Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

peligros

Todo lo anteriormente dicho respecto a los peligros reales o imaginarios se refiere, naturalmente, a viajes por caminos de herradura, o a través de provincias, poco visitadas y por las cuales no cruzaban los coches del servicio público. Sin embargo, siendo tales comarcas reputadas como las peores, tenían la ventaja de verse libre de las partidas organizadas, por la misma razón de que era poca la gente que pasaba por ellas, y, por lo tanto, no iban a estar ocupadas por bandidos, los cuales son como las arañas, que sólo tienden sus telas donde hay una buena provisión de moscas. La masa de la gente humilde en España se preocupa poco de los bandoleros ni de los revolucionarios, pues tienen poco que perder y pasan inadvertidos, tanto para los unos como para los otros. Sus andrajos son su salvaguardia: un hermoso clima los cobija, un fértil suelo los alimenta; dormitan tranquilamente en medio de su pobreza (la mejor protección que siempre hubo en España), o rasguean la guitarra entonando coplas en alabanza de la bolsa vacía.

escopeteros

Los mejor acomodados tienen que mirar por sí mismos; pues como las leyes insuficiente, han de protegerse a sí o sus propiedades, o administrar la Justicia por su mano para obtener satisfacción de entuertos, lo cual, en castellano neto, se llama vengarse. Un propietario irlandés arma a sus servidores y levanta altas paredes que rodeen su demesne, un señor inglés emplea guardas para proteger a sus faisanes; del mismo modo, en las comarcas sospechosas, un hidalgo español protege su persona alquilando hombres armados, que se llaman escopeteros, nombre que puede aplicarse a casi todos los españoles. Esta costumbre de ir armado en el campo y de trabar conocimiento con el fusil desde muy pronto, la razón principal de que a la menor alarma se formen con toda facilidad numerosas agrupaciones de hombres, que los españoles llaman soldados: en todas partes se encuentra la materia prima: un hombre con un mosquete.

Bagajes, comisariado, pagos, raciones, uniforme y disciplina, cosas más bien europeas que orientales, podrán encontrarse en cualquier ejército mejor que en el español. Esto explica la facilidad con que la nación española se levanta tan magnánimamente en armas y que, después de ataques aislados y una lucha de guerrillas, desaparezcan de pronto al experimentar un revés: cada hombre en su casa como es tradicional que ocurra en Oriente, y eso con o sin proclama previa. Estos escopeteros, ladrones en ocasiones también, viven del robo o de evitarlo, porque también hay su honor entre los bandidos; los lobos no se comen unos a otros, como no estén muy a la cuarta pregunta. Estos individuos, naturalmente, tratan de alarmar a los viajeros en exagerados relatos de peligro, y de ogros y de antros, con objeto de que no prescindan de sus servicios. Y no faltan inocentes que se traguen todas las invenciones, y anoten, como cosa verídica, los mil embustes que les cuentan mientras los presentes se burlan de ellos a sus espaldas; pero, como dice el refrán, en luengas vías, luengas mentiras.

Como estamos haciendo historia, habremos de añadir que los grandes bandidos, como José María, facilitan pasaportes en muchas ocasiones. Este verdadero soldado de la raza de Deloraine estaba mal avenido con las letras, pero, aun cuando apenas sabía poner su nombre, rubricaba(1) como cualquier otro español que ejerciera algún mando, o el mismo Fernando VII. Su rúbrica, verdadero salvoconducto, era una colección de garrapatos que hubiera podido dar crédito a Alí Pachá. Un íntimo amigo nuestro, alegre gastrónomo y dignidad de Sevilla, que se dirigía a los baños de Carratraca para reponerse del abuso de las ricas ollas y del valdepeñas, y que no tenía maldita la gana, como el abad gotoso de Bocaccío, de verse sometido al régimen médico bandolero, se procuró un pase de José María y tomó uno de sus secuaces para que le sirviese de escolta, y nos le describía como su santito, como su ángel guardián.

 

(1) Los reyes de España rara vez: usaban otra firma que la antigua gótica rúbrica. Este monograma, a veces, es igual que un nudo rítmico. Los españoles se ejercitan con mucha maña en estos floreos, que colocan al pie de sus nombres como mayor señal de autenticidad, y se afirma que una rúbrica sin nombre vale más que un nombre sin rúbrica. Sancho Panza dice a Don Quijote que sólo su rúbrica vale no uno, sino trescientos burros. Los que no saben escribir rubrican. «No saber firmar» es considerado en España, en broma, como uno de los atributos de la grandeza.

 

 

amuletos protectores

A propósito de esta creencia en la protección espiritual y sobrenatural, diremos que casi todo el mundo usa, con gran fe, alguna reliquia, un rosario, un escapulario o una medalla de la Virgen. La duquesa de Abrantes, no hace mucho tiempo, colgó del cuello de su torero favorito una medalla de la Virgen del Pilar, escapando aquél, por tanto, ileso.

Pocos son los soldados españoles que van a la guerra sin llevar amuletos de esta clase, a los que suponen el poder de detener las balas y desviar el fuego como un pararrayos, y quizá lleven razón, en vista de los pocos que mueren en el campo de batalla. En los tiempos románticos de España no se podía verificar un duelo o un torneo sin que precediese una declaración de los combatientes de que no llevaban encima reliquia ni amuleto alguno. Nuestro amigo José María atribuía su constante buena suerte a una imagen de la Virgen de los Dolores de Córdoba que llevaba siempre junto al peludo pecho. Entre la clase baja de España puede ser frecuentemente conocido el pueblo de origen de cada uno por los adornos piadosos que lleva consigo. Escogen sus amuletos entre los santos o reliquias más venerados en la comarca y que se estiman más milagrosos. Así, tenemos que la imagen del «Santo Rostro», de Jaén, se usa en todo el reino de Granada, así como en toda Murcia, la Cruz de Caravaca; y el rosario de la Virgen es común a toda España. La siguiente prueba milagrosa de sus salvadoras virtudes estaba frecuentemente pintada en los conventos: Un ladrón fue muerto por un viajero y enterrado en el campo mismo; algún tiempo después, pasando sus compañeros por aquel sitio, oyeron una voz que les llamaba; abrieron la fosa y, con gran sorpresa, lo encontraron vivo y sano. Y era que, al ser muerto, llevaba un rosario colgado al cuello, y, entonces, Santo Domingo (fundador de esta devoción) intercedió con la Virgen para que lo salvara. Esta confianza en la Virgen no es sólo española; los bandidos italianos llevan siempre un pequeño corazón de plata de la Madonna, y esta extraña mezcla de ferocidad y superstición es uno de los rasgos más terribles de su carácter. San Nicolás, el inglés «Old Nick», es en todos los países el patrón de los estudiantes, ladrones, o como Shakespeare los llama, «escribanos de San Nicolás». «Guarda tu cuello del verdugo, pues sé que adoras a San Nicolás como lo haría un hombre falso»; y como el Santu Diavolu, Santu Diavoluni, que es el santo apropiado para los bandidos sicilianos.

 

 

buenos ladrones

San Dimas, «el buen ladrón», es un santo muy conocido en Andalucía, donde, según dicen, tiene muchos discípulos. Una escultura muy célebre de Montañés, en Sevilla, es la llamada El Cristo del Buen Ladrón, de Sevilla, en cuyo título se subordina al Salvador. Los ladrones españoles han sido siempre muy buenos católicos. En Rinconete y Cortadillo, de Cervantes, cuyo Monipodio parece haber servido de modelo a Boz para Fagin, se coloca un platillo delante de una imagen de la Virgen, en el que cada ladrón va depositando su óbolo, y uno de ellos dice que «roba para servir a Dios y a los hombres honrados».

Sus mendicantes confesores de las montañas, animados de un piadoso amor a los duros cuando han de ser gastados en misas expiatorias, consideran el acto de pagarles en buenos doblones como una devolución tan loable, un arrepentimiento tan sincero, que dan derecho al contrito culpable a una amplia absolución, a la indulgencia plenaria y a toda la protección de la Santa Iglesia. A pesar de lo cual se sabe que estos desagradecidos «buenos ladrones» no tienen el menor escrúpulo en desvalijar a sus directores espirituales si los encuentran en un camino.

Pero volvamos al poder de estos talismanes. Nosotros mismos nos colgamos, en nuestra zamarra, una medalla de plata de Santiago de las que se venden a los peregrinos en Compostela, y llegamos a Sevilla después de una larga excursión sin que nos ocurriera el menor contratiempo, ni tuviéramos que sufrir más robo que el de los venteros y el de nuestro fiel escudero, cosa que fue completamente atribuida por el dignatario de que hablamos antes a la protección que el patrón de las Españas otorga siempre a todo el que lleva su insignia, la cual protege al portador de ella de la misma manera que el distintivo de un barquero del Támesis le libra de una leva forzosa.