Viaje por España (Tra los montes)
Teófilo Gautier (1840)
Viajes y viajeros por España

Capítulo XI. PROCESIÓN DEL CORPUS EN MADRID.—ARANJUEZ.—OCAÑA.—UNA NOCHE EN MANZANARES.—LOS CUCHILLOS DE SANTA CRUZ.BAILÉN.—JAÉN.—GRANADA.—LA ALAMEDA.—LA ALHAMBRA.—EL GENERALIFE.—EL ALBAICÍN.—LA CARTUJA.—SANTO DOMINGO.—ASCENSIÓN AL MULHACÉN

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La Cartuja, que actualmente no tiene frailes, como les ocurre a casi todos los conventos de España, es un edificio admirable, y es lástima que no sirva para el objeto a que fue destinado.

Otro monasterio que es digno de visitar en Granada es el de San Juan de Dios. Su claustro se distingue por un mal gusto prodigioso. Los muros están pintados al fresco, representan hechos salientes de la vida de San Juan de Dios y se encuadran en unos adornos alegóricos y grotescos más absurdos que los monstruos del Japón y que los ridículos mamarrachos chinos. Parecen sirenas tocando el violín, monas haciéndose la toilette, pescados de pesadilla en raras imposibles, flores que parecen pájaros y pájaros que parecen flores, lazos de amor, azulejos; en fin, un revoltijo incomprensible. La iglesia de otra época abunda en dorados. El retablo, con sus columnas salomónicas, produce un efecto opulento y admirable. El sacristán que nos servía de guía, al ver que éramos franceses, comenzó a hacernos preguntas referentes a nuestro país, preguntándonos si era cierto que, como se decía en Granada, el Emperador Nicolás de Rusia había invadido Francia apoderándose de París. Estas eran las noticias más recientes que se tenían por fidedignas; tales absurdos los propagan entre el pueblo y los partidarios de Don Carlos, para hacer creer en una reacción absolutista por parte de las potencias extranjeras y con ello llevar el optimismo y la esperanza a las partidas carlistas desorganizadas, haciéndolas creer que muy pronto recibirían ayuda del extranjero. En esta iglesia vimos un espectáculo que nos chocó: una vieja arrastrándose sobre las rodillas caminaba desde las puertas del altar; llevando los brazos en cruz, con los ojos en blanco, los labios contraídos y el rostro brillante y plomizo. Era el éxtasis llevado hasta la catalepsia. El aspecto resultaba tan escéptico que ni Zurbarán mismo hubiera podido reflejar un ardor más febril; aquella mujer cumplía una penitencia impuesta por su confesor, y aún le quedaba tarea para cuatro días. carreta con seis mulas. (Wagner)

El convento de San Jerónimo, convertido ahora en cuartel, tiene un claustro gótico de gran belleza y sumamente típico. La iglesia, desierta, ofrece la particularidad de que todos sus relieves arquitectónicosestán pintados como los de la bóveda de la Bolsa; esta pintura es de un solo color y carece de realce. Al está enterrado Gonzalo de Córdoba, el Gran Capitán; también está la espada de este héroe, que hace poco tiempo fue robada irreverentemente, para vender en dos o tres duros la plata del puño. El convento de Santo Domingo ofrece notable interés. La biblioteca se conserva bien; está llena de volúmenes en cuarto y de infolios encuadernados en pergamino, con el título escrito a mano, con tinta negra o roja. Casi todas estos libros son tratados de Teología, discursos casuísticos y otras producciones escolásticas de escaso atractivo para los literatos. Los patios y los claustros son bellísimos, con sus fuentes, naranjos, flores y plantas. Todo parece hallarse especialmente dispuesto para la meditación, el sueño y el estudio. ¡Qué lástima que los conventos hayan estado habitados por frailes y no por poetas! Lo más notable en estos jardines son las calles, de laureles enormes, enlosadas de mármol blanco, con asientos, de lo mismo a cada lado, muy inclinado el respaldo, sobre el que podemos apoyarnos para mirar la cúpula que en lo alto forman los grandes laureles entrelazados. Los surtidores, de trecho en trecho, mantienen la frescura de todo el vergel. Al fondo se disfruta la espléndida vista de Sierra Nevada, a través de un mirador árabe, resto de un antiguo palacio que se hallaba en este lugar. Dicen que el palacio comunicaba con la Alhambra, aunque está muy lejos, por medio de galerías subterráneas.

Íbamos con frecuencia a Santo Domingo a sentarnos a la sombra de sus laureles y a bañarnos en una piscina, donde los frailes, según las canciones satíricas, se divertían con las muchachas que conquistaban o hacían raptar. Es curioso que sea precisamente en los países católicos donde las cosas santas, los curas y los frailes, son tratados con menos respeto; canciones y cuentos, narraciones y romances tienen por asunto en España episodios licenciosos que se atribuyen a los religiosos y que no tienen nada que envidiar, en cuanto a desenvoltura, a las sátiras de Rabalais y de Beroaldo de Vervilla. Nadie se imaginaría, al leer muchas de las antiguas obras del teatro español, que haya existido la Inquisición.

A propósito de baños, narraremos una anécdota que prueba que el arte termal que se llevó a tan gran altura en tiempo de los árabes, ha perdido en Granada su antiguo esplendor. Nuestro guía nos condujo a una casa de baños de bastante buen aspecto, con cuartos dispuestos alrededor de un patio al que daba sombra las hojas de una parra, ocupado en gran parte por un depósito de agua transparente. Hasta aquí todo iba bien; pero, ¿podréis imaginaros de lo que eran las bañeras? ¿De cobre, de zinc, de piedra, de madera?... Nada de eso. Es preciso que os lo digamos, pues jamás podrías adivinarlo. Eran enormes tinajas de barro, como las que se emplean para guardar el aceite. Estas singulares bañeras se hallan enterradas dos tercios de su altura.

Antes de meternos en aquellas tinajas, hicimos que las tapizasen con una sábana blanca, precaución de limpieza que se le antojó muy extraña al bañero y que fue necesario repetirle varias veces para que la ejecutase. El hombre se encogió de hombros al pensar en nuestros caprichos, pronunciando a media voz —esta sola palabra: ¡Ingleses!

Nos metimos en aquellas ollas con la cabeza fuera, haciendo una figura ridícula. Entonces me di cuenta de que lo que me había parecido inverosímil en la historieta de Alí-Babá o Los cuarenta ladrones no lo era.

En el Albaicín quedan todavía baños árabes, pero no están acondicionados y sólo podrían surtirse de agua fría. Todo lo que puede verse en Granada en una estancia de pocas semanas es esto que llevo dicho. Las diversiones son raras: el teatro no funciona en verano, la plaza de toros tampoco celebra corridas con regularidad. No hay casinos, ni otros lugares públicos de recreo, ni se encuentran periódicos franceses y extranjeros más que en el Liceo. En este centro sus socios celebran en determinados días sesiones, en las que se leen discursos y poesías y se cantan o representan comedias, compuestas generalmente por algún poeta joven de la buena sociedad.

En Granada la ocupación general es la de no hacer nada: galantear, fumar, hacer versos y, sobre todo, escribir cartas, bastan para llenar agradablemente la existencia. Allí no se ve la inquietud ardiente, la necesidad de acción y de cambio que atormenta a las gentes del Norte. Los españoles, a mi ver, son muy filósofos: conceden muy poca importancia a la vida material, y las comodidades les son indiferentes. Todas las necesidades creadas por la civilización en el Norte les parecen refinamientos pueriles y molestos. Los españoles no conciben que se trabaje para descansar después; prefieren hacerlo a la inversa, lo cual a mí me parece más lógico.

Para quien llegue a España de París o Londres, esos dos torbellinos de prodigiosa actividad, de agitada existencia y sobreexcitación, resulta un espectáculo original la vida española, y sobre todo la que se hace en Granada: vida todo serenidad y ocio, sólo ocupada con la conversación, las visitas, el paseo, la música y el baile. Es sorprendente ver la tranquilidad feliz de aquellos rostros y la dignidad absoluta de sus fisonomías. Nadie está atareado ni lleva aire de preocupación al pasear por las calles. Los jóvenes no se inquietan en manera alguna por su porvenir. Los más aventureros se van a Manila, a La Habana o se alistan en el ejército. Pero esto, dado el estado lamentable de la Hacienda, no les resuelve la situación, pues los funcionarios pasan años enteros sin cobrar su sueldo.

señoras de Granada escuchando la música de los enanos. (Dore)España es el verdadero país de la igualdad, no en las palabras, pero sí en los hechos. El último mendigo enciende su cigarrillo en el habano del gran señor, el cual le hace este servicio sin la menor afectación de condescendencia. La marquesa, que pasa sonriente por encima, del cuerpo de los vagabundos que duermen en las calles o en el umbral de las casas, cuando va de viaje no tiene el menor inconveniente en beber en el mismo vaso que el mayoral, el zagal o el escopetero que la conduce.

Los extranjeros no se acostumbran a esta familiaridad. Sobre todo los ingleses, se muestran reacios, haciéndose servir en bandejas las cartas, que con toda clase de precauciones cogen con tenacilla.

Uno de estos estimables insulares que iba de Sevilla a Jerez ordenó a su calesero que se fuese acomer a la cocina. El calesero, que indudablemente en el fondo de su espíritu creía hacer un gran honor a un hereje sentándose a su mesa, no hizo la menor observación, y desapareció con un enojo disimulado, como un traidor de melodrama. Mas luego, a tres o cuatro leguas de Jerez, en mitad del viaje, en un desierto temible, lleno de barrancos y malezas, nuestro hombre hizo bajarse del carruaje al inglés y le gritó, mientras arreaba al caballo:

—Milord usted no ha creído digno de sentar a su mesa a don José Balbino Bustamante y Orozco, y yo le juzgo a usted un compañero indeseable para ir sentado en mi mismo coche. ¡Buenas tardes!

A la servidumbre se la suele tratar de una manera familiar, muy distinta a nuestra falsa cortesía, en la que a cada momento recordamos con nuestras palabras a los criados la inferioridad de su posición. Un ejemplo probará lo que afirmamos: Estábamos de excursión en la casa de campo de la señora X. Por la noche quisimos bailar, pero había muchas más mujeres que hombres. Entonces la señora X, con la mayor naturalidad, llamó al jardinero y a otros criados, los cuales bailaron durante toda la velada sin azoramiento, desconcierto ni servilismo, como si en realidad fuesen uno de tantos en aquella sociedad. Fueron invitando una por una alas muchachas más bonitas y aristócratas, quienesaceptaron sin el menor escrúpulo su demanda. Nuestros demócrata se hallan aún muy lejos de esta igualdad práctica, y muchos de entre ellos se revelarían ante la idea de figurar en un rigodón frente a un labriego o un lacayo.

Hay sin duda excepciones entre los españoles. Los hay activos y laboriosos, sensibles a todos los refinamientos de la vida. Pero, en general, la impresión que recibe un extranjero después de pasar en España una temporada es la indicada; impresión generalmente, más justa que la que puede tener un natural del país, al que las cosas de su Patria no pueden chocarle por la novedad.

Satisfecha nuestra curiosidad respecto a Granada y sus monumentos, y en vista de que a la vueltade cada esquina nos encontrábamos, con la perspectiva de Sierra Nevada, decidimos entablar un conocimiento más íntimo de ésta, y para ello resolvimos una excursión al Mulhacén, el pico más alto de toda la serranía. Nuestros amigos trataron de disuadimos del proyecto, que, en efecto, presentaba algunos peligros; pero cuando vieron que de todos modos íbamos a realizarla, nos indicaron a un cazador llamado Alejandro Romero, que conocía muy bien la montaña y podía servimos de guía. Fue a vernos a nuestra casa, y en cuanto vimos su fisonomía franca y varonil nos decidirnos a aceptar sus servicios. Encargóse de los preparativos de la expedición, quedando en que al día siguiente, a las tres, nos llevaría los cuatro caballos que necesitábamos: uno para mi compañero de viaje, otro para mí, el tercero para un alemán que quería unirse a nuestro cortejo y el cuarto para nuestro criado, que tendría cuidado de la parte culinaria de la expedición.

En cuanto a Romero, caminaría a pie. Nuestras provisiones consistían en jamón, pollos asados, chocolate, pan, limones, azúcar y una gran bota de vino llena de excelente caldo de Valdepeñas.

A la hora de la cita ya estaban los caballos delante de casa. Romero nos despertó dando culatazos con su carabina a la puerta de nuestro cuarto.

Medio dormidos aún montamos a caballo y partimos con nuestro guía por delante para indicarnos el camino. Aun cuando ya era de día, no había salido el sol, y las ondulaciones de los montes inferiores que ya íbamos cruzando se extendía a nuestro alrededor como frescas líneas azules y como ondas de un océano inmóvil. Granada se iba esfumando a lo lejos entre la atmósfera brumosa. Llegamos a una cima hasta la que no habíamos encontrado más que pendientes suaves, que se iban encadenando unas a otras. Los montes se unen a la llanura por medio de suaves ondulaciones, muy practicables para caminar. El guía nos dijo que era preciso dar un descanso a las caballerías para que comieran, mientras nosotros desayunábamos.

Al pie de una roca, cerca de un manantial, cuya agua diamantina brillaba bajo una hierba color de esmeralda, nos acomodamos lo mejor que pudimos. Romero improvisó una hoguera con unos cuantos matojos, y Luis hizo el chocolate. Comimos también una loncha de jamón y un trago de vino, y con esto hicimos la primera comida de nuestra excursión.

Reanudamos la marcha. Romero nos precedía siempre. Saltaba de piedra en piedra con la ligereza de un gamo, diciendo de vez en cuando: Buen Camino. Me gustaría saber qué es lo que aquél entendía por camino malo, pues en el que seguíamos no existían ni siquiera señales de vereda. A derecha e izquierda precipicios enormes, de 1.500 a2.000 pies de profundidad, diferencia que en realidad no nos importaba mucho, pues de caernos el efecto sería igual. Ahora me estremezco al recordar cierto paso de dos pies de ancho y de tres o cuatro tiros de fusil de largo enlace entre dos abismos, como mi caballo iba a la cabeza de la fila, fue el primero que tuvo que pasar por aquella verdadera cuerda tendida, que a los acróbatas más intrépidos les hubiera hecho vacilar. Era tan estrecho, que mi cabalgadura sólo tenía el espacio suficiente para poner la pezuña, y cada una de mis piernas colgaba sobre un abismo. Yo procuraba mantenerme inmóvil en la silla, recto, como si llevara alguna cosa en equilibrio en la punta de la nariz. Aquel trayecto de pocos minutos me pareció largísimo.

Cuando recuerdo ahora fríamente aquella ascensión increíble me asombro, como ante el recuerdo de una pesadilla. Pasamos por senderos en los que las cabras no se hubieran aventurado; subimos cuestas tan escarpadas, que las orejas de los caballos rozaban nuestras barbas; atravesamos peñascales de rocas que caían al fondo de espantosos precipicios; nos veíamos obligados a aprovechar los menores accidentes del terreno para avanzar poco a poco, con tal de subir siempre y gradualmente hasta la cima objeto de nuestra ambición, la cual cima, por lo demás, habíamos perdido de vista desde que nos internamos en la montaña, porque cada meseta oculta a la vista la meseta superior.

Por fin alcanzamos la región de las águilas. De cuando en cuando divisábamos a uno de estos nobles pájaros en lo alto de una roca solitaria, con el pico hacia el sol y en ese estado de éxtasis contemplativo que en los animales se produce como sustitución del pensamiento. Un águila planeó de pronto a gran altura, y en lo más alto quedó inmóvil en medio de un océano de luz. Romero no pudo resistir la tentación de enviarle una bala a manera de mensaje. El plomo arrebató una de las plumas del ala, y el águila, sin hacer el menor caso, como si nada hubiese ocurrido, continuó su vuelo majestuoso. La pluma fue revoloteando mucho tiempo antes de caer en tierra, donde fue recogida por Romero, que la puso corno trofeo en su sombrero.

barranco de Poqueiro en las Alpujarras. (Dore)Remontamos las fuentes del Genil, que veíamos deslizarse como una cinta azul y plateada en dirección a su ciudad querida. La meseta en que nos encontrábamos está a 9.000 pies sobre el nivel del mar, y sólo la domina el pico de la Veleta y el Mulhacén, que se eleva otros 1.000 pies hacia el abismo insondable del cielo. Los caballos estaban fatigadísimos y tuvimos que desenjaezarlos. Luis y el guía cortaron leña para sostener el fuego, pues, aunque en la parte del llano habría de 30 a 35 grados de temperatura, en la altura en que nos hallábamos hacía un fresco que a la puesta del sol se transformaría en frío intensísimo. Eran las cinco. Mi compañero y el joven alemán quisieron aprovechar el fin del día para trepar a pie y solos la última altura. Yo preferí quedarme, y como estaba emocionado ante la grandiosidad sublime del espectáculo que me rodeaba, me puse a escribir algunos versos, que al menos tienen el mérito de ser los únicos alejandrinos que se hayan compuesto a aquellas alturas.

Al acabar de escribir me puse a confeccionar, para que nos sirvieran de postre, unos sorbetes, con miel, azúcar, limón y aguardiente. Nuestro campamento no podía ser más pintoresco. Las sillas de los caballos nos servían de asiento. Nuestros abrigos de tapiz. Un gran monte de nieve nos resguardaba del viento. Y en medio de todo brillaba el fuego de la hoguera, que alimentábamos echándole retama frecuentemente. Las ramas de estas se retorcían y silbaban, echando chispas, que subían como surtidores de colores por encima de nosotros. Los caballos alargaban sus cabezas, de mirada dulce y triste, para recoger alguna bocanada de calor.

La noche se acercaba a pasos agigantados. El último rayo de sol que se proyectó sobre el pico del Mulhacén pareció vacilar un instante. Luego, como si abriese unas alas de oro, se elevó en las profundidades del cielo y desapareció. La oscuridad se hizo completa, y la reverberación de nuestra hoguera, proyectando enormes sombras en las paredes de las rocas, se hizo más viva. Eugenio y el alemán no regresaban, yo empecé a inquietarme. ¿Y si se hubiesen caído a algún precipicio? ¿Y si se hubiesen hundido en un ventisquero? Romero y Luis ya hablaban de que les firmase un documento en el que constase que ellos no habían matado ni robado a aquellos dos caballeros, y que si habían muerto era por su culpa.

En la espera empezamos a vocear con los gritos más salvajes para el caso de que no pudiesen ver la hoguera. Pero a poco, un tiro que repitió en los ecos de la montaña nos hizo comprender que nos habían oído y que nuestros compañeros estaban cerca. En efecto; a los pocos momentos reaparecieron, rendidos de fatiga, y pretendiendo haber visto desde lo alto la costa de África, cosa muy posible, ya que la limpieza de la atmósfera es tal que la vista puede alcanzar hasta treinta y cuarenta leguas, Cenamos alégremente, y a fuerza de tocar la gaita con la bota del vino, la dejamos, tan escurrida como la faltriquera de un mendigo de Castilla. Convinimos en hacer guardia por tumo para mantener el fuego, y así se hizo. Pero el círculo que al principio era bastante ancho, se fue cerrando poco a poco. El frío se hacía más intenso cada vez, y acabamos por meternos materialmente dentro de la hoguera, hasta quemarnos los zapatos y la ropa. Toda la noche la pasamos acurrucados y helados, sin conseguir que se callase Luis, que la pasó gruñendo, acordándose del gazpacho de su casa, de su cama y hasta de su mujer.

Al fin rayó la aurora; nos encontrábamos envueltos en una nube, y Romero nos aconsejó que empezásemos a descender si queríamos llegar a Granada antes de anochecer. Cuando hubo bastante luz para distinguir los objetos, noté que Eugenio estaba rojo como una langosta cocida, observación semejante a la que él hizo con respecto a mí. Luis y el joven alemán también estaban del mismo color; únicamente Romero conservaba su tono de cuero de bota, y sus piernas de bronce desnudas no habían sufrido la menor alteración. La atmósfera rarificada de aquellas alturas fue la que nos puso de aquel color. Subir no es nada, porque se mira hacia arriba, pero bajar con la perspectiva del abismo a cada paso es una cosa completamente distinta. De primera intención nos pareció una cosa impracticable; Luis empezó a graznar como un ave a quien desplumaran, pero, claro está, que, como no podíamos quedarnos eternamente en el Mulhacén, nos dispusimos a descender con Romero a la cabeza. Las «montañas rusas» son pendientes suavísimas en comparación con aquélla. Casi todo el tiempo íbamos de pie en los estribos, y materialmente tumbados sobre la grupa de los caballos para no salir despedidos por encima de sus cabezas. Todas las perspectivas se confundían delante de nosotros. Parecía que los arroyos subían hasta las fuentes; que las rocas se movían, objetos muy lejanos parecían que estaban a dos pasos de nosotros, y acabamos por perder toda idea de la proporción, efecto que suele producirse en las grandes montañas, donde las masas y la verticalidad de los planos no permiten apreciar las distancias en su debida mensuración.

Salvadas todas las dificultades pudimos llegar a Granada sin que nuestros caballos hubiesen dado ningún paso grave; ahora, eso sí, entre todos sólo llevaban una herradura. Los caballos andaluces —aun cuando aquéllos eran bastante malos— no tienen igual para la montaña. Son tan dóciles y tan pacientes, tan inteligentes, que lo mejor es soltar la brida y dejarles a su antojo.

Esperaban nuestra vuelta impacientes, pues habían divisado la hoguera en lo alto del Mulhacén y estaban inquietos. Yo quise en seguida ir a contarles la peligrosa expedición a las señoras de B; pero me hallaba tan fatigado que me quedé dormido en una silla, con un calcetín en una mano, y en la misma postura me desperté al día siguiente a las diez de la mañana. No pasaron muchos más sin que abandonásemos Granada, lanzando un suspiro tan profundo, por lo menos, como el que exhaló el rey Boabdil.

(Grabados J.Robert, G.Dore, A.Wagner)