Viaje por España (Tra los montes)
Teófilo Gautier (1840)
Viajes y viajeros por España

Capítulo XIII. ÉCIJA.— CÓRDOBA.— EL ARCÁNGEL RAFAEL.— LA MEZQUITA.

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No conocíamos más que la galera de varas; nos faltaba conocer la galera de cuatro ruedas. Precisamente uno de estos hermosos vehículos iba a salir para Córdoba, casi lleno por una familia española. Nosotros fuimos asuperar la carga. Este coche es un carrito bastante bajo, sin más fondo que un enrejado de estera, en el que van los equipajes, sin que nadie se preocupe mucho de sus ángulos y esquinas entrantes y salientes. Encima de todo ello echan dos o tres colchones, o mejor dicho, dos sacos de tela donde existen algunos vellones de lana mal cardada, y sobre estos colchones se extienden atravesados los viajeros, en posturas bastante parecidas —y perdonad lo vulgar del ejemplo— a las de las reses que conducen al matadero. Es verdad que no llevan atados los pies; pero no por eso su situación es mejor. Todo el artefacto vacubierto por un toldo grueso tendido sobre arcos de madera, guiado por un mayoral y tirado por cuatro mulas.

La familia con que hacíamos el viaje era la de un ingeniero muy instruido y que hablaba perfectamente el francés. Les acompañaba un antiguo bandido, de extraña fisonomía, que estuvo en la cuadrilla de José María y que a la sazón era guardián de minas. Este individuo seguía la galera a caballo, con el puñal en la faja y la carabina en el arzón de la silla. El ingeniero le prestaba mucha atención; elogiaba su honradez, a pesar de su antiguo oficio, cuyo recuerdo no le inspiraba al ingeniero inquietud alguna. Bien es cierto que al referirse a José María me dijo varias veces que era un hombre valeroso y honorable. Esta opinión, que me pareció un tanto paradójica tratándose de un salteador de caminos, es muy corriente en Andalucía entre las gentes más distinguidas. A este respecto España continúa siendo árabe. Al anochecer hicimos un alto de varias horas en un caserío de tres o cuatro casas, para que el ganado descansase y poder nosotros tomar algún alimento.

A eso de la una de la madrugada reanudamos la marcha, y a pesar de los traqueteos horribles, de los chicos del ingeniero, que rodaban sobre nosotros, y de los coscorrones que nuestras cabezas vacilantes recibían al tropezar con las paredes de la diligencia, no tardamos en dormimos. Cuando el sol comenzó a acariciarnos el rostro y a mostrarse como una espiga de oro, nos encontrábamos cerca de Carratraca, pueblo insignificante, que tiene como notabilidad unos manantiales de agua sulfurosa buenos para las enfermedades de la piel, lo que suele reunir en aquel lugar extraviado una población sospechosa y de mal aspecto.

Es un pueblo en el que se juega mucho, y así, a pesar de lo temprano de la hora, ya los naipes y las onzas de oro andaban de mano en mano. Resultaba terrible ver aquellos enfermos, de fisonomías pálidas y verdes, alargando con lentitud sus dedos temblorosos para apoderarse de la presa. Las casas de Carratraca, como todas las de los pueblos de Andalucía, están blanqueadas con cal. Esto, concertando con el color violento de las tejas, el verde de las jarras y de los árboles, les da aspecto de alegría y bienestar, muy diferente de la idea que se tiene en el resto de España de la suciedad española. Esta idea es falsa, por regla general, y sólo puede aplicarse a algunos caseríos de Castilla, que se parecen mucho a los nuestros de Bretaña y de Colonia.

En el patio de la posada me llamaron la atención unos cuadros muy toscos, pero muy espontáneos, que representaban corridas de toros con una sencillez de primitivo. Debajo de las pinturas se leían coplas en honor de Paquiro, Montes y de su cuadrilla. El nombre de Montes es tan popular en Andalucía como en nuestro país lo es el de Napoleón. Su retrato adorna las paredes, los abanicos y las petacas, y los ingleses, a quienes entusiasma todo lo típico, sea lo que fuere, exportan desde Gibraltar millares de pañuelos de seda rojos, violetas, amarillos, en los que se ve en estampada la efigie del célebre matador, con leyendas encomiásticas.

Aleccionados por el hambre que pasamos la víspera compramos algunos comestibles, entre ellos un jamón, que nuestro hostelero nos hizo pagar a precio extraordinario. Por mucho que se hable de los salteadores de camino, tengo que declarar que no es en el camino donde está el peligro, sino al borde de él: en la posada. Allí es donde os despojan a mansalva, sin que podáis recurrir a las armas y darle un tiro al posadero que os presenta la cuenta. Los bandidos son dignos de compasión; sus competidores, los hosteleros, no les dejan nada, pues les entregan ya a los viajeros como limones exprimidos. En otros países se pagan las cosas que le dan a uno; en España se paga a peso de oro lo que no le dan.

Después de la siesta volvimos a la galera. Ocupó cada cual su puesto y nos pusimos en marcha. La comarca que atravesamos no tenía nada de pintoresca, a pesar de su salvajismo: torrentes pedregosos, olivares polvorientos, laderas agrietadas y barrancosde yeso, algunas matas blanqueadas por el calor, huellas de culebras y víboras por el camino y, sobre todo esto, un cielo abrasador, como el techo de una caldera, sin el menor soplo de aire ni la más pequeña agitación en la atmósfera, De cuando en cuando nos apeábamos y caminábamos un rato á pie, procurando ir a la sombra del caballo o del carro, con objeto de desentumecer nuestras piernas. A fuerza de franquear barrancos y vallecillos y de ir a campo traviesa para abreviar la distancia nos extraviamos, perdiendo el camino.

Nuestro mayoral, para encontrarlo, comenzó amarchar por diferentes sitios, como si supiese por dónde iba, pues es de advertir que los cosarios y carreteros jamás confiesan que se han perdido, aun cuando ya lleven extraviados cinco o seis leguas. Claro está que no había nada más fácil que perderse en semejante camino, que no tenía de cal el más leve trazado. Nos hallábamos en pleno campo, entre olivares de troncos retorcidos y raquíticos, sin vestigio de habitación humana ni rastro de seres vivientes. Únicamente, a media mañana, habíamos encontrado a un chico medio desnudo que conducía media docena de cerdos negros entre una nube de polvo. Llegó la noche, una noche sin luna, en la que sólo podíamos guiarnos por el resplandor de las estrellas. Al fin, el mayoral no tuvo más remedio que confesarnos que se había perdido, cosa que dijo verdaderamente contrariado. Añadió que no sabía como le había ocurrido esto, pues aquel camino lo había recorrido innumerables veces y hubiera ido a Córdoba con los ojos cerrados.

Nosotros empezamos a pensar que tal vez habíamos caído en una emboscada. Todo cuanto decía nos pareció sospechoso. La situación era bien poco agradable. Nos hallábamos en plena noche, perdidos, lejos de todo auxilio humano, en medio de una comarca que tenía fama en España como la más propicia al bandolerismo. Estas reflexiones debieron de ocurrírsele también al ingeniero de Minas y a su amigo, el antiguo socio de José María, que seguramente sabía a qué atenerse en aquellas cuestiones. Ambos cargaron con bala sus carabinas e hicieron otro tanto con otras dos que había en la galera, y nos entregaron una a cada uno de nosotros sin pronunciar palabra, lo cual resultaba por demás elocuente.

De esta manera el mayoral se quedó inerme, y aun cuando estuviera en combinación con los bandidos, su vida podía pagar la primera. Después de vagar durante dos o tres horas, divisamos a lo lejos una luz que brillaba entre las ramas corno una luciérnaga. Nos pareció la estrella Polar y nos dirigimos hacia ella lo más velozmente que podíamos, aun a riesgo de volcar. Puede decirse que devoramos el terreno. A veces se ocultaba un momento detrás de cualquier obstáculo; entonces todo nos parecía muerto en la Naturaleza; mas luego reaparecía la luz y con ella volvían a encenderse nuestras esperanzas.

Al fin llegamos a cierta distancia de un cortijo, donde vimos la ventana en que se hallaba encendida la luz de nuestra estrella, sostenida por un candil.

Allí pudimos ya encontrarnos más tranquilos. Por aquellos lugares circulaban carretas de bueyes y campesinos, y este espectáculo nos calmó por completo, pues no hubiera sido difícil, pensábamos nosotros, el haber caído en alguna posada de forajidos. Los perros, al olfatear nuestra presencia, se pusieron a ladrar ruidosamente y todo el cortijo se puso en conmoción. Los campesinos salieron fusil en mano para averiguar la causa de aquel alboroto, y al enterarse que éramos unos honorables viajeros extraviados nos invitaron cortésmente a descansar en la granja.

Era la hora de la cena. Una vieja arrugada, casi una momia, cuya piel hacía más pliegues que una bota de montar, preparaba en una gigantesca cazuela un gazpacho formidable. Cinco o seis enormes perros, delgados de lomo, anchos de pecho, de hermosas cabezas, dignos de la jauría de un rey, seguían los movimientos de la vieja con escrupulosa atención y el aire más admirativo y melancólico que se pueda concebir. Pero aquel regalo que se estaba cocinando no era para ellos. En Andalucía son los hombres y no los perros los que comen las cortezas de pan empapadas en agua. Algunos gatos, a los que suele faltarles las orejas y el rabo, pues en España les suelen cortar estos apéndices superfluos, contemplaban también desde lejos, como extraños japoneses, los apetitosos preparativos. Un plato de aquel gazpacho, dos lonjas de nuestro jamón y unos racimos de uvas de un rubio de gamba compusieron una cena que tuvimos que defender de las familiaridades agresivas de los lebreles, los cuales, fingiendo lamernos, nos arrancaban el bocado de la boca. Tuvimos que levantarnos y comer de pie con el plato en la mano, porque aquellos demonios de perros se ponían sobre las patas traseras y nos echaban las delanteras a los hombros, encontrándose así a la altura del trozo deseado. Si no lo atrapaban, lo podían alcanzar con dos o tres lametones, con los que se llevaban las primicias del manjar. Aquellos animales debían descender en línea recta del famoso perro cuya historia nos describió Cervantes. Aquel ilustre can ejercía en una posada, española el empleo de fregona, y en cuanto a la criada se le decía que los platos no estaban limpios, ella juraba y perjuraba que habían sido lavados por Siete Aguas. Siete Aguas era el nombre del perro, que se había ganado este hermoso mote porque lamía los platos tan a conciencia, que parecía que los habían lavado con agua siete veces. Los lebreles del cortijo eran indudablemente de la misma raza. El guía que nos condujo después hasta Écija, era un muchacho muy conocedor del camino. Llegamos a la ciudad a las diez de la mañana.

La entrada en Écija es pintoresca: se penetra por un puente, al final del cual existe una puerta en arco, como si fuese de triunfo. Este puente atraviesa un río, que no es otro que el Genil de Granada, obstruido aquí y allá por ruinas y presas para los molinos. Después de cruzar el puente se llega a una plaza con árboles, en la que se alzan dos monumentos de estilo barroco. Uno de ellos es una estatua de granito, con dorados, colocada sobre una columna, cuyo pedestal forma una especie de capilla rodeada de tiestos con flores artificiales, exvotos, coronas de juncos y todos los chirimbolos de la devoción meridional. El otro es un San Cristóbal de gran tamaño, de metal dorado, con la mano apoyada en una palmera que lleva al hombro los músculos del Santo presentan extraños escorzos, con el brazo contraído de tal manera, que parece realizar un esfuerzo como para levantar una casa. Sostiene un Niño Jesús pequeñito, que parece una monada.

Este coloso, atribuido al escultor florentino Terregiani, aquel que dio un puñetazo en la nariz a Miguel Ángel, se asienta sobre una columna salomónica de piedra color rosa; cuya espiral termina en volutas y florones extravagantes.

Écija está fuera del itinerario de los turistas, y por tanto es poco conocida. Sin embargo, resulta una ciudad interesante, de singular, fisonomía y gracia. Los campanarios no son bizantinos, ni góticos,ni renacentistas, parecen más bien chinos o japoneses; se les podría tomar por torrecillas de algún miao dedicado a Confucio, Buda o Jo, pues están revestidos de azulejos de colores muy encendidos, cubiertos con tejas verdes y blancas, lo que presenta muy extraño aspecto, La arquitectura de este pueblo en general es quimérica, y la afición a las curvas y retorcidos, exagerada. Todo son molduras, incrustaciones, mármoles de color, guirnaldas de flores, querubines gordinflones, iniciales de amor; todo ello pintarrajeado de un mal gusto excelso, pero de gran riqueza.

La nobleza vive en la calle de los Caballeros, donde están los mejores hoteles. Cuesta trabajo creer que se está en una calle cuyas casas habitan seres humanos. Ni los balcones ni las rejas, ni los capiteles, ni los aleros son derechos; todo se curva, se retuerce, se estira, se abre de pronto en volutas, en floripondios o en adornos de cualquier clase. No hay una pulgada de superficie que no tenga un calado o festón, que no ostente su moldura o su pintura policrómica. Todo lo que el rococó tiene de más desordenado, laberíntico y excesivo; es decir, todo eso que el buen gusto francés ha sabido dedicar en sus peores épocas, se encuentra aquí. Un estilo semejante entre holandés, chino y pompadour sorprende y divierte en una ciudad de Andalucía.

Córdoba vista desde el Guadalquivir. (Robert)Las casas están en general encaladas; deslumbran por lo blanco, destacando de una manera maravillosa sobre el azul del cielo. Esto nos hace pensar constantemente en África, con sus azoteas, sus ventanitas y sus miradores, idea a la que contribuye un calor de 37 grados Reaumur, temperatura habitual en esta ciudad cuando el verano es fresco. Ecija se llama la sartén de Andalucía, y por cierto que nunca se ha puesto un apodo más merecido: situada en una hondonada, hállase rodeada de colinas arenosas, que la preservan del viento y concentran en ella los rayos del sol por una combinación de espejos concéntricos. Allí se vive verdaderamente frito. Nosotros lo estábamos; pero ello no nos impidió recorrer el pueblo valerosamente en todos los sentidos mientras llegaba la hora del almuerzo. La Plaza Mayor es muy original, con sus casas dé columnas, sus series de ventanas, sus arcos, y sus balcones volados.

Aunque nuestro parador era muy poco confortable, nos sirvieron una comida casi humana, que saboreamos glotonamente después de haber padecido tanto tiempo el suplicio de la privación. Después de comer nos echamos una larga siesta en una habitación muy grande, cerrada y oscura. El sueño nos repuso, y a eso de las tres pudimos montar, de nuevo en la galera para seguir el camino. Ya teníamos un aspecto sereno y completamente resignado.

El camino de Écija a La Carlota, donde habíamos de dormir, cruza por un paisaje nada interesante, casi desértico y polvoriento, que no dejóla menor huella en nuestra retina. De cuando en cuando se veían olivares, algunas encinas y piteras de esas que lucen siempre sus ojos azulados. En nuestra galera llevábamos algunos animales, sin contar los niños del ingeniero; entre aquéllos, un perro, también del ingeniero, pero que de pronto se lanzaba del coche para levantar algunas perdices, de las cuales cobró dos mi compañero de viaje. Este fue el único incidente notable de aquella jornada. La Carlota, donde nos detuvimos para pasar la noche, es una aldea sin la menor importancia. El mesón se halla instalado en un antiguo convento, que primero fue cuartel, como ocurre casi siempre en tiempos revolucionarios, ya que los menesteres militares son los que más se acomodan en los edificios que se construyeron con destino a la vida monacal. La galería de nuestra posada estaba formada por largos claustros a los cuatro lados del patio. En medio de uno de ellos se hallaba un pozo muy profundo, prometedor de agua clara y fresca. Me asomé al brocal y contemplé el fondo, que se hallaba tapizado de plantas de un verde bellísimo creciendo entre los intersticios de las piedras del fondo. El calor era asfixiante. Sólo puede dar idea de él la temperatura de los invernaderos donde se cultivan plantas tropicales; el aire abrasaba y oleadas de viento constantes parecían arrastrar moléculas en ignición.

Quise dar una vuelta por el pueblo; pero la bocanada abrasadora que me dio en la cara cuando salí a la puerta me hizo desistir. Cenamos un pollo descuartizado que yacía bajo una capa de arroz llena de azafrán, y una ensalada de hojas verdes en un estanque de agua con vinagre, en la que se veían alguna que otra gota de aceite, sacado sin duda del candil. Terminada aquella magnífica comida fuimos a nuestros cuartos, que tenían ya tantos huéspedes, que tuvimos que marchar al medio del patio, y allí, sobre una manta y con una silla vuelta por almohada, pudimos dormir. Allí por lo menos no nos picaban más que los mosquitos, y poniéndonos los guantes: y un pañuelo de seda por la cara logramos casi evitarlo. Era desagradable, pero no repugnante.

Los posaderos tenían una cara patibularia. Pero a esto no le dábamos la menor importancia, porque ya estábamos acostumbrados a ver caras de verdugos. Un diálogo entre ellos que pudimos sorprender nos hizo saber que su moral corría parejas con su físico. Preguntaban al escopetero, creyendo que no entendíamos el español, si no tenían ocasión de dar un golpe yendo a esperarnos unas leguas más arriba, Pero el antiguo cofrade de José María, con aire digno y caballeroso, les dijo:

—Eso no lo toleraría yo, porque estos jóvenes van bajo mi custodia. Además, como temen ser robados, no llevan encima sino el dinero estrictamente necesario para el viaje, pues todo lo demás lo llevan en letras contra Sevilla. Por añadidura, los dos son vigorosos. En cuanto al ingeniero, es amigo mío y llevamos escopetas en la galera.

Este razonamiento último fue el que convenció a los hospederos y a sus acólitos, que por aquella vez se contentaron con robar con los procedimientos habituales, para lo que tienen licencia todos los posaderos del mundo. A pesar de esta aventura, que fue sin duda la más dramática que en nuestra larga peregrinación a través de las regiones consideradas como las más peligrosas de España, creemos que el bandido español no existe; es una abstracción, una leyenda.

Nunca vimos la sombra de un trabuco, y en cuanto a salteadores de caminos, mantenemos la misma incredulidad que aquel joven hidalgo inglés de quien Merimée cuenta la historia, el cual, en medio de una partida que le despojó de todo, se empeñó en no ver más que comparsas alquilados que le habían dado el asalto para gastarle una broma. La distancia que tuvimos que recorrer para llegar a Córdoba fue de unas veinte leguas españolas, que vienen a ser treinta francesas. El viaje fue lento y tan penoso, que nos dejó un magnífico recuerdo. No cabe duda que la rapidez excesiva en los medios de comunicación quitan todo el encanto al camino. Se va como arrastrado por un torbellino, sin poder detenerse a ver nada. Para llegar en seguida de un punto a otro más vale quedarse en casa. Para mí el placer de viajar consiste en ir, no en llegar.

interior de la Mezquita de Córdoba. (Robert)Un puente sobre el Guadalquivir, bastante ancho en aquella parte, sirve de entrada a Córdoba por el lado de Écija. El aspecto de Córdoba es más africano que el de las demás poblaciones de Andalucía. Allí se anda por entre interminables tapias blancas, sin apenas rejas ni balcones, y únicamente podemos esperar encontrarnos de vez en cuando con algún mendigo, alguna beata o algún majo que pasa rápidamente sobre su caballo enjaezado de blanco y arrancando chispas a las piedras del pavimento. A pesar de sus aires moriscos, Córdoba es profundamente cristiana y se halla colocada bajo la protección del Arcángel San Rafael. Este Patrón celeste se halla en lo alta de un cerro, con la espada en la mano, las alas al viento, todo lleno de dorados, como un centinela que velase sobre la ciudad confiada a su custodia.

Según se cuenta, el Arcángel se le apareció a Andrés Roelas, sacerdote de Córdoba, enjaretándole un sermón, cuya primera frase se halla grabada en la columna donde actualmente se sostiene la imagen. El exterior de la Catedral nos sedujo poco, y creímos sufrir un desencanto a pesar de los versos de alabanza que le dedicó Víctor Hugo. En tiempos de Abderramán, si hemos de creer a los historiadores, Córdoba contaba con 200.000 casas, 80.000 palacios y 900 baños, teniendo como arrabales 1.200 pueblos. Ahora sus habitantes no llegan a 40.000 y la ciudad parece desierta. Fue entonces cuando empezó a construirse la Mezquita de Córdoba, hacia fines del siglo VIII, quedando terminada a principio del IX. El edificio tiene siete puertas. Al entrar nos encontramos con el Patio de los Naranjos, que es soberbio, con naranjos contemporáneos de los moros; todo el espacio está rodeado de galerías con arcos, enlosadas de mármol, y a un lado se yergue un campanario poco interesante. Bajo el suelo de este patio parece que hay, según afirman, una inmensa cisterna. La impresión que se experimenta al entrar en aquel viejo templo del islamismo es indescriptible y no se parece en nada a las demás emociones que nos produce la arquitectura. Se cuentan diecinueve naves en sentido latitudinal y treinta y seis en el longitudinal; cada nave se halla formada por dos hileras de arcos superpuestos, que se cruzan y entrelazan, componiendo el efecto más extraño. Las columnas, llenas de fuerza y elegancia, recuerdan por su estilo más a la palmera de África que al árbol grecolatino. Son mármoles, pórfidos, jaspes, de vetas violadas y verdosas, y, en fin, de mil materias preciosas. En tiempo de los Califas la Mezquita de Abderramán tenía 800 lámparas de plata, llenas de bálsamos aromáticos, que daban luz a aquellas inmensas naves y hacían relucir el jaspe y el pórfido de las columnas, dejando como estrellas de luz de oro, esparcidas por los techos, los reflejos de su proyección. Entonces la mirada debía disfrutar de un espléndido espectáculo. Esta maravillosa perspectiva queda hoy completamente obstruida por la iglesia católica, que es una mole enorme incrustada en la Mezquita árabe. Con ello se ha destruido la simetría general y la belleza del primitivo templo. Esta iglesia, monstruosa seta de piedra, de tumor arquitectónico, no deja, de tener algún interés. entrada en Carmona. (Robert)A pesar de todas estas profanaciones, la Mezquita de Córdoba es uno de los más extraordinarios edificios que existen en el mundo y de los que más nos hacen maldecir de las bárbaras mutilaciones que se ha hecho sufrir a multitud de grandes monumentos. Una vez visitada la Catedral, nada nos detenía ya en Córdoba, que carece de encantos para la vida corriente. La misma galera en que habíamos ido nos volvió a Écija, donde alquilamos una calesa para ir a Sevilla. Durante varias leguas nuestro camino sólo mostraba el espectáculo de terrenos llanos o ligeramente ondulados, con olivares grisáceos y polvorientos, yermos arenosos y macizos parduzcos de verdura. Dormimos en Carmona, donde apenas tuvimos después tiempo para montar de nuevo en el coche. Carmona es una ciudad pequeña, blanca como la leche, a la cual dan aspecto muy pintoresco los campanarios y las torres de un antiguo convento de monjas carmelitas. Nada más podemos describir de este pueblo.

A partir de Carmona, el paisaje se mostraba menos árido y menos abrupto. Pasamos por Alcalá de los Panaderos, pueblecillo muy bien situado al fondo de un valle, por el que se desliza un río. Ya nos íbamos acercando a Sevilla. No tardamos en ver aparecer en el horizonte la Giralda, primero la linterna calada; después, la ancha torre, y pocas horas después pasamos por la Puerta de Carmona, por la que se cruzaban, entre nubes de polvo dorado, galeras; burros, mulas y carretas de bueyes. Estábamos en Sevilla.

(Grabados J.Robert, G.Dore, A.Wagner)