Viaje por España (Tra los montes)
Teófilo Gautier (1840)
Viajes y viajeros por España

Capítulo VI. El correo real.- Una galera.- Valladolid: San Pablo.- Una representación de Hernani.- Olmedo.- Madrid

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la diligencia. (Wagner)El Correo real, en el que partimos de Burgos, merece una descripción particular. Se trata de un modelo de coche que ya no puede encontrarse en ninguna parte más que en la España fósil. Es un armatoste con ruedas enormes, colocadas muy a la trasera de la caja, que fue de color rojo en tiempo de Isabe I la Católica. Es un cajón extraño, con muchas ventanas de forma redondeada, almohadillado por dentro con pequeños cojines, que tal vez fueron en otro tiempo de satén rosa. Ahora, a pesar de sus adornos y agremanes, ostentan todos los colores. Semejante carroza se hallaba sencillamente suspendida en unas cuerdas, reforzadas en algunos sitios con soga de esparto. Tiran de esta máquina unas cuantas mulas puestas en hilera, con sus correspondientes postillones y el mayoral con su chaqueta, de piel de astracán y pantalón de piel de oveja, vestido que le da una apariencia completamente rusa. Entre una lluvia de gritos, latigazos y blasfemias nos pusimos en marcha. Caminábamos a gran velocidad; devorábamos el terreno con una rapidez fantástica. Nunca he visto mulas más furiosas, más bravas, ni más indómitas. Las comarcas que cruzábamos tenían un aspecto verdaderamente salvaje: eran inmensos yermos desprovistos de árboles, monótonos, terminados en montañas de color ocre, a las cuales ni siquiera la distancia podía dar un tinte azulado. De vez en cuando atravesábamos pueblecillos construidos en barro, ruinosos la mayor parte de ellos.

Cenamos en Torquemada, pueblo situado en la margen de un río, entre numerosas fortificaciones en ruina. Un hecho particular es que en todo el pueblo no existen cristales; solamente en el Parador hay alguno; pero aquí, en cambio, la cocina ostenta un agujero en el techo. Engullimos unos cuantos garbanzos, que golpeaban en nuestro estómago como perdigones en un pandero y volvimos a nuestro cajón para continuar de nuevo el desenfrenado viaje. Por regla general, cuando dos coches de estos tirados por mulas se cruzan en un camino, uno de los dos vuelca, y así ocurrió, De pronto salimos despedidos hacia el techo del coche, que se había hecho mil pedazos, y poco después pudimos ver en medio del campo, con gran satisfacción, que nuestro daguerrotipo, en su estuche, se hallaba intacto, como si estuviese en la tienda de Susse, donde lo compramos.

Las mulas se habían esfumado y no disponíamos por el momento más que de un coche destrozado y sin ruedas. Pero la venta no estaba lejos. Poco después fueron a buscar dos galeras, que nos recogieron con nuestros equipajes.

La galera da una idea exacta de su nombre; es una carreta de dos o cuatro ruedas, que no tiene fondo ni suelo; la parte inferior está constituida por un tejido de cuerdas que forman una red donde se colocan los equipajes; encima hay un gran colchón español que, naturalmente, os hace sentir todas las esquinas y ángulos de los equipajes amontonados debajo. Los pacientes se colocan como pueden en este nuevo suplicio, junto al cual las parrillas de San Lorenzo y de Guatimozin son un lecho de rosas, ya que en ellas era posible, al menos, moverse. postillon. (Wagner)

En Venta de Trigueros engancharon a nuestra galera un hermoso caballo rosa, que parecía una copia del tan criticado caballo de Triunfo de Trajano de Eugenio Delacroix. Nos apeamos en un parador magnífico, extraordinariamente limpio, donde nos alojan en dos cuartos con balcón a la plaza, paredes pintadas al temple de color amarillo y verde, y en el suelo una estera de color. En realidad, hasta ahora nosotros no habíamos comprobado esa fama de suciedad y desorden de que gozan las posadas españolas. Por lo menos todavía no nos habíamos encontrado en dichas casas con esos insectos de que tanto se hablaba.

Valladolid, es una gran ciudad casi desierta. Tiene cabida para doscientos mil habitantes y sólo viven en él veinte mil. Es una ciudad tranquila, limpia y señorial, en la que el Oriente se hace ya notar. La fachada de San Pablo está cubierta de arriba abajo con esculturas admirables de la primera época del Renacimiento. Por fortuna esta fachada presenta delante de sí el amplio espacio de una plaza y se puede tomar vista con el daguerrotipo, cosa nada fácil en otros edificios medievales que suelen estar empotrados entre casas y construcciones abominables. Llovía intensamente desde que entramos en Valladolid, y no pudimos realizar nuestro deseo. Pero bastaron veinte minutos de sol entre oleadas de lluvia para poder reproducir de un modo claro y distinto las agujas de la catedral y una gran parte del pórtico. Vimos otro edificio destinado a Biblioteca, de un gusto arquitectónico fino y elegante. Una columna pequeña une dos arcos en un corte de muy feliz expresión. Nos informan que en esta casa nació el terrible Felipe II.

La Plaza de la Constitución de Valladolid es amplia y hermosa; a su alrededor se ven casas sostenidas por grandes columnas de granito azulado, de una sola pieza, que causan un admirable efecto. El Ayuntamiento, de color verde manzana, ostenta un letrero en honor de la InocenteIsabel, como suelen llamar aquí a la reina niña. En lo alto del edificio hay un reloj que se ilumina por la noche como el del Hotel de Ville, de París, cosa que parece entusiasmar mucho a los habitantes. Bajo los soportales hay infinidad de tiendas de sastres, sombrereros y zapateros, que son los tres oficios más importantes de España. También se hallan algunos cafés y en ese punto se concentra toda la vida y el movimiento de la población. En el resto de la ciudad apenas se encuentra nadie salvo alguna criada o labriego que va en busca de agua detrás de su borrico. La soledad parece mayor por la gran superficie que ocupa este pueblo, cuyas plazas son más numerosas que las calles. En el paraje llamado el Campo Grande, próximo a la puerta principal, hay quince conventos, y todavía cabrían más.

La noche en que llegamos se ponía en el teatro una obra de Bretón de los Herreros, poeta dramático muy célebre en España. El baile nacional con que terminó el espectáculo era bastante mediano, aunque no tan fúnebre como el de Vitoria. Al día siguiente se representaba, Hernani o el honor castellano, de Víctor Hugo, traducido por don Eugenio de Ochoa, y no quisimos dejar de asistir a semejante, espectáculo. La traducción de la obra es escrupulosa y está trasladada verso por verso; sin embargo, se ha suprimido alguna escena, como la de los retratos, porque los españoles la consideran ofensiva para ellos al representarlos un poco ridículamente. En general, los españoles se molestan cuando se habla de ellos de una manera poética, y dicen que han sido calumniados por Hugo, por Merimée y por casi todos los que han escrito sobre España. Tal vez, pero ha sido para embellecerla. Reniegan enérgicamente de la España del Romancero y de la España oriental. Sus pretensiones más gratas consisten en no resultar pintorescos ni poéticos. El drama se representó bien; el Ruy Gómez, de Valladolid, no tiene nada que envidiar al de la calle de Richelieu, lo cual no es poco decir. El Hernani hubiera resultado aceptable si no hubiera tenido el capricho extravagante de vestirse de trovador de cromo. La doña Sol, casi tan joven como mademoiselle Marx, no tenía su talento.

Al salir de Valladolid el paisaje cambia de carácter y vuelven las llanuras. No se parecen éstas a las de Burdeos, puesto que se ven de vez en cuando grupos de verdes chaparros y pinos anchos de copa. Por lo demás, el aspecto de desolación no varía; de trecho en trecho se ven ruinas que llevan el nombre de pueblos, montones de escombros quemados y devastados por los facciosos, donde vaga errante algún que otro vecino desarrapado y pálido.

Olmedo, donde se hace alto para comer, es un montón de ruinas. Hay calles enteras desiertas, y otras obstruidas por el derrumbamiento de las casas. Las antiguas fortificaciones desmanteladas rodean como una cintura a la ciudad. Pero hay hermosos árbolesque se yerguen esplendorosos sobre baluartes. La despoblación de España es terrible. En tiempo de los árabes tenía treinta y dos millones de habitantes, ahora no tiene más que diez o doce.

Al salir de Olmedo el paisaje no ofrece gran variedad. Una vez en el campo puede contemplar un magnífico efecto de sol; los rayos de luz herían de soslayo una cadena de montañas a lo lejos, dibujándose todos los detalles con extraordinaria limpieza. El pintor que fuera capaz de copiar exactamente este efecto de luz sería tachado de exagerado y falso. Siguiendo nuestro camino nos encontramos con una hilera de elevadas montañas. Pero apenas franqueada ésta se presentaban otra y otra más, antes ocultas a nuestros ojos. Yo estaba embriagado de aquel aire tan vivo y tan puro. Mesentía alegre, ligero, entusiasta, poniéndome a dar gritos y a triscar como un cabritillo. Sentí el deseo de tirarme por aquellos precipicios encantadores, tan vaporosos, azules y aterciopelados. A la vuelta de un puente, muy a propósito para que nos hubiesen acechado los bandidos, vimos una columnita con una cruz; era un monumento a un pobre hombre que allí había muerto a mano airada. De vez en cuando nos encontrábamos con maragatos que caminaban con sus trajes del siglo XVI – faja de cuero ceñida, con hebilla, calzón amplio y sombrero de ala grande o valenciano, con sus zaragüelles de tela blanca, su pañuelo anudado alrededor de la cabeza, su manta de tela rayada, de colores vivos, cruzada sobre el hombro —e infinidad de recuas de mulas enjaezadas de una manera primorosa, con cascabeles, mantas y alforjas policrómicas, conducidas por arrieros provistos de carabinas. Al fin, lopintoresco tan deseado por nosotros surgía abundantemente.

A fuerza de trepar una montaña, alcanzamos la cumbre y nos sentamos en el plinto del zócalo de un gran león de granito, que marca, el límite entre dos vertientes: a un lado Castilla la Vieja y al otro Castilla la Nueva. Madrid, como Roma, se halla circundado por un campo desierto, seco, árido, del que es muy difícil formarse idea. No hay ni una gota de agua, ni una planta verde, ni un árbol; sólo arena amarilla y peñascos de color de hierro. Al alejarse de la montaña ya no se ven rocas, sino pedruscos, y luego de tarde en tarde alguna venta polvorienta o algún campanario de color parduzco, que recorta su perfil en el horizonte. Pasan bueyes de aire melancólico uncidos a esas carretas de que ya hemos hablado; algún campesino a caballo o en una mula, con su carabina en el arzón, el sombrero sobre los ojos y la expresión severa; o bien, largas recuas de asnos cargados de paja picada que va dentro de redes de cuerda. El burro que va a la cabeza, llamado el asno coronel, ostenta siempre un plumero o penacho que marca su superioridad entre los personajes de orejas largas que dirige.

entrada en Madrid por la puerta de FuencarralAl cabo de algunas horas, que la impaciencia hacía aún más largas, divisamos Madrid. Poco después entrábamos por la Puerta de Hierro en la capital de España. La diligencia siguió al principio por una alegre avenida de árboles achaparrados, de poca fronda, orillada de torrecillas de ladrillo que se emplean para subir el agua. Y ahora, que hablamos de agua se me ocurre decir que habíamos cruzado el Manzanares por un puente digno de un río más importante. Luego pasamos por el Palacio Real que es uno de esos edificios que se ha convenido en considerar de buen gusto. Las terrazas inmensas que lo realzan y contrastan, le dan una apariencia de grandiosidad.

Sufrimos la revisión en la Aduana y seguimos hasta la calle del Caballero de Gracia, pasando por la calle de Alcalá, cerca del Prado, para ir a instalarnos en aquella calle a la fonda de la Amistad, donde precisamente se alojaba la señora de Espartero, duquesa de la Victoria. Una de las cosas que primeramente hicimos fue enviar a Manuel, nuestro criado, que era un gran aficionado a toros, a tomar billetes para la primera corrida que hubiese.

 

(Grabados J.Robert, G.Dore, A.Wagner)