Viaje por España (Tra los montes)
Teófilo Gautier (1840)
Viajes y viajeros por España

Capitulo IV. Vergara.- Vitoria: el baile nacional y los hércules franceses.- El paso de Pancorbo.- Burgos: la catedral.- El cofre del Cid

Capítulo: I|1|2|3|4|5|6|7|8|9|10|11|12|13|14|15

Llegamos a Vergara, ciudad donde se firmó el pacto entre Espartero y Maroto, y allí vi por primera vez un cura español. Su aspecto me pareció bastante cómico, a pesar, de no tener yo, a Dios gracias, ninguna idea volteriana acerca del Clero, La caricatura del don Basilio de Beaumarchais surgió en mi imaginación. El cura llevaba una sotana negra con manteo del mismo color y en la cabeza un inmenso sombrero, extraordinario, fenomenal, hercúleo, hiperbólico; no hay adjetivo que pueda dar una idea aproximada de él. Este sombrero tenía por lo menos tres pies de largo; las alas arrolladas hacia arriba forman de delante a atrás una especie de enorme teja horizontal. Es difícil concebir nada más fantástico y barroco. A pesar de ello el clérigo mostraba una actitud muy respetable y paseaba con una absoluta inconsciencia respecto a la forma de su sombrero. En vez de babero, rabal, llevaba un alzacuello azul y blanco como los curas belgas.

Después de pasar Mondragón, último pueblo de la provincia de Guipúzcoa, entramos en la de Álava, y a poco llegamos al pie de la montaña de Salinas. Comparadas con éstas las «montañas rusas» son una bagatela y realmente no se concibe cómo un coche pueda pasar por allí; semejante idea nos parece tan ridícula como la, de poder andar por el techo cabeza abajo como hacen las moscas. Sin embargo, el prodigio pudo realizarse gracias a que delante, de las diez mulas engancharon seis bueyes. Nunca he oído un estrépito semejante. Todos lanzaban gritos, latigazos, pinchazos e invectivas a los animales: el zagal, el mayoral, los escopeteros, los boyeros y el postillón. A veces había que empujar a las ruedas, sostener la caja del coche por detrás, arrastrar a las mulas por el cabezal y a los bueyes por los, cuernos, y de este modo aquel coche, que parecía la cosa más extraña del mundo, podía avanzar al extremo de una hilera interminable, de hombres y animales. Entre la primera y la última bestia del tiro había lo menos cincuenta pasos.

Desde lo alto de la montaña se ven los Pirineos, como inmensas piezas de terciopelo arrugadas y arrojadas al azar para formar los más extraños relieves que pueden imaginarse. De pronto apareció una montaña nevada, que destacaba sobre un cielo de lapislázuli tan oscuro que parecía negro. Atravesamos luego una llanura franqueada por montañas cubiertas de nieve y rodeadas de nubes. El frío era intenso y aumentaba a medida que avanzábamos. Nos arrebujábamos de la mejor manera que pudimos en los abrigos, pues en realidad causa vergüenza que se le hiele a uno la nariz en un país tórrido; si hubiera sido que se nos hubiese asado, la cosa sería distinta.

Plaza<Mayor de Vitoria. (Robert)Llegamos a Vitoria al ponerse el sol. El coche se detuvo en el Parador Viejo, donde registraron minuciosamente nuestros equipajes. Nuestro aparato de daguerrotipo fue, lo que más sobresaltó a los, aduaneros; se acercaban a él con toda clase de precauciones, como si tuviesen miedo de salir volando. Sin duda lo tomaban por una máquina eléctrica, error del que nosotros nos guardamos muy bien de sacarles.

Una vez revisado el equipaje y sellados los pasaportes, fuimos a correr las calles de la ciudad. Atravesamos una hermosa plaza con arcos y visitamos la iglesia, cuyo interior se hallaba en sombra, llena de rincones oscuros, en los que se adivinaban algunas formas vagas. Varias lamparillas amarillentas y humeantes temblaban como estrellas misteriosas entre la niebla. Sentí frío y no pude menos, de estremecerme al escuchar detrás de mí una voz quejumbrosa que murmuraba la frase tradicional: Caballero, una limosnita, por amor de Dios. Era un pobre soldado inválido que pedía limosna. Aquí los soldados piden limosna, cosa que no tiene nada de particular, porque les pagan muy irregularmente y sufren gran miseria. En la iglesia de Vitoria contemplé por primera vez esas esculturas terribles, policromadas en madera de que tanto abusan los españoles.

La cena nos hizo echar de menos la de Astigarraga. Después de ella decidimos ir al teatro, pues había excitado nuestra curiosidad un cartel que anunciaba la presentación de un Hércules francés y ,de un baile nacional, que presumimos sería una extraña mezcla ,de boleros, fandangos y otros bailes diabólicos.

En España los teatros no tienen fachada distintiva; son como las demás casas, y únicamente se sabe lo que son por los dos o tres quinqués ennegrecidos que cuelgan a la puerta. Tomamos dos butacas de orquesta, que aquí se llaman lunetas, y entramos por un corredor cuyo piso era de tierra. Esta clase de corredores no están mucho más cuidados que aquellos monumentos públicos que ostentan esta inscripción: Prohibido hacer aguas bajo pena de multa. Pero tapándose la nariz se puede llegar, aunque más que medianamente asfixiado, al sitio elegido. Hay que añadir a esto que en los entreactos fuma todo el mundo. Así, pues, la idea que podréis formar por los teatros españoles no es, por lo pronto, muy balsámica.

Las salas, sin embargo, son mejores de lo que prometen los aledaños. La disposición de palcos es buena y el decorado limpio, aunque demasiado elemental. Esperábamos encontrar allí el tipo de mujer español ideal que no habíamos visto más que algunos ejemplares; pero aquellas mujeres de palcos y galerías no tenían de español más que la mantilla y el abanico. Esto ya era mucho, pero no suficiente. El público estaba formado por militares, en su mayor parte, como ocurre en todas las ciudades donde hay guarnición. En el patio la gente está de pie, como en los teatros primitivos. La orquesta, compuesta de unos cuantos músicos enfila, que tocaban instrumentos de metal, daban siempre al aire, con sus cornetines de pistón, la misma tonadilla.

Los hércules compatriotas nuestros levantaron grandes pesos, torcieron muchas barras de hierro, que produjeron gran entusiasmo en el público; el artista menos pesado de los dos ejecutó una ascensión por la cuerda y luego otros números que son demasiado conocidos en París, pero que en Vitoria resultaban nuevos. Yo tenía gran impaciencia por ver y n perder nada del baile nacional, por lo que limpié escrupulosamente el cristal de mis gemelos. Imaginaos la impaciencia con que esperaríamos dos jóvenes franceses, románticos y entusiastas; el espectáculo de un baile español en España.

Tocaron los cornetines de pistón, con más furia que nunca; alzose la cortina,Miranda de Ebro. (Robert) mostrando una decoración con pretensiones de misterio y fantasía y aparecieron un bailarín y una bailarina provistos de castañuelas.

Jamás he visto nada más triste y lamentable que aquellos dos pobres seres que parecían inconsolables. Nunca ningún teatro ha sustentado en un retablo una pareja más vieja, con menos dientes, más llena de legañas, más calva y más derrengada. La mujer iba pintada con mal colorete, mostrando un rostro azul celeste, que hacía recordar la imagen del cadáver de un colérico o de un ahogado de varios días; sus pómulos pintados con dos chafarrinones rojos, avivaban un poco sus ojos de pescado cocido, que contrastaban extrañamente con el color azul; las manos descarnadas y sarmentosas agitaban las castañuelas ruidosas como los dientes de un hombre febril, o las coyunturas de un esqueleto en movimiento. Algunas veces, haciendo un gran esfuerzo y contrayendo los músculos de sus corvas, conseguía levantar aquella pobre pierna vieja, de manera que parecía producir un espasmo nervioso, como el de una rana muerta a la que se aplicase la pila de Volta. Las lentejuelas de aquel andrajo sospechoso que le servía de falda, refulgían y brillaban un instante.

Por su parte, el hombre se agitaba de un modo siniestro en un rincón alzándose y cayendo como un murciélago que se arrastra sobre sus piernas rotas. Parecía un sepulturero enterrándose a sí mismo; tenía la frente arrugada, la nariz de loro y las mejillas de cabra, lo que le daban un aspecto caprichoso. Si en vez de castañuelas hubiese agitado entre sus manos un gótico rabel, habría podido servir de modelo en la danza de los muertos del fresco de Bale para la figura del corifeo.

He aquí cómo se presentó el bolero ante dos humildes viajeros ansiosos de color local. Está demostrado que los bailes españoles existen sólo en París, del mismo modo que las caracolas se encuentran siempre en los comercios y nunca a orillas del mar.

Nos fuimos a casa muy mohínos. Era ya la media noche cuando nos despertaron para reanudar el viaje. El frío era glacial digno de Liberia, cosa muy explicable porque nos hallábamos a la altura de una meseta rodeada de nieve. En Miranda volvieron a registrarnos los equipajes y entramos en Castilla la Vieja por el Reino de Castilla y León, simbolizado por un león que sostiene un escudo lleno de castillos. El paso de Pancorbo es algo singular y grandioso. Las rocas no dejan sino el espacio indispensable para el camino y se llega a un punto en que las dos enormes moles de granito, inclinadas entre sí, simulan el arco de un puente gigantesco, cortado por el medio para detener el paso de un ejército de titanes. Nunca escenógrafo alguno pudo imaginar una decoración tan armónica y formidable. El hábito de las llanuras monótonas, con sus perspectivas siempre iguales hacen que estas montañas nos parecen algo fabuloso y extraordinario.

desfiladero de PancorboDesde Pancorbo hasta Burgos pasamos por pueblos medio en ruina, tostados como piedra pómez, tales como Briviesca, Castil de Peones y Quintanapalla. Yo creo que Castilla la Vieja se llama así por las innumerables viejas que en ella viven. Son unas viejas extraordinarias. Las brujas de Macbeth son chicas guapas comparadas con ellas. Las furias espantosas que Goya pintó en sus caprichos, y que a mí me parecían antes de ahora quimeras monstruosas, no son sino retratos de asombroso parecido. Muchas de estas tienen bigotes como granaderos, barbas como el queso viejo. Y luego hay que tener, en cuenta como visten. Si se hiciese el propósito el coger unas telas y dedicarse durante diez años a ensuciarlas, agujerearlas y desteñirlas, no se llegaría nunca a esta perfección en el andrajo. Sin embargo, estas gentes carecen de la actitud humilde y suave de los pobres de Francia; muestran siempre un gesto huraño y hostil.

Nadie diría que Burgos ha sido durante tanto tiempo la primera ciudad de Castilla. Lo gótico en el no abunda; salvo una calle, donde se encuentran algunas ventanas y pórticos y en otras muestras tectónicas del Renacimiento, con blasones sostenidos por figuras, las casas no se remontan más allá del principio del siglo XVII y son vulgares, viejas, no antiguas. Pero la catedral de Burgos es una de las más bellas del mundo. Lo malo es que se halla empotrada entre un conjunto de construcciones vulgares que no permiten apreciar la grandeza del conjunto. La puerta principal se abre a una plaza en la cual se eleva una hermosa fuente, coronada por un Cristo de mármol que viene a ser el blanco de todos los Chicuelos de la ciudad, cuya principal diversión consiste en apedrear a las estatuas. Dos altas agujas agudas, dentadas, llenas de festones y trabajadas hasta en sus menores detalles, se alzan hacia Dios con todo el ardor de una fe inquebrantable y todo el arrebato de una pasión. Nuestros incrédulos campanarios no serían capaces de subir así hacia el cielo sin más apoyo que un encaje de piedra y nervaduras sutiles como telas de araña. entrada en Burgos. (Robert)

Una vez dentro de la iglesia se queda uno suspenso ante una magnífica obra maestra: la puerta de madera tallada que se abre al claustro. Representa la entrada de Nuestro Señor en Jerusalén. Las jambas y los portantes están llenos de finas y primorosas figurillas que parece mentira hayan podido realizarse en una materia tan pesada y opaca como la madera. El coro, donde se hallan las butacas de sillería, está defendido por verjas de hierro repujado, de un trabajo inaudito; el suelo, como es habitual en España en las iglesias, está cubierto con esteras .de pleita y, además, cada sillón tiene a sus pies un felpudo u otra esterilla. En lo alto se ve la cúpula formada por el interior de una torre. Un abigarrado conjunto de esculturas, estatuas, columnas, caprichos y arabescos, la ornamentan hasta producir vértigo. Esta inmensa madrépora, construida por aquellos pólipos humanos del siglo XIV y el XV es grande y comienza, naturalmente, por una sacristía, no pequeña, en la cual vemos un Ecce Homo, un Cristo en la Cruz, de Murillo, y una Natividad, de Jordaens, con un marco en madera finamente tallado. En medio de la sacristía hay un brasero inmenso, que sirve para encender los incensarios y también los cigarros de los curas, pues la mayoría de los curas españoles fuman, cosa que no es más impropia que tomar rapé, placer que el clero francés se permite habitualmente. En otra sacristía grande, vecina de la pequeña, hay que hacer mención de un Cristo en la Cruz, de Domenico Theotocopuli, llamado el Greco, extraño pintor cuyos cuadros serían bocetos del Tiziano, si cierta exageración en el dibujo y cierta falta de conclusión no les hiciera peculiares. Para dar la apariencia de una gran audacia pictórica, el artista pone aquí y allá pinceladas de una brutalidad increíble, y luces finas y aceradas que parecen hojas de espada atravesando las sombras. Esto no quita para que el Greco sea un gran pintor. Su parecido en las obras de su segunda época con los cuadros románticos, de Eugenio Delacroix, es evidente.

Esta sacristía está rodeada de armarios de madera, con columnas bien trabajadas y de gusto rico y opulento. Sobre los armarios pueden contemplarse una fija de espejos de Venecia, cuya utilidad es difícil explicar, pues se encuentran demasiado altos para mirarse en ellos. Más arriba de los espejos, a nivel ya de la bóveda, se hallan los retratos de todos los obispos de Burgos, por orden cronológico, desde el primero hasta el que hoy ocupa la silla episcopal. Los retratos de estos obispos se hallan pintados al óleo, pero dan la impresión de pastel o temple, debido, seguramente, a la costumbre de no barnizar los cuadros que tienen los españoles, descuido que ha sido causa de que la humedad haya estropeado multitud de obras maestras.

La sala de Juan Cuchiller, al lado de ésta, no presenta nada de particular respecto a arquitectura, y nos disponíamos a salir de ella cuando nos invitaron a que levantásemos la cabeza y mirásemos, un objeto que había en lo alto; era el tal un cofre sujeto al muro con tirantes de hierro. Se trataba de un arcón, remendado, carcomido y maltrecho; seguramente el cofre más viejo del mundo. En él ostenta la siguiente inscripción con letras negras: Cofre del Cid. Este rótulo dio de repente ante nuestros ojos gran importancia a aquellas cuatro tablas de madera podrida. Según la tradición este cofre es aquel que el famoso Ruy Díaz de Vivar, más conocido por Cid Campeador, que a pesar de ser un héroe se hallaba tan escaso de dinero como cualquier literato, hizo llenar de arena y piedras y llevó a casa de un honrado usurero judío como garantía del dinero que había de prestarle y bajo condición de que no había del abrir el misterioso cofre hasta que él, el propio Cid Campeador, le hubiese devuelto la suma que recibía en préstamo o hubiese muerto. Cosa que prueba que los usureros de aquel tiempo eran de mucha mejor pasta que los de ahora. Hoy habría pocos judíos ni cristianos que fuesen tan ingenuos e incautos que aceptasen semejante garantía.

Casimiro Delavigne ha tomado por base esta leyenda para su obra La fille du Cid; pero en ella el enorme cofre ha sido reemplazado por una pequeña caja que, en efecto, no podría encerrar más que el oro de la palabra del Cid, y ciertamente ningún judío existe hoy, ni en los tiempos heroicos, que prestase nada sobre semejante bombonera. El histórico cofre es grande, ancho, pesado; le adornan multitud de cerraduras y cadenas; una vez lleno de arena se necesitarían lo menos seis caballos para moverlo, y el honorable israelita pudo muy bien suponerlo lleno de joyas, plata, y adornos, y resignarse por ello fácilmente a la demanda del Cid, acción que se halla prevista en el Código penal lo mismo que otros muchos caprichos heroicos.

(Grabados J.Robert, G.Dore, A.Wagner)