Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

renta

La renta actual puede calcularse en 12 ó 13 millones de libras esterlinas; pero los españoles comparan el dinero con el aceite, que siempre se pega a las manos del que lo maneja; y tanto es lo que se roba y se negocia, tales la malversación oficial y el mal arreglo, que resulta sumamente difícil averiguar nada concreto cuando de dinero se trata. Además, las rentas se cobran mal y con un tanto por ciento ruinoso, y durante el último siglo nunca han bastado para las necesidades nacionales. Se ha recurrido al expuesto ensayo de onerosos empréstitos y confiscaciones al por mayor. En un tiempo no había en el presupuesto gubernamental más partida casi que lo que se saqueaba a la Iglesia. De este modo se podía demostrar con facilidad, de acuerdo con Vatel, que el deber primero de un clérigo rico era socorrer a los necesitados, y tanto más si el pobre era el Estado: los báculos no son compañeros de las bayonetas. El sistema, necesariamente, no puede perdurar. Desde el reinado de Felipe II se han cometido toda clase de infamias. Las obligaciones públicas no se han cumplido; no se han pagado intereses y el capital se ha derrochado. Ningún país del viejo ni del flamante Nuevo Mundo ha alcanzado un descrédito financiero tan grande. Todos deben ser cautos para aventurarse en especulaciones españolas: a pesar de todas las promesas que se hagan en el programa, tarde o temprano vendrá la decepción; y ya sea el negocio en forma de empréstito, en tierras, caminos, nunca habrá seguridades efectivas ; son siempre meros castillos en el aire, châteaux en Espagne . « La tierra, como el agua, tiene sus engaños, y éste es uno de ellos ».

 

la bolsa

Para conocimiento de aquellos que han estudiado el comercio ibérico, diremos que en Madrid se fundó una Bolsa de Comercio el año 1831. Se puede asegurar que es el lugar más frío de la ciudad y el más ocioso , puesto que el usual « city article » es escaso, sin operaciones , porque no hay nada que vender o comprar. Pueden compararse a una tumba que tuviera por inscripción: « Aquí yace el crédito de España ». Si hay algo que la Pérfida Albión , nación de comerciantes, odie más que un asignado francés, es un insolvente. Un detalle no da lugar a duda: que el pundonor castellano prefiere arreglar sus cuentas con el frío acero y la cálida ofensa más bien que con oro y agradecimiento.

La Bolsa de Madrid se estableció, primero, en la calle de San Martín, el santo que partió su capa con un pordiosero. Como las comparaciones son odiosas y el mal ejemplo cunde, ha sido trasladada recientemente a la calle del Desengaño, sitio que no juzgarán mal elegido los que sean víctimas de algún fraude.

Como todos los individuos que están en el poder utilizan sus conocimientos para obtener ventajas en el mercado, la Bolsa comparte con la Corte y el Ejército la influencia de la situación o crisis del momento: siendo listos, como lo son los ministros de París, resultan verdaderos novicios comparados con los españoles en el arte de manejar el telégrafo, la gaceta, etc., etc., y de este modo llevar plumas a su propio nido.

La Bolsa de Comercio está abierta desde las diez de la mañana hasta las tres de la tarde; allí pueden, los que deseen adquirir fondos españoles, comprarlos tan baratos como la menos codiciada mercancía; porque cuando el 3 por 100 inglés está a 98, no deja de ser tentador el 5 español si está a 22. Los valores son numerosos y convenientes para todos los gustos y bolsillos, bien los emitidos por Aguado, Ardouin, Toreno, Mendizábal, o los de Mon, todos «personas honorables», pero cuyo objetivo financiero es cobrar lo más posible y pagar en razón inversa, tendiendo siempre a embolsarse el interés y el capital. Como ya hemos dicho, el dinero y el aceite se pegan a las manos de quienes los manejan: los ministros y los asentistas de Madrid hicieron fortunas, y actualmente las hacen los hebreos de Londres, lo mismo que sus antepasados despojaron a los egipcios. Pero desde Felipe II acá no han faltado teólogos que defiendan el peligroso, aun cuando poco agradable, deber de la quiebra, sobre todo si se contrata con herejes usureros.

Cuando un extranjero se asome a la banca de Madrid hará bien en no mostrar curiosidad por ver la oficina de pagos de dividendos, para no herir susceptibilidades. Sea el que quiera el fin que nuestro lector persiga en la Península, debe:

«Neither a borrower nor lender be,

for loan oft loseth both itself and friend ». (1)

 

No debe ser prestador ni prestatario, pues muchas veces se pierde lo prestado y el amigo.

 

 

la deuda pública

Hay que guardarse del comercio español, pues a despecho de los documentos oficiales y los laberintos aritméticos que, tan intrincados como un arabesco, son muy bonitos en el papel, pero ininteligibles, a pesar de las ingeniosas conversiones, fondos públicos, cupones -activo, pasivo y otros antipáticos términos y tiempos, excepto el presente-, la inseguridad es siempre la misma y ésta es la piedra de toque, desde el momento en que el crédito nacional depende de la buena fe y del exceso de ingresos; ¿cómo puede un país pagar intereses por una deuda cuyas rentas ni antes ni ahora han sido suficientes para las necesidades del gobierno? No es posible sacar sangre de una piedra; ex nihilo nihil fit.

La memoria de Mr. Macgregor sobre España, una exposición exacta de ignorancia comercial, negligencia en los tratados y contratos, describe sus seguridades públicas, pasadas y presentes. Ciertamente tienen nombres y títulos muy rimbombantes: Juros, Bonos, Vales reales, Títulos , etc., etc., mucho más regios, grandes y poéticos que nuestros prosaicos Consols;(1) pero ningún juramento puede dar valor efectivo a un papel inútil y desprestigiado. Según algunos financieros, la deuda de España antes de 1808 ascendía a 83.763.966 libras esterlinas, que de entonces acá han llegado a la cifra de 279.083.089 en números redondos. Es posible que haya exageración en esto, por que el Gobierno no facilita dato alguno de sus especulaciones y manejos. Según Mr. Henderson, 78.649.675 libras de esta deuda se deben a ingleses exclusivamente, y les deseamos que no encuentren dificultades cuando vayan a Madrid. En tiempos de Jaime I, Mr. Howell fué enviado con un encargo parecido, y cuando volvió, «el montón de quejas sin satisfacción era más alto que él mismo». De todos modos, España está hasta el cuello de deudas y es irremediablemente insolvente. Y, sin embargo, si se tiene en cuenta la fertilidad de su suelo, sus magníficas posesiones en el país y fuera de él, la frugalidad de sus habitantes, pocos países hallarían menos motivos de preocupación; pero el cielo le ha concedido todas las bendiciones, menos un Gobierno bueno y honrado. Suele el Gobierno ser, o fanfarrón o cobarde; satisfacción en veinticuatro horas, a lo Bresson , o una escuadra en línea de batalla frente a Málaga «receta de Cromwell», son los únicos argumentos que comprenden estos medio moros; las palabras conciliadoras son consideradas como debilidad; en un momento se puede obtener de su miedo lo que nunca se lograría de su sentimiento de justicia.

 

(1) Títulos de deuda consolidada