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ÍNDICE

Biografía

Introducción

Minas de la Providencia

Entre el Cares y el Deva

Valdeón y Sajambre

El macizo de Covadonga

La Liébana

El Gran Macizo

Peña Santa y Espigüete

 


POR LOS PICOS DE EUROPA(1)

(PIRINEOS CANTÁBRICOS)

POR M. PAUL LABROUCHE Y EL CONDE DE SAINT-SAUD

INTRODUCCIÓN

Más allá de los montes, sobre la costa de España, hay una cadena muy elevada, que lleva el nombre singular de Picos de Europa. No hay nada seguro sobre el origen de ese nombre. Los geógrafos y los ingenieros españoles dicen que los primeros navegantes que volvía de América han bautizado así esas montañas saludando en ellas al viejo continente. Pero nos parece difícil admitir que no hubieran notado la costa más que a la vista de nuestros picos.

Este macizo calcáreo situado afuera y al norte del eje de los Pirineos Cantábricos no ha sido, a decir verdad, ni explorado ni descrito. La crítica histórica ha disertado sobre los hechos más o menos oscuros que los cronistas contaron en los valles que les rodean; ella no ha acercado a estos cuentos, salpicados por las leyendas antiguas y un patriotismo envidioso, el examen del teatro donde se ha desarrollado la época maravillosa de la primera cruzada europea.

Un conjunto de particularidades hacen penosa la exploración del macizo asturiano, pero le dan un carácter de una extraña grandeza. En estos terrenos cretáceos y generalmente carboníferos, que alzan sus crestas con una brillante blancura en medio de levantamientos grises o rojos formados de esquistos o conglomerados, se excavan inmensos embudos llamados con un nombre que se corresponde al masculino de “olla” (ollo) y a su equivalente lingüistico (oule) en el idioma pirenaico francés, esas depresiones aíslan una cresta tras otra y forman un desierto sin vegetación donde la vida animal no está representada mas que por numerosos rebaños de rebecos y algunas mariposas. Las aguas de los neveros y de los charcos glaciares así como las lluvias,muy frecuentes en el macizo, se precipitan al fondo de esos embudos, a veces, como al norte de la Peña Santa, caen entrelas fisuras calcáreas en un abismo entreabierto donde desaparecen sordamente. Salen de nuevo más abajo, en las ricas tierras a través de las cuales la roca ha detenido su recorrido, tierras donde los torrentes fluyen en abundancia y donde las fuentes no se agotan, en medio de prados fértiles y árboles de todas las especies. Cuando se ha dejado la tierra de la sed y de la miseria, nada es tan dulce, bueno y encantador como volver a encontrar, al pié de las murallas, esas aguas celosas que han viajado subterráneamente y brotan frescas y abundantes, en una tierra perfumada y florida. Pero la “mala tierra”, como la llaman los cazadores de la comarca, es también tan bonita. En ese desierto de piedras, alineando a lo largo de los hoyos sus paredes verticales rotas por los desprendimientos, se levantan las crestas orgullosas, tomando todas las formas conocidas o desconocidas, reales o fantásticas, cilíndricas, cónicas, piramidales, trapezoidales, cabezas o miembros humanos o animales, grupos modernos y antiguos, árboles petrificados, las mil y unas fantasías de una estatuaria extravagante, en la que no asustan ni el desplome, ni la inclinación, ni el vacío, ni el disloque. No solamente las aristas se entretejen en monumentos cuyo aspecto cambia desde cada ángulo de perspectiva, y cuyo color cambia a cada hora del día, pero el mismo corazón de la roca es un enorme panel esculpido, una especie de bajo relieve, hecho de estrías calcáreas y donde sin gran esfuerzo de imaginación pueden verse las formas más extrañas.

Tan acentuadas y excavadas por el azar de la erosión están laslíneas y el cincelado que los tapizan que la misma fotografía conserva la vida de esos peñascos.

Desde las cumbres, las alturas parecen avanzar como gigantescas espuelas sobre los valles que parecen no tener fondo. La vista se extiende hasta más de veinticinco leguas: sobre el inmenso mar en el que se distinguen las velas de los barcos y el humo de los vapores; sobre los tibios horizontes de Galicia donde se pierden algunas montañas con perfil suave, como las alturas que azulean en las planicies de Córdoba o en la de Nápoles, sobre la meseta de Castilla roja y soleada, salpicada de pueblos y terminando por una línea difuminada de sierras con un gris luminoso muy lejano.

Por la mañana y la tarde, tantas brumas ligeras flotan en el claro cielo que todos los colores del arco iris se muestran a su alrededor. El rojo sobre todo se matiza en el infinito sobre los festones de las crestas; el rosa, el violeta, el negro estallan en esplendor, produce fuegos artificiales con cohetes silenciosos. Pues el silencio es eterno en estas regiones, donde nada de lo que produce ruido en la montaña pasa a la superficie del suelo, a no ser a veces el viento.

Un hombre aislado perdería el sentido del oído en la “mala tierra” y la muerte le parecería más dulce porque habría vencido en una naturaleza adormecida con el sueño de las ruinas.

Los picos de Europa forman un paralelogramo alargado de 50 Km de largo por 20 de ancho de media. Están cortados por tres fracturas profundas que los atraviesan de parte a parte: una al oeste, el Sella, la otra en el centro, el Cares, la tercera al este, el Deva. El alto valle del Deva se llama la Liébana. El Sajambre, Valdeón y la Liébana están encajados entre la cadena Cantábrica y los Picos de Europa, que les bordean por el norte y siguen una orientación más o menos paralela a la línea de partición de las aguas.

El Cares recibe un afluente, el Duje, que forma una cuarta depresión también muy profunda.Esta depresión difiere de las otras tres en que tiene su origen en medio de la cadena de Europa y no sobre la cadena Cantábrica como la del Sella, Cares y Deva.

Estas cuatro gargantas limitan tres macizos distintos: el macizo occidental o de Covadonga, entre el Sella y el Cares; el macizo Central o de los Orriellos, entre el Cares y el Duje; el macizo Oriental o de Ándara, entre el Cares y el Deva.

A las montañas de Covadonga generalmente se las llama peñas, término muy frecuente en España y utilizado en alguna parte de los Pirineos franceses bajo la forma pène, para designar las crestas coronadas de rocas; a las cimas de los Orriellos se la llama casi siempre torres, a causa de su forma cilíndrica, o tiros puesto que sirven para camuflar a los cazadores de rebecos; la palabra de picos se reserva específicamente para el macizo de Ándara.

Las gargantas del Sella, Cares y Deva están dominadas por murallas de más de 2.000 m. y su travesía es tan curiosa como la de las bellas gargantas suizas. La ruta del Sella puede soportar cualquier comparación con la de la Vía Mala en los Grisons.

 

No hay a día de hoy un mapa de conjunto de los picos de Europa, del que solamente una cima no culminante, la Torre de Cortés en el macizo de Ándara, es una señal geodésica de primer orden del Instituto Geográfico Español. Hay mapas particulares de las provincias de Oviedo y Santander, que son los de S.E. Don Francisco Coello, eminente presidente de la Sociedad Geográfica de Madrid, a escala 1:200.000, y la del geólogo Schulz (para Oviedo) con escala 1:127.500. No hay mapa de la provincia de León.

La raza, sobre todo en los pueblos aislados en el fondo de las gargantas como Caín y Bulnes, es muy característica. Se diría mestiza de Gaëls y Vascos. El perfil es fino, el paso fiero, el desarrollo precoz. Las mujeres tienen una larga nariz aguileña, los ojos almendrados, la cara ovalada y regular, los brazos regordetes y los senos firmes. Su corpiño rayado y ajustado dibuja las formas como un jersey y se entrecruza con un pañuelo de color; las faldas cortas dejan ver los bajos verdes o rojos; los zuecos están provistos de tres protuberancias que les impiden apoyarse directamente sobre el suelo. Algunos hombres llevan todavía el calzón corto, la camisa amarilla y el chaleco con mangas de los asturianos.

Esta raza, sobre los campos de Covadonga y dirigida por su jefe Pelayo, en el año 718, doce años antes de la victoria donde Carlos ganó en Poitiers su sobrenombre de Martel, mantuvo con los moros la batalla famosa que fue el origen de su expulsión de España y de la monarquía castellana. Once siglos más tarde aquella raza ha conservado en el mismo santuario de Covadonga, donde levantó una basílica, la piadosa y patriótica tradición de este gran hecho heroico, al igual que Francia guarda el de Juana de Arco.


(1) La relación de los viajes de los Señores Labrouche y Saint-Saud con los Picos de Europa relata una serie de exploraciones sucesivas hechas de 1890 a 1893 en este importante macizo. Los fragmentos que publicamos se han extraido de las notas de los dos geógrafos, con la excepción del viaje de 1890, que realizo sólo el Sr. Sain-Saud, y la ascensión a Peña Santa, que no ha sido realizada mas que por el SR. Labrouche. Textos y dibujos inéditos.


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