Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

el Tajo

Mucho se ha discutido también la comunicación entre Lisboa y Toledo utilizando el Tajo . Este gran río, de que todos hablan porque en su desembocadura se halla emplazada la capital del reino donde se produce el vino de Oporto, es tan poco conocido en España y fuera de ella como el Niger.

Hemos tenido la suerte de poder contemplarle en muchos sitios y observar los distintos aspectos de su poético y pintoresco curso. Nos ha encantado primero verde y rápido entre los amarillos trigales de Castilla la Nueva; poco después, refrescando el encantador Tempe de Aranjuez, cubriendo sus jardines de verdura y vistiendo las enramadas, donde anidan los ruiseñores; más tarde, precipitándose bullicioso por las graníticas hondonadas del montañoso Toledo, como apresurándose por escapar de las frías sombras de su profunda prisión y lanzándose alegre luz y la libertad, para seguir su carrera por llanuras solitarias. En Talavera sus aguas fueron teñidas ,con sangre de valientes y alegremente reflejaron el brillo de las bayonetas triunfantes de Inglaterra; desde aquí se desliza, bajo los ruinosos arcos de Almaraz, hacia la desolada Extremadura en una corriente tan serena como el azul del cielo que le sirve de dosel, pero bastante fuerte aún para forzar los montes de Alcántara. Allí está el puente de Trajano, que merece hacer un viaje de cien leguas para verle. El resiste la corriente impetuosa en este punto y une las peñascosas gargantas; grande, sencillo y sólido, descuella como el esqueleto del dominio romano con toda la sensación de soledad y magnitud y el interés de lo pasado y lo presente. Tales son los hermosos paisajes que hemos contemplado y diseñado; éstas, las dulces aguas en que hemos mitigado nuestra sed y refrescado nuestros miembros.

¡Qué austero, qué solemne, qué emocionante es el Tajo de España ! No hay ningún comercio establecido por medio de él; ningún buque inglés ha civilizado sus aguas como las de otros ríos de Francia y Alemania. Sus rocas han presenciado batallas, no escenas pacíficas; han reflejado castillos y prisiones, no almacenes o muelles; pocas ciudades se han edificado en sus orillas, como en las del Támesis y el Rin; es un río verdaderamente propio de España , el país del aislamiento y la soledad. Sus aguas no tienen barcos, sus orillas carecen de vida, nunca el hombre ha puesto la mano en sus ondas ni ha esclavizado sus saltos, libres e independientes.

Es imposible leer la maravillosa descripción del Danubio, de Tom Campbell, antes que su poesía fuera enturbiada por el humo de nuestros ubicuos barcos, sin aplicar sus líneas al salvaje Tajo :

«Yet have l loved thy wild abode, unknown, unploughed, untrodden shore, where scarce the woo man finds a road, and scarce the fisher plies an oar; for man's neglect 1 love thee more, that art nor avarice intrude to tame thy torrent's thunder shock, or prune the vintage of thy rock, Magnificently rude!» (1)

Como los ríos en estado natural son algo muy raro en Gran Bretaña se nos disculpará que nos extendamos, demasiado quizá, en la descripción de éste, tanto más cuanto que con ello he de contribuír al conocimiento del carácter español y a la explicación de las cosas de España , que es el objeto principal de estas pobres páginas.

El Tajo nace en aquel extraordinario revoltillo de montañas, lleno de restos fosilizados, ricas en plantas y truchas, que están situadas entre Cuenca y Teruel, y que como son casi completamente desconocidas están clamando por los discípulos de Isaac Walton y del doctor Buckland. Desemboca en el mar por Lisboa, después de un recorrido de 375 millas en España, de la cual, por disposición de la naturaleza, parece destinado a ser la principal arteria. Los cronistas toledanos derivan su nombre de Tagus, quinto rey de Iberia, pero Bochart lo hace de Dag , Dagón, un pez, porque además de considerar al río aurífero, los antiguos lo declararon abundante en pesca, aunque a los actuales españoles tanto se les da de los peces como si fueran cocodrilos. Ciertamente se suelen encontrar granos de oro en el río (aunque apenas los suficientes para mantener a un poeta) por unos pobres medio anfibios, llamados artesilleros , a causa de las cestas que usan y en las cuales recogen la arena, que luego pasan por un cedazo.

 

Pero yo he amado tu mansión salvaje, - tu desconocida, inculta, solitaria orilla, - donde apenas el leñador halla una senda - y escasamente el pescador maneja un remo. - Por el abandono de los hombres te amo más que el arte ni la avaricia intrusos, - no quieran amansar el choque rudo de tu torrente - o recoger la vendimia de tus rocas, - magníficamente salvajes!

 

navegación del Tajo

El Tajo podría sin dificultad hacerse navegable y, con el Jarama, poner en contacto Madrid y Lisboa y facilitar la importación de los productos coloniales y la exportación de vinos y granos. La realización de tal idea reportaría más beneficios a España que diez mil constituciones garantizadas por la espada de Narváez y por la palabra de Luis Felipe. La forma de llevarla a cabo ha sido estudiada por algunos extranjeros, perezosamente contemplados por los toledanos; en 1581, un napolitano, Antonelli, y Juanelo Turriano, milanés, presentaron el proyecto a Felipe II, dueño entonces de Portugal; pero se necesitaba dinero -la historia de siempre- y sus rentas estaban empleadas en trasladar reliquias y en edificar el inútil Escorial. No se hizo nada más que algunos paseos por el río y odas al «sabio y gran rey», que iba a realizar la gran obra, cantando aquello de las brujas de Macbeth, "Lo haré, lo haré, lo haré" , pues en esta tierra el futuro es siempre preferido al presente. El proyecto durmió hasta 1641, en que otros dos extranjeros, Julio Martelli y Luis Carduchi, en vano despabilaron de su siesta a Felipe IV. Este perdió poco después Portugal y, en consecuencia, olvidó por completo el Tajo . Transcurrida otra centuria, en 1755, Ricardo Wall, un irlandés, tomó la cosa por su cuenta; pero Carlos III, ocupado en sostener las guerras de los franceses contra Inglaterra, necesitaba el dinero para aquella empresa.

El Tajo , desde entonces, corre rugiendo por su rocoso cauce, como un potro salvaje, riéndose de los toledanos, que pasean soñolientos en las riberas impracticables invocando a Brunel1, Hércules y Rothschild, en lugar de arrimar el hombro a la turbina. En 1808 se resucitó el proyecto: Fray Xavier de Cabañas, que había aprendido en Inglaterra nuestro sistema de canales, publicó un estudio sobre el río:

" Memoria sobre la navegación del Tajo ", Madrid, 1829; parece el libro azul que descubriera las fuentes del Nilo; tan semejantes al desierto son las incultas comarcas que están situadas entre Toledo y Abrantes.

Fernando VII imprimió un decreto encontrando de utilidad el proyecto, y así terminó la cosa, a pesar de que Cabañas había entablado tratos con los senadores Wallis y Mason para adquirir maquinaria, etcétera. Recientemente ha vuelto a poner sobre el tapete el mismo asunto una persona muy inteligente, el Sr. Bermúdez de Castro, que, por haber residido mucho tiempo en Inglaterra, está penetrado del sistema y energía de los extranjeros. ¡Veremos¡, puede decirse. La esperanza es buen desayuno, pero mala cena, dice Bacon, y, como reza el proverbio, En España, se empieza tarde y nunca se acaba.