Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

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proyectos de vías férreas

Diremos algo acerca de los ferrocarriles españoles, pues la manía de Inglaterra ha traspuesto el Pirineo, aun cuando sea más de palabra que de hecho. Es cierto que se dice que no hay ferrocarril en ninguna de las ciudades del nuevo y el viejo mundo en las que se habla español, y probablemente por in convenientes que no serán los filológicos. En otros países, las carreteras, los canales y el comercio, preceden a la vía férrea, y en España parece que ésta ha de ser la precursora. De este modo, por la tendencia nacional a la desconfianza y a retrasar las cosas todo lo posible, España se ahorrará los gastos y molestias de estos sistemas intermedios y pasará de un salto del estado medieval a las comodidades y satisfacciones de Gran Bretaña, el país de los viajeros incansables. En este momento se habla mucho de ferrocarriles , y se han publicado una porción de documentos oficiales y particulares, según los cuales, «todo el país será atravesado en el papel por una red de rápidas y comodísimas comunicaciones», que contribuirán a crear una «perfecta homogeneidad en los españoles». Y si grande ha sido el hercúleo trabajo de la máquina de vapor, esta amalgama de la ibérica cuerda de arena remataría dignamente, sin duda, todos los esfuerzos.

Ocuparía demasiado espacio la descripción de las líneas en proyecto, y ya se hablará de ellas cuando estén construidas. Baste decir que casi todas ellas se harán con hierro y oro ingleses. Este extranjerismo puede ofender al orgulloso español, al españolismo , y el poder de resistencia y el horror al cambio, empujados por el vapor inglés, pueden estallar con la fuerza de la Revolución Francesa. Nuestros especuladores quizá puedan demostrar que España es un país que no ha sido hasta ahora capaz de construir o sufragar los gastos de caminos y canales suficientes por su pobre y pasivo comercio y su escasa circulación. Las distancias son demasiado grandes y el tráfico, demasiado pequeño para hacer fácil el ferrocarril; y, de otra parte, la formación geológica del país ofrece dificultades que, de haber tropezado con ellas en el nuestro, se hubiese puesto a prueba la ciencia y habilidad de muchos ingenieros. España es un país montañoso, y por todas partes se elevan barreras enormes que separan unas provincias de otras. Estas poderosas sierras, coronadas de nubes, son sólidas masas de durísima piedra, y si alguna vez se intenta perforarlas constituirá un trabajo digno de topos. No sería más difícil cubrir el Tirol y Suiza con una red de líneas llanas; y los que han sido cogidos en la red de que antes hablábamos, pronto lo descubrirán a costa suya. El desembolso de ella estaría en razón inversa de su remuneración, pues el uno sería enorme y la obra mezquina. Puede que el parto de estas montañas sea de un muy ratonil interés y aun éste «aplazado».

 

beneficios del ferrocarril

España, además, es un país de dehesas despobladas : en estas llanuras salvajes, los viajeros, el comercio y el dinero son escasos, y aun Madrid, la capital, carece casi en absoluto de industrias y recursos, y es más pobre que muchas de nuestras provincias. El español, criatura rutinaria y enemiga de innovaciones, no es aficionado a viajar; apegado a su terruño por naturaleza, odia el movimiento tanto como un turco, y tiene particular horror a ser apremiado; por consiguiente, una mula al paso ha sido suficiente para todas las necesidades de traslación de hombres y bienes. ¿Quién, pues, hará la obra, aun cuando Inglaterra sufrague los gastos? Los naturales unen, a la antipatía ingénita que sienten por el trabajo, el odio a ver afanarse al extranjero, aun cuando sea en servicio suyo, con el empleo de su dinero y su energía en una empresa ingrata. Los aldeanos, como siempre han hecho, se alzarán contra el extranjero hereje que viene a «chupar» la riqueza de España.

Suponiendo, no obstante, que con la ayuda de Santiago y de Brunel la obra fuese posible y se llegase a realizar, ¿qué podría hacerse para protegerla contra la fiera acción del sol y contra la violencia de la ignorancia popular? El primer cólera que visite España será señalado como pasajero del ferrocarril por los destituídos arrieros, que asumen ahora las funciones del vapor y de la vía. Ellos constituyen una de las clases más numerosas y típicas de España , y su sistema es una muestra legítima de la caravana semi-oriental. Nunca consentirán que la locomotora luterana les quite el pan: privados de medios de ganar la vida, ellos, como los contrabandistas, tomarán otro camino y se convertirán en ladrones o en patriotas. Muchas y muy largas y solitarias son las leguas que separan una ciudad de otra en estos inmensos desiertos de la despoblada España , y no sería suficiente una protección militar para amparar la vía contra la guerra de guerrillas que habría de emprenderse. Un puñado de enemigos en cualquier llanura cubierta de monte bajo podría, en un momento, interceptar la vía férrea, detener el tren, inutilizar al fogonero y quemar la máquina con su mismo fuego, particularmente si se tratara de un tren de mercancías. ¿Cuál ha sido, por otra parte, la recompensa que ha obtenido el extranjero en España, sino la informalidad y la ingratitud? Se le utilizará hasta que, como en Oriente, los naturales crean que dominan su arte, después se abusará de él, se le expulsará y se le pisoteará; ¿y quién se encargará entonces de sostener y llevar adelante la costosa empresa? Seguramente no será el español, en cuyo pericráneo están sin desarrollar las protuberancias de la mecánica y la ingeniería.

Las líneas más aseguradas contra el fracaso serán las más cortas y las que atraviesan una comarca llana de producciones naturales, tales como el aceite, el vino y el carbón. Ciertamente, si la vía férrea en España llega a ser tendida mediante el dinero y la ciencia de Inglaterra, la merced será digna de la reina del océano y del conductor de la civilización en el mundo. Y qué cambio se operará en el espíritu de la Península ¡Cuántas siestas enervantes se interrumpirán por el chirrido y el jadear del monstruo! ¡Cómo se abrirán los sellos del hermético país! El enclaustrado oscuro que sólo sueña con los tesoros del cielo se iluminará con el centelleo del fuego diabólico del vigilante adorador del dinero. Los búhos huirán asustados; los murciélagos saldrán de sus escondrijos; las abejas, las mulas y los asnos serán espantados, atropellados e inutilizados. Todos los que quieran a España y, como el autor, rueguen diariamente por su prosperidad, deben esperar que sea un hecho esta «red de vías férreas»; pero deben tener especial cuidado, al mismo tiempo, de no invertir ni un céntimo en la importante especulación.

Los recientes resultados han demostrado durante este año lo que se profetizó el año anterior en el Manual : nuestros agentes e ingenieros fueron recibidos por los españoles con honores casi divinos: tan obsequiados fueron con adulaciones y cigarros. Las acciones fueron instantáneamente suscritas, y se nombraron directores, con nombres y títulos más largos que las líneas proyectadas, y se aceptaron con agradecimiento las menores dádivas:

«L'argent dans une bourse entre agréablement; mais le terme venu, quand il faut le rendre, c'est alors que les douleurs commencent a nous prendre».

 

 

ferrocarril a Aranjuez

Cuando llegó el momento de hacer efectivos los primeros plazos, los accionistas españoles dejaron un tanto que desear: se negaron en redondo, cosa no rara en la Península, donde siempre ha sido más fácil prometer que cumplir.

En la única línea que al presente parece ir adelante, la de Madrid a Aranjuez, el primer paso fue prescindir de todos los ingenieros y braceros ingleses, so pretexto de proteger el talento y la industria de los del país mejor que los de los extranjeros. Muchos de los procedimientos ingleses rayarían allí en el ridículo o servirían de mofa a algunos avisados especuladores. Los capitalistas de la City nos inspiran lástima; pero si su plétora de riquezas necesita de sangrías, en ninguna parte encontrarán mejor medio de hacerlas que en España. ¡Qué diferencia entre algunas liquidaciones y memorias finales, y los grandilocuentes y magníficos programas publicados como un cebo para John Bull, que esperaba, o verse rechazado de un golpe, o elevado desde su tienda a un trono, y a quien se le ofrecía un medio para hacerse más rico de lo que puede soñar un avaro!. Para presentar algún ejemplo que apoye nuestros asertos, diremos que los directores en Londres de la Royal Valencia Company , hicieron saber, por medio de anuncios, en julio último, que sólo necesitaban 240 millones de reales para poner en comunicación el puerto de Valencia (que no tiene puerto) con la capital, Madrid, que tiene 800.000 habitantes (que no llegan a 200.000). Sólo un párrafo parecía oscuro en el brillante cuadro de los beneficios venideros: «La línea aun no ha sido recorrida minuciosamente». Esto quizá hubiese puesto al noble marqués cuyo atractivo nombre encabeza la lista del Comité provisional, en el aprieto de aquel viajero de Sterne, a quien, habiendo hecho la observación de cuántas mejores cosas se hacían en el continente que en Inglaterra, le preguntaron: «Caballero, ¿ha estado usted allí alguna vez?».

ferrocarriles hispanoingleses

Otro proyecto aún más difícil se hizo público para unir Avilés, situado sobre el Atlántico, con Madrid, a pesar de los Alpes asturianos y de las montañas del Guadarrama. El autor de este ingenioso plan debía recibir 40.000 libras por su cesión de un plano a la Compañía, y sólo ha recibido 25.000, que teniendo en cuenta las dificultades naturales y las imprevistas, puede considerarse una cantidad poco remuneradora. Aun cuando en el programa original constaba que la línea había sido recorrida y no presentaba ninguna dificultad de construcción , se creyó prudente obtener alguna noción exacta de las localidades en que se había de trabajar, y fue enviado sir Joshua Walmsley con personal competente a atisbar el país, aunque la vieja costumbre judía era más bien hacer eso antes que después de contraer ningún compromiso serio. El espíritu soñador de Londres sufrió una gran decepción al descubrir que el país que ellos creían llano como el mapa de Arrowsmith, en el prospecto presentaba obstáculos tan insignificantes para la vía férrea, como varias leguas de cordilleras cuyas cumbres alcanzaban de 6.000 a 9.000 pies de altura y estaban cubiertas de nieve durante unos cuantos meses del año. Esto fue un desengaño completo. El artículo relatando lo ocurrido en la reunión extraordinaria ( Morning Chroniele , 18 de diciembre de 1845) debió imprimirse en letras de oro, pues él dió la voz de alerta a nuestros confiados compatriotas. Entonces el presidente observó con idéntica naïveté que sentimiento, que «si hubiera sabido antes lo que sabía ahora, habría sido el último en emprender la obra de un ferrocarril en España».

Esta experiencia le costó, según dijo, 5.000 libras , que es demasiado pagar por un pito de ferrocarril español. Por cinco libras podía haber comprado las obras de Townshend y del capitán Cook, y nuestra modestia nos priva de citar otro libro rojo, en el cual estos lugares, estos espléndidos Alpes, están descritos por personas que los han paseado, o más bien escalado. En otra reunión de otra Compañía de ferrocarriles españoles, celebrada en Londres el 20 de octubre de 1846, otro director declaraba haberse enterado de «un hecho del que no se le había advertido nada antes: que era imposible cruzar los Pirineos».

Entretanto el Gobierno de Madrid había exigido 30.000 libras como fianza. Y es que la cautela no es condición de nuestros capitalistas, en el momento en que el dinero que les sobra se les sube a la cabeza, y la consecuencia natural es la pérdida de éste y del sentido común. Pero el sino de las cosas de España es ser juzgadas siempre por personas que nunca han estado allí, y que además no sienten pudor alguno al poner de manifiesto la indecente desnudez de su ignorancia geográfica. Cuando el loco guía al ciego, guarda zanja y guarda cerro.