Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

la felicidad suprema

Pero volvamos a las cosas dignas de verse en España. Feliz podía considerarse en nuestro tiempo el viajero que, incluso dispuesto a dar propinas abundantes, tropezase con un bibliotecario que supiese qué libros había en la biblioteca, o con un cura que pudiese darle cuenta de los cuadros que había en su iglesia: si se le preguntaba por el cuadro de Murillo respondía encogiéndose de hombros o con un seco no hay; de haber preguntado por el «bendito Santo Tomás», quizá le hubiese señalado, por ser el asunto y no el pintor lo que había que saber para el servicio del culto. Este beatífico estado de ignorancia es tan agradable para el cerebro español como el dolce far niente lo es para el cuerpo. Todo lo que supone molestia, turba la felicidad suprema que consiste en ahorrar esfuerzo. Podríamos llenar un capítulo entero con ejemplos que, de no habernos ocurrido a nosotros mismos, creeríamos que eran burdas invenciones.

El no responder a las preguntas más sencillas o no dar datos de las cosas más comunes, es tan corriente, que al principio creíamos que era por miedo a la cárcel o por un resto de reserva inquisitorial, más bien que por una ignorancia satisfecha y de buena fe; pero un largo trato y experiencia nos hizo convencernos de que poca gente es más comunicativa que las clases bajas españolas, especialmente con un inglés, al que revelan sus secretos privados y familiares: su falta de conocimiento se aplica más bien a las cosas que a las personas.

 

cuestión de fechas

Si se va a visitar a un español y, no encontrándole casa, se pregunta al criado o criada por el número de la casa para escribirle, seguramente la contestación es: « Yo no sé, señor, nunca me lo han preguntado, ni lo he mirado. Vamos afuera y lo veremos. ¡Ah!, es el número 36.» Una vez queríamos enviar un cargo de Mérida a Madrid, y preguntamos al ventero, barrigón, de negras patillas: «¿Qué día sale su ,galera para la Corte?» «Todos los miércoles; pierda el señor cuidado», contestó. «¡Qué disparate!, replicó su trigueña y ojialegre mujer, ¿por qué le dices esa mentira a ese caballero? La galera sale los viernes, señor».

Durante la disputa de esta pareja tan bien avenida, quiso mi buena suerte que acertase a llegar el mayoral, el cual nos dijo que los días de viaje eran los jueves, y por fin supimos a qué atenernos. Esto ocurrió en provincias, pero también se puede presentar un ejemplo de algo semejante ocurrido en la capital, cerebro y corazón de las Castillas. «Señor, tenga usted la bondad, dijimos una vez a un grave y pomposo burócrata que despachaba los billetes para la diligencia a Toledo, tenga la bondad de reservarme un billete para el lunes siete». «Creo que se equivoca usted de fecha -respondió muy cortésmente porque habíamos empezado prudentemente el negocio regalándole un buen habano: el lunes es ocho del mes corriente.

Como no era así, sacamos un almanaque que por casualidad llevábamos en el bolsillo y se lo ensañamos para que se convenciera: «Es verdad, señor ,dijo el hombre tranquilamente, después de examinarlo con atención, bien sabía yo que llevaba razón; este almanaque está impreso en Sevilla, lo cual era verdad, pero aquí estamos en Madrid, y eso es otra cosa,.. En esta idea de la diferencia solar y de la preeminencia de la Corte, debe recordarse que el sol, al ser creado, lució primeramente sobre la vecina ciudad adonde iba la diligencia, y que aún en el siglo pasado se consideraba una herejía en Salamanca decir que no giraba alrededor de España. Desgraciadamente se ha pasado allí más tiempo que en las metáforas o en las conferencias astronómicas. España no es un país para los hombres de cálculo; aquí lo que debe ocurrir, y lo que ocurrirá seguramente en otras partes, según Cocker y la doctrina de las probabilidades, es precisamente lo que no sucederá nunca. Sólo puede uno fiarse de un hecho aritmético si lleva consigo una mediana certeza: representando los sucesos por números, puede tenerse la seguridad de que dos y dos darán por resultado tres unas veces, y quizá cinco otras, y siempre hay una diferencia de uno con respecto de cuatro, cuando dos y dos deben de ser siempre cuatro. Hay otra regla cierta con respecto a los números oficiales españoles; por ejemplo, si se dice: «cinco mil muertos y heridos» o «se entregarán cinco mil duros» deben rebajarse dos ceros y a veces hasta tres si se quiere tener el número aproximado.

 

 

¿a qué hora son los toros?

Como decía el perspicaz y práctico duque de Wéllington, es muy difícil conocer a fondo a los españoles: allí, ni las mujeres, ni los hombres, ni los soles, ni los relojes marchan nunca al unísono; allí, como en un concierto holandés, cada cual elige su tono y su diapasón, y cada uno de los que forman la orquesta trata de ser el primer violín. Todo esto es cosa tanto más corriente cuanto que los españoles, como los irlandeses, toman a broma las equivocaciones, tonterías, faltas de puntualidad, informalidades e inconsecuencias con las que los puntuales hombres de negocios ingleses y alemanes se vuelven locos. Formados de contradicciones y viviendo en el pays de l'imprévu, donde la excepción es la regla, donde las fuerzas motoras son el accidente y el impulso momentáneo, las gentes se dejan llevar buenamente, y, sobre todo en colectividad, obran como mujeres y niños. Una chispa, una nimiedad, pone en acción a las impresionables masas y nadie puede prever el suceso más sencillo, ni hay un español que intente mirar más allá del momento, de la situación actual, ni pueda predecir lo que traerá el mañana, cosas que deja para el extranjero que no le entiende a él. Paciencia y barajar es su lema, y «pacientemente» esperan lo que salga de las vueltas de la baraja.

Una cosa hay, sin embargo, que todos saben con exactitud, una pregunta a la que todos pueden responder, y providencialmente se refiere al asunto más digno de observación para cualquier extranjero: ¿Cuándo y a qué hora son los toros? Y esto siempre se sabe, a pesar del aviso que aparece en los carteles: «si el tiempo no lo impide», pues aun cuando este espectáculo suele ser en verano, época en que la lluvia y las nubes son un mito, las prudentes autoridades desconfían hasta del bendito sol y sospechan de sus procedimientos como si estuvieran irregulados por un relojero castellano.