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Alcalá queda situada en la carretera de Madrid a Zaragoza, importante ciudad que visité en 1792 para ver las maravillas que acerca del canal de Aragón me refirieron. Reharemos. pues, el viaje, para dar a conocer el canal y la provincia a que va a infundir nueva vida.

A cuatro leguas de Alcalá encontramos Guadalajara, interesante ciudad situada en una eminencia, un poco más allá del Henares. Un hermoso camino lleva a la miserable aldea de Torija. Se llega luego a Grajanejos, pueblo situado en un cerro desde cuya cima se divisa un vallecito muy estrecho, pero alegre y cultivado como un jardín. Es el paisaje más pintoresco del camino. Una vez pasado Grajanejos, hay que atravesar una zona árida y triste hasta Bujarrabal, pueblo pobre, rodeado de rocas, a dos leguas de Sigüenza.

Se pasa luego por Fuencaliente, Londares y Arcos. De Arcos, último pueblo de Castilla la Nueva, a Monreal, primero de Aragón, hay tres leguas, en que tanto la comarca como la carretera son horribles. Sin embargo, debemos exceptuar las cercanías de Huerta, aldea que pertenece a un monasterio de frailes bernardos en torno al cual el floreciente cultivo de la tierra produce bienestar y, lo que también tiene su importancia, sombra. Es notable la enorme diferencia que hay en España entre las posesiones de los eclesiásticos y las de los más ricos propietarios laicos, diferencia que se explica por la residencia constante de los unos y la perpetua ausencia de los otros. El monasterio contiene algunos sepulcros notables, entre ellos los de varios nobles franceses que vinieron con el condestable Duguesdin en auxilio de Enrique de Trastámara. El viajero que decide pasar algunas horas viendo estas curiosidades podrá felicitarse de la buena acogida de los frailes, en cuyo refectorio encontrará un alivio.

Después de pasar Monreal, Cetina y Bubierca se llega a Calatayud, pero antes hay que hacer el relevo de los tiros en Ateca, pueblo rodeado de huertos muy feraces. Aconsejo a los viajeros que al detenerse en Ateca pidan vino de Cariñena. Su color de ojo de perdiz, su sabor dulce y agradable les compensarán del vino negro y espeso que les servirán en toda esta parte de Aragón hasta Zaragoza y que es la más horrible bebida con que se ha envenenado a los hombres.

Al salir de Ateca, el valle se ensancha, siempre bello y fértil, bañado por el Jalón, cuyos meandros sigue la carretera por la falda de la montaña. No he encontrado en España comarca más agradable ni cultivada con más esmero que este valle sin interrupción desde Cetina hasta Calatayud. Se aprovecha el agua del Jalón, mediante un procedimiento muy sencillo, para regar todas las haciendas junto a las cuales pasa, y no es en esta zona donde podríamos achacar al carácter español indolencia o incapacidad.

Media legua antes de Calatayud empieza una cadena de rocas peladas y cortadas a pico que desfiguran un poco el lindo paisaje. La misma villa está como incrustada en esas rocas. Su parte mejor se tiende al pie de las mismas y domina, hacia el sur, un valle que se ensancha en las proximidades de la ciudad.

Este rico valle produce trigo, vino, legumbres y, sobre todo, cáñamo, del que se envía una cantidad considerable a Castilla la Vieja, pero más todavía a Bilbao y San Sebastián. El cáñamo está destinado a los cordajes de la Marina real, que desde hace algunos años cuenta en  Calatayud con unos delegados que se encargan de efectuar las compras. Aunque la comarca no es productora de aceite, hay en Calatayud doce o trece jabonerías, que encuentran mercado para sus productos en Castilla la Nueva y que se procuran en la parte oriental de Aragón la barrilla que necesitan.

Esta ciudad no es ya lo que fue en otros tiempos. Ahora cuenta apenas mil quinientos hogares. Tiene diez parroquias y quince conventos, algunos de los cuales son notables por tu magnificencia y lo inmenso de sus cercados. Calatayud y Tarazona tienen un obispo común, que reside en la segunda de estas dos ciudades. La primera está muy cerca del emplazamiento que ocupó Bílbilis, patria de Marcial.

Desde Calatayud el camino es muy desigual hasta Fresno, situado en un valle risueño y muy bien cultivado. Después de trasponer algunos cerros nos encontramos ante Almunia, pueblo rodeado de olivos, viñas, higueras y campos de cáñamo y maíz hasta considerable distancia. El conde de Aranda tiene una parte de sus tierras en esta hermosa comarca, que se prolonga hasta una legua más allá de Almunia. Luego ya no vemos más que brezales y una comarca muy árida hasta la mísera venta de la Romera e incluso hasta las mismas puertas de Zaragoza.

Media legua más allá de la penúltima posta (La Muela) se columbra ya la célebre ciudad en medio de amplia y hermosa llanura, en la ribera derecha del Ebro. Zaragoza está situada en uno de los dos caminos de Madrid a Barcelona, pero este camino es uno de los más desagradables de España y no da idea favorable ni de Aragón ni de Cataluña. No hay nada tan desierto, tan repelente como una gran parte de la zona que se recorre desde Villafranca, donde empieza a perderse de vista Zaragoza, hasta dos leguas más allá de la triste villa de Fraga, situada a orillas del Cinca y al pie de una montaña abrupta y difícil de transponer para ir a Lérida. Pasado Fraga, nos hallamos en Cataluña, y al cabo de cinco leguas encontramos Lérida.