Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

clases de toros

Hay varias clases de toros, cuyo carácter varía casi tanto como el de los hombres: unos son bravos y codiciosos; otros, tardos y pesados; otros, recelosos y cobardes. El matador juega y entretiene al toro hasta que descubre su disposición. El principio fundamental consiste en la manera de atacar del bruto, en cómo agacha la cabeza y cierra los ojos antes de cornear; el secreto para dominarle está en distinguir si toma la ofensiva o si está a la defensiva. Los que no tienen miedo y se lanzan al trapo de repente, cerrando los ojos, son los más fáciles de matar; los que son marrulleros y casi nunca atacan rectamente, sino que se paran, escurren el cuerpo, y se tiran al bulto y no a la muleta, son los más peligrosos. El interés de los espectadores es más vivo cuanto mayor es el peligro.

Aun cuando no es corriente que ocurran desgracias (nosotros no hemos visto matar a ningún torero a pesar de haber presenciado la muerte de varios centenares de toros), la cosa no es imposible. En Tudela, un toro que había matado diez y siete caballos, a un picador llamado Blanco y a un banderillero, saltó la barrera y allí mató a un campesino e hirió a varios. Los periódicos encabezaban sencillamente la noticia: «Ocurrieron accidentes». Pepe Hillo, que había sufrido treinta y ocho cogidas, murió, como Nelson, una muerte heroica. Le mataron el 11 de mayo de 1801. Tuvo el presentimiento de lo que le iba a suceder, pero dijo que tenía que cumplir con su deber.

El matador tiene que ser decidido y ágil. No debe dejar que el toro vaya al trapo más de dos o tres veces: la tensión moral de las multitud es demasiado fuerte para soportar una faena larga; y demuestra su impaciencia con exclamaciones y ruidos, tratando por todos los medios posibles de irritarle, haciéndole perder la presencia de ánimo y quizá la vida. En circunstancias parecidas, a Manuel Romero, que había asesinado a un hombre, le gritaban: ¡A la plaza de la Cebada¡, pues el populacho aborrece a todo el que da la más pequeña muestra de miedo y no afronta la muerte con serenidad.

Hay muchos modos de matar un toro: el mejor de todos es cuando se le mata recibiendo, y la espada, que se mantiene quieta y sin avanzarla, entra justamente en la cruz; para ello son esenciales una mano firme, vista y nervio, pues para nada es la verdadera afición tan exigente como para la exactitud y primor de la colocación de esta herida mortal. No siempre cae el toro a la primera estocada, pues si no está bien puesta, da en hueso y es lanzada al aire al sacudir el bicho el testuz. Cuando el golpe es certero, la muerte es instantánea, y el toro, vomitando sangre, cae a los pies de su vencedor. Es el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta; todo lo que era fuego, furia, pasión y vida, cae en un instante, inmóvil para siempre.

 

las mulillas

Entonces aparece el alegre tiro de mulas, vistosamente enjaezado con banderitas y resonante de cascabeles, y el toro muerto es arrastrado a un rápido galope, que siempre hace las delicias del populacho. El matador limpia entonces la sangre caliente del estoque y con admirable sangre fría saluda al público, que le arroja los sombreros (generalmente bastante viejos) a la plaza, cumplido a que contesta devolviéndolos. Cuando España era rica, caía a la plaza una lluvia de oro o a lo menos de plata, pero ces beaux jours il sont passés, gracias a sus amables vecinos. Sin embargo, el indigente español da todo lo que puede y deja al torero añorar el resto. Como los sombreros en España representan la grandeza, estos castoreños, carne y hueso de ellos, se arrojan como símbolos de sus generosas almas y corazones; y nadie que no sea un mercachifle se fija en menudos detalles de valor o de condición.

Cuando un toro no acude al trapo fatal, o implora perdón, se le condena a una muerte infamante, pues ningún verdadero español ruega por su vida ni perdona la de su enemigo, cuando está en su poder; entonces se pide a gritos la media luna, y la petición implica un insulto; su uso es equivalente al de fusilar a los traidores por la espalda. Estamedia luna es exactamente el antiguo y cruel instrumento oriental para desjarretar al ganado; además, es el mismo y viejo bidente ibérico, o sea, una afilada media luna (de acero colocada en un largo palo). El cobarde golpe se asesta por detrás, y cuando el pobre animal queda lisiado por rotura de los tendones, de las piernas y se arrastra agonizante, un asistente le clava la aguda puntilla en la médula espinal, que es la manera corriente que tiene el carnicero de matar el ganado en España. Todas estas viles operaciones están consideradas como inferiores a la dignidad de un matador; algunos, sin embargo, matan al toro clavándole la punta de la espada en la vértebra, y como la difícil operación es cosa peligrosa, no resulta degradante.

Tal es la lidia de un toro, que se repite ocho veces con otros tantos, aumentando la excitación del público con cada concesión; después de un corto lapso, el nuevo toro despierta nuevos deseos y el fiero deporte se renueva y sólo la noche puede terminarlo. Es más, a menudo cuando la realeza está presente, se pide a gritos un noveno toro, que siempre es graciosamente concedido por el signo de concesión del monarca, que es un tirón de su real oreja; en realidad, el populacho es aquí el autócrata, y su majestad la multitud no sufriría una negativa.

 

 

el final de la corrida

La corrida termina cuando el día muere, como un delfín, y la cortina del cielo colgada sobre el sangriento espectáculo está color de carne y teñida de carmesí; este glorioso final se ve en toda su perfección en Sevilla, cuya plaza, por no estar terminada, queda abierta del lado de la catedral, lo cual proporciona un fondo moro al pintoresco primer término. En ciertas ocasiones se decora este lado con banderas. Cuando el flameante sol se pone sobre la roja torre de la Giralda, enciende sus bellas proporciones como si fuera una columna de fuego, la fresca brisa vespertina se levanta y las lánguidas banderas ondean triunfalmente sobre el fenecido espectáculo; entonces, cuando todo ha terminado, como con todas las cosas humanas ocurre, la congregación parte, con algún menor decoro que al salir de la iglesia; y todos se apresuran a sacrificar el resto de la noche a Baco y a Venus, rindiendo un pasajero homenaje al cuchillo, si los críticos difieren demasiado calurosamente respecto al mérito de alguna suerte de la corrida.

Para concluir: las opiniones de los hombres, como la Cámara de los Comunes en 1802, están divididas acerca de los méritos de las corridas de toros: los Wiberforces(1) aseguran (especialmente los extranjeros, que, no obstante, rara vez dejan de autorizar la plaza con su presencia) que se embotan los mejores sentimientos; que la pereza, el desorden, la crueldad y la ferocidad se fomentan a expensas de una gran cantidad de vida humana y animal con esos pasatiempos; los Windhams sostienen que la lealtad, el valor, la presencia de ánimo, la resistencia al dolor y el desprecio a la muerte se inculcan en esta fiesta, y mientras que en el teatro es todo ficticio y en la ópera todo afeminamiento, el espectáculo nacional es varonil y todo verdad, y repitiendo las palabras de un panegirista indígena, «eleva el alma a aquellos grandiosos actos de valor y heroísmo que durante muchos siglos han hecho de los españoles la nación mejor y más valiente del mundo».

La eficacia de tales deportes para mantener el espíritu marcial queda negada por la degeneración de los romanos, precisamente en los momentos en que los espectáculos sangrientos estaban más en boga. Y tampoco puede decirse que sean la valentía y la humanidad las características colectivas de los aficionados españoles, sin que por esto queramos nosotros decir que las riñas y homicidios, y las palizas y muertes de mujeres puedan achacarse a las corridas, cuya influencia moral ha sido exagerada y mal interpretada. No puede negarse que sea una cosa cruel y perfectamente de acuerdo con la inherente e inveterada ferocidad del carácter ibero, pero ello es más bien efecto que causa, aunque indudablemente con cierta acción recíproca; y es muy discutible si la corrida de toros original no tenía más tendencia a humanizarse que los juegos olímpicos. Ciertamente la fiesta real de las edades feudales, combinaba las ideas de religión y lealtad, y los combates caballerescos, llevaban en sí un fino sentimiento de honor personal y de respetuosa galantería para la mujer, que eran desconocidos de los refinados griegos y los guerreros romanos; y muchos de los rasgos más hermosos del carácter español han degenerado desde la cesación de la lucha original, que era mucho más sangrienta y fatal que lo es hoy.

(1) Windham y Wilberforce son nombres de dos políticos ingleses, partida rio y adversario recíprocamente de la esclavitud.

 

filosofía de la corrida de toros

Cuando se critican las corridas de toros, los españoles siempre sacan a relucir nuestro boxeo como justificación de aquéllas, como si el tu quoque fuera una razón; pero bueno será decir en descargo nuestro que las luchas de boxeadores están desaprobadas por las gentes buenas y respetables, y anatematizadas legalmente como perturbadoras del orden público; aun cuando degradadas por la bestial borrachera, la brutal vulgaridad, el ruinoso juego y las apuestas, de que la plaza española está libre, pues a nadie se le ha ocurrido aún apostar si un toro matará o no tantos caballos; nuestras luchas, sin embargo, están basadas en un espíritu de juego limpio, que no suele ser el principio fundamental de la política púnica, la guerra o los toros en España. En este país, la plaza está protegida por la Iglesia y el Estado, sobre quienes en justicia debe recaer la responsabilidad de las malas consecuencias que pueda traer consigo. La representación es dirigida con gran ceremonial, combinando muchos elementos poéticos, bellos y sublimes, tanto que un autor español dice con gran orgullo: «Cuando la innúmera asamblea está honrada por la presencia de nuestros augustos monarcas, queda el mundo pasmado de admiración ante el majestuoso espectáculo que ofrece el pueblo más feliz de la tierra, gozando con arrobamiento de un espectáculo peculiar suyo, y rindiendo a sus idolatrados soberanos el debido homenaje de la más verdadera y más acrisolada lealtad»; y es imposible negar el magnífico coup d'oeil que presenta la plaza, y en tan difíciles circunstancias hay que apartar la mirada para no ver ciertos penosos detalles que se pierden en la poética ferocidad del conjunto, porque el interés de la tragedia de la muerte real es innegable, irresistible y completamente absorbente.

Los españoles parece que no se dan cuenta de la crueldad de los detalles que resultan más molestos para el extranjero. Están acostumbrados a ellos, ni más ni menos que nosotros a las sangrientas carnicerías que desfiguran nuestras alegres calles, y que producirían indecible desagrado si se las viese por primera vez. En la plaza reina el mismo espíritu que en las cacerías, ese residuo del salvaje, y la humanidad nunca ha sido muy amable ni tierna de corazón para los sufrimientos de los animales, cuando está bajo la influencia de los instintos destructores. En Inglaterra no se siente ninguna compasión por la caza: ave, pescado o carne; ni por los bichos: armiño, milano o cazador furtivo.