Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

El médico español

Después de tratar de los venteros españoles, nos fue cosa fácil hablar de los ladrones, y no es más difícil pasar de este tema al de los médicos. Aquéllos, al menos, ofrecen una cortés alternativa, puesto que piden «la bolsa o la vida», mientras que los médicos, en la mayor parte de los casos, se quedan con ambas; pero por no vestirse de modo tan pintoresco, ni ejercer su oficio de manera tan dramática, no gozan de tanta reputación en Europa como los bandoleros. Por el contrario, mientras todos los que han escrito y escriben sobre la Península nos advierten que debemos guardarnos de los ladrones que se ocultan en las encrucijadas de los caminos, nadie nos pone en guardia contra el sangrado, cuyo arte es más mortífero que la insolación, tan corriente en Castilla.

¡Desgraciado del que caiga en sus manos! Ya puede ir previniendo que tomen medida de su sepultura, pues, como suelen decir, tomar el pulso es pronosticar al enfermo la losa. Probablemente, por conocer bien a esta clase de gente, vino, o fué enviado a Madrid, desde París, monsieur Orfila, cuando se casó Montpensier con la Infanta, con la esperanza de librar a su hermana mayor la reina, a la «inocente» Isabel, de la lanceta, de las fatales lancetas indígenas, una bienintencionada interferencia del extranjero, dicho sea de paso, que ofendió a la facultad española y que rechazó unánimemente; y tampoco fueron recibidas con el agradecimiento que se merecían las previsoras advertencias de este eminente toxicólogo, o investigador de materias venenosas, con respecto a la administración de medicinas.

Aunque en otro tiempo los hospitales y casas de misericordia de España estuvieron magníficamente dotados, hoy no queda nada del antiguo esplendor para la pobre y doliente humanidad. Administradores y mangoneadores entraron a saco en sus bienes, y han acabado con todo. Los depositarios de las rentas para beneficencia se ven sin defensa alguna contra la avaricia oficial, y, siendo cuerpos sociales, carecen de la santidad de los intereses privados, que todo el mundo defiende. De aquí vino que el codicioso privado, Godoy, empezara la expoliación, apoderándose de los fondos y dando, en cambio, garantías gubernamentales que, naturalmente, pronto no tuvieron valor alguno. Luego vino la invasión francesa y la conspiración de los déspotas militares. La guerra civil hizo lo restante, y ahora que se han suprimido los conventos, la falta se nota mucho más, pues antes, en las comarcas arrinconadas, los frailes socorrían a los pobres y procuraban medicinas a los enfermos. En general, y salvo raras excepciones, los hospitales y las Casas de Misericordia están muy lejos de ser un modelo en España, y las de locos y de expósitos, a pesar de algunas mejoras introducidas recientemente, dan poco crédito a la ciencia y a la caridad.

Los bajos, brutales y feroces sangradosde España han sido objeto de las burlas de escritores del país y extranjeros, que han dicho muchas verdades. La expresión vulgar para indicar la gran mortalidad de sus clientes es decir mueren como chinches. Esta indiferencia por la vida, esta falta de atención al sufrimiento humano y este atraso en la ciencia de curar son enteramente orientales; pues aun cuando la ciencia, en general, haya salido de este a oeste, la medicina y la cirugía no tienen ese origen. En oriente, como en España, han sido ciencias de segundo orden, y los que se dedicaban a ellas eran considerados como gente de condición inferior, obstáculo enorme en la Península, donde el hombre prefiere morir a ejercer una profesión que pueda enturbiar el brillo de su honor personal. El cirujano de los moros españoles solía ser un despreciado y aborrecido judío, lo que creaba una tradicional repugnancia hacia la profesión. El médico era de casta algo superior, pero, lo mismo que el botánico y el químico, era más fácil hallarle entre los infieles que entre los cristianos. Así Sancho el Graso tuvo que ir a Córdoba en busca de asistencia.

 

Posición social del médico

Y todavía en España, como en Oriente, todos aquellos cuya profesión es condenar a muerte a seres vivientes, están casi excomulgados socialmente: el carnicero, el torero, el verdugo, por ejemplo. El soldado, que acuchilla, ocupa puesto preeminente en aquella sociedad; el médico, que cura, el más bajo. El doctor en medicina, a quien el infalible Papa consulta y el rey autócrata obedece, sólo tiene entrada en las buenas casas en caso de enfermedad, y vuelven a cerrársele las puertas en el momento en que la salud se recupera; pero él sabe vengarse de los que le desprecian; y si todos los españoles son temibles con el cuchillo, el cirujano lo es muy especialmente.

Madrid puede llamarse con razón la Corte de la Muerte, y el Escorial es muestra palmaria de ello con la prematura muerte de las personas reales, y eso que es de suponer que ellas congreguen en torno suyo la más refinada y escrupulosa asistencia, tanto médica como teológico-terapéutica, que la capital puede proporcionar; pero el tránsito de la realeza es breve, especialmente en el caso de las mujeres e infantes, y el resultado es innegable en estas estadísticas de la muerte; la causa de ello está en el clima y en el doctor, que, como se ayudan mutuamente, puede honradamente dejárseles que decidan entre sí la cuestión de la relativa excelencia de cada uno.

 

 

Prejuicios contra el médico

El médico español es rehuido no solamente por prejuicios antiguos, y porque es considerado peligroso como una serpiente de cascabel, sino también por los celos que la gente de iglesia siente hacia una profesión rival, creyendo que, si fuesen bien mirados, podrían tener que partir con ellos los legados y secretos que tan fácilmente se obtienen en el lecho de muerte, cuando el cuerpo y la inteligencia han perdido su vigor. Además, un médico y un confesor españoles miran al enfermo desde diferentes puntos de vista: el médico sólo piensa o debería pensar en salvarle en este mundo; el confesor trata de librarle de los tormentos del otro; ambos emplean todos los medios a su alcance para conseguir su objeto, aun cuando, en muchos casos, no es aventurado asegurar que ni uno ni otro tienen mucha fe en ellos: la práctica espiritual no cambia, porque la misma novedad, que es una herejía en religión, no se cree sea favorable en ninguna otra cosa.

Así, las universidades, gobernadas por eclesiásticos, convencieron al pobre fanático de Felipe III para que dictara una ley prohibiendo el estudio de todo sistema nuevo de medicina y exigiendo los textos de Galeno, Hipócrates y Avicena. Letrados y hombres para quienes el sol había detenido su carrera, rechazaron las ciencias exactas y la filosofía experimental como peligrosas innovaciones que, según ellos, hacían de cada médico un Tiberio que, por ser aficionado al estudio de las matemáticas, en donde todo necesita demostración, era poco respetuoso con los dioses y diosas del Panteón; y así, en 1830, atemorizaron al tímido Fernando VII (cuya semejanza con Tiberio nada tenía que ver con Euclides), diciéndole que las escuelas de medicina formaban materialistas, herejes, ciudadanos reyes, liberales, insurrectos y revolucionarios. Convencido el amado monarca, cerró las universidades, si bien, en cambio, y como compensación, fundó una escuela de tauromaquia: los hombres pueden ser destrozados impunemente, pero es muy conveniente que los toros mueran con todas las reglas del arte y los honores de la ciencia.

La poca consideración social al médico es muy clásica: en Roma eran esclavos libertos, y sólo fueron elevados a la categoría de ciudadanos en tiempo de César, que quiso atraerse a estos ministros de las terribles Parcas cuando la población de la capital era muy reducida a causa de la excesiva emigración: acto de favor que puede tener dos fines, pues Adriano VI (maestro del español Carlos V) aprobó que hubiese en la Ciudad Eterna quinientos individuos que practicasen la Medicina, pues, de lo contrario, «la multitud de seres vivientes se hubiera devorado entre sí». Con todo, cuando le llegó a él su turno de ser eliminado, el pueblo, agradecido, obsequió con una serenata a su cirujano, llamándole el «salvador de la patria». En nuestros días sólo un médico era admitido en Sevilla entre la gente de sangre azul, o buena sociedad, cuando gozaban de salud fuerte y antiflebotómica; y a todos los extraños les informaba a manera de excusa el exclusivista anfitrión, de que el doctor era de casa conocida, dándole así entrada en el mundo su persona y no su profesión. Y mientras hay una porción de aventureros que ostentan un título, ni al más liberal dispensador de mercedes se le ocurre dar un título a su médico, honor que es algo más que el de par de Francia y menos que una baronía médica de Inglaterra. Estos prejuicios de casta hacen que los médicos no frecuenten más sociedad que la suya, que, como no se recetan unos a otros, no es ni desagradable ni peligrosa. En Sevilla se reunía una tertulia de ellos en la botica de Campelos, y puede decirse que era una bandada de aves de mal agüero que graznaban sobre la salud general que afligía a la ciudad y que rogaban a Dios, como Sangrado en Gil Blas, que por favor divino sobreviniesen pronto muchas enfermedades. El que este nido de cornejas estuviese atestado o vacío era el mejor barómetro para conocer la salubridad de la bella capital de Bética; y mientras nosotros vivimos allí lo consultamos a menudo con ansiedad, pues por mucho que la gente se burle de los médicos cuando están rebosantes de salud, cuando la enfermedad trae al médico se acaban todas las bromas, y entonces todo el mundo les hace mucho caso, aun en España, por preferir ese mal a otros y por miedo al confesor y al sepulturero.

 

Médicos y sepultureros

En ningún país son los pobres muy aficionados al hospital, y en España, además del orgullo natural, que hace retraerse en todas partes a muchos enfermos de establecimientos admirablemente montados, aquí un fundado temor aleja al paciente, que prefiere morir de muerte natural.

Además, por el hecho de ser pobres, es menos evidente para los directores que para los pacientes la necesidad que en absoluto tengan éstos de vivir, pues, como dicen los maltusianos, no hay en la mesa de la naturaleza sitio vacante para los que no pueden pagar; y así ocurre que los directores del hospital no se apresuran a ofrecer mesa y cama a los solicitantes; la muerte de un paciente es ahorro de dinero y trabajo, cosa muy digna de tener en cuenta en un país en donde el primero escasea y el segundo tiene muy pocos partidarios, y en donde un hombre sano vale poco y uno enfermo, aun menos. Por otra parte, los médicos no siempre adquieren fama por obrar curas, como podríamos demostrar con varios casos de mujeres y herederos en general; así, si en los hospitales de la Península sólo mueren la mitad de los enfermos, se piensa que es una gran suerte; además, los muertos no abren el pico, y los vivos cantan grandes alabanzas por haber escapado milagrosamente: El médico lleva la plata, pero Dios es el que sana. Los sepultureros, en cambio, viven atareados y satisfechos, como los de Hamlet y como, en general, lo están todos los enterradores cuando tienen entre manos un trabajo que les producirá ganancia. Cavan profundamente en la silenciosa tierra la profunda fosa, de la cual no volverá a salir el viajero. Cantan y bromean mientras echan polvo sobre el polvo y entierran el corpus delicti, y con él los desatinos del médico. En este momento todos quedan satisfechos, excepto el difunto. el hombre de la lanceta queda contento, porque la desagradable prueba del delito desaparece de la vista; los obreros de la pala y el azadón, porque aquello les proporciona el sustento, y, una vez terminado el entierro, unos y otros ponen en práctica el proverbio español: Los muertos a la huesa y los vivos a la mesa.

En ninguna época han dado los españoles gran importancia a su vida, y mucho menos a la de los demás, pues no es pueblo de buenas entrañas. La familiaridad con el dolor hace insensibles aun a las personas empleadas en nuestros hospitales, porque todo el que vive por la muerte sólo siente por los vivoS cariño de sepulturero, y le importa tanto la poesía de la salud inocente como a míster Giblet un cordero domesticado. Y son cosas estas muy difíciles de mejorar en España, donde todo contribuye a educar a hombres y mujeres en una gran indiferencia hacia la sangre: las heridas, la sangre y la carnicería de los toros, los gritos de muera de las multitudes y de pásele por las armas, los decretos draconianos y mil otras prácticas de los poderes públicos; por esta razón, el bisturí o puñalada fatal del cirujano son mirados como Cosas de España. La filosofía de la in diferencia general por la vida en este país, que es casi el fatalismo oriental, en la multitud de ejecuciones y la general resignación ante el derramamiento de sangre, dependen en gran parte de que para muchos la vida no es en el mejor caso sino una lucha por la existencia, y así, al jugársela, sólo arriesgan moneda pequeña, y cuando uno desaparece, los demás viven mejor en cierto modo; de aquí el que cada uno mire sólo por sí y por el día presente, y apres moi le déluge: el último mono se ahoga; o como decimos nosotros: que el diablo cargue con el último.