Viaje por España (Tra los montes)
Teófilo Gautier (1840)
Viajes y viajeros por España

Capítulo XI. PROCESIÓN DEL CORPUS EN MADRID.—ARAN]UEZ.— LA CAMPIÑA DE OCAÑA.—UNA NOCHE EN MANZANARES.—LOS CUCHILLOS DE SANTA CRUZ. BAILÉN.—JAÉN: SU CATEDRAL Y SUS MAJOS.—GRANADA.—LA ALAMEDA.—LA ALHAMBRA.—EL GENERALIFE.—EL ALBAICÍN—,LA CARTUJA.—SANTO DOMINGO.— ASCENSIÓN AL MULHACEN

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Había que pasar de nuevo por Madrid para tomar la diligencia de Granada. Podíamos haberla esperado en Aranjuez, pero corríamos el peligro de encontrarla llena. Nos decidimos por ir a Madrid. A eso de la una llegamos a Illescas, casi abrasados y sin más incidentes que el del calor, nada nuevo ofrecía para nosotros el camino, salvo el recorrerlo en sentido inverso. Después de permanecer en la posada el tiempo necesario, reanudamos la marcha. Se necesitaba verdaderamente un gran valor para abandonar con treinta grados de temperatura una posada donde se tienen a mano varias filas de jarros, botijos y otros cacharros cubiertos de agradable transpiración. Beber agua es una voluptuosidad que no he conocido hasta llegar a España. Bien es verdad que el agua es allí ligera, límpida y de exquisito sabor.

Santa María de Illescas. (Dore)Ya conocíamos Madrid y nos encontramos a nuestra vuelta otra, cosa de particular que es la procesión del Corpus, la cual ha perdido mucho de su antiguo esplendor, debido a la clausura de los conventos y a la supresión de las cofradías religiosas. Sin embargo, todavía conserva gran solemnidad. Los lugares por donde ha de pasar la procesión están cubiertos de arena fina, y encima de las calles hay unos grandes toldos de lona que van de casa a casa de enfrente para mantener en las calles una sombra fresca y grata. Los balcones están llenos de bellas mujeres, elegantemente vestidas. Ofrece el conjunto un golpe de vista de lo más encantador que puede darse. El movimiento de los abanicos que se abren, se cierran, palpitan y se agitan como vuelos de mariposa; el movimiento de brazos de las mujeres; sus ademanes al arreglarse la mantilla y al corregir los pliegues de su ropa; las miradas que se cruzan de un balcón a otro entre los conocidos; la inclinación de cabeza y el gracioso gesto que acompaña al saludo con que las señoras responden a los caballeros; la multitud pintoresca, mezclada de gallegos, montañeses, levantinos, manolas y aguadores; todo esto forma un espectáculo de una animación y una alegría sorprendente. Delante de la procesión van los niños de la Inclusa, vistiendo sus uniformes azules. En aquella larga fila de criaturas observamos pocas que tuviesen un rostro agradable; el mismo Himeneo en plena indiferencia conyugal no hubiera podido producir nada menos acertado que aquellos hijos del amor. Después pasan los estandartes de las parroquias, el clero, las urnas de plata y bajo un dosel de tisú de oro el Cuerpo de Dios rodeado de un sol de brillantes cuyo fulgor ciega.

La antigua devoción de los españoles me pareció un tanto fría, y en este aspecto no encontré diferencia con París en los tiempos en que no arrodillarse ante el Santo Sacramento, era una actitud de buen gusto. Apenas si al paso del Monumento los hombres se llevaban la mano al ala del sombrero. La España católica no existe. La Península hállase entregada a las ideas volterianas y liberales con todos sus conceptos sobre el feudalismo, el fanatismo y la Inquisición.

Madrid llegó a parecernos insoportable, y los dos días que aún permanecimos en él nos parecieron dos siglos. Soñábamos con naranjos, limoneros, castañuelas y trajes pintorescos, cosa que, según nos decía todo el mundo, se hallaban en Andalucía, de la que contaban maravillas con ese tono un poco fanfarrón, que los españoles no pueden evitar, lo mismo que los gascones franceses.

Por fin llegó el día deseado, pues todo llega en este mundo, incluso lo que uno quiere. Partimos pues en una diligencia muy confortable arrastrada por un ejército de mulas esquiladas, gordas y vigorosas que marchaban velozmente. La diligencia estaba tapizada de nankín y provista de cortinillas y persianas verdes. Después de las galeras, sillas volantes y calesas en que habíamos traqueteado hasta entonces, este vehículo nos pareció algo magnífico. Efectivamente hubiera sido muy cómodo sin aquella temperatura de horno que nos achicharraba, a pesar de los abanicos agitados constantemente y de la ligereza de nuestros vestidos.

Los alrededores de Madrid son tristes, ardientes y áridos. El cielo en el centro del día es de color plomizo; la tierra, de un gris de pólvora, en la que brillan chispas de luz. Para hallar un poco de defensa contra los rayos devoradores del sol hay que seguir la estrecha franja de sombra casi azul que proyectan las tapias. Hemos de tener en cuenta que nos hallamos en pleno mes de julio, época que no es la más a propósito para tener fresco viajando por España. Pero a nosotros nos gusta visitar los países en su estación más rigurosa; España en verano y Rusia en invierno.

fuente de San Antonio de Aranjuez. (Dore)Poco hay que mencionar hasta el Real Sitio de Aranjuez. Aranjuez es un palacio de ladrillo con esquinas de piedra, blanco y rojo, con tejados de pizarra, pabellones y veletas que recuerdan los edificios que estuvieron en moda en la época de Enrique III y de Luis XIII, como el palacio de Fontainebleau y las casas de la Plaza Real de París. Se cruza el Tajo por un puente colgante. El río mantiene una frescura en la vegetación que produce la admiración de los españoles y que permite que se desarrollen allí con lozanía los árboles del Norte. Al salir del pueblo se encuentra a la izquierda la Plaza de Toros, de aspecto monumental. De Aranjuez a Ocaña el paisaje, sin tener nada de particular, presenta trozos pintorescos. Teníamos que cenar y dormir en Ocaña para esperar allí el Correo real y unirnos a él para aprovechar su escolta, pues pronto nos internaríamos en la Mancha, infectada a la sazón por los Palillos, Polichinelas y otros honorables ciudadanos con los que no era agradable encontrarse. Paramos en una posada excelente, con su patio de columnas cubierto por un toldo. Al día siguiente, a las cinco de la tarde, después de dormir la siesta, nos levantamos para dar una vuelta por el pueblo en espera de la comida, que fue bastante aceptable o, por lo menos, así pareció a nuestro apetito. Poco después llegaba el Correo Real, en el que venía una escolta especial de cuatro jinetes, armados con trabucos, pistolas y unos magníficos sables. Eran hombres, de alta estatura, de rostros muy típicos, con sus patillas negras, sombreros puntiagudos de alas anchas, calzones de pana y polaina de cuero. Su aspecto era más de ladrones que de gendarmes, por lo que nos pareció casi una muestra de humorismo el llevarlos con nosotros por temor a encontrarnos con ellos. Veinte soldados metidos en una galera seguían al Correo real.

Toda la llanura del Reino de Toledo, que cruzábamos era un yermo espantoso, como próximo a la Mancha, patria de Don Quijote, y provincia la más desolada y estéril de España. Puerto Lápiche consiste en algunas ruinas, dispersas aquí y allá o suspendidas en la pendiente, de algunas laderas agrietadas a fuerza de calor y que se desgarran en extrañas heridas: aquello es el colmo de la desnudez. la miseria es tanto más desconsoladora cuanto que el resplandor de un cielo implacable hace resaltar toda su fealdad. La melancolía, envuelta en niebla, de los países del Norte, no significa nada junto a la tristeza, de los países luminosos y tórridos. Al ver aquellas casuchas, se siente lástima hacia los pobres ladrones obligados a, vivir de su trabajo en una comarca, donde no se encuentra con qué hacer un huevo pasado por agua en diez leguas a la redonda.

Poco después de Puerto Lápiche se entra en la Mancha. Dos o tres molinos de viento, que presumen de haber sostenido el choque de la lanza de Don Quijote, se alzan hacia la derecha, golpeando de cuando en cuando perezosamente sus alas flácidas, empujadas por un débil viento. La venta donde nos detuvimos para beber dos o tres jarras de agua fresca se vanagloria también de haber alojado al héroe inmortal de Cervantes.

A media noche y medio muertos de hambre llegamos a Manzanares. El Correo, que nos precedía, utilizando su derecho de prioridad en el arribo Y sus buenas relaciones en la posada había agotado las provisiones que consistían, es necesario advertirlo, en tres o cuatro huevos y un trozo de jamón. Nos pusimos a dar voces, quejándonos y lamentándonos de la manera más emocionante, al mismo tiempo que declarábamos que prenderíamos fuego al mesón para asar a la misma mesonera si no había otro alimento. Aquel alarde de energía tuvo su premio, que consistió, a eso de las dos de la madrugada, en una cena para la que tuvieron que despertar a medio pueblo. Pero nos dieron un cuarto de cabrito, huevos con tomate, jamón y queso de cabra, con un vinillo blanco bastante bueno. Comimos todos juntos, en el patio, iluminado por unas lámparas de cobre amarillo, muy semejantes a las antiguas lámparas funerarias, cuya llama, agitada por el viento, proyectaba en la noche extrañas sombras, dándonos un aspecto monstruoso de devoradores de niños.

Volvimos a montar en el coche; el sueño nos invadió y cuando volvimos a abrir los ojos nos encontramos en Valdepeñas, pueblo vulgar, que debe su fama exclusivamente a sus viñedos; su nombre de valle pedregoso está plenamente justificado. Nos detuvimos allí para desayunar, y por una inspiración del cielo se me ocurrió la idea de tomar no sólo mi chocolate sino el, de mi compañero, que todavía no había despertado; en previsión del hambre futura, metí en mi taza tantos buñuelos como cupieron, de modo que formé una pasta espesa y sustanciosa que había de bastarme durante largo tiempo. Minutos después emprendimos la marcha a toda prisa, pues había que seguir de cerca al Correo real, para no perder las ventajas de su escolta.

puerto Arenas de Jaén a Granada. (Dore)En Santa Cruz, vendían toda clase de cuchillos y navajas, que nos ofrecían a los viajeros; Santa Cruz y Albacete son muy nombrados por la fabricación de cuchillería; hay navajas de estilo árabe y bárbaro muy características, con mango de cobre, cuyos calados dejan al descubierto grandes incrustaciones rojas, verdes o azules; relieves groseros, pero ejecutados con gracia, adornan la hoja, de forma de pescado, y afiladísima. Estas hojas suelen tener letreros como los siguientes: Soy de uno sólo, o bien: Cuando esta víbora pica, no hay remedio en la botica. A veces la hoja tiene tres líneas paralelas, rayadas, cuyo hueco va pintado de carmín, lo que le da una apariencia verdaderamente terrible. El tamaño de estas navajas varía de tres pulgadas a tres pies... Algunos majos (gente elegante del pueblo) llevan navajas que abiertas resultan más largas que un sable: para asegurar abierta la hoja poseen un muelle articulado, junto al mango. La navaja es el arma favorita de la gente del pueblo en España; la manejan con una destreza increíble, y para batirse arrollan la capa en el brazo izquierdo a manera de escudo. Los maestros de este arte son tan numerosos en Andalucía como los maestros de esgrima en París. Todo esgrimidor de la navaja tiene su método especial y sus golpes secretos; los inteligentes, según se afirma, cuando ven una herida conocen al artista que ha ejecutado el trabajo, de la misma manera que por unas pinceladas se puede identificar a un pintor. Los accidentes del terreno comenzaban a ser más acentuados y frecuentes; subíamos y bajábamos, según íbamos aproximándonos a Sierra Morena, que es el límite del Reino de Andalucía. Detrás de aquella cadena de montañas color violeta se hallaba el paraíso de nuestros sueños. Las piedras se transformaban en rocas; los montes, en macizos abruptos; enormes plantas de cardo de seis o siete pies de altura, erizaban el borde de las rutas como alabardas de invisible ejército. No es posible imaginarse nada más grandioso que esta entrada, que puede considerarse como puerta de Andalucía; se llama el Puerto de Despeñaperros (puerto de los perros), llamado así porque por él salieron para Andalucía los moros vencidos llevándose consigo la felicidad y la civilización de España. La garganta está tallada; enormes peñascos, de mármol rojo, cuyas capas se van superponiendo de una manera ciclópea, con regularidad arquitectónica. Aquellos enormes bloques de anchas grietas transversales alcanzan unas proporciones que reducen a tamaño microscópico las mayores rocas graníticas de Egipto. Las laderas son tan abruptas por la parte que se inclina hacia el camino, que ha sido necesario preservar a éste con un parapeto, sin el cual las diligencias, siempre lanzadas al galope, y difíciles de guiar a causa de las numerosas revueltas, podrían seguramente dar un salto final de quinientos o seiscientos pies. En Sierra Morena es donde el Caballero de la Triste Figura, imitando a Amadís en la Peña Pobre, cumplió su célebre penitencia, que consistía en hacer cabriolas en camisa sobre las rocas más puntiagudas y donde Sancho Panza, el hombre práctico junto a la locura elevada y noble, encontró la maleta de Cardenio llena de ducados y camisas finas. En España es imposible dar un paso sin que os asalte el recuerdo de Don Quijote: tanto espíritu nacional posee la obra de Cervantes. Sus dos figuras son resumen de todo el carácter español; la exaltación hidalga y el espíritu aventurero unida al sentido práctico y a una bondad jovial llena de finura y humorismo.

Pasada Sierra Morena, el aspecto de la naturaleza cambia totalmente. Es como si de un salto transcurriéramos de Europa a África. Los reptiles corriendo hacia sus agujeros rastrean oblicuos la fina arena de la carretera; empiezan a verse las grandes hojas espinosas de las chumberas. Ante nosotros, extendíase como un panorama infinito el hermoso Reino de Andalucía. familia de mendigos de Jaén. (Dore)

Aquel panorama tenía la grandiosidad del mar; grandes montañas se desarrollaban con ondulaciones de suavidad graciosa, como oleadas; otras cumbres, con jirones extraños, parecían como las telas de esos cuadros antiguos que flotan desgarradas, amarillas por un lado y azules por otro. Todo estaba inundado de sol, de fúlgida luz, como debía ser, la que iluminó el Paraíso terrenal. La luz resbalaba en aquel océano de montañas como, si fuese de oro y plata líquidos, para desbordarse en espumas fosforescentes al chocar con los obstáculos. Aquello era más grande que las más amplias perspectivas del inglés Martywny e infinitamente más hermoso. El infinito en claro es más sublime y extraordinario que el infinito en oscuro. En La Carolina hicimos una comida seria, regada por un buen vino. Ya no teníamos que caminar detrás del Correo. En estos parajes la seguridad era ya perfecta. Cerca de las cuatro llegamos al pueblo de Bailén, célebre por la triste capitulación que ostenta su nombre. Allí teníamos que pasar la noche, y mientras llegaba la hora de la cena fuimos a pasear por el pueblo y los alrededores con una señora granadina y una joven muy bonita que iba a tomar los baños de mar a Málaga, en compañía de su padre y su madre. Pudimos observar que la habitual reserva de los españoles pasa con presteza a convertirse en una cordial y honesta familiaridad y apenas se dan cuenta de que las personas con quienes tratan no son viajantes de comercio, titiriteros o vendedores de perfumes. La villa de Bailén, con sus techumbres de teja, su iglesia rojiza y el blanco caserío que se apiña al pie del campanario como un rebaño de cabras, producía un primer término admirable; más lejos los campos de trigo ondulados en líneas de oro se extendían hasta el fondo, en el que varias cordilleras se alzaban, dejando ver a lo último las crestas brillantes y lejanas de Sierra Nevada.

Salimos muy de mañana para evitar el calor, y de nuevo pudimos contemplar las hermosas adelfas, relucientes como la gloria y frescas como el amor, que habíamos descubierto la víspera, luego el Guadalquivir nos cortó el paso con sus aguas turbias y amarillentas. Hubimos de cruzarlo en una barcaza, y enseguida emprendimos el camino de Jaén. A la izquierda se nos hizo notar la torre de Torrequebradilla, iluminada, por los rayos de sol y no tardamos mucho tiempo en contempla la extraña silueta de Jaén, capital del Reino de este nombre. En Jaén es donde he visto los trajes nacionales más pintorescos. Los hombres visten calzones de pana azul, con botones de filigrana de plata, y polaina de Ronda, calada con agujetas y arabescos en un tono más oscuro. Lo más elegante consiste en no abrochar más que los botones de la parte superior, de modo que se pueda lucir la pantorrilla. Este atuendo, que se parece mucho al de los antiguos bandidos italianos, lleva también una ancha faja de seda roja o amarilla, una chaqueta corta de paño con alamares, una manta azul u ocre y un sombrero de alas anchas, puntiagudo, adornado con terciopelo y madroños de seda; algunos hombres llevan traje de cazador: piel de gamo color avellana y pana verde. En España se dice de Jaén: Ciudad fea y mala gente, cosa que ningún pintor encontrara exacta. Allí como aquí, para la mayoría de las personas, lo bello de una ciudad consiste en que esté tirada a cordel y sea muy abundante en faroles y en burgueses.

(Grabados J.Robert, G.Dore, A.Wagner)