ellos, le pasase por la mente la idea de que el coco sólo existía en su imaginación, mostrando con esto en su agradable libro un modo de ser que, a lo menos en Inglaterra, no inspira interés ni respeto, pues no se considera muy heroico el exceso de precaución.

Hay que convenir también en que es muy fácil equivocarse respecto a la respetabilidad y carácter de muchos españoles cuando van de viaje, a no ser que lo hagan en un carruaje público, pues, como hemos indicado en el capítulo noveno, al ponerse en camino, abandonan a la mujer y la levita y visten el traje nacional, que es muy parecido al que usan los bandidos de melodrama, y, por tanto, no es extraño que se les tome por uno de ellos, pues, además, casi todos son morenos, tienen los ojos negros y penetrantes, el pelo desgreñado, y, en caso de viaje, prescinden de la toalla y la navaja; una barba sin afeitar da, no sólo en España, un aspecto tenebroso, que aumentará seguramente si el individuo lleva un fusil y un cuchillo. Además, estos señores así trajeados, tienen la costumbre de quedarse mirando fijamente por debajo del sombrero gacho, cuando pasa por su lado un extranjero, vestido para ellos de un modo raro, que excita su curiosidad y suspicacia, y, naturalmente, es un poco difícil distinguir a la oveja del lobo cuando los dos van disfrazados con la piel del primero, es decir, con una zamarra. Un caballero español que en su pueblo sería un modelo de ciudadanos, o un respetable tendero pacífico, ejemplo de burgueses inofensivos, se aparecerá, cuando salga a una excursión comercial, como el Bravo de Venecia u otros héroes de este estilo que atemorizan a los chicos en los teatros de pueblo. Comoquiera que desde niños estamos oyendo que viajar en este país es cosa imposible, resulta que muchos de nuestros compatriotas creen, de buena fe, que en la Península sólo se pueden encontrar ladrones, y exageran su número de modo extraordinario, como los lenceros de Falstaff; y los supuestos Rinaldo Rinaldinis se alarman probablemente aún más por tomar también a nuestros compatriotas por ladrones, y este mutuo error continúa hasta que ambos explican su ligera equivocación sobre su mutuo carácter e intenciones. Aun cuando nosotros no hayamos nunca confundido a los pacíficos buques mercantes españoles con corsarios o navíos de guerra, ellos han cometido más de una vez esta injusticia con nosotros; y, probablemente, se nos hizo este honor a causa de la atención que pusimos en imitar el traje y el porte de su gran Rob Roy y en su propia patria, lo cual, para uno que quisiera acometer, en aquellos días, largas y solitarias cabalgadas a través de la Península, era una enorme ventaja.