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El primer lugar notable que encontramos pasado Valencia es la antigua Sagunto, hoy creemos que son los restos de las murallas desde las cuales los saguntinos rechazaron con tenacidad al héroe cartaginés, pero luego nos enteramos de que son obra de los moros. En subterráneos, algunas de las cuales están aún en buen estado. Parece ser que Sagunto no llegaba más que hasta la mitad de la falda y se extendía por la llanura hasta el mar bastante más allá del recinto actual de Murviedro, puesto que Tito Livio dice que sólo estaba a mil pasos del Mediterráneo, mientras que de Murviedro al mar hay una legua larga. Por este motivo, sólo se han encontrado restos cartagineses y romanos a partir del pie de la montaña donde se alzan las fortalezas moras.

Murviedro está sembrado de piedras que llevan inscripciones fenicias o latinas; abundan sobre todo estas últimas y aparecen empotradas en algunas fachadas, sobre todo cinco en muy buen estado, en la de una iglesia. Las que aparecen en el pie de la montaña, e incluso más arriba, sin duda fueron transportadas por los moros, con otras piedras, para sus construcciones. Por esta razón, en uno de los muros de sus antiguas fortalezas se encuentra una estatua antigua de mármol blanco sin cabeza; y algunas lápidas con inscripciones, puestas del revés. Los monumentos de que aún conserva huella Murviedro datan de la época en que los romanos, después de la valerosa defensa de los saguntinos y de la destrucción de la ciudad, la reconstruyeron y la convirtieron en uno de sus municipia más floreciente. Contaba, entre otros templos, con uno dedicado a Baco, del que pueden verse restos cerca de la entrada de Murviedro, a la izquierda; su pavimento de mosaico, que la incuria dejaba deteriorar sobre el terreno, ha sido recogido en el arzobispado.

También pueden verse los cimientos del antiguo circo de Sagunto, sobre los cuales se asientan ahora los muros que resguardan una larga serie de huertos. Fácil es advertir que el circo terminaba en un riachuelo del que sólo queda el cauce y servía de cuerda al arco formado por el circo. Sin duda, cuando los saguntinos daban esos espectáculos llamados Naumaquia, llenaban este cauce a expensas de los canales próximos, que aún existen.

Pero de cuanto queda de la antigua Sagunto lo mejor conservado es el teatro, en el que se distinguen con toda claridad las diversas gradas que ocupaban los ciudadanos según su estado. Primero, en el escalón más bajo, en el sitio que ocupa la orquesta en los teatros actuales, estaban las gradas de los magistrados; luego, las de los caballeros, y después, las de la plebe.. Aún se ven las dos puertas por las cuales entraban los magistrados; otras dos reservadas exclusivamente a los caballeros, y, casi en lo más alto de este anfiteatro, se reconocen aún las dos galerías por donde salían las oleadas de la plebe, y a las que los antiguos, por esta razón, llamaban vomitoria. Finalmente, se encuentran intactas las gradas más elevadas, des tinadas a los lictores y a las cortesanas. El borde superior, semicircular, de todo el edificio está también perfectamente conservado. Se encuentran incluso, por el exterior, las piedras sobresalientes donde se afianzaban los postes destinados a sujetar el toldo que ponía toda la asamblea al abrigo del solo de la lluvia.. Como se ve, los antiguos lo tenían todo previsto en sus espectáculos. A nadie le faltaba un asiento en forma que le resguardase del aire, y se tomaban
todas las precauciones para evitar tumultos. En un lugar que aún se precisa, estaban los jueces; y si algún espectador se permitía una licencia inadmisible por su mandato le detenían los lictores y era llevado a una estancia, donde se le interrogaba; y si lo creían culpable, lo encerraban hasta la terminación del espectáculo en un calabozo situado bajo la estancia en la que tuvo lugar el interrogatorio.

El señor Martí, que ha publicado una descripción detallada del antiguo teatro de Sagunto, estima en nueve mil el número de espectadores que pudo contener. No se concebía, y de esto no hace más de doce años, cómo lograban los actores hacerse oír por tan numeroso auditorio, al aire libre y con su voz natural. Sin embargo, pude convencerme en 1783 de que esto era posible desde las alturas del anfiteatro, mientras hablaba un muchacho en el lugar donde estuvo antiguamente la escena. Cuando yo estuve rodeaba el antiguo escenario un paseo de moreras, a lo largo del cual trabajaban unos cordeleros. Nada se disponía para proteger y conservar este valioso monumento. Sólo un conserje que trasladaba de un punto a otro, a su placer, el hogar, era el representante de la autoridad. Algunas familias humildes aprovechaban las paredes y techos construidos por los romanos veinte siglos antes, para organizar sus viviendas.

Nunca los estragos del tiempo fueron mejor servidos. Por fin, en 1787, empezaron a remediarse. El corregidor de Murviedro revivió, por decirlo así, ese cadáver de teatro romano, al reparar sus más importantes deterioros y devolverle durante unas horas su antiguo realce con la representación de una comedia. El capitán general del reino de Valencia, don Luis de Urbina, acentúa esta solemne reparación. Bajo sus auspicios, el antiguo teatro de Sagunto acaba de ser remozado. Un poeta valenciano, de ingenio agudo y consciente de la grandeza de su labor, don Francisco Bamonde, ha compuesto una tragedia cuyo tema es digno de la comarca y del teatro; la noble abnegación que cubrió de cenizas y sangre, pero también de gloria, un pueblo celosísimo del honor y de la libertad. A la hora en que escribo (noviembre de 1796) acaso esta representándose dicha tragedia, que deja en buen lugar el teatro de Sagunto.

Desde el teatro se sube penosamente a las antiguas fortalezas moras que coronan este recinto, y sobre la plataforma que ocupa su punto superior se alza una humilde ermita, cuyo ermitaño goza de uno de los más bellos panoramas de España. Domina la rica llanura que separa Murviedro de Valencia y los campanarios que se asoman sobre los huertos. Tiene ante sí el Mediterráneo, cuya playa está cubierta de viñedos, olivos y moreras; a la izquierda, una cadena de colinas limita el horizonte y desciende insensiblemente hasta el mar, suin otro espacio libre que el de la carretera de Barcelona.

El vino que producen los alrededores de Murviedro es fuerte y de buen sabor, pero en su mayor parte lo convierten en aguardiente, que transportan en barriles al reducido puerto que haya media legua de la ciudad. Allí lo embarcan con destino al Norte y otros puntos de Europa, Francia sobre todo, y América española, que ofrece buena salida a los aguardientes de la costa valenciana desde que se decretó la libertad de comercio.

Más allá de Murviedro, campos cubiertos de olivos, algarrobos y ricos viñedos, esplendorosas muestras de la más risueña fertilidad, nos acompañan por una carretera magnífica hasta Castellón de la Plana.

A una legua larga de Murviedro hicimos un alto en Almenara, población agradablemente situada sobre una altura. De este lindo pueblo a Castellón de la Plana el terreno es algo seco, pero continúa muy poblado y bastante industrial. Atravesamos dos poblaciones grandes, Nules y Villarreal, de donde salimos por un hermosísimo y flamante puente sobre un río de ancho cauce, pero falto de agua. Este contraste se da con frecuencia en España, sobre todo en verano.

Al salir de Castellón terminan los buenos caminos. La transición no puede ser más brusca. Después de un descenso de los más abruptos nos aproximamos al mar, y durante una legua no lo perdemos de vista. Se traspone un desfiladero muy escarpado y se sufren mil traqueteos hasta llegar al pie del castillo de Oropesa, que se alza junto al Mediterráneo. Nos vamos acercando a los últimos puertos de la costa valenciana. Después de serpentear trabajosamente a través de las montañas, llegamos a Benicarló, habitado sobre todo por pescadores. Allí empiezan los techos planos y la lengua catalana, especie de español corrompido que se parece mucho al patuá del Rosellón, sin cuyo auxilio sería casi imposible hacerse comprender en Cataluña.

A una legua larga de Benicarló hay otro puerto más importante, el de Vinaroz, población grande y de buen aspecto que cuenta 1.200 hogares. En los alrededores de Benicarló y de Vinaroz hay viñedos, con cuyo producto se fabrican aguardientes para la exportación.. Vinaroz no es, hablando con propiedad, puerto de mar. Encontré allí una cincuentena de barcas, pero en vez de anclar a lo largo de la costa estaban en seco. Algunas de estas barcas hacen el comercio de cabotaje hasta Cádiz e incluso hasta Marsella. Se aventuran otras hasta La Habana.

Unas cuantas leguas más allá de Vinaroz está San Carlos, moderno poblado a la misma orilla del mar. Tiene casas bien construidas y simétricamente alzadas a los dos lados de la carretera, en una de las cuales hallan los viajeros posada pulcra y bastante bien provista de comestibles, pero habría que preguntar a los españoles: «¿Por qué esta posada, como tantas otras, la rigen milaneses?». El Mediterráneo baña el pie de sus muros. Cuando pasé por allí, en 1793, aún se trabajaba en la construcción del nuevo puerto. El objeto de este establecimiento, comenzando en 1780, era poblar una península hasta entonces desierta y abandonada, y hacer que la desembocadura del Ebro pudiese ser útil al comercio y a la navegación. Había en esta estrecha península más de dos mil yugadas de tierra que distribuir, pero los colonos allí establecidos fueron pocos, porque la tierra pertenecía en gran parte a vecinos de Amposta y de algunos otros pueblos próximos que los cultivan sin abandonar su domicilio.

El proyecto del Gobierno consistía en abrir un puerto espacioso y hacer más fácil la salida del Ebro, que, a partir de Amposta, encuentra muchos tropiezos. A esto se debe que en este último lugar, se diera principio a un canal que debía llegar directamente a San Carlos, y por el que se transportaban ya sobre barcazas, en 1793, todos los materiales necesarios para la construcción del nuevo establecimiento. Profundizando el cauce del canal, sería navegable desde Amposta a San Carlos, con lo que todo el Ebro sería navegable hasta su desembocadura. La falta de fondos originó cierta lentitud en los trabajos. En 1793 empezaba a construirse una batería delante de San Carlos. Todos estos trabajos están dirigidos por un hábil artífice parmesano, llamado Nodin. Nos preguntamos una vez más por qué los españoles permiten que sean los italianos quienes se ocupen de hermosear, fortificar e infundir vida a sus costas.

Por lo demás, este establecimiento no estaba muy avanzado en la primavera de 1793, y quizá no dé nunca los frutos que la corte se prometía. Sin embargo, los navíos de mayor calado pueden anclar a tiro de fusil de San Carlos, y en la época en que estuve allí, habían desembarcado la mayor parte de los regimientos que desde diversos puntos de las costas mediterráneas pasaban a Cataluña. El aire de San Carlos es malsano, y no basta con una simple indicación del Gobierno para que el comercio, el más caprichoso de los déspotas, cambie de costumbre.

Al salir de San Carlos, se atraviesa una zona inculta y salvaje. Primero se tiene a la derecha el mar y la legua de tierra de Los Alfaques, de la que nos alejamos para acercarnos al Ebro, donde llegamos por Amposta, pueblo donde comienza el canal que termina en San Carlos.