Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

un trago

La manera de usarla es la siguiente: Se coge el cuello con la mano izquierda y se coloca la taza junto a los labios; después se va subiendo con la mano diestra, poco a poco, el extremo más ancho de la bolsa, hasta que el líquido, obedeciendo a leyes hidrostáticas, sube de nivel y llena la taza, en la que se bebe sin molestia alguna. La gravedad con que esto se hace, la larga, pausada, sostenida y sanchopancesca devoción de los valientes españoles cuando se les ofrece un trago de una bota ajena, son verdaderamente edificantes y tan profundos como el suspiro de satisfacción con que, después de haber trasegado vino hasta no poder más, se devuelven el precioso pellejo.

No vierten ni una gota del divino líquido, como no sea algún chapucero o novato que, levantándola antes de tiempo, se moje toda la cara. El agujero de la taza se estrecha con una espita de madera, perforada a su vez, y que se tapa con una pequeña estaquilla. Los que no quieren tomar un trago muy grande no quitan la espita, sino solamente el tapón pequeño, y entonces sale el vino en un chorrito delgado. Los catalanes y aragoneses casi siempre beben de este modo; nunca tocan el vaso con los labios, sino que lo mantienen a cierta distancia y dirigen el chorro a la boca o más bien a la mandíbula de abajo. Para los que no tienen práctica es mucho más fácil verterse directamente a la garganta que a la boca. Ellos lo hacen a la perfección, pues las botellas para, beber están hechas también con un pitorro largo y se llaman porrones.


el pellejo

La bota no debe confundirse con la borracha o cuero, el pellejo de vino, que es entero y hace las veces de barril. La bota es el recipiente al por menor; el pellejo es el de al por mayor. Es la típica piel de cerdo, cuya adoración en la Península sólo es comparable a la que se siente por el cigarro, por el duro y, a veces, hasta con el culto a la Virgen. En la mayor parte de las ciudades de España hay tiendas de boteros, en las cuales se pueden ver las sopladas pieles del sucio animal alineadas como los carneros en nuestras carnicerías. Al curtirlas y trabajarlas se les conserva la forma del cerdo, con patas y todo, excepto una: la piel va vuelta del revés para que la parte del pelo quede por dentro, y, además, esta parte es embreada cuidadosamente, como el casco de un barco, con objeto de que no se rezume; de aquí cierto sabor peculiar a cuero y resina, que se llama la borracha, muy característico de los vinos españoles, excepción hecha del jerez, que, como se hace generalmente por extranjeros, se conserva en toneles, según demostraremos al ocuparnos de los vinos. A un hombre ebrio, cosa mucho más rara en España que en Inglaterra, se le llama borracho, término muy poco lisonjero. Estos cueros, llenos, se cuelgan en las ventas y demás sitios de su culto, y se economizan la bodega, los toneles y el embotellado: tales fueron los panzudos monstruos a que Don Quijote atacara.

La bota está siempre cerca de la boca del español que puede procurársela; todas las clases sociales se hallan siempre dispuestas, al igual de Sancho, a dar «mil besos», no sólo a la propia, sino a la del vecino, que suele ser más codiciada que la mujer; por lo tanto, ningún viajero precavido viajará un paso por España sin llevar la suya, y cuando la tenga no la guardará vacía, sobre todo si tropieza con un buen vino. Cualquier individuo que os acompañe en España sabrá instintivamente dónde puede encontrarse buen vino, pues éste no necesita ramo, heraldo ni pregonero. En esto nuestra experiencia concuerda con el proverbio: más vale vino maldito que no agua bendita. En la escala de las comparaciones podemos decir que allí se hallará buen vino, mejor vino y el mejor vino, pero nunca vino malo. Los españoles son tan buenos catadores de vino como de agua; pero rara vez los mezclan, pues dicen que es hacer una cosa mala de dos buenas. Vino moro no quiere decir que va sucio, ni que tenga cualquier otra imperfección herética de las que implica la palabra, sino, sencillamente, que está limpio de todo bautizo con agua; por lo que de los pequeños tenderos asturianos, que tan mala fama tienen, se dice que por su arraigado hábito de adulterarlo todo, hasta aguan el agua.

Es una equivocación suponer que los españoles sienten una repugnancia oriental hacia el vino por el hecho de vérseles borrachos muy rara vez, y de que cuando van de viaje beban tanta agua como sus caballerías; su regla es: Agua como buey y vino como Rey. La gran cantidad de vino que beben, siempre que se les obsequia con él, hace pensar que su sobriedad habitual está más en relación con su pobreza que con su voluntad. A muchos de estos honrados ciudadanos se les puede conquistar por la panza en este clásico país, en donde el dios tutelar de los taberneros aun tiene guardadas las llaves de las bodegas y de los corazones, Aperit praecordia Bacchus. Y este culto oriental no deja de estar motivado por los sabrosos manjares administrados previamente. Independientemente de las obvias razones que el buen vino ofrece para ser bebido, la naturaleza excitante de la cocina española induce a ello en gran manera. El uso continuo de condimentos fuertes y de pimienta, que es muy ardiente, provoca la sed, lo mismo que el bacalao, el jamón y los embutidos; ya lo dicen los proverbios: La pimienta escalienta y a torrezno de tocino, buen golpe de vino.

Esta digresión acerca de la bota nos será perdonada por todos los que hayan viajado por España y sepan, en consecuencia, lo indispensable de su uso. El viajero recordará, desde luego, el consejo que el bellaco del Ventero da a Don Quijote, de que siempre debe llevar camisas y dinero. «Pon dinero en tu bolsa», dice también el honrado Yago, pues una vacía es un miserable compañero en la Peninsula y en todas partes. No se debe nadie poner en peregrinación hacia Roma o Santiago sin llevar dinero abundante y una buena cabalgadura: Camino de Roma, ni mula coja ni bolsa floja.

 

 

dinero

Puede decirse que, prácticamente, en España no hay papel moneda. En las grandes ciudades se encuentran, naturalmente, billetes, pero en provincias la promesa de pagar al portador de un papel no tiene para los ladinos índigenas el mismo valor que el pago en dinero. Ellos dan con gusto los billetes a los extranjeros, pero prefieren para su propio uso esos anticuados símbolos de la riqueza, el oro y la plata, y sienten por las más ínfimas fracciones de ellos la más profunda veneración. Se cuenta generalmente por reales de vellón, y éstos están subdivididos en maravedises, la vieja moneda de la Peninsula. Hay

fracciones menores aún de cuartos, que consisten en pedazos infinitesimales de cualquier metal, de campanas fundidas, cañones viejos, etc., etc., con nombres y valores desconocidos en absoluto en nuestro país, donde, felizmente, poco puede comprarse por un ardite. En España, donde la baratura de los productos de la tierra sólo da para vivir pobremente, todo, incluso un botón viejo, sirve para hacer un maravedí. Al cambiar un duro en calderilla, por vía de experimentos, nos dieron en el mercado de Sevilla una porción de monedas españolas de todas épocas, y hasta algunas romanas y árabes, que circulan sin dificultad.