Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

obstetricia española

Una palabra sobre la obstetricia española. En este país no hay afición a los médicos para asistencias a partos, y la comadre trae generalmente al mundo a los españoles dejando obrar a la naturaleza, y con la ayuda de manteca de puerco, botadura muy apropiada para un niño, que, si sobrevive hasta la edad de la razón, gustará seguramente del tocino. Se envuelve luego al recién nacido como si fuera una momia egipcia y se tiene un cuidado especial en preservarlo del aire, del jabón y del agua; se le cuelga al cuello un amuleto contra el mal de ojo, o una medalla de la Virgen, para asegurar la buena suerte; y así, desde la cuna, se inculcan ideas en los niños sobre los errores que deben evitar y sobre las defensas en que debe resguardarse, que no olvidarán después en toda su vida. Sin entrar en más detalles acerca de los niños, puede decirse que este sistema de asistencia contribuye mucho a la escasa población de la Península. Los partos son también con frecuencia desgraciados. En casos normales la comadre sirve perfectamente, pero en cuanto surge la menor complicación pierde la cabeza y también a la parturienta; en estos difíciles momentos, como en las operaciones críticas de la cocina, es cuando un artista varón es preferible.

Las Reinas e Infantas de España gozan de especiales ventajas. El Paladio de la ciudad de Tortosa es la cinta que la Virgen, acompañada de San Pedro y San Pablo, trajo ella misma bajando del cielo a un sacerdote de la Catedral en 1178, acontecimiento en honor del cual se dice todavía una misa el segundo domingo de octubre. Este gracioso presente fue declarado auténtico en 1617, por Pablo V, y para justificar su infalibilidad, obra toda clase de milagros, principalmente en casos de obstetricia. También se saca para defender a la ciudad en cualquier momento de calamidad pública; pero no valió de nada cuando el ataque de Suchet. Esta cinta, más famosa que el ceñidor de Venus, fue llevada en 1822, en solemne procesión, a Aranjuez, por orden de Fernando VII, con objeto de facilitar el parto de las dos infantas; y así como Lucina, cuando se la invocaba debidamente, favorecía a las mujeres que estaban con los dolores de parto, sus Altezas Reales fueron igualmente saliendo felizmente del caso, y uno de los niños que entonces nacieron es el marido de Isabel II.

Para las mujeres humildes de Castilla, cuando estaban embarazadas, procuraron un remedio espiritual los canónigos de Toledo, que tomaban el más vivo interés en la mayor parte de los casos. La entrada principal de la Catedral tenía trece escalones, y toda mujer que los subiera y los bajara, podía estar segura de que llegaría al final de su embarazo pronto y bien. No es maravilla, por lo tanto, el que, cuando el número de escalones se redujo a siete, todas las mujeres, solteras y casadas, lo tomaran muy a mal. Todas estas cosas de España tienen un sabor marcadamente oriental; hoy los moros tienen un cañón en Tánger, con el cual fue hundido un barco cristiano, y las mujeres deben pasar sobre este artefacto guerrero para salir bien del paso. En todas las edades y en todos los países en que la ciencia de la obstetricia no ha hecho mucho progreso, es natural que se recurra a medios espirituales para contrarrestar los peligros inevitables del momento del parto. En Italia la panacea era el cinturón de Santa Margarita, una cosa parecida a la cinta de Tortosa, que sacaban los frailes siempre que se presentaba un caso difícil, y se suponía que beneficiaba al bello sexo, porque cuando el demonio quiso comerse a Santa Margarita, la Virgen le ató con su faja y se amansó como un cordero. Esta faja dio también a luz otras fajas, y en el siglo XVII se habían multiplicado tan extraordinariamente, que un viajero afirmaba que «si se uniesen todas unas a otras, llegarían hasta Londres»; pero la historia natural de las reliquias es demasiado conocida para que insistamos sobre ella.

 

últimos auxilios

Hacer referencia a médicos españoles sin tener que apuntar alguna muerte, sería tan raro como una cacería con buenos sabuesos en la que no se cobrara ninguna pieza, bien que en el momento crítico no gusten los médicos de estar presentes, al contrario de lo que les ocurre a los cazadores. El médico, en el momento en que las terribles Parcas se mezclan en el asunto, escurre el bulto dejando el campo libre al cura; de aquí el dicho español: «cuando empieza el cura, acaba el médico». En el Quijote se dice que tan pronto como el barbero tomó el pulso al pobre caballero, le advirtió que atendiera a su alma y enviara por el confesor; y hoy, cuando un hidalgo castellano se mete en la cama, sus amigos le persiguen con la misma tonada, y a menudo no se hace esperar la catástrofe.

Lord Bacon, grande en sabios ejemplos y sentencias, pedía que su muerte le viniese de España, porque así tardaría en el viaje; pero no sabía que el caballero vestido de negro era una excepción en las proverbiales lentitud y tardanza, característica de sus compatriotas. Como los enfermos se mueren pronto, la ley del país(1) condena a la multa de diez mil maravedises al médico que no dispone en su primera visita que el paciente se confiese, pues el principal objeto en la enfermedad es, como dice el preámbulo, curar el alma; y así ocurre en Italia, donde Gregorio XVI publicó en 1845 tres decretos, uno condenando los ferrocarriles, otro prohibiendo las reuniones científicas, y un tercero ordenando a todos los médicos abandonar la asistencia de los enfermos que no hubieran enviado a buscar al cura y comulgado después de su tercera visita.

(1) Recopilación: libro III, tít. XVI, ley 3.

 

 

bula de la Santa Cruzada

En España, la primera pregunta que en nuestro tiempo se dirigía a un enfermo no era si, realmente, se arrepentía de sus pecados, sino si había adquirido la bula; y si la respuesta era negativa o si su vieja nodriza se había olvidado de comprar una, se le negaban los últimos sacramentos al infeliz moribundo.

Digamos una palabra sobre esta maravillosa bula, que desarma a la muerte de su aguijón, y que, aun cuando la mayoría de nuestros lectores no tengan la menor noticia de ella, juega un papel más importante en la vida española que el toro en la plaza. En ninguna parte se observa el ayuno con más rigor que aquí, donde la Cuaresma representa el Ramadán del mahometano. Para evitar contravenciones, los creyentes de buen apetito acudieron a la paternal indulgencia de su Santo Padre en Roma, que en consideración a que era necesario que los cruzados españoles estuviesen lo bastante aguerridos para aplastar más eficazmente a los infieles, concedió a San Fernando el permiso para que sus ejércitos pudieran comer carne durante la Cuaresma, con tal de que hubiese alguna ceremonia, pues dicho sea en honor de la administración militar española en general, pocas tropas hay que ayunen más regular y religiosamente. El día feliz en que se proclama la llegada de esta grata bula que anuncia la comida, se celebra con repique de campanas, como si se tratara de una boda.

En provincias, los alcaldes y las corporaciones van a la catedral con toda solemnidad, asombrando a la multitud y divirtiendo a los señores con la resurrección de las carrozas, las mazas y atavíos antiguos y abigarrados, con los que estas sombras de un antiguo poder y dignidad tienen la esperanza de subrayar su insignificancia individual y colectiva. Una copia de esta preciosa bula no puede, naturalmente, conseguirse de balde, y como hay que pagarla, y al contado, constituye una de las rentas públicas más saneadas. Aun cuando lo que se recauda por este concepto debería ser aplicado a las cruzadas, Fernando VII, el rey católico y único soberano poseedor de una renta semejante, nunca contribuyó con un ochavo para ayudar a los griegos cristianos en su reciente lucha con los infieles turcos.

Estas bulas o, mejor dicho, esta clase de papel moneda se preparan con el mayor cuidado, y constituían uno de los artículos más provechosos de manufactura española. Se temía una guerra marítima con Inglaterra, no tanto por atención a las ayunadoras almas trasatlánticas, como por el temor a perder, como ha demostrado el doctor Robertson, los varios millones de dólares y de plata enviados desde América a cambio de estos tesoros espirituales. Se imprimían en Sevilla, en el convento de dominicos de Porta Coeli; pero Soult, que ahora parece que está volviéndose beato, quemó esta puerta del cielo con sus pasaportes y sus imprentas. Las bulas sólo sirven para el año en que se expenden; doce meses después, quedan anticuadas e inútiles. Hay, entonces, dice exactamente Blanco White, porque muchas veces lo hemos visto, «una prodigiosa prisa de comprar las nuevas por todos los que quieren la felicidad de sus almas y no descuidan la holgura y satisfacción de sus estómagos».

 

Necesidad de la bula

Todos los años hay que tomar una nueva, como si se tratase de una licencia de caza, antes de que los españoles se aventuren a recrearse con ave o cuadrúpedo, y con razón pueden estar contentos de que no les cueste tres libras y pico, como las licencias, pues por la suma de dos reales, hombre, mujer y niño, pueden obtener la gracia del clero y de la cocina; pero al cazador furtivo puede acontecerle grandes males, pues la cadena perpetua es una broma al lado de la perdición que aguarda a su alma. Este certificado es pedido por el confesor o guardador de conciencia cuando le coge en la trampa de la enfermedad, y si no la tiene, el fallo es seguro, pues no puede alegar ignorancia de la ley, ya que hay fijada una postdata y requisitos en todas las noticias de jubileos, indulgencias y demás ventajas para el purgatorio, que están fijadas en las puertas de las iglesias; y su lenguaje es tan cortés y perentorio como el de nuestros papeles de contribuciones: Se ha de tener la bula si se espera conseguir algún alivio mitigando las penas del purgatorio, cosa que la mayor parte de los españoles muy vivamente desean; de aquí viene la frase corriente usada por cualquiera al cometer un pecadillo en otras materias: tengo mi bula para todo. La posesión de este documento actúa sobre todas las comodidades corporales como la soda en la indigestión, pues realmente, lo neutraliza todo, excepto la herejía.

Como es barata, un vecino protestante, aunque no crea por completo en sus salvadoras cualidades, hará bien en comprar una en obsequio a la tranquilidad de conciencia de sus débiles hermanos, pues en esta religión de formas y de prácticas externas se siente más horror por los rígidos españoles al ver comer carne a un inglés durante un día de vigilia, que si hubiera quebrantado los diez mandamientos. La cantidad que la nación cobra por estas bulas es muy importante, aun cuando quedan muy mermadas antes de que al final se paguen a la Hacienda, pues algo de la miel libada por tantas abejas se le pega a las alas. Y el puesto de jefe encargado de la bula es más productivo que el de aduanas o impuestos de los países infieles.