Viaje por España (Tra los montes)
Teófilo Gautier (1840)
Viajes y viajeros por España

Capítulo VII. Corrida de toros.- El picador Sevilla.- El volapié

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Hubo que esperar dos días. Pocas veces he estado más impaciente, y para templarme un poco leí más de diez veces el cartel pegado en las esquinas principales, el cual era altamente prometedor. Ocho toros de las más famosas ganaderías; Sevilla y Antonio Rodríguez, picadores; Juan Pastor, a quien también llaman el Barbero y Guillén, espadas. Se indicaba la prohibición de arrojar al coso mondas de naranjas y otros proyectiles que pudieran perjudicar a los diestros.

Muchas veces se ha dicho que en España se iba perdiendo la afición a los toros y que la civilización acabaría por desterrarla. Si esto fuese verdad tanto peor para la civilización, porque una corrida de toros es uno de los espectáculos más hermosos que puede imaginar un hombre. Afortunadamente, este día no ha llegado aún, Y los escritores sentimentales que afirmen lo contrarío no tienen más que trasladarse un lunes, entre cuatro Y cinco de la tarde a la Puerta de Alcalá, para convencerse de que la afición a este espectáculo cruel está muy lejos de anularse.

El lunes, día de toros, es día de fiesta. Nadie trabaja, y la ciudad entera se muestra conmovida. Los que no tienen billetes se dirigen a toda prisa a la calle de Carretas, donde esta la taquilla, con la esperanza de encontrar una localidad; estas localidades son numeradas, cosa verdaderamente digna de elogio que bien pudiera imitarse en los teatros de Francia. La calle de Alcalá, que es la vía donde desembocan las calles más transitadas, hierve en gente de a pie, a caballo y en coche. Para esta fiesta salen de las cocheras los viejos calesines llenos de polvo y las carretelas más extravagantes Y barrocas que pueden figurarse, ostentando caprichosos arreos Y unas mulas formidables. Los calesines recuerdan los carricoli de Nápoles: enormes ruedas rojas, una caja sin ballesta, adornada con pinturas alegóricas y forrada de damasco o de jerga con franjas de seda y en todo ello un estilo rococó de lo más divertido, El cochero va sentado en la vara, desde donde dirige y azota a la mula, dejando así un sitio más a su cliente. La mula luce todas las plumas, madroños, cintas, penachos y cascabeles que se pueden colgar en los arreos de un animal. En el calesín van ordinariamente una manola con su amiga y un manolo. En la trasera se agrupa un enjambre de chiquillos materialmente colgados del coche que corre veloz como el viento entre un torbellino de polvo y gritería. Hay también carrozas de cuatro o cinco mulas, cuyos modelos habría que buscar en aquellos cuadros de Van der Meulen, que muestran las correrías y las fiestas de caza de Luis XIV. En este día salen a relucir todos los vehículos, pero lo típico entre las manolas, que vienen a ser las, grisetas de Madrid, es el calesín para ir a los toros. Si es preciso empeñan los colchones para obtener el dinero de la entrada, y sin ser muy virtuosas los demás días de la semana, el domingo y el lunes lo son mucho menos. Se ven asimismo labriegos que llegan a caballo, siempre con su carabina en el arzón de la silla; otros llegan en burros, solos o con sus mujeres. Y aparte de esto, la gente elegante que va en calesa, y la multitud dé honrados ciudadanos y de señoras tocadas con mantilla, que marchan a pie y de prisa, para no perderse la salida de las cuadrillas, ni el espectáculo previo de un piquete de la guardia nacional a caballo que sale a despejar el ruedo momentos antes de que un mozo tome de manos del alguacil, que huye precipitadamente, la llave del toril, donde están encerrados los toros. El toril se halla enfrente de la puerta del matadero, que es donde se desuella a las reses muertas. Los toros son conducidos a la plaza la víspera de la corrida por la noche por un paseo cercano a Madrid, llamado el Arroyo, a donde suelen acudir los aficionados, cosa que tiene su peligro, pues las reses marchan en libertad y no siempre obedecen a los esfuerzos que sus ,conductores hacen para guardarlas. Los toros entran, por último, en los patios del circo, merced a unos bueyes que están habituados a este menester y que se mezclan al ganado bravo. A esta operación se le llama el encierro.

La Plaza de Toros está situada a mano izquierda, saliendo de la Puerta de Alcalá, que por cierto es una puerta muy hermosa, semejante a un arco de triunfo, con trofeos y bélicos adornos. La Plaza es un circo enorme, que por fuera no ofrece nada de particular, con sus paredes blanqueadas. La entrada se efectúa con perfecto orden, porque todo el mundo tiene su localidad numerada.

Por dentro, la disposición es la siguiente: alrededor de la arena, de tamaño verdaderamente romano, hay una barrera circular de tablas de unos seis pies de altura, pintada de rojo oscuro, y provista por el lado de fuera de un reborde o estribo a dos pies del suelo, donde los chulos y banderilleros apoyan el pie para saltar el lado opuesto cuando se ven acosados por el toro. A esta barrera la llaman las tablas. La plaza tiene cuatro puertas para su servicio: la del toril y otras tres para la salida de reses y otros menesteres. Detrás de esta barrera hay otra un poco más alta, que forma con la primera de una especie de pasillo, donde suelen hallarse para descansar los picadores sustitutos, los chulos cansados el cachetero y algunos aficionados que, a fuerza de influencia, logran a pesar delos reglamentos, situarse en aquel pasillo, lugar que en España es tan codiciado, por lo menos, como el escenario de la Opera en París.

A veces ocurre que el toro salta furioso la primera barrera; para evitar que salte a la segunda, se halla ésta protegida por una larga cuerda destinada a prevenir otro envite; carpinteros, con hachas y martillos, se encuentran siempre dispuestos a reparar los desperfectos que se produzcan en la barrera, por lo que los accidentes son casi imposibles. A pesar de esto, yo he visto toros de muchos pies, como en España se dice, que han saltado sobre la segunda barrera, de lo cual da fe también un aguafuerte de los de la Tauromaquia de Goya, el célebre autor de los Caprichos, aguafuerte que representa la cogida del alcalde de Torrejón, muerto lamentablemente por la embestida de un toro saltarín.

A partir de esta segunda barrera comienzan las gradas que ocupan los espectadores; las más cercanas a las cuerdas se llaman asientos de barreras; las que están más arriba tendidos, y las que se hallan adosadas a las gradas cubiertas, tabloncillos. Así debían ser las de los anfiteatros de Roma; éstas son de granito azulado y tienen, como aquéllas, por techo el cielo. Después están las localidades cubiertas, clasificadas en delanteras: las de delante, centro las de en medio y tabloncillos las pegadas a la última pared. Encima de estas gradas se halla otro piso con los palcos por asientos en número de ciento diez; el palco por asientos se diferencia del palco corriente en que se puede ocupar en él un sólo asiento, como en las butacas de balcón de la Opera. Son muy grandes y caben en ellos unas veinte personas. Los palcos de la Reina Gobernadora y de la Inocente Isabel se hallan adornados con colgaduras de seda y cerrados con cortinas. Junto a este palco se halla el del Ayuntamiento, que es el que ocupa el presidente de la Plaza, encargado de resolver las dificultades que ocurran.

El circo así distribuido tiene cabida para doce mil espectadores, quienes pueden contemplar perfectamente el espectáculo, cómodamente sentados. Este recinto enorme está siempre lleno, y los que no pueden ocupar asientos de sombra, prefieren abrasarse al sol antes que perder la corrida. Entre la gente elegante es, de rigor estar abonado a un palco de los Toros, como en París a un palco de los Italianos.

Cuando salí del corredor para subir a mi localidad sentí una especie de vértigo deslumbrador. El circo se hallaba inundado a torrentes por la luz del sol, suprema araña que tiene la ventaja de no chorrear aceite; seguramente el mismo gas no conseguirá eclipsarlo en mucho tiempo. En el ambiente flotaba un rumor inmenso. En el lado del sol fulguraban palpitando millares de abanicos y pequeños quitasoles redondos con mango de madera, que daban la impresión de un enjambre de pájaros de colores diversos, dispuestos a emprender el vuelo. No había un solo asiento vacío. Os aseguro que este espectáculo por sí sólo es admirable; son doce mil espectadores en un teatro tan amplio que sólo Dios puede pintar, con su techo de azul espléndido extraído de la eternidad.

La Guardia Nacional, a caballo, bien vestida y bien montada, dió una vuelta al ruedo precedida de dos alguaciles —sombrero con penacho y traje a la moda de Enrique IV; justillo y capa negros y botas a la jineta— para despejar de aquel terreno algunos aficionados remolones y algunos perros. Una vez desalojado el ruedo los dos alguaciles marchan a buscar a los toreros, o sea a los picadores, chulos, banderilleros y al espada, que es el principal actor del drama. Los picadores montan caballos con los ojos vendados, para evitar que la presencia del toro les asuste y les haga huir. El traje de los picadores es pintoresco: consta de una chaquetilla corta, bordada recargadamente de oro o plata, lentejuelas, botones de filigrana y otros adornos, especialmente en las hombreras, donde la tela desaparece por completo bajo una masa de arabescos entrelazados, fosforescente y luminosa; chaleco del mismo estilo, camisa con chorrera, corbata de colores, mal anudada, una faja de seda y pantalones de piel color leonado forrados de hierro, con objeto de proteger las piernas contra las astas de los cornúpetos; en la cabeza llevan un sombrero gris de alas enormes, de copa baja, adornado con madroños; los cabellos se hallan reunidos en la nuca y sujetos por la moña, que es una gran bolsa o moño, de cintas verdes. Tal es el atavío de estos luchadores. El picador lleva como arma una pica con punta de hierro, de una o dos pulgadas de longitud, con el que aunque hiere al toro no lo hace gravemente, sino sólolo bastante para contenerlo y enfurecerlo. El picador lleva su mano envuelta en un pedazo de badana para evitar que la pica se escurra. La silla es muy alta, por delante y por detrás, y se asemeja a los arneses ribeteados de acero en que se sentaban los paladines de la Edad Media en los torneos; los estribos son de madera en forma de zueco, como los estribos turcos; la espuela, armada como puñal, es larga, de hierro, y se sujeta fuertemente al talón del jinete, para hostigar con energía a los caballos, quienes a veces están medio muertos y no responderían a una espuela corriente.

Los chulos muestran un aire muy ligero y muy simpático, con su calzón corto, verde, azul o rosa, de seda, bordados de oro a lo largo de la costura y sus medias también de seda, blancas o color de carne. Llevan la faja bien ceñida, la montera graciosa mente inclinada hacia la oreja; lucen una chaquetilla brillante, labrada con dibujos y arabescos; del brazo llevan una capa que despliegan y agitan delante del toro para irritarle, engañarle o atontarle. Estos toreros suelen ser jóvenes, esbeltos y delgados, al contrario de los picadores, que en general se distinguen por sus formas atléticas y su alta estatura: los unos necesitan la agilidad, los otros la fuerza.

Los banderilleros lucen el mismo vestido, y su misión estriba en clavar en el morrillo del animal unas especies de flechas que llevan un gancho de hierro en la punta; este arma está adornada de papel de colores y se llama banderilla. Su objeto es el de excitar la furia del toro y prepararle para la espada del matador.

El espada ostenta un traje más rico que el de los banderilleros, más adornado, algunas veces de seda roja, color que excita mucho al toro. El arma de este torero consiste en una espada larga, con la empuñadura en cruz. Lleva en la otra mano un trozo de tela encarnada, sujeto a un palo transversal. A esta clase de escudo flameante se le llama muleta.

Confieso que tenía el corazón oprimido como por una mano invisible. Sentía escalofríos por la espalda y fuerte latido en las sienes. Es sin duda de las emociones más violentas que he experimentado en mi vida.

A poco sonó una música alegre, se abrieron las rojas puertas del toril y saltó al ruedo, en medio de una ovación inmensa, un hermoso toro casi negro, lustroso, soberbio, con enorme papada, cuernos arqueados, brillantes y puntiagudos, patas delgadas y un rabo que se agitaba sin cesar. El animal se detuvo un instante, resopló dos o tres veces cegado por la luz y alocado por el ruido. Luego, al ver al primer picador, se lanzó a galope sobre él con ímpetu salvaje.

picadores. (Wagner)El picador era Sevilla. Este célebre Sevilla viene a ser el ideal en su clase, y no resisto la tentación de describirlo. Imaginaos un hombre de unos treinta años, de buena traza y empaque, robusto como Hércules, oscuro de color como un mulato, con ojos magníficos y un rostro digno de un césar de Tiziano. Tenía una expresión tranquila y jovial; algo desdeñoso, en su aspecto había algo verdaderamente heroico. Cuando le embistió el toro bajó la punta de su pica, y sosteniendo el empuje de la fiera victoriosamente, logró que ésta vacilase y siguiese su camino con una herida que no tardó en rayar la negrura de la piel con hilos rojos; el bicho se detuvo un momento y después arremetió con redoblado empuje al segundo picador, colocado a cierta, distancia.

La cornada rompió el vientre del caballo, de tal forma que, las entrañas, saliendo por la herida, colgaban hasta el suelo; yo supuse que el picador tendría que retirarse para ir a buscar otro caballo, pero no hizo nada de eso: se limitó a tocarle la oreja para ver si el golpe era mortal. La herida del caballo, aunque terrible a la vista, era de las que podían curar; bastaba para ello volverle a meter los intestinos en el vientre y darle dos o tres puntos de sutura, con lo que el pobre animal podría seguir la corrida. El picador le dio un espolazo, y a galope corto fue a colocarse más lejos. Poco después el toro, nuevamente impetuoso, se precipitó sobre Sevilla, con tal violencia, que el caballo salió rodando con las cuatro patas en alto, quedando debajo de él Sevilla; caído de buena suerte, porque el hombre permanece así a cubierto con el cuerpo del animal, que le sirve de coraza. Intervinieron los chulos, y levantaron a Sevilla que, imperturbable, volvió a montar.

Terminada la suerte de picas, llegaron los banderilleros con sus saetas adornadas de papel de color, y poco después el cuello del animal ostentaba un verdadero collar con aquellos arpones que se afianzaban más y más a medida que hacía esfuerzos para desprenderse de él. El toro, desesperado, furioso, hacía violentas contorsiones, y una de las veces, con supremo esfuerzo, salto por encima de la barrera. Todos los que se encontraban en el callejón saltaron prestamente al ruedo, y el toro tuvo que salir nuevamente a él por una de las puertas, hostigado por los palos y bastonazos de los espectadores de primera fila.

En seguida se dejó el campo libre al espada Juan Pastor, quien lo primero que hizo fue saludar al palco del Ayuntamiento y pedir permiso para matar al toro. Otorgado el permiso, tiró su montera al aire y se fue hacia el animal con paso resuelto, llevando la espada escondida entre los pliegues de la muleta.

Una vez delante del toro, el espada agitó varias veces la roja tela, sobre la cual abalanzóse ciegamente el animal. Las acometidas de la fiera eran esquivadas por un movimiento del cuerpo, volviéndose aquélla rápidamente para cornear con furia el trapo, que no podía romper, sino solamente desviar. Llegado el momento oportuno, el matador, frente a frente del toro, hizo un movimiento con la muleta que, sostenía en su mano izquierda, mientras con la espada colocada horizontalmente a la altura de los cuernos del bicho, esperó un instante. Es difícil expresar verbalmente la atención, la angustia y la curiosidad mezcladas que esta situación produce, y que vale por todos los dramas de Shakespeare. Pocos instantes después uno de los dos actores ha de quedar muerto. Cuál de ellos será, ¿el hombre o el toro? En este duelo el toro posee todas las ventajas materiales: los cuernos terribles, buídos como puñales una fuerza impulsiva extraordinaria, cólera de bruto que no tiene conciencia del peligro. El hombre sólo tiene su corazón y su espada..., y doce mil miradas fijas en él. ¡Las mujeres hermosas esperan para aplaudirle con sus blancas manos!

De pronto se separó la muleta, dejando al descubierto el pecho del matador; tenía los cuernos del toro a una pulgada; lo creí perdido. Rápido como el pensamiento pasó un relámpago de plata por entre los cuernos: el toro cayó de rodillas mugiendo dolorosamente, con la espada clavada en lo alto del cuello como el ciervo de San Humberto, que sobre las ramas de su cornamenta llevaba una cruz, según el maravilloso grabado de Alberto Durero.

Todo el circo estalló en una ovación clamorosa; desde los palcos de la nobleza, las gradas de la burguesía y el tendido de manolos y manolas, se alzó ardientemente, con toda la expresión meridional, una tempestad de gritos y vociferaciones: ¡Bravo! ¡Bien! ¡Viva el Barbero! ¡Viva!

la espada. (Robert)El espada había propinado al toro un golpe muy estimado, que se llama estocada a volapié; el toro muere sin perder una gota de sangre que es lo más elegante y al caer de rodillas parece reconocer la supremacía de su adversario. Se dice por los aficionados que esta suerte la inventó el célebre torero del siglo pasado: Joaquín Rodríguez.

No relataremos sucesivamente la muerte de los ocho toros que se lidiaron aquel día; únicamente citaremos algunos episodios y variantes característicos.

Hay veces que los toros no son bravos, e incluso algunos resultan mansos, notándose que prefieren la dehesa al circo; vuelven la espalda a los picadores, y no les importa que los chulos agiten sus capas rojas delante de sus narices. Entonces hay que recurrir a otros medios más violentos: a las banderillas de fuego, que son algo así como unos cohetes, que estallan en chispas y detonaciones una vez colocados en el cuerpo del cobarde cornúpeto. Gracias a esto el toro resulta a la vez pinchado, abrasado y enloquecido; así que, aunque sea el más aplomado de todos los toros, tiene que enfurecerse necesariamente.

Las banderillas de fuego no se emplean sino cuando son indispensables; sólo se recurre a ellas cuando el presidente, que se hace el remolón para otorgar el permiso se decide a ello. En la plaza se producen gritos, aullidos, pataleo y unas exclamaciones incomprensibles. Abruman de injurias al toro: le llaman bandido, asesino y ladrón; el golpear de los bastones se une a las voces; las tablas de los palcos crujen y la irritación del público llega a su colmo:

¡Fuego al presidente! ¡Que le echen los perros! Y al mismo tiempo la colérica multitud amenaza con los puños al palco de la Presidencia. Por fin se concede el anhelado permiso y se restablece la calma. En ocasiones el toro es tan cobarde que no bastan las banderillas de fuego. Retrocede, vuelve a su querencia y se niega a combatir. Entonces vuelven a oírse los, gritos de: ¡Perros! ¡Perros!, Y a una señal del presidente entran en el ruedo estos personajes. Son unos bichos admirables, de belleza y raza purísima. Se van sin vacilar al toro que, por lo pronto, lanza al aire media docena de ellos; pero hay otros, los más fuertes y decididos, que hacen presa en sus orejas. Una vez que se han agarrado al toro, son como las sanguijuelas: se les podría retorcer sin conseguir que se soltasen. El toro sacude la cabeza, los golpea contra la barrera, pero todo es inútil. Cuando esto dura algún tiempo, el puntillero o el matador clavan su estoque en el costado de la víctima, que vacila, dobla las rodillas y se desploma en tierra, donde le rematan. Otras veces se emplea también la media luna, que es un arma que corta a la res los jarretes traseros y anula en ella toda resistencia. Pero entonces la lucha deja de ser tal y se convierte en una repugnante carnicería.

el arrastre. (Wagner)En esta misma corrida, Sevilla, que es un magnífico jinete, fue muy aplaudido por lo que vamos a relatar: un toro de extraordinaria potencia corneó a su caballo por el vientre, levantándole en vilo por completo, a pesar de aquella postura peligrosísima, Sevilla ni perdió los estribos ni apenas se balanceó en su silla, sosteniendo tan bien a su montura, que ésta, al caer, volvió a quedar sobre las cuatro patas,

La corrida había sido buena. Ocho toros, catorce caballos muertos y un chulo herido. En realidad no era posible pedir más. Cada corrida debe producir alrededor de veinte o veinticinco mil francos. Un médico y un sacerdote aguardan durante la fiesta en una de las dependencias de la plaza para prestar sus auxilios al cuerpo o al alma. Como se ve no se descuida nada y los empresarios son previsores. Una vez muerto el último toro, el público salta al ruedo para observarle más de cerca, mientras poco a poco van retirándose los espectadores discutiendo los lances de la corrida y las cogidas, si la hubo.

Y las mujeres ¡me preguntaréis! ¿cómo son? Tal es una de las primeras preguntas que se dirigen al testigo. Debo de confesaros que lo ignoro. Creo recordar de una manera vaga que a mi alrededor había mujeres muy bonitas, pero no puedo asegurarlo.

Para dilucidar sobre este importante problema, es necesario que vayamos al Prado.

(Grabados J.Robert, G.Dore, A.Wagner)