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Se ve a la derecha un castillo viejo, en la cumbre de una escarpada roca. A la izquierda la mirada se hunde en el fondo de un valle al que da verdor un riachuelo, y algunos rincones pintorescos hacen casi olvidar la comarca desolada que acabamos de recorrer y que volverá a presentársenos al salir de Segovia.

Esta ciudad, famosa antaño por más de un motivo, es digna aún de la atención del viajero, a pesar de su abandono y de su despoblación. Sus principales edificios son la catedral y el alcázar. La catedral ofrece una mezcla de gótica y de árabe. Su nave se alza con sencillez majestuosa. El altar mayor ha sido recientemente restaurado con los más bellos mármoles granadinos.

El alcázar, habitado antiguamente por los reyes godos, es un edificio muy bien conservado. El rey Carlos III ha establecido allí una Academia militar para los gentiles hombres jóvenes que se destinan a la Artillería, los cuales reciben una educación muy esmerada. El inspector general de la Artillería es, a la vez, director de la Academia. Durante mucho tiempo, el alcázar sirvió de prisión a los piratas de Berbería que caían en manos de los españoles, que nunca los maltrataban. Hace algunos años, la corte los ha devuelto a su patria, como consecuencia de ciertos convenios con el emperador de Marruecos.

Pero nada hay en Segovia tan interesante como su acueducto. Esta ciudad está construida sobre dos colinas y el valle que las separa, situación que dejaba sin agua a una gran parte de sus habitantes. En época muy remota, que se cree fue la del emperador Trajano, se resolvió la dificultad con el acueducto que aún hoy es una de las construcciones romanas más asombrosas y mejor conservadas. Nace a nivel del arroyo cuyas aguas recibe y, sostenido al principio por una sola fila de arcos de altura muy escasa, llega a la cumbre de la colina opuesta horizontalmente, sumando pisos de arcos a medida que avanza, para ir disminuyendo en número desde la mitad hasta el fin, sobre la otra ladera. En su parte más elevada nos da la sensación de un puente diabólico, tendido sobre un abismo. Consta de dos ramales que forman con respecto a la ciudad un ángulo bastante obtuso. A partir de este ángulo es cuando infunde verdadero pavor. Sus dos filas de arcadas se elevan majestuosamente una sobre otra, y nos horrorizamos al relacionar su escasa base con su enorme altura. Su inalterable solidez, que ha desafiado la consumición de más de dieciséis siglos, parece misteriosa cuando se discurre de cerca la sencillez de su construcción. Está formado solamente por piedras cúbicas, asentadas unas sobre otras sin apariencia externa de cemento, sea porque efectivamente hayan sido unidas sin él, sea porque la intemperie lo haya consumido al redondear sus aristas.

Da pena ver unas casuchas miserables adosadas al pie de los arcos, buscando protección para su debilidad y pagándola con la injuria de su presencia. De cualquier modo, apenas alcanzan a un tercio de su altura y sirven para poner de relieve la noble grandeza de sus formas.