Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

decadencia de la fiesta

A la gentil Isabel I le disgustó tanto la fiesta de toros que vió en Medina del Campo, que hizo todo lo posible por prohibirlas; pero fueron inútiles sus esfuerzos, porque la fiesta y la monarquía estaban condenadas a morir juntas. La subida al trono de Felipe V inundó la Península de franceses. Las muñecas de París consideraron a los españoles y sus toros bárbaros y brutales, y sus artistes, desde entonces hasta hoy prefieren el boeufgras de los bulevares a rebaños enteros de magras vacas ibéricas. Así el espectáculo que había resistido a la influencia de la reina y a las bulas de los Papas cedió ante el despotismo de la moda. Los empelucados cortesanos abandonaron la liza, que era mirada fríamente por los Borbones, mientras que el pueblo, tenaz y enemigo, entonces como ahora, de los franceses y de las innovaciones, siguió aferrado a los deportes de sus antepasados. Pero ya se había dado un golpe de gracia a la fiesta: el arte antes practicado por los caballeros degeneró en la vulgar carnicería de toreros mercenarios que no luchaban por el honor, sino por bajo lucro; y así, al convertirse en la diversión del vulgo, pronto perdió todo prestigio caballeresco. Del mismo modo las fiestas de nuestros caballeros antepasados han degenerado en los vulgares boxeos de rufianes pugilistas.

Acosar en cualquier forma a los toros es algo irresistible para las bajas clases españolas, que desprecian los daños que puedan sufrir sus cuerpos y, lo que es peor, sus capas. La hostilidad contra el cornúpeto es innata y va creciendo conforme crecen, hasta formar (puesto que los hombres no son sino niños crecidos) una segunda naturaleza. Los golfillos en la calle juegan al toro, como los ingleses al paso; y llevan la representación con todas las reglas del arte, como hacen los chicos de las escuelas cuando luchan. Pocos serán los jóvenes españoles que, estando en el campo, vean pasar una manada de vacas sin que se despierte su afición y empiecen a provocar a los animales agitando ante ellos las capas, y de aquí viene la suerte que se llama el capeo. En los pueblos en que no pueden permitirse el gasto de una corrida de toros, se contentan con novillos de un año y con embolados, o toros cuyos cuernos van protegidos por una bola. Estos inocentes pasatiempos son mirados con desprecio por la afición, pues como no hay exposición de la vida ni para los hombres ni para los animales, encuentran soso el tal espectáculo, que es una pura ficción. Gritan pidiendo toros de muerte, pues sólo la vista de la sangre calma su excitación. Desprecian la imitación de la corrida, del mismo modo que un gastrónomo la sopa de tortuga hecha con ternera, o un veterano un simulacro.

En los distritos menos poblados de Andalucía el poco ganado que se lleva al matadero va atado con largas cuerdas, y así puede ser toreado por los jovenzuelos de los pueblos que no pueden permitirse el lujo de corridas de toros formales. El gobernador de Tarifa solía permitir que en ciertos días se dejara un toro en libertad por las calles, y la diversión de los habitantes de la ciudad consistía en cerrar las puertas de sus casas y colocarse en las rejas para ver los apuros de los incautos o forasteros que se veían perseguidos por él en las estrechas callejas, sin medio de escapar. Aunque se perdían muchas vidas en esa diversión, un gobernador de nuestro tiempo, llamado Dalmau, que era un bienhechor del pueblo, perdió toda la popularidad de que gozaba por intentar abolirla.

 

pan y toros

Cuando un Borbón, Felipe V, visitó por primera vez la plaza de Madrid, el populacho le pidió a gritos: ¡Toros, dadnos toros, señor! Se cuidaban muy poco de la ruina de la monarquía; pero cuando el intruso José Bonaparte ocupó el puesto de Rey de España, todas las discusiones del pueblo se limitaban a si prohibiría o no las corridas de toros. Y hoy, como siempre, el grito de la capital es: Pan y toros, que es lo que constituye lo gajes de la moderna Corte, como en la antigua Roma fue Panem et Circenses. El ceño y el enojo nacional con que fue recibido Montpensier cuando su casamiento, se mitigó por un momento cuando los españoles notaron su fingida admiración por el espectáculo tauromáquico. Nada ha progresado más con las recientes grandes mejoras que ha habido en España, que las corridas de toros, se han hundido conventos, se han destruido iglesias, pero todos los días se construyen nuevas plazas de toros. La difusión de los conocimientos útiles y entretenidos como medio de promover la mayor felicidad del mayor número, ha obtenido de esta manera la mejor consideración de los patriotas y hombres de Estado que presiden los destinos de España; el toro es dueño del terreno que pisa. Este último y representativo restó de la nacionalidad española desafía al extranjero y a su civilización; es un fait acompli, que pisotea la charte, aunque el honrado Rey ciudadano jure que desde el momento actual es ya una vérité.

No hay duda en España del día y la hora a que comienzan las corridas, que suelen ser el lunes de Pascua por la tarde, cuando ha pasado el calor del mediodía.

 

 

la plaza de toros

La plaza es una cosa completamente distinta de las plazas de Londres, esos recintos de desmedrados y ennegrecidos arbustos, cercados con empalizadas de hierro para proteger a las niñeras aristocráticas del contacto con la plebe. Es algo más clásico y más divertido al mismo tiempo. La plaza de Madrid es muy espaciosa: tiene unos 1.100 pies de circunferencia y caben en ella 12.000 espectadores. Desde el punto de vista arquitectónico, esta plaza de la corte es inferior a muchas de provincias: no hay en ella el menor intento arquitectónico, ni de pilastras, ni de columnas vitruvianas; nada que recuerde el Coliseo romano: el exterior es desnudo y liso, como hecho de propósito; el interior está lleno de bancos de madera y no es mucho mejor que un matadero; en realidad, no es otra cosa, y tiene aquello un aire utilitario y homicida, que demuestra el espíritu antiestético godo-hispánico, que no siente la necesidad de ninguna manifestación artística, y sólo desea contemplar espectáculos de sangre y de muerte. No tiene necesidad de estimulantes externos; la réalité atroce, como observa un extranjero sensible, «les basta, pues es la diversión del salvaje y lo sublime para las almas vulgares».

El recinto está perfectamente ideado para ver, y éste es un espectáculo enteramente para los ojos. El abierto local está completamente iluminado por la luz del sol, que es siempre más brillante que el gas o que las bujías. El interior está tan falto de adorno como el exterior, y tiene un aspecto realmente mezquino cuando está vacío; alrededor de la arena hay unos bancos de madera para las clases humildes, y sobre ellos, una hilera de palcos para las damas y los caballeros elegantes; pero apenas la plaza se llena de gente, desaparece toda la mezquindad y adquiere una apariencia verdaderamente soberbia.

Al penetrar en la plaza, cuando está llena, el extranjero se encuentra transportado a diez y ocho siglos atrás, a la Roma de los Césares, y en verdad que es realmente espléndido el espectáculo de esta asamblea de miles de españoles con sus trajes típicos, la novedad de espectáculo, que asociamos con nuestros estudios clásicos, y realzados por el azul del cielo que se extiende sobre ella como un dosel. Hay algo en estas diversiones al aire libre à l'antiqueque impresiona hondamente a los frioleros ciudadanos del Norte, donde el clima contribuye tan poco a la felicidad del individuo. Todos los buenos aficionados bajan al redondel y se mezclan con el populacho, para ocupar los sitios en donde estén más cerca de los toros y los toreros. Lo «clásico» es sentarse al lado de una de las entradas, lo cual permite al elegante mostrar sus bordadas polainas y el buen corte de su pierna. Aquí es donde se critica científicamente la calidad del toro y los buenos lances y el comportamiento del torero.

El redondel tiene un dialecto especial suyo, ininteligible para la mayor parte de los mismos españoles, pero que expresa con intención muy exacta los chistes de los aficionados andaluces, análogamente a lo que ocurre con la jerga y tecnicismo de nuestros boxeadores. Generalmente, los periódicos dan al siguiente día cuenta muy detallada de la corrida, describiendo científicamente cada lance en un estilo imposible de traducir, pero que, redactado por un Boz español, es de lo más deleitoso para todo el que puede entenderlo; la nomenclatura laudatoria o de vituperio se determina con la más exacta precisión de lenguaje, y los más delicados matices de carácter se distinguen con la sutileza de las subdivisiones frenológicas. El fundamento de esta jerga es germanía gitana, metáforas y palabras de doble sentido, y dominarla no es cosa fácil.

 

sal andaluza

A un distinguido diplomático y filólogo tauromáquico, a quien nos enorgullecemos en llamar nuestro amigo, le era difícil a menudo comprender el sentido exacto de ciertos términos sin consultarlos con el difunto duque de San Lorenzo, que mantenía con igual dignidad su carácter de embajador español en Londres y de torero en Madrid, y que era un diccionario viviente de caló. Pero que ningún estudiante desista ante las dificultades, pues finalmente verá compensado su esfuerzo cuando pueda saborear por completo la sal andaluza con que están sazonadas las revistas, aunque debamos confesar que no tiene mucho de ática. Que no escatime ni el tiempo ni los esfuerzos; no hay calzada real para Euclides; y la vida, dicen los españoles, es demasiado corta para aprender el arte del toreo. Esto quizá parezca extraño, pero los señores ingleses piensan otro tanto de la caza de la zorra.

Las corridas de toros se anuncian por medio de carteles multicolores, que se pegan en todas las paredes. Lo primero que debe hacerse es procurarse con tiempo un buen sitio mandando por un boletín de sombra; y como lo importante es evitar el resplandor y el calor, los mejores sitios están al norte, o sea en la sombra. El tránsito del sol por la plaza, el progreso zodiacal hacia Tauro es, sin duda, la observación astronómica mejor calculada de España. La línea de sombra en la arena se marca por una gradación de precios. Tanto éstos como las localidades están detallados en los anuncios con los nombres de los toreros y los colores de las diferentes ganaderías.

El día antes de la corrida, los toros destinados al espectáculo son conducidos a la ciudad, llevándoles a pastar a un prado cercano, reservado para ellos. Los buenos aficionados no dejan de salir a caballo a ver el ganado, lo mismo que los entendidos en caballos van a Tattersall el domingo por la tarde, en lugar de acudir a los oficios divinos. Según Pepe Hillo, que era hombre muy práctico y el primero que arregló al estilo moderno la plaza, de la que era su más brillante ornamento, y en la que murió lleno de gloria, «la afición a los toros es innata en el hombre, especialmente en el españo1, en cuyo glorioso pueblo siempre ha habido corridas desde que hubo toros, porque los españoles son más valientes que los demás hombres, lo mismo que sus toros son más bravos que los demás toros». Ciertamente, estos animales que se han criado en llanuras enormes completamente en libertad, tienen que ser más salvajes que los de John Bull, pero en cuanto a belleza y fuerza, serían rechazados en una exposición inglesa de ganado: un toro inglés de raza, con su cuello ancho y sus cuernos cortos, daría buena cuenta de los caballos y los toreros de España; sus «lanzas» no serían de menos efecto que las bayonetas de nuestros soldados, o las picas de nuestros braceros, de los que se calcula por los economistas que tres y tres octavos de ellos comen más carne y hacen más obra que cinco y cinco octavos de igual material extranjero.