Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

tiempo perdido

Los que gusten de las matemáticas (que nosotros aborrecemos) podrán hacer un cálculo de la pérdida de tiempo y de dinero que representa para los pobres españoles este prodigioso consumo de tabaco. Esta importación, que según se dice hizo Raleigh del tabaco, es un beneficio para la Península, aun más dudoso que el de las patatas para nuestra parienta Irlanda, donde fomenta la pobreza y la población. Supongamos que un español respetable fuma sólo durante cincuenta años; concédasele la moderada asignación de seis cigarros diarios (se dice que el Regente consumía cuarenta al día); calcúlese en dos perras el coste de cada cigarro, precio muy barato en cualquier sitio para un cigarro decente, y admítase que de la mitad de ellos se hacen cigarros de papel, lo cual requiere doble tiempo: ¿cuánto tiempo y cuántas rentas se gastan en España en humo? Esa es la pregunta que nosotros nos declaramos incapaces para responder.

 

valores españoles

Y aquí ¡ay! tenemos que colgar nuestra pluma porque un propio de Albemarle-Street(1) nos comunica que este pliego tiene que entrar en máquina la próxima semana, en que los aprendices de la imprenta celebran Nochebuena con la más religiosa abstinencia de trabajo. Hay, pues, que dejar muchas cosas de España en el tintero, rebosante de buenas intenciones. Tuvimos la esperanza, al arrancar, de haber esbozado retratos del carácter regional y general de los españoles, y haber tratado de los soldados y hombres de Estado españoles; del periodismo y de la empleomanía; de los mendigos, ministros y mosquitos; de las cartas fundamentales, fraudes y constituciones; de las Bellas Artes; de la política francesa e inglesa; de las leyendas, reliquias y religión; de los frailes y los modales; y por último (y no lo último o de menos valor, sino reservado al contrario, como la bonnebouche), de los ojos, los amores, los vestidos y otros pormenores sobre las damas españolas. Pero no puede ser; es más, aun como está, (pues las historias se alargan un poco cuando se empiezan, especialmente si están tejidas con hilo español, que da para largo), aun así debemos haber ya agotado la indulgencia de nuestras bellas lectoras con esta muestra de las Cosas de España. Como quiera que sea, podemos asegurar que la más ligera sombra, tan halagadora para nosotros, del deseo contrario, que se dignen expresar, será obedecido como una orden por su agradecido y humilde servidor el autor de este libro, que (como todo buen hidalgo español, concluye correctamente en ocasión similar a ésta o en otra cualquiera) «besa sus pies».

 

 

Postdata.-En el primer tomo de estas Cosas de España (véase capítulo IV), se daban algunos detalles de los valores españoles, tomados, así se creía, de las más oficiales y auténticas fuentes. La misma noche que se publicó el volumen, demasiado tarde por tanto para hacer en él correcciones, recibimos la siguiente y atenta carta de un anónimo corresponsal, la cual transcribimos al pie de la letra:

«Londres, 30 de Noviembre de 1846.

 

Sr. D. Ricardo Ford.

 

Muy señor mío:

Acabo de leer su estimable y divertido libro Cosas de España; pero debo confesar que me ha molestado algo el ver tan gran tergiversación en el informe que usted da de la deuda nacional de aquel país. Dice usted que ha aumentado a 279.083.089 libras esterlinas, y es demasiado. Daré a usted la cifra exacta. El cinco por ciento sólo sube a 40.000.000 de libras; los cupones sobre esa suma, a 12.000.000 de libras, y el actual tres por ciento, a 6.000.000 de libras; en total, 58.000.000 de libras, más su deuda interior, lo que es insignificante. Todo lo cual difiere bastante de sus datos, y además perjudica usted mucho a su libro hablando tan mal de los valores españoles, tanto más cuanto que no hay duda de que se hará una liquidación final antes de que aparezca su segundo tomo. El país está muy lejos de encontrarse, como usted dice: en bancarrota. Es muy rico y completamente capaz de cumplir sus compromisos, que son insignificantes; en cambio, si usted hablase mal de nuestros ferrocarriles, le tendría por hombre sensato, pues son la mayor engañifa después de la del mar del sur. Pero los valores españoles son una riqueza para el afortunado mortal que los posea ahora. Tengo y he tenido durante algunos años muchos de ellos y ahora espero ver la realización de todos mis planes con el actual ministro de Hacienda, señor Mon, y la subida de esos valores a su verdadero precio, que es aproximadamente 60 ó 70.

Le aconsejo amistosamente que corrija su libro antes de tirar más ejemplares, si desea venderlo como una verdadera exposición del presente estado del país. Su libro podía haber pasado hace diez años, pero a la gente no le gusta ahora que la engañen; demasiado sabemos que casi todos nuestros diarios están sobornados (y quizás los libros) para hablar mal de las finanzas españolas, recogiendo toda clase de historias: de partidas carlistas apareciendo por todas partes, etc., etc., lo cual no puede ser más absurdo, porque la causa carlista está muerta.

Espero, señor, que no le ofenderán estos renglones, sino que más bien los tomará como una amistosa advertencia, puesto que admiro mucho su libro; y espero que usted mismo verá la falsedad de lo que ha dicho en un libro de recreo, y que lo rectificará en seguida.

 

Quedo de usted atento y seguro servidor,

 

Un amigo de la verdad.

 

(1) Residencia de la casa editorial de ]ohn Murray.

 

 

ungüento de peluconas

Es un poquito molesto el verse así acusado por nuestro cortés corresponsal de haber inventado estos alarmantes hechos, números y «falacias», puesto que los verdaderos, completos y exactos detalles pueden encontrarse en las páginas 85 Y 89 de las Tarifascomercialesde España, de Mr. Macgregor, presentadas ante las dos Cámaras legislativas en 1844 por orden de Su Majestad. Y como había alguna discordancia en las cantidades, el autor citó las sumas hechas por otros, y habló dudosamente y por aproximación, poco deseoso de tener que ver ni que cargar con nada relacionado con deudas españolas. No tiene el menor interés en estos asuntos, pues no tiene la fortuna de poseer ni un céntimo ni de fondos españoles ni de ferrocarriles ingleses. Tan amigo de la verdad como su amable amonestador, solamente deseaba prevenir a sus bellas lectoras, que pudieran de otro modo invertir de mala manera (erróneamente, al parecer, él se lo figuraba) los ahorros de su dinerillo para alfileres. Si sin querer ha declarado lo que no es, sólo puede renunciar a sus citas, sentirlo muchísimo y administrar el antídoto de sus errores. Desea sinceramente que todas y cada una de las bellas fantasías de su anónimo amigo se realicen. Si él mismo, ¡lo que el Cielo no permita!, hubiese sido enviado a descubrir si los ministros madrileños estaban o no fabricados de materiales concusionarios, considerando que Astrea aun no ha devuelto a España, con los buenos Gobiernos, la edad de oro, ni aún un arancel, su primer paso hubiera sido engrasar las ruedas con ungüento de peluconas; y con objeto de que los ministros y cajeros no le dijeran que volviese mañana, abriría el negocio ofreciendo a cualquiera el veinte por ciento de cada duro efectivo que se pagase; así es posible que se economizasen esfuerzo y tiempo, y que se evitasen algunos pequeños contratiempos.