Viaje por España (Tra los montes)
Teófilo Gautier (1840)
Viajes y viajeros por España

Apenas se sale de Burdeos vuelven a verse las landas, más desoladas, más tristes si es posible; de vez en cuando se ve algún pastor mísero que guarda sus rebaños de carneros; alguna cabaña al estilo de los wimgwams de los indios y no más árboles que el pino con su corte típico, de donde mana la resina.

Cruzamos por Dax a media noche, atravesamos el Adour con muy mal tiempo, puesto que llovía a torrentes y hacía un huracán del diablo. A medida que nos íbamos aproximando a los países del Mediodía, el tiempo se hacía peor y más duro. Si no hubiésemos llevado buenos abrigos, los pies y la nariz se nos hubieran congelado como a los soldados de la Grand Arméeen la campaña de Rusia. Cuando amaneció todavía estábamos en las landas. A ambos lados del camino se extendían grandes lagunas de agua salobre, de color parduzco. Por último, vimos a lo lejos en el horizonte extenderse una silueta ligeramente azul; eran los Pirineos. Poco después otra línea casi imperceptible del mismo color nos indicó la presencia del océano. Pronto surgió ante nosotros Bayona, con su aspecto de montón enorme de tejas rotas, su campanario torcido y ancho, y luego en sus largas y desiertas calles unas gentes que presentan un admirable aspecto de indiferencia y ocio.

Bayona es casi una ciudad española por el idioma y las costumbres. Nos hospedamos en un hotel que se llamaba Fonda de San Esteban. Luego, cuando supieron nuestros patronos que íbamos a hacer un largo viaje por la Península, comenzaron a hacernos infinidad ,de recomendaciones: «Compren ustedes fajas para abrigarse el vientre no se olviden de llevar peines, trabucos y medicamentos lleven también galletas y otras provisiones, pues los españoles se limitan a desayunar con una jícara de chocolate y comen un diente de ajo mojado en agua, y para cenar se contentan con un cigarrillo, también deberían ustedes llevarse un colchón y unos cacharros para poder dormir y comer». Los diálogos que escuchamos entre españoles y franceses no tenían nada de tranquilizadores. Hay un vocabulario en el que pueden verse las siguientes frases verdaderamente alarmantes: «Deseo comer algo». «Tome usted una silla». «Muy bien, pero preferiría tomar algo más alimenticio». «¿Qué trae usted?» «Nada» «Entonces, ¿cómo quiere que yo le dé de comer?» «Allí está la carnecería, un poco más allá la panadería y compre carne y pan, y si podemos hacer lumbre, mi mujer, que entiende algo de cocina, le podrá hacer una comida».

El viajero, al escuchar estas cosas se alarma y se pone furioso pero el posadero permanece impasible y le aumenta en la cuenta seis reales por el escándalo.

El coche que va de Bayona a Madrid es pintoresco. El cochero lleva un sombrero puntiagudo, con borlas de seda y cinta de terciopelo, chaqueta bordada, polainas de cuero y faja encarnada. Por lo que vemos, aquí comienza ya el color local. Después de salir de Bayona cambia el paisaje. Los Pirineos avanzan hacia nosotros, el mar aparece y desaparece frecuentemente; entre las montañas se ven nubes azules y sombrías y en lo alto picachos nevados que ningún pintor podría reproducir.

Pasamos por Urruña, en cuya iglesia hay un reloj en la fachada, que tiene a su alrededor escrita con letras negras, esta fúnebre inscripción: Vulnerant omnes, ultima necat. Es verdad, melancólica leyenda: todas las horas nos hieren con la punza de una aguja parecida a la tuya y cada vuelta en la esfera nos lleva hacia lo desconocido.

Las casas de Urruña y de San Juan de Luz tienen un aspecto extraño y sangriento, producido por la costumbre de pintar de rojo o de color sangre de toro las ventanas y las puertas de los edificios. Después de San Juan de Luz se encuentra Behovia, que es el último pueblo francés. En la frontera hay un tráfico especial, debido a la guerra.

Primero se pasan las balas encontradas en los campos de batalla y luego el contrabando humano. Un carlista pasa como un fardo de mercancías, y todo obedece a una tarifa; tanto por un coronel, tanto por un oficial. Una vez realizado el negocio llega el contrabandista, se lleva al individuo y lo entrega como si se tratase de un paquete de cigarros o de unas piezas de seda. Al otro lado del Bidasoa se yergue Irún, que es el primer pueblo español. Hay un puente, la mitad del cual pertenece a Francia y la otra mitad a España. No lejos del puente se halla la célebre isla de los Faisanes, donde se celebró, mediante poderes, el matrimonio de Luis XIV. Ahora no sería fácil celebrar en ella nada, pues su tamaño no excede de un lenguado frito.

Pronto perderé Francia y quizá pierda también una de mis ilusiones. Tal vez se disipe para mí la España del ensueño, la España del Romancero, la de los poemas de Víctor Hugo, la de las novelas de Merimée y los cuentos de Alfredo de Musset. Al atravesar la frontera m 'acordé de lo que el ingenioso y excelente Enrique Heine me decía una tarde en que oíamos un concierto de Listz, con su acento alemán malicioso y burlón: «¿Cómo se las va usted a componer para hablar de España una vez que la conozca?»

(Grabados J.Robert, G.Dore, A.Wagner)

Capítulo II. Bayona.- El contrabando humano

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