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Al salir de Ocaña, la mirada se extiende por una vasta llanura, perfectamente lisa, primera manifestación de La Mancha. Se llega a Laguardia que, si exceptuamos la iglesia, parece un enorme montón de ruinas; luego, a Tembleque, población de mil quinientos hogares, con alguna industria. Se extrae salitre de los terrenos cercanos, lo que contribuye ciertamente a la belleza del paisaje. Hay en Tembleque un paseo bastante bonito y bien arbolado, lo cual es todo un acontecimiento en las áridas llanuras manchegas. La posta siguiente es una casa aislada, la Cañada de la Higuera, el albergue más mísero de todo el camino.

Doce leguas más allá está Madridejos, linda aldea a cuya salida nos vemos agradablemente sorprendidos al encontrar, en medio de la llanura más desprovista de verdor, un paseo de álamos blancos, algunos huertos y arboledas.

Al cabo de tres leguas de terreno liso y monótono, se llega a Puertolápice, aldea situada al pie de dos cerros cerca de la cual don Quijote, al principio de su aventura, se hizo armar caballero.

Villarta, fábrica de paños gruesos con la lana de la comarca. Antes de llegar a este pueblo se atraviesa un estrecho y largo puente de piedra a ambos lados del cual hay una gran charca de agua estancada cubierta de hierbas pantanosas. Esta especie de pantano es el río Guadiana que, a poca distancia de allí, oculta por completo sus aguas perezosas, que reaparecen luego en un lugar llamado los Ojos del Guadiana.

Cinco leguas largas más allá de Villarta está Manzanares, uno de los pueblos más grandes de La Mancha, en el que los carabineros tienen una de sus principales bases y en premio de la abundancia que hacen reinar en la comarca, violan un poco, en perjuicio de las buenas costumbres, los derechos de hospitalidad.

El vino de los alrededores de Manzanares no es inferior al de Valdepeñas, pueblo situado a cuatro leguas de aquél. Toda esta comarca es la verdadera patria del buen vino manchego. Santa Cruz, dos leguas más allá, es el centro rector de las posesiones del grande de España, actualmente maestro de ceremonias de la real casa. A continuación encontramos la aldea de Almuradiel, límite meridional de las inmensas llanuras manchegas.

Quizá no haya en toda Europa región tan llana como las veintidós mortales leguas desde Tembleque a Almuradiel. Nada tan monótono como el aspecto que ofrece esta vasta perspectiva. Se viaja durante dos o tres horas sin poder descansar la mirada en una vivienda humana; la vista se pierde a lo lejos por estos campos de pobre cultivo, aunque cuando la tierra necesita sólo algo de humedad para ser excelente. Algunos olivares, muy Esta provincia no es, sin embargo, tan llana en todos sus sentidos como en la dirección de la carretera de Madrid a Cádiz. Al oeste de Tembleque y Madridejos hay anchos valles, menos áridos que sus llanuras. Carlos III iba cada dos años a cazar en las cercanías de alza el antiguo castillo de Consuegra. La ciudad de este nombre, que tiene mil quinientos hogares, está al pie del castillo y pertenece al gran priorato de Malta regido por el infante complugó en hermosear con cultivos las cercanías de Consuegra.

La Mancha, tan renombrada por sus vinos y más conocida aún por las hazañas del Quijote, cuyo cronista ha sido tan exacto geográfico como pintor fiel de las costumbres de esta parte de España: La Mancha, digo, contiene poblados más notables que las encomiadas por Cervantes. La capital es Ciudad Real, que fue sede principal de la Santa Hermandad, cuya misión consistía en limpiar los campos de la plaga de ladrones que los infestaban.

Actualmente, cuenta con una Casa de Misericordia que debe a la bondad del arzobispo de Toledo para con sus feligreses diseminados por La Mancha. Es un edificio soberbio, que en 1790 había costado ya más de dos millones de reales. Almagro, otra ciudad de tres mil almas, está en medio de una extensísima llanura, a cuatro leguas de Santa Cruz. Para llegar a Almagro se atraviesa una zona de extensos pastos, completamente desierta.