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Al descender de las lomas en que está situada Dueñas, a unas dos leguas de Palencia, se recorre hasta Valladolid una zona desolada, y allí se entra por una espléndida avenida de media legua, bordeada por otras laterales, que sirven de paseo. En 1777, cuando vi por primera vez esta ciudad me impresionó desagradablemente su falta de limpieza, que ofendía todos los sentidos. Ocho años más tarde, esta falta era ya mucho menos sensible, y en 1792 encontré un Valladolid no sólo bastante pulcro, sino más bello: se habían construido recientemente agradables quintas a lo largo del Pisuerga y en el lugar llamado el Campo Grande, situado en una de las extremidades de la ciudad y notable por su desmesurada extensión, así como por las trece iglesias que se alzan en su recinto. Cuenta Valladolid con otra plaza mucho más regular, con tres pisos de balcones, y en los que se asegura pueden acomodarse ochenta mil personas. Aprecié su capacidad en mi primer viaje por España, llegado a Valladolid precisamente con ocasión de celebrarse una corrida de toros, lo cual ocurre allí solamente cada tres años. Si fuera yo un buen aficionado, habría bendecido tan inesperada fortuna; pero no lo era entonces, ni he llegado a serlo después. Me asombró la prodigiosa concurrencia de curiosos que acudían atraídos por este festejo desde varias leguas a la redonda. Fue de Madrid el famoso torero Pepe Hillo, al que luego he visto torear tantas veces. Brindó al embajador, en cuya compañía me encontraba varios de los toros que mató, y cada uno de estos tributos sangrientos -que es costumbre ofrecer a las personalidades destacadas- daba ocasión a que del palco del corregidor en que nosotros estábamos se arrojasen algunas monedas de oro al escenario de las hazañas de Hillo.

No tenía sin duda necesidad de estos alientos, pues nunca le vi más hábil ni más afortunado. En estas escenas, que duraron cerca de tres horas, todo era nuevo para nosotros: el espectáculo, la acogida que se nos dispensó, los usos y costumbres, el lenguaje. Al terminar la fiesta, el palco del corregidor quedó transformado en sala de refresco. Se pasaban rondas de vasos de agua helada, chocolate, dulces de todas clases y colores, y no sabíamos cómo sustraernos a las obsequiosidades con que nos asediaban, sin que pudiésemos declinarlas ni agradecerlas más que por gestos. ¡Para los que suponen que hablando francés se puede ir por toda Europa! Pero bastó lo acontecido allí para concebir un elevado concepto de la afabilidad de los castellanos y de su afición a las golosinas.

Posee Valladolid, entre otras iglesias notables, la de los dominicos y la de San Benito, cuya belleza es del tipo corriente entre los edificios religiosos de España, es decir, que son espaciosas y están repletas de altares adornados y dorados en demasía. Hay en ellas, además, unas tumbas de mármol blanco admirablemente labradas. Las obras escultóricas tanto en mármol como en madera policromada, en grupos o en bajorrelieves, se remontan a la época del Renacimiento español, que produjo los Juan de Juanes, los Berruguete, los Becerra y otros artistas mal conocidos fuera de la Península, pero cuyo nombre debe figurar entre los más ilustres.

Valladolid es una de las ciudades más importantes de España. Sede episcopal, en ella tienen asimismo su residencia una universidad, una Sociedad patriótica, uno de los Colegios Mayores del reino y uno de los tribunales supremos que reciben el nombre de cancillerías. Sin embargo, apenas cuenta 20.000 almas. En la época de Carlos V contaba 100.000, y había en ella todo lo necesario para la vida, mucha industria y comercio, pero el abandono y otros motivos le hicieron perder casi toda su importancia. Más de una vez ha fijado la corte su residencia en esta ciudad, pero cuando Felipe II se trasladó a Madrid arrastró consigo a la mayor parte de las familias opulentas. En todas las calles existen caserones abandonados, y de su antiguo esplendor le queda solamente un asombroso número de edificios religiosos. En el campo circundante reina una pobreza casi absoluta a pesar de la fertilidad natural de un terreno apto para toda clase de cultivos y de la abundancia de agua. En la ciudad, la paralización de las industrias. Las únicas fábricas que parcen salir adelante son las de estameñas y barraganes. Los orfebres tenían gran fama, y la merecían; existen aún bastantes en uno de los barrios más populosos de la ciudad, pero no pasan de medianos.

Sin embargo, se intenta desde hace algún tiempo sacar a Valladolid de semejante letargo. Se ha establecido una Escuela de dibujo y una Academia de matemáticas; se han promulgado órdenes encaminadas al embellecimiento de algunos de sus barrios; se han animado sus alrededores con paseos y plantaciones de moreras. Al salir del Campo Grande, donde se han abierto hace poco algunas avenidas de árboles, hay dos leguas de un camino soberbio en la carretera de Madrid, y ocho hasta Palencia, a través de una comarca árida, pues la escasez de arbolado, que obligó a Felipe II a dejar Valladolid, aumentó desde entonces.

Los aficionados a las bellas artes pueden admirar en el convento de Fuensaldaña, a poco más de una legua de Valladolid, tres cuadros de Rubens de los mejores en cuanto a colorido. Simancas, que sigue siendo el depósito principal de los archivos de la monarquía, dista sólo un par de leguas de Valladolid.

Se cultiva con éxito la granza en una parte de sus cercanías, así como en las provincias de Burgos y Segovia, en Asturias, Andalucía, Aragón y Cataluña. Este cultivo, para el que el suelo de España es muy adecuado como se sabe desde hace tiempo, no ha llamado la atención del Gobierno hasta 1742. Hoy se ahorran ya en España los diez millones de se pagaba todos los años a los holandeses por este concepto. La granza o rubia de España es mejor y más barata que las demás. Los extranjeros empiezan a estimarla.