Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

distribución de los teatros

De España también copió Europa la distribución del nuevo teatro; los primeros eran sencillamente patios cubiertos a la usanza de los clásicos de Thespis. El patio se convirtió en la platea, donde no se permitía la entrada a las mujeres. Los ricos tomaban asiento en las ventanas de las casas que daban a él, y, como casi todos en España tienen rejas de hierro, de aquí vino la frase francesa loge grillé que se aplicaba a un palco particular. En el centro de la casa, sobre el patio, se levantaba una especie de galería ancha y baja que se llamaba la tertulia, nombre que en aquel tiempo se solía dar al sitio de reunión de los eruditos, entre los cuales en aquel tiempo estaba de moda citar a Tertuliano. Las mujeres, excluidas del patio, tenían un sitio reservado para ellas, en el cual no podían entrar los hombres, costumbre basada en la separación de sexos gótico-árabe.

Este lugar, reservado al elemento femenino, se llamaba la cazuela o la olla, sin duda por la mezcla o bodrio de clases, y también solían decirle la jaula de las mujeres o el gallinero. Todas iban allí vestidas de negro y con mantilla, lo mismo que a la iglesia. A primera vista aquel oscuro conjunto de negras trenzas, lustroso cabello y más negros ojos, parecía como la galería de un convento de monjas; aquello era, sin embargo, un símil de disimilitud, porque, apenas había en la representación escénica un momento de pausa, se levantaba tal arrullar y graznar en aquel enjambre de tórtolas, tales ojeadas, tal revoloteo de mantillas, crujir de sedas, telegráficas señales de abanicos y eléctrica comunicación con los señores de abajo, que contemplaban con ansiosas miradas el moreno racimo de aquella viña tan inasequiblemente colocada allá arriba fuera de su alcance, que de hecho rechazaba toda idea de reclusión, de tristeza o de mortificación. Esta cazuela, única y pintoresca, acaba de desaparecer ahora en Madrid, porque como no se usa en Covent Garden ni en Le Francais, podía parecer anticuada y antieuropea.

Los teatros de España son muy pequeños, aun cuando se les llama coliseos, y mal dispuestos; el guardarropa y los adornos son tan escasos como los de los espectadores, sin exceptuar siquiera a Madrid. Cuando están llenos, los olores son ultracontinentales, y se parecen a los que predominan en París cuando el pueblo acude a una representación gratuita; y en los teatros españoles no se usa un incienso neutralizador, como hace el prudente clero en sus iglesias. Si se analizara la atmósfera por Faraday, se encontrarían en la misma proporción el humo de tabaco añejo y el tufo de ajo fresco. El alumbrado, excepto en las raras ocasiones en que el teatro, según dicen, se ilumina, está justamente proyectado para hacer la oscuridad visible, y no había manera de ver en el gallinero, hacia el que en vano se alzaban los ojos y anteojos de los zorros del patio.

La tragedia española, incluso cuando declama el Cid, es pesada; su lenguaje altisonante; la declamación campanuda, francesa y afectada, y la pasión queda hecha andrajos. Los sainetes o farsas son burdos, aunque divertidos, y están perfectamente representados; los verdaderamente nacionales van desapareciendo, pero los que aun se ven están llenos de sarcasmo, sátira, intriga, chispa e ingenio, a que tan aficionados son los españoles; como que no hay pueblo tan profundamente dramático y serio en la venta, en la plaza, en la iglesia y en todas partes. Los actores, al representar estas farsas, dejan de ser cómicos y la escena resulta una de la vida real; generalmente hay un gracioso, favorito del público, de la especie de los Liston y de los Keeley, que está en excelentes términos con el patio, que hace y dice lo que quiere, que mete en el diálogo sus propios chistes y que provoca una carcajada apenas se presenta.

La orquesta no tiene importancia ninguna; los españoles son muy aficionados a lo que ellos llaman música, lo mismo vocal que instrumental; pero que es oriental y muy distinta de las exquisitas melodías y representaciones de Italia o Alemania.

 

el baile nacional

Del mismo modo, aunque ellos han bailado sus rudas canciones desde tiempo inmemorial, no tienen la menor idea de la gracia y elegancia del baile francés, y en cuanto se atreven con él, resultan ridículos, pues son malos imitadores de sus vecinos, lo mismo en cocina que en idioma o que en trajes; en realidad, un español deja de ser un español en la misma proporción en que es un afrancesado; imitan al saltamontes en sus saltos y chirridos y tienen un genio natural para la jota y el bolero. El mayor encanto de los teatros españoles es el baile nacional, incomparable, inimitable y único, y sólo para ser bailado por andaluces. Es la salsa de la comedia, la esencia, la crema, la sauce piquante de los espectáculos nocturnos; se intenta describirlo en todos los libros de viajes, porque ¿quién puede describir el sonido o el movimiento?, pero es preciso verlo. Por aburrido que esté el teatro, por seria que sea la comedia o divertida la tragedia, el sonido de las castañuelas despierta al más indiferente; el agudo e inquietante repiqueteo se oye entre bastidores y el efecto es instantáneo: resucita a, un muerto; paraliza las lenguas de innúmeras mujeres; on n'écoute que le ballet.

Se levanta el telón y la brincadora pareja aparece por opuestos lados, como dos amantes separados que, después de larga busca, se vuelven a encontrar, y parece como si el público no existiera para ellos y sólo vivieran el uno para el otro. El brillo del fino traje del majo y la maja parece inventado para este baile: el centelleo del oro y de la filigrana prestan más ligereza a sus movimientos; la saya transparente y que dibuja la forma de la mujer, realza el encanto de la línea armónica que gustosamente ocultaría, y no tiene cruel corsé que aprisione su serpentina flexibilidad. Se detienen, se inclinan un momento hacia adelante, probando la flexibilidad de sus miembros y de sus brazos; rompe la música, vuélvense tiernamente el uno hacia el otro y despiertan a la vida. ¿Qué ejercicio puede hacer resaltar mejor los siempre variables encantos femeninos, y los perfiles de la formas varoniles, que este baile fascinador? El acompañamiento de las castañuelas da ocupación a los levantados brazos. Los franceses dicen:

Cest la pantomime de l'amour. El enamorado joven persigue a la esquiva y coqueta moza; ¿quién describirá sus requerimientos, la tímida retirada de ella, su ávida persecución, como Apolo, tratando de alcanzar a Dafne? Ya se miran uno a otro, ya dirigen la vista al suelo; tan pronto es todo vida, amor, movimiento, como después sigue una pausa y se quedan inmóviles y como clavados en tierra. Este baile triunfa de todo, pues lleva consigo una verdad que venga a cualquier descontentadizo. ¡Lejos, pues, la estudiada gracia de la danseuse francesa, bella, pero artificial, fría y egoísta, como el aleteo de su amor, comparada con el apasionado abandono de las hijas del sur! En este baile no hay nada indecente; nadie se cansa de verle, o tanto peor para él, y, si algún defecto se le encuentra, es el ser demasiado corto, porque, como Moliere dice: «Un ballet ne saurait etre trop long, pourvu que la morale soit bonne, el la métaphysique bien entendue». A pesar de esta profundísima observación, el clero toledano, por un exceso de celo, quería abolir el bolero, pretendiendo que era inmoral. Se permitió que a manera de testimonio, los bailarines diesen «una representación» ante el tribunal: cuando empezaron a bailar, los señores magistrados mostraron síntomas de intranquilidad, y, por último, desechando togas e informes, se lanzaron, como si les hubiera picado la tarántula, a hacer una cabriola, absolviendo a los acusados, pero condenándoles a pagar las costas.

Este baile nacional, aunque es adorado por los extranjeros, empieza ¡ay! a ser despreciado por esas mal aconsejadas señoras que van a los palcos con sombreros franceses en vez de mantillas españolas. Se supone que el baile no es europeo o civilizado, y el mejor albur para su supervivencia, es que está positivamente de moda en los escenarios de Londres y París. Entre la gente del pueblo, sin embargo, todos los bailes nacionales están muy arraigados. Las diferentes provincias, del mismo modo que tienen lenguaje y costumbres diferentes, tienen también sus peculiares danzas locales, que, del mismo modo que sus vinos, bellas artes, reliquias, santos y salsas, sólo pueden ser verdaderamente saboreados en sus propios sitios de origen.

 

 

los bailes de sociedad

Los bailes de sociedad de las clases elevadas de España se diferencian muy poco de los de otros países, y ninguno de los dos sexos se distingue por su gracia especial en ellos, aun cuando les tienen gran afición. Sin embargo, todavía no se piensa que sea una prueba de buen tono el bailar tan mal como sea posible y con un gran aire de aburrimiento que parece apéndice obligado del llamado mundo alegre. Como de estos bailes se excluye todo lo que tiene carácter nacional, carecen del más mínimo interés para los que no sean los actores. Un baile improvisado viene a ser el obligado remate de las tertulias de invierno, en el cual no se da gran importancia ni a la música, ni al traje, ni a la medida exacta de los pasos. Aquí los bailes populares ingleses, los rigodones franceses y los valses alemanes están a la orden de la noche; todo lo español brilla por su ausencia, exceptuando, naturalmente, la «abundante falta» de buena música, luz, vestido y comida, cosas que nunca preocupan a la concurrencia, pues los frugales y parcos españoles, fáciles de contentar, gozan con corazón de estudiantes de la realidad de día de fiesta, que siendo ya por sí mismo un placer suficiente, no necesita de artificiales encarecimientos.

El bailar es para las mujeres españolas una novedad, introducida por los Borbones; antes se consideraba degradante, lo mismo que ocurría entre los romanos y los moros. Las bailarinas se alquilaban para divertir a los moradores del harén cristiano y no había que pensar que se mezclaran ni dieran la mano a ningún hombre; en la actualidad, tampoco las mujeres españolas dan la mano a los hombres: el choque es demasiado eléctrico; sólo se las dan con sus corazones, y para siempre.

 

bailes populares

Las clases humildes, que son un poquito menos escrupulosas, y para las cuales, por bendición de Santiago, el maestro de baile extranjero no está fuera del país, son partidarias de los primitivos bailes y tonadas de sus orientales antepasados. Sus acompañamientos son el «arpa y tamboril», la guitarra, el pandero y las castañuelas. La esencia de estos instrumentos es que produzca un sonido cuando se les golpea. Tan sencillo como puede parecer el tocar las últimas, sólo puede conseguirse con un oído muy fino, unos dedos muy ágiles y una gran práctica. Estas delicias de las gentes están siempre en sus manos; la práctica les hace perfectos, y muchos de los ejecutantes, moreno como un moro, rivaliza aún con los «palillos» de un etíope; se ponen a ello antes que al alfabeto, pues aun los golfillos de la calle empiezan a aprender castañeteando los dedos, o sonando una contra otra dos conchas o pedazos de pizarra, al son de la cual danzan; pues en realidad, después del ruido, parece cosa esencial las piruetas como válvulas de seguridad ilustrativas de lo que Cervantes describe como el brincar del alma, explosión de risa, inquietud del cuerpo y azogue de los cinco sentidos.

Es el rudo deporte de la gente que baila por necesidad de movimiento, la satisfacción de la juventud, la salud y la alegría de aquellos para quienes la vida constituye por sí misma una bendición, y que, como cabritos retozones, dan así salida a la ligereza de su corazón y de sus miembros. Sancho, manchego legítimo, después de contemplar las extrañas tumbas y zapatetas que daba su señor en traje de baile algo incorrecto, confiesa su ignorancia de tan complicada danza, pero sostiene que para un zapateo no hay quien pueda vencerle. Tan inmutables como los instrumentos son las aficiones bailatorias de los españoles; hace tres mil años, dicen los historiadores, todas las noches cantaban y bailaban, o más bien gritaban y saltaban, y lejos de constituir eso una fatiga para ellos, bailaban toda la noche a manera de descanso.