Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

ver la paja en el ojo ajeno...

El objeto del deporte es la muerte; la diversión está en que dé juego, en que sea una buena batida, como se llama a la prolongación de los sufrimientos del animal en el tierno vocabulario de los Nemrodes; los sufrimientos de la agonía no se miden por el tamaño de la víctima, y además al toro se le liberta pronto de sus padecimientos, sin exponerle nunca a los miles de muertes lentas de la pobre liebre herida; no debemos, pues, ver el toro en el ojo ajeno y no ver la zorra en el propio, ni

Compound for vices we're inclined to

By damning those we have no mind to(1)

No parece claro que tomados en conjunto los sufrimientos del animal predominen sobre su felicidad. El toro vaga por amplios pastos, pasando una juventud y una madurez libres de trabajos, y al morir en la plaza sólo anticipa en pocos meses la suerte del prisionero, ultracansado y mutilado buey.

En España, donde no abundan los capitales y la persona y la propiedad no tienen seguridades (males que no están completamente corregidos por las últimas reformas democráticas), nadie quiere aventurarse a la especulación de la cría de ganado en gran escala, pues la retribución es muy remota, sin la segura demanda y la venta que las corridas proporcionan; y como sólo una pequeña parte de los animales que se crían reúnen las condiciones necesarias, el resto y las hembras se destinan al arado o al matadero y pueden venderse más baratos por el beneficio que proporcionan los toros. Algunos hacendistas españoles demostraron que en la plaza se estropeaban muchos animales buenos; pero su teoría cayó por la base al verse que, cuando las corridas de toros se suprimieron, disminuyó notablemente el abasto de ganado. Una cosa semejante ocurre con la cría del caballo, aun cuando en menor escala; sin embargo, los que se venden para la plaza no habría quien los comprase para ningún otro uso. Con respecto a la pérdida de vidas humanas, en ninguna parte vale menos un hombre que en España, y más regidores ingleses resultan muertos indirectamente por las tortugas, que picadores andaluces directamente por los toros; y en cuanto al tiempo, estos espectáculos son casi siempre en día de fiesta, en que aun los industriosos britanos se embriagan de vez en cuando en tabernas, y los perezosos españoles se dedican invariablemente a fumar al sol en dolce far niente. La concurrencia, además, de espectadores ociosos, previene la ociosidad de las numerosas clases empleadas directa o indirectamente en preparar y realizar este costoso espectáculo.

Es una filosofía pobre y falta de lógica el juzgar las costumbres extranjeras por los propios hábitos,prejuicios y opiniones convencionales; un extranjero frío, sin preparación y calculador llega libre de los lazos de asociaciones anteriores y critica y se fija en minucias que pasan inadvertidas para los naturales del país en su entusiasmo por el conjunto. Se horroriza con detalles a que los españoles han llegado a acostumbrarse tanto como las enfermeras de hospital, cuyas más finas y simpáticas emociones de piedad han quedado embotadas con la repetición.

 

(1) Transigir con los vicios que nos gustan reprobando los que no nos agradan.

 

antiguas costumbres

Es cosa dificilísima el cambiar antiguos usos y costumbres a los que estamos habituados desde nuestros primeros años y que han llegado a nosotros unidos a recuerdos queridos. Tardamos en convencernos de que pueda haber algo malo o que pueda causar daño en tales prácticas; nos molesta mirar cara a cara los hechos evidentes y nos aterra una deducción que requeriría el abandono de una diversión que hemos mirado como inocente, y que nosotros, así como antes nuestros padres, no hemos tenido escrúpulo en permitirnos. Los niños, l'age sans pitié, no paran mientes en la crueldad, ya sea de echar perros a los toros o de coger nidos, y los españoles son llevados a las corridas desde su infancia, cuando son demasiado ingenuos para especular sobre cuestiones abstractas, sino que asocian con la plaza todas sus ideas de galardón por su buena conducta, de gala y de día de fiesta. En un país donde las diversiones son pocas, sienten el contagio del placer, y, guiándose por el instinto de imitación, aprueban lo que ven aprobado por sus padres. Después de la fiesta vuelven a sus casas lo mismo que salieran de ellas, juguetones, tímidas o serios, sin que sus sentimientos sociales y cariñosos hayan sufrido lo más mínimo: ¿dónde son los lazos filiales o paternos más afectuosamente alimentados que en España? ¿Y dónde están las nobles cortesías de la vida, el amable, considerado y digno comportamiento tan manifiestos como en la sociedad española?

Las sucesivas sensaciones que experimentan la mayoría de los extranjeros son admiración, compasión y cansancio físico. Lo primero se comprende fácilmente, como también que los novicios no pueden contemplar los sufrimientos de los caballos sin sentir compasión: «En realidad, era más una lástima que un entretenimiento», escribía el heraldo de Lord Nottingham. Pero estos sentimientos los provocan los animales que se ven obligados a sufrir heridas y muerte; los hombres rara vez interesan tanto, pues como se exponen voluntariamente al peligro, no tienen derecho a quejarse. Estos héroes de clase modesta son aplaudidos, están bien pagados y el riesgo que corren es más aparente que real; nuestros sentimientos británicos de juego limpio nos hace más bien estar del lado del toro que lucha desigualmente, pues respetamos la valentía de su inferioridad. Ese debe de ser siempre el efecto que se nota en los que no están educados y habituados a tales escenas.

Así Tito Livio cuenta que, cuando el espectáculo de los gladiadores fue introducido en Asia por los romanos, produjo más bien susto que agrado, pero que pasándoles de los simulacros a las luchas reales, llegaron a gustar tanto de ellas como los mismos romanos.

 

 

efecto que causa en las señoras

La sensación predominante en nosotros fue de aburrimiento al ser la misma cosa repetida y repetida, y ya excesivamente. Pero eso ocurre con todo en España, donde las procesiones y las profesiones son interminables. Plinio, el joven, que no era un aficionado, se quejaba de la monotonía de lo que bastaba con verlo una vez; justamente como el doctor Johnson, después de presenciar una carrera de caballos, observaba que no había una prueba más evidente de la escasez de los placeres humanos que la popularidad de tal espectáculo. Pero la vida de los españoles es uniforme, y sus sensaciones, como no están embotadas por la saciedad, son intensas. Para ellos las corridas de toros son siempre nuevas y excitantes, pues cuanto más se cultiva la afición, mayor es la capacidad adquirida para gozar de sus encantos; ven mil detalles de belleza en el carácter y en la conducta de los combatientes, que escapa a la mirada superficial e indocta de los no iniciados.

Las mujeres españolas, contra las que se desatan en invectivas los emborronadores de cuartillas, se sustraen al aburrimiento por el constante y siempre despierto afán de ser admiradas. No van a esas fiestas por predilección abstracta ni pasifaica; las llevan a los toros antes de que aprendan a leer, ni sepan lo que es amor. No sabemos que esto las haya hecho especialmente crueles, salvo algunas viejas y malvadas hembras de la clase baja. Las más jóvenes y sentimentales gritan y se afectan extraordinariamente en todos los verdaderos momentos de peligro, a pesar de su larga familiaridad. Su principal objeto al ir a la plaza no es, después de todo, ver los toros, sino dejarse ver ellas y sus trajes. Las de clases más finas se tapan la cara con el abanico para no ver los incidentes más penosos, y no demuestran falta de sensibilidad. Las de la clase baja, por lo general, permanecen tan serenas como las de otros países en las ejecuciones u otras escenas semejantes, donde acuden en tropel con los chicos en brazos. Las mujeres inglesas son un caso aparte. Han oído condenar las corridas de toros desde su infancia, y van a ellas, ya mayores, llevadas principalmente por curiosidad a un espectáculo del que tienen la confusa idea de que el placer se mezcla en él al dolor. La primera impresión es agradable; sus mejillas encendidas traicionan una satisfacción que casi se avergüenzan de confesar; pero en cuanto la sangrienta tragedia comienza, se echan a temblar, molestas y desencantadas. Pocas pueden presenciar más de un toro y menos aún son las que vuelven a acudir a la plaza:

The heart that is soonest awake to the flower

is always the first to be touched by the thorn(1).

 

Es muy probable que una mujer española puesta en las mismas circunstancias, obrase de manera semejante y que si presenciase por primera vez una lucha de boxeo, recibiera también una impresión desagradable. Pero sea de ello lo que quiera, está lejos de nosotros y de nuestros amigos esa fingida filosofía, que sacaría la consecuencia de que en sus bellos ojos, que disparan los dardos de Cupido, brillaría una sonrisa menos por haber visto esas más piadosas banderillas.

 

(1) El corazón que más pronto despierta a la flor es el primero que recibe el pinchazo de la espina.