Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

los encantos de España

Los aficionados a lo romántico, lo poético, lo sentimental, lo artístico, lo arcaico, lo clásico, en una palabra, a las líneas bellas y sublimes, encontrarán tanto en el pasado como en el presente de España bastantes asuntos al recorrer con lápiz y cuaderno esta nación singular suspendida entre Europa y África, entre la civilización y la barbarie; este país de los verdes valles y las montañas peladas, de las inmensas llanuras y las quebradas sierras; aquellos jardines paradisíacos llenos de vides, olivos, naranjos y áloes; aquellos vastos eriales, silenciosos, sin caminos, sin cultivos, herencia de la abeja silvestre; y al huir de la insulsa uniformidad, de la pulida monotonía de Europa, la aromática frescura de este original e inmutable país, donde la antigüedad le pisa los talones al presente, donde el paganismo le disputa el altar al cristianismo, donde los excesos y el lujo reinan junto a las privaciones y la pobreza, donde la negación de todo sentimiento generoso y humanitario va de la mano con las más heroicas virtudes, donde las violentas pasiones africanas conviven y emparejan con la más fría crueldad, y donde la ignorancia y la erudición se presentan en violento y notable contraste.

«Allí, dice la «Guía» en un estilo que cualifica a su autor para escribir en el álbum más elegante y mejor editado, puede el anticuario escudriñar los conmovedores monumentos de miles de años, los vestigios de las empresas fenicias, de la magnificencia romana, de la elegancia árabe, en aquel depósito de costumbres antiguas, en aquel almacén de todo lo olvidado y desvanecido; allí puede admirar los monumentos clásicos, casi sin paralelo en Grecia o Italia, y aquellos mágicos palacios de Aladino, creación de la fantasía y el esplendor árabes, privilegio exclusivo de España, con el que encanta al insulso europeo. Allí el sentimental puede espaciarse en la poesía de su decadencia, que desarma a la envidia y que, perdido su alto puesto, conserva la dignidad de un monarca destronado que, sin queja, sabe respetarse a sí mismo, último consuelo del noble innato que no le arrancará la suerte adversa; allí el artista puede extasiarse ante las obras maestras del arte ideal italiano de Rafael y Ticiano, que se esforzaron en decorar los palacios de Carlos, el gran emperador contemporáneo de León X; podrá admirar a las criaturas de Velázquez y de Murillo, cuyos cuadros sólo en España pueden verse realmente; allí podrá el artista dibujar la traza ceñuda de los castillos, la pompa y magnificencia de las catedrales, donde se adora a Dios de manera tan digna de su gloria como puedan alcanzar las artes y riquezas del hombre mortal; allí puede gozar de la melancolía de los claustros góticos, de los torreones feudales, del inmenso Escorial, del pétreo alcázar de la imperial Toledo, de las soleadas torres de la soberbia Sevilla, de las eternas nieves y de la deliciosa vega de Granada; allí el geólogo podrá trepar por montañas de mármol y por sierras preñadas de minerales; el botánico podrá elegir, en los invernaderos naturales, infinidad de plantas desconocidas, sin rival en color y con el aroma de la dulce melodía; allí todos, sabios e ignorantes, escucharán las típicas canciones, el rasgueo de la guitarra y el repiqueteo de las castañuelas, o contemplarán el alegre fandango o la emocionante corrida de toros; todos podrán alternar con el alegre, amable y sobrio campesino, libre, varonil e independiente, al mismo tiempo que cortés y respetuoso; todos podrán convivir con el noble, digno, altivo y pundonoroso español, y disfrutar de su amable y cortés vanidad, admirando a sus mujeres, de ojos negros, tan francas y naturales, a las que la voz de todos los tiempos y de todos los pueblos ha concedido la palma de los atractivos y a las que Venus ha donado su mágico cinturón de gracia y de hechizos; allí ... pero bastante es lo dicho para emprender un viaje en el que, como Don Quijote dijo, «ocasión tendremos, hermano Sancho, de meter manos hasta los codos en verdaderas aventuras».

 

dificultades para el dibujo

Y no andaba equivocado el hidalgo manchego al atribuir un cierto carácter aventurero a los que buscan en España conocimientos útiles y agradables, pues los naturales acostumbran, y no sin razón, a compararse a sí mismos y a su país a tesoros escondidos; pero también les gusta invertir los términos y atacar a cualquier industrioso extranjero que los desentierre, como Le Sage hizo con el alma de Pedro García. No hay nada que en toda la extensión de la Península sea más sospechoso que un extranjero dibujando o tomando notas; todo el que lo ve sacando planos, mapeando el país, que esas son las expresiones que se usan al hablar del más sencillo dibujo al lápiz, supone que es un espía, o un ingeniero y, desde luego, que no está allí con buenas intenciones.

Las clases bajas, a semejanza de los orientales, dan un sentido vago y misterioso a esta conducta, para ellos ininteligible; y en cuanto ven a alguien dedicado a los trabajos antedichos le conducen ante las autoridades civiles o militares, y, de hecho, en los sitios apartados, en cuanto llega un desconocido, es objeto de vigilancia por todo el mundo, dado lo raro de la ocurrencia. Una cosa parecida sucede en Oriente, donde se supone que los europeos son enviados por sus Gobiernos, pues ni ellos ni los españoles pueden comprender que una persona sufra molestias y gaste dinero, cosa que ningún natural del país hace, con el único objeto de conocer un país extraño, por instrucción o placer. Cuando se hace alguna pregunta o se demanda alguna información sobre cosas que, según ellos, no son dignas de estudio, puede tenerse la seguridad de que los datos que se obtengan serán falsos o, por lo menos, falseados por los que los proporcionen, que en todas partes sólo desean adular al que manda, sea civil o militar. Los españoles dan poca o ninguna importancia a los panoramas, las ruinas, la geología, las inscripciones, etc., etc.; están habituados a verlas a diario y, por tanto, no se explican que pueda tenerla para los extranjeros; juzgan a los demás por sí. En España es raro el individuo que dibuja, y el que lo hace es considerado como profesional y utilizado por los demás.

 

 

suspicacia de las autoridades

Una de las peores cosas que los franceses dejaron en España fue la desconfianza por el individuo que lleva lápiz y cuaderno. Antes de su invasión enviaron agentes y espías que, con el aspecto de viajeros, estudiaban el país, y después, despojándose de la piel de cordero, guiaron a los lobos al saqueo y a la destrucción. El anciano prior de la Merced de Sevilla nos decía, al enseñarnos los bastidores y los estuches de donde los Soult y Compañía «mudaron» los Murillos y los vasos sagrados: ¿Lo creerá usted?, entre los ladrones reconocí a un individuo, que se reía burlonamente de mí, al cual, algún tiempo antes de la llegada de los invasores, yo mismo había enseñado nuestros tesoros. «¡Tonto de mí, que tomé a aquel gabacho por un hombre honrado¡» No obstante, este digno individuo estaba condecorado con la legión de honor de Bonaparte, el cual, lo primero que pensaba, según su libro de notas, hacer en Inglaterra, después de conquistarla, era llevarse el vaso de Warwick, según Denon(1), que también había desvalijado a los egipcios, le dijo a sir E. Tomason. Nosotros, los ingleses, que a pesar de los deseos de muchos reales folicularios no hemos recibido ninguna visita en nuestras «opulentas tiendas», no podemos comprender bien los sentimientos de los que aun tienen viva la herida y sufren las consecuencias de la expoliación. El gato castellano, que ya ha sido escaldado, huye aún del agua fría.

Por esto hay que excusar en cierto modo a las autoridades españolas, particularmente en los sitios poco frecuentados, cuando se inquietan al ver a un extranjero que fisgonea. Su primera impresión, como ocurre en Oriente, es que puede ser un francés, y de aquí su escama, su temor y su intranquilidad. En Sevilla, en Granada y en otros lugares donde hay abundancia de artistas extranjeros, se les suele permitir tomar apuntes, aunque mirándoles con cierto menosprecio; pero en las comarcas aisladas, aun el que sólo contempla las estrellas, es objeto de una vigilancia extremada por el elemento oficial. Él seguramente estará tan ajeno de los ominosos sentimientos y siniestros temores que despierta, como el inocente cuervo lo estaba de la significación que los romanos augures atribuían a su vuelo; y pocos antiguos augures podían rivalizar con los alcaldes españoles de hoy en cuanto a rápidas sospechas y a percepción del mal, sobre todo cuando no hay mal ninguno.

Los que hayan leído la admirable obra The Bible in Spain, recordarán que su autor Borrow estuvo a punto de ser fusilado por haberle tomado por Don Carlos, evitándolo la milagrosa intervención del alcalde de Corcubión, el cual, si todavía vive, debe de ser un ave fénix de los alcaldes, y evidentemente digno de observación, pues era un lector del «gran Baintham», o sea nuestro ilustre Jeremías Bentham, al que los reformistas españoles pidieron una constitución de papel, sin conocer a punto fijo el significado de la palabra o de la cosa, ni si estaba hecha de algodón o de pergamino. Otro de los que mejor han escrito acerca de la Península y sus curiosidades, lord Carnarvon, también estuvo expuesto a sufrir la misma suerte por confundirle con don Miguel; el capitán Widdrington, hombre amabilísimo y honorable por todos conceptos, fué detenido por suponerle agente de Espartero; y nuestra modesta persona ha tenido la suerte de ser llevada a un cuerpo de guardia por dibujar unas ruinas romanas, y el honor de ser tomado por Curius Dentatus, un caimán, o por Julio César, pues no hay absurdo ni ignorancia, por inconcebible que sea, demasiado grande para los golillas locales, que casi nunca se inclinan a nada que tenga sentido, y cuando dejan hablar al miedo, son tan sordos a los dictados del sentido común o de la humanidad como si fueran víboras o beréberes; y aquí como en Oriente, aun los mejor intencionados pueden ser tomados por espías y cortárseles las barbas, como se hizo con los emisarios del rey David. En todas las clases sociales está arraigado el odio al extranjero, y en vez de observarle razonablemente y tratar de averiguar lo que realmente sea, tergiversan sus actos y palabras más inocentes, dándoles el sentido que se amolda a sus absurdos prejuicios, hasta que, cualquier nonada se convierte en sus cabezas en pruebas más firmes que el mismo Evangelio. Hay que reconocer, sin embargo, que cuando las autoridades se convencen de que el extranjero es un inglés con intenciones pacíficas, nadie les iguala en cortesía y amabilidad, y, sobre todo, si son de clase humilde, miran con curiosidad los dibujos; las clases más altas no prestan atención, en parte por cortesía y en parte por el principio oriental de niladmirari, que ocultando la inferioridad y la ignorancia, es prueba al mismo tiempo de buena crianza.


El barón Denon, director general de los Museos franceses en el primer imperio (1747-1825)