Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

bigotes españoles

Ningún buen aficionado al Quijote encontraría completa una pintura del cirujano español si no se mencionara al barbero, aun cuando sólo fuese a la ligera. Aunque los nombres de los dos doctos profesores han sido durante largo tiempo casi sinónimos en España, es mucho más preferible el barbero, por ser sus heridas mucho menos peligrosas y su conversación más agradable. El y el cura formaban la pacífica tertulia del Caballero de la Mancha, como el boticario y el vicario solían formar la de la mayor parte de nuestros señores provincianos de Inglaterra. Por lo tanto, que todos los que lleguen a Sevilla, ya sea un Adonis francés, barbudo como un leopardo, a pesar de su juventud, o una de nuestras bellas lectoras, igualmente libre de los dolores y penalidades del afeitado diario, hagan inmediatamente una peregrinación al santuario de San Fígaro. Su tienda (que como otras legendarias curiosidades locales hay que temer sea apócrifa) está situada junto a la catedral, y es tan famosa como la casa de Dulcinea, en el Toboso, o la torre de Gil Blas, en Segovia: tal es el mágico poder del genio. Cervantes y Le Sage han dado· forma, cuerpoy albergue a las aéreas creaciones de su imaginación, como Mozart y Rossini, llenando el mundo con sus melodías, han hecho que en las orillas del Guadalquivir repercutan sus dulces invenciones.

Pero, incluso para los que no tienen música en sus almas, el tránsito de doctores a barberos es armonioso en un país donde las barbas fueron largo tiempo honradas como emblema del valory la caballerosidad, y el afeitado fue el precursor de la cirugía; y aún hoy mismo, la tienda del barbero está mucho mejor surtida de instrumentos cortantes y de pacientes que muchos hospitales de España. Diremos antes algo de las negras patillas de la morena España. No hay que confundirlas con los antiguos mostachos, palabra clásica, pero ahora rara, que los estudiantes salmantinos derivaban de μνστάε, el labio superior, y que hoy se llama bigote, el cual también tiene etimología extranjera, pues es una corrupción del alemán bei gott, y se formó en las circunstancias que vamos a contar, porque los apodos, que se pegan como sanguijuelas, sobreviven muchas veces a la historia que los origina. Los caballeros del séquito de Carlos V, que usaban estos tremendos atributos de la masculinidad, juraban como condenados y se daban un tremendo pisto, con mayor tremendo disgusto de sus camaradas españoles, que tenían una gran opinión de sí mismos y sentían olímpico desprecio por todos sus aliados extranjeros. Estos extraños mostachos impresionaron sus ojos, como los más extraños sonidos que salían de debajo de ellos impresionaron sus oídos, y como tenían un sentido muy fino del ridículo y un acierto completamente oriental y de chico de escuela para escoger los apodos, aplicaron el sonido a la sustancia y bautizaron el formidable adorno peludo con el nombre de bigotes. Este proceso de la formación de palabras es muy conocido de los filólogos, quienes saben perfectamente que, en muchas ocasiones, una parte esencial de una cosa es tomada por el todo. Por ejemplo, el decir sombrero en conversación corriente en España equivale metafóricamente a grande de España, como woolsack (asiento del gran canciller en la Cámara de los Lores) es en Inglaterra sinónimo de la dignidad de Lord Chancellor. Es, pues, natural que los incultos soldados, al oír un lenguaje que no entendían, señalaran a sus enemigos a manera de reproche con aquellas palabras que, al oírlas constantemente, imaginan que deben constituir los fundamentos de la hostil gramática. Así nuestras tropas llamaban a los españoles los Carajos, por sus terribles juramentos y terribles huídas. También los listos franceses designaban con el nombre de les godams a aquellos «estúpidos» de chaquetas coloradas a quienes nunca podían vencer, pero continuaron dando ese significativo nombre a sus vencedores hasta que éstos les enseñaron muy cortésmente el camino más corto para atravesar los Pirineos y volverse a casa.

El verdadero mostacho español, tal como lo llevaban los legítimos don Whiskerandoses, hombres de capas y bolsas más escasas que barbas y tizonas, hace mucho tiempo que ha sido cortado como los rabos de las pelucas de nuestros monarcas y ministros. Pero sus méritos quedan conservados en metáforas más durables que esa obra maestra en bronce, con la que Mr. Wyatt, ebrio de Fidias, ha adornado al rey Jorge y a Charing Cross. Así, pues, un hombre de mucho bigote significa en España ser un personaje de muchas pretensiones, un mozo liberal y bien plantado; todo lo contrario, en suma, a un santito con respecto al vino, a las mujeres o a la teología.

 

bigotes a la Fernandina

Los primitivos mostachos españoles han sido, del mismo modo que los rabos de las pelucas inglesas, inmortalizados por las bellas artes e insuperablemente pintados por Velázquez, que con su creador pincel no necesitaba rizarlos con tenacillas. Retorcidos por puro iracundo y marcial instinto, se les llamaba bigotes a la Fernandina, y su rápido crecimiento era atribuído a la eterna humareda del cañón enemigo, en la que nadie podía evitar que sus valerosos propietarios hurgasen con sus caras. En estos tiempos de degeneración ha disminuído este lujo, a menos que la Historia de la Guerra de la Península, de Napier, esté escrita, como dicen los españoles, con un espíritu de envidia y de celos hacia sus heroicos ejércitos, que, solos, abatieron las águilas invencibles de Austerlitz.

Así como entre los egipcios la jerarquía de los dioses y sacerdotes se manifestaba por la forma de llevar cortada la barba, en España se distingue el militar, el paisano y el clérigo por sus formas, claramente determinadas. La carlista o imperial, como llamamos al mechón de pelos en la mitad del labio inferior (palabra derivada o del rey Carlos o del emperador, su tocayo), se llamaba en España el perrillo, al que se le cortaba la cola, que aunque va muy bien en los animales o en los bronces, no casaba del todo con la elegancia castellana.

 

 

la barba

En la época medieval de la grandeza de España no se usaban patillas, sino barba; y como entre los orientales y antiguos, era considerada como atributo de sabiduría y cualidades militares; el cortarlas suponía un insulto y una injuria, poco menos que la decapitación, y se llevaba este pundonor hasta más allá de la tumba. El cadáver sentado del Cid, así lo cuenta su historia, dio de puñadas a un judío que tuvo la osadía de tirar al viejo león de la barba; la cual, como saben todos los filósofos naturales, tiene vida independiente y crece, quiera o no quiera el dueño, y esté vivo o muerto. Cuando los insolentes galos tiraron de estos colgantes ornamentos de los ancianos senadores romanos, éstos, que habían presenciado con imperturbable dignidad cómo el mariscal Breno robaba sus cuadros y sus vajillas, no pudieron tolerar este último y más grande ultraje. El cambio natural de los tiempos y de la moda hizo que perdiera valor la barba española, que, siendo llevada solamente por los frailes mendicantes y por los chivos, fuese considerada como poco distinguida, siendo substituida entre los caballeros por el bigote a la italiana, colocándose entonces el honor español debajo de la nariz, ese sensitivo centinela.

Hallándose una vez el famoso duque de Alba necesitado de dinero, ofreció uno de sus bigotes como garantía para un préstamo, y un solo bigote fue considerado como garantía suficiente por los Rothschilds del día, que recordaban demasiado bien qué difícilmente había escapado su antecesor, para reírse de nada relacionado con la barba de un héroe; nous avons changé tout cela. Ahora, todos los judíos unidos de París y de Londres no darían seguramente un céntimo por ninguno de los aditamentos capilares de Narváez o de Espartero, ni aun cuando a ellos se añadieran los mostachos reglamentarios de Montpensier y un manojo de legítimas barbas borbónicas, garantizadas.

El uso del bigote en España es obligatorio para los militares, la mayor parte de cuyos generales, su nombre es legión, cuidan tiernamente de sus perillas, temiendo a la navaja tanto como a la espada. Cuando el infante Don Carlos escapó de Inglaterra, la dificultad mayor fue hacerle quitar el bigote, pues casi hubiera preferido perder la cabeza como su real tocayo inglés. Cuando el valeroso Drake quemó en Cádiz la flota de Felipe, llamó sencillamente a esta acción nelsoniana «chamuscar las barbas al rey de España». Zurbano consideraba suficiente castigo para algunos traidores vascos cortarles los bigotes y dejarlos luego en libertad, como ratones sin rabo, pour encourager les autres. Y, ciertamente, es una privación. Así, Majaval, el pirata asesino, que por la gloriosa ambigüedad de las leyes inglesas no fue ejecutado en Exeter, cuando llegó a Barcelona ofreció en acción de gracias a la libradora Virgen la barba que le había crecido en la prisión.

Muchos paisanos y comerciantes españoles, a imitación de los Calicots transpirenaicos, que usan mostachos en tiempo de paz y lentes en tiempo de guerra, les dejan crecer de tal manera, que Fernando VII fulminó un Real decreto con objeto de amputarles de la faz de la Península, del mismo modo que la Sublime Puerta está descolando a sus verdaderos creyentes: tal es el progreso de la moderna e imberbe civilización. La intención de cortar las capas de Madrid por poco cuesta la corona a Carlos III, y, este desmochador decreto de su amado nieto fue obedecido como generalmente se obedecen los decretos en España: durante un mes menos veintinueve días; pues estos decretos, como los tratados solemnes, las constituciones, los certificados de mercancías, etc., se usan más principalmente para encender los cigarros. Pero ahora que los moro-españoles tienen a gala imitar el verdadero lustre parisiense, el aire nacional va así desapareciendo, con gran pesadumbre y desdoro del pobre Fígaro.

En cuanto a su tienda y hogar, nadie puede dejar de encontrarle sin necesidad de cicerone, pues el exterior se distingue desde lejos por los emblemas de su antigua y honrosa profesión: primeramente, y ante todo, hay colgado a la puerta un reluciente y metálico yelmo de Mambrino, con una primorosa hendedura semicircular, cortada en su reborde, donde se coloca el cuello del paciente durante la operación del enjabonamiento, que se hace siempre con la mano y muy copiosamente. Junto a la bacía cuelgan enormes muelas, que en cualquier museo inglés pasarían por colmillos de elefantes, y por los de San Cristóbal en las iglesias españolas, donde la anatomía comparada es rechazada como herética en asuntos de reliquias, y es cosa extraña (y ningún teólogo español pudo nunca darnos la razón de ello) que este santo no sea el «patrón especial» o contra los dolores de muelas; de éstos, Santa Apolonia es la calmante patrona.

 

la sangría española

Al lado de esos molares se exhiben terribles emblemas flebotómicos y rudas representaciones de sangrías; pues en España, tanto en la iglesia como fuera de ella, la pintura sustituye a la imprenta para los muchos que tienen ojos pero no pueden leer. La pértiga del barbero, con su pintado vendaje, que servía de apoyo para mantener extendido el brazo, no se ve en el umbral de los fígaros españoles, porque la sangría se hace generalmente en los pies, pues así se supone que se mantiene el equilibrio de la circulación. Las muestras suelen representar un pie de mujer, elegido, sin duda, por el artista por ser objeto, y muy razonablemente, de gran devoción en España, aun cuando también tiene en ello influencia la tradición, pues antes se solía sangrar con regularidad a las morenas, como aun se hace con las terneras, para lograr blancura en la carne y hermosear el cutis; y como era costumbre que, con ocasión de la sangría, el novio restaurase a la agotada paciente por medio de un regalo, las bolsas de los galanes llevaban el mismo paso que el agotamiento venoso de las señoras de sus pensamientos.

Los Sangrados españoles, sean o no profesionales, han sido siempre muy partidario del derramamiento de sangre inocente, y pocos pueblos en el mundo son más cuidadosos de la pureza genealógica de su sangre ni más aficionados a verterla como si fuera agua, tanto la de las propias venas como la de los demás; y digamos una palabra de este vital fluido, con el que se riega demasiado a menudo la desgraciada España durante sus discordias intestinas.