Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

carencia de placeres

Una vez presenciada una corrida de toros, el espectáculo de España, los que sólo deseen pasar el tiempo agradablemente pueden hacer refrendar sus pasaportes para Nápoles. En España, una agradable vida de campo, según nosotros la entendemos, no es una cosa posible, y lo que la sustituye es una existencia provisional de beduino, que si es divertida para corto tiempo, es insoportable a la larga. No es mucho mejor la vida en las provincias; las del interior tienen un aspecto de convento, muerto y anticuado, que deja helada a una persona briosa y viva. Los mismos artistas, después de tomar sus apuntes, se sienten inclinados al suicidio para ahuyentar al aburrimiento, el dios de la localidad. Madrid mismo es una ciudad poco sociable, de segundo orden e inhospitalaria; una vez visto el Museo, ido al teatro y dadas unas vueltas por el eterno Prado, cuanto más pronto sacuda el viajero el polvo de sus zapatos, mejor para él.

Los puertos de Levante, como son más frecuentados por los extranjeros, resultan un poco más cosmopolitas, alegres y divertidos; pero, hablando en términos generales, las diversiones públicas son cosa casi desconocida en este país medio moro. La tranquila contemplación del humo del cigarro, y el dolce far niente de una tranquila indolencia, acompañada de calmoso palique, les basta. Mientras para otras naciones el carecer de placeres es una desgracia, para el español es un placer no tener la desgracia de hacer esfuerzo alguno; la existencia es la mayor felicidad para él, y, en cuanto a trabajar, sólo desea hacer hoy lo mismo que hizo ayer y lo que hará mañana, es decir, nada. Así se pasa la vida en una soñolienta y negligente rutina, con la sola seria excepción de los asuntos de amor; dejadle, dejadle tranquilo y fumando. Cuando despierta, la alameda, la iglesia, los toros y las citas son sus principales diversiones, y éstas se gozan más que en ninguna parte, en las provincias del sur, la tierra también del cante y del baile, de los soles y los ojos brillantes y de las mujeres de pie pequeño.

El teatro, que en otras partes constituye un medio tan importante para que el forastero pase la noche, está en una gran decadencia en España, a pesar de que, como nadie hace nada, ni está cansado de negociar y de ganar dinero durante el día, parece que debería ser, precisamente, lo que hiciera falta; pero es demasiado caro para la pobreza general. Además, los que durante cuarenta años han tenido verdaderastragedias en su casa, les falta esa superabundancia de felicidad que está dispuesta a pagarse el lujo de ver las penas ficticias de los demás.

Verdaderamente, el drama en España, como otras muchas cosas, fue creación accidental de un período; protegido por Felipe IV, tan amigo de diversiones, floreció al calor de su sonrisa, languideció al verse privado de ella, y luego no tuvo fuerza para resistir la firme hostilidad del clero, que se opuso a este rival de sus propios espectáculos religiosos y melodramas eclesiásticos, de los que había nacido el teatro enemigo. No son aún raros los primitivos misterios medievales, pues los hemos visto representar en Pascua de Resurrección; de vez en cuando los sagrados asuntos gravemente profanados para ojos protestantes, son contemplados complacidamente por los naturales con fe demasiado sincera y sencilla para permitir ni siquiera una sospecha del gran absurdo; pero en todas partes de España ha sido materializado lo espiritual, y lo divino rebajado hasta lo humano en las iglesias y fuera de ellas; el clero atacó a la escena, negando, al morir, el entierro en sagrado a los actores, a los que, durante su vida, no les permitía llamarse «don», el amado título de todos los españoles. Naturalmente, como en esta nación en que tanto se estima a sí propio la gente, nadie es capaz de abrazar una profesión menospreciada, si puede evitarlo, pocos han querido ser declarados oficialmente vagabundos, y tampoco ha salido de entre ellos ningún Garrick ni Siddons capaz de acabar con los prejuicios por sus virtudes públicas y privadas.

 

el teatro

Todavía en este mismo siglo XIX había confesores de familias que prohibían a las mujeres y a los niños aun el pasar por las calles, donde están enclavados «estos templos de Satanás». Y los frailes mendicantes se colocaban por la noche a las puertas de los teatros para advertir a los temerarios el insondable abismo a que se dirigían, del mismo modo que nuestros metodistas distribuyen el día del Derby, en las barreras, folletos contra las carreras. En 1823, los frailes de Córdoba consiguieron que se cerrara un teatro porque las monjas de un convento frontero decían que veían al diablo y sus secuaces bailar fandangos en el tejado. Aunque, a su vez, los frailes han sido arrojados de las tablas españolas, el drama nacional ha hecho su salida casi al mismo tiempo que ellos.

El teatro antiguo y clásico fue el espejo de la naturaleza española y en él se reflejaron sus usos y costumbres. Su objeto era más bien divertir que instruir, y como la literatura, su hermana en la exposición de la nacionalidad existente, ponía en acción lo que las novelas picarescas describían detalladamente. En ambas, el vanidoso hidalgo era el héroe; envuelto en su capa, con sus largos bigotes y ceñida la espada, taconeaba en el escenario, galanteaba y peleaba como correspondía a un viejo castellano, de los que Carlos V había hecho el terror y el modelo de Europa. Entonces España, lo mismo que una belleza afortunada, tenía un orgulloso placer en mirarse al espejo; pero hoy, que las cosas han cambiado, se avergüenza al contemplar la imagen de sus arrugas y cabellos blancos; su bandera es un andrajo, sus vestidos están rotos y se estremece con la humillación de la verdad. Si aparece en el teatro es para revivir días pasados, para resucitar al Cid, al Gran Capitán, a Pizarro; así, eludiendo el presente y rememorando el ayer glorioso, abriga la esperanza de un porvenir brillante. Así, pues, las comedias que representan cosas y costumbres modernas son rechazadas por el patio y la cazuela como vulgares y fuera de tono; es más, aun a Lope de Vega sólo se le conoce ahora de nombre; sus comedias son relegadas de las tablas a los estantes de las librerías; y eso, en su mayor parte, fuera de España. Ha pagado el pecado evidente de su localismo nacional y de haber pintado a los hombres como una variedad española, más bien que como una especie universal. Reinó en la escena, pero su hora ha pasado; mientras que su contemporáneo, el bardo de Avon, que representó a la humanidad y a la naturaleza humana, la misma en todos los momentos y en todas partes, vive en el corazón humano tan inmortal como el principio en que se basa su influencia.

En las antiguas comedias españolas, las escenas imaginarias estaban tan llenas de intrigas como la vida real; el honor era entonces el punto principal, las mujeres estaban encerradas celosamente en verdaderos harenes y el llegar hasta ellas, cosa fácil hoy, constituía la dificultad para los amantes. La curiosidad de los espectadores estaba como sobre ascuas para ver cómo los amantes podrían encontrarse y salir del consiguiente embrollo. Estos enredos y laberintos eran los más propios para un pays de l'imprévu, donde las cosas suceden siempre al revés y contra todo cálculo lógico. La acción del drama español estaba tan llena de acción y de energía como el francés de monótonas descripciones y declamaciones.

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el drama nacional

Los Borbones, que acabaron con las corridas de toros típicas, arruinaron también el drama nacional; una inundación de unidades, de reglas, de altisonantes contrasentidos y convencionalismos se desbordó sobre los asombrados y asustados Pirineos, y el teatro, como la plaza de toros, empezó a ser víctima de los que, en su idea unilateral de la civilización, sólo reconocían un género de bondad, que era la que veían a través de los gemelos del Palais Royal. Calderón fue calificado de ser tan bárbaro como Shakespeare, y los que les condenaban no entendían una palabra de ninguno de los dos. Y ahora, de nuevo, con esta segunda irrupción de los Borbones, Francia ha llegado a ser el modelo de esa misma nación, de la que sus Corneilles y Molieres hurtaron muchas plumas que les ayudaron a remontarse a la fama dramática. Ahora España se ve reducida al triste recurso de copiar a su discípula de ayer las mismas artes que ella antaño enseñara, y sus mejores comedias y farsas no son sino pobres versiones de Monsieur Scribe y otros escritores de vaudeville. Su teatro, como todo lo demás, ha caído en una pálida copia de su dominante vecina, y está igualmente desprovisto de originalidad, de interés y de nacionalidad.