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Tomemos, por fin, el camino de El Escorial. A tres cuartos de legua de San Ildefonso se atraviesa el Eresma sobre un puente de piedra y se llega a Valsaín, aldea situada en una depresión rodeada por grandes bosques. Pasado Valsaín, siguen dos leguas de penosa ascensión en las elevadas montañas que dividen las Castillas. Dan sombra a la carretera enormes pinos cuya copas se pierden a menudo entre la neblina que surge del fondo de los valles. A medida que el viajero se acerca a la cumbre, el aire va haciéndose más frío y cuando por fin  se encuentra a la altura de Siete Picos (que desde San Ildefonso presenta el atmósfera. Luego, desciende o, mejor dicho, se precipita desde lo alto de tan magnífico mirador, y al cabo de dos leguas llega al pueblo de Guadarrama, atravesado por la carretera real de Madrid a París. Cruza esa carretera para continuar por el camino de El Escorial, residencia de la corte en las postrimerías del otoño, y llega, por fin, al término de su viaje: el monasterio.

Este famoso edificio está situado a la otra parte de la cordillera, límite de Castilla la Vieja. El emplazamiento elegido por Felipe II, en este lugar árido y escarpado, pinta bien el carácter sombrío y adusto que la historia atribuye a este príncipe. Pero no le juzguemos de pasada estando cerca del real monasterio donde sólo se le nombra Nuestro Santo Fundador; donde sus restos descansan y donde su imagen aparece veinte veces repetida.

Sabido es que la fundación del monasterio se debe a un voto hecho el día de la batalla de San Quintín. Se sabe también que lo dedicó a San Lorenzo, cuya fiesta onomástica se celebra en aquel día; y todo en El Escorial recuerda el instrumento empleado para su martirio. No sólo se ve en las puertas, en las ventanas, en los altares, en los rituales, en las vestiduras sacerdotales, sino que el edificio mismo tiene su forma. Es una construcción cuadrangular, cuya fachada principal, que da a poniente, está como adosada a una montaña; por el lado opuesto, que mira hacia Madrid, se adelanta el acortado mango de la parrilla invertida, y las agujas de cuatro torres cuadradas que coronan los cuatro ángulos, figuran los pies.

No haré, como hicieron Colmenar y el abate de Vayrac, la enumeración prolija de todas las puertas, ventanas, patios, etcétera, de este famoso convento. Cierto es que su mole tiene algo de imponente, pero no acaba de responder a la idea que nos hace concebir su reputación. Su arquitectura nada tiene de magnífico; más bien responde a la sencillez austera, propia de un convento, que al fausto pregonero de la residencia de un poderoso monarca. Solamente la fachada occidental tiene una hermosa puerta con grandes columnas dóricas semiempotradas en el muro y, a un lado y otro lado, dos puertas de bien proporcionadas dimensiones. Esta entrada principal sólo se abre a los reyes y príncipes de la familia real española en dos ocasiones solemnes: la primera, cuando se los lleva a El Escorial para celebrar su nacimiento; la segunda, cuando se van a depositar sus restos mortales en la sepultura que los aguarda. ¡Símbolo de las puertas de la Vida y las de la Eternidad!. Por este lado, la puerta de la iglesia se anuncia con un bello peristilo cuya fachada vese coronada por las estatuas colosales de seis reyes de Israel, que parecen estar en equilibrio sobre sus reducidos asientos. Son los seis reyes que promovieron la edificación o la reconstrucción del Templo de Jerusalén, según lo indican las inscripciones grabadas en la base de sus estatuas. Los del centro son David y Salomón, a los que ha tratado el escultor de darles parecido con Carlos V y Felipe II. La adulación fue siempre ingeniosa para servirse de sutiles analogías.

La fachada del mediodía es lisa, y tiene cerca de trescientas ventanas en cuatro pisos, contando el basamento que el desnivel del terreno hace necesario por esta parte. En la fachada opuesta es donde están las dos puertas grandes por donde se entra ordinariamente. Todo el edificio está construido con piedra de sillería, una clase de granito bastardo cuyo color, oscurecido por el tiempo, aumenta la austeridad del edificio. La cantera de donde se ha extraído está en las proximidades de El Escorial y se asegura que esta circunstancia fue decisiva en la elección del emplazamiento. Los bloques obtenidos son tan grandes que tres piedras bastan para formar el marco de las puertas mayores, y cada peldaño de la escalera principal es una sola piedra.

Cuando la corte no está en El Escorial, éste no es más que un enorme convento habitado por cerca de doscientos jerónimos. Al llegar la corte, el convento se transforma en palacio. Los monjes quedan relegados a las fachadas de poniente y mediodía y las principales celdas se convierten en habitaciones de la familia real y de las personas de ambos sexos que constituyen su séquito. El rey tiene la suya, situada en el estrecho espacio que forma el mango de la parrilla. Parece que don Felipe II quiso hacer del monasterio un lugar de retiro en el que la grandeza soberana se ocultase a la sombra de los altares y se familiarizase con la proximidad de su tumba. Sus descendientes, atenidos a este propósito, se limitan aún a vivir en tan humilde retiro. Éste comunica por una escalera con la iglesia y la sacristía, lugares en que todas las artes reunidas han desplegado su magnificencia.

La iglesia tiene la forma de una cruz griega, coronada por una cúpula. Asiéntase la nave sobre columnas, quizá de sobra macizas, en cuyo espesor se han abierto altares. Su arquitectura es sencilla, pero majestuosa. En las bóvedas de la cúpula y de la nave, el pincel mágico de Lucas Jordán pintó frescos magníficos que reproducen escenas de historia sagrada y varias alegorías religiosas. El altar mayor, al que se sube por una veintena de peldaños, está formado por tres órdenes arquitectónicos, colocados unos sobre otros en forma de pirámide truncada. No se ha escatimado en su ornamentación. El tabernáculo es rico y elegante. Las columnas son de los mármoles más preciosos y sus intersticios están ocupados por cuadros de Lucas y Tibaldi. Lo que hay de verdaderamente bello son los dos sepulcros que lo acompañan y armonizan perfectamente con su primer orden de columnas dóricas estriadas. A un lado se halla el del emperador Carlos V, y al otro el del rey Felipe II. Ambos soberanos de rodillas, como humillando su majestad ante el Rey de reyes. Tienen algo de pomposo y de lúgubre ambas sepulturas, yal contemplarlas, se reflexiona inevitablemente sobre la vanidad de la grandeza humana y el abismo en que indefectiblemente ha de perderse; pero estas reflexiones aún son más profundas cuando se aplican a dos soberanos que durante su vida fatigaron al mundo con sus ambiciones y vense ahora sumidos en el eterno silencio, por la única ley de la que nadie se libra.

Los dos altares más cercanos al altar mayor, el de la Anunciación y el de San Jerónimo, ofrecen bellezas de otro tipo, cuya apreciación queda más bien para los devotos y los orfebres. Dos grandes puertas, adornadas con dos cuadros de Lucas, dejan ver, al abrirse, una multitud de reliquias engastadas en vasos, en cajas de plata y granate, y enriquecidas con piedras preciosas. La iglesia ofrece también algunos buenos cuadros de pintores de segunda categoría, pero es en las dos sacristías donde las obras maestras de la pintura se muestran con tal abundancia que fatigan el entusiasmo del admirador más entendido. En la primera, poco iluminada, se distinguen tres lienzos del Veronés, un Ticiano, dos Tintorettos, un Rubens y un Españoleto. La sacristía principal contiene un número mucho mayor y bastaría por sí sola para justificar el renombre de que disfruta el monasterio.

La enumeración de sus tesoros pictóricos fuera interminable.