Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

Armerías de los doctores

Además, aun cuando los médicos sepan y quieran recetar con arreglo a los adelantos de la ciencia, es casi imposible que encuentren los medicamentos, como no sea en las ciudades más grandes, pues las boticas suelen estar como la famosa de Romeo, con los estantes llenos de frascos vacíos.

El comercio de drogas no es libre, y no puede haber más que un número limitado de farmacéuticos, examinados, por supuesto, y con su licencia, aun cuando ésta puede obtenerse por dinero. Ninguno de ellos expenderá una medicina fuerte sin una receta firmada por un médico local; todo es un monopolio. Las drogas corrientes están adulteradas en la mayoría de los casos, o no las hay; pero, como ocurre con sus arsenales y su despensa, nunca lo confesará el boticario, pues en su casa hay de todo, y si no tiene lo necesario para componer la receta que se desea, finamente lo substituye por otra cosa, y, como las indicadas son inofensivas en el noventa por ciento de los casos, no pueden producir grandes trastornos.

Esto no es cosa nueva: Quevedo, en las Zahurdas de Plutón, presenta a un juez de faz amarillenta que azotaba a los boticarios españoles por hacer exactamente lo mismo. Porque «sus tiendas, decía el juez amarillento, sermoneando al mismo tiempo que les zurraba, no se habían de llamar boticas, sino armerías de los doctores, donde el médico toma la daga de los lamedores, el montante de los jarabes y el mosquete de la purga maldita, demasiada, recetada a mala sazón y sin tiempo». Pero éstas y otras Cosas parecidas se han hecho siempre impunemente, pues, Como Plinio dice, ningún médico ha sido nunca ahorcado por asesino. Una ventaja del poco crédito de médicos y boticarios, es que la masa general de la gente no se preocupa mucho de sí ni de sus dolencias, y así, escapan a las puramente imaginarias, que son las que más atormentan y las más difíciles de curar; porque ¿quién puede dar con la medicina apropiada para un mal que no existe? De esta poca fe en los remedios resulta el que se toman poquísimas, y, por lo tanto, las boticas son tan escasas en España como las librerías. No se ven por las noches globos encarnados, verdes o azules, que iluminen los escaparates, pudiendo asegurarse que en una ciudad poco importante de Inglaterra se encontrarían más farmacias que en la capital de España. Bien es cierto que en Madrid no es corriente el comer plum pudding, diluido con sidra agria y crema coagulada.

Muchas de las recetas de España se refieren a cosas de la localidad, como un manantial, una hierba, un animal, los aires de determinada comarca, los baños éstos o aquéllos; todo lo cual, sin embargo, se dice que es muy peligroso, si no se consulta previamente al médico del lugar en que radica el remedio. Baste con un ejemplo entre mil: cerca de Cádiz está Chiclana, donde invariablemente envían los médicos a todos los enfermos que no pueden curar, es decir, al noventa y cinco por ciento de ellos, para que tomen los baños de mar, que es la gran receta después de una tanda de días de leche de burras; y si esto falta, entonces se le da al enfermo un caldo hecho con una larga e inofensiva culebra, que abunda en los aromáticos desiertos cercanos a Barrosa. Hemos olvidado el nombre genérico de estos valiosos reptiles de Esculapio, uno de los cuales debería coger vivo uno de nuestros naturalistas y criarlo en el Regent's Park, o por lo menos, comparar su anatomía con la de las exquisitas víboras que contribuyen, como ya dijimos, a que sean tan sabrosos los cerdos de Montánchez.

 

Esgrima de la navaja

No podemos abstenernos de hablar de otra prescripción. Muchos de los asesinatos que se cometen en España, pueden llamarse más propiamente homicidios, pues rara vez son premeditados, y dependen muy especialmente de la facilidad que tienen las gentes para sacar la navaja, que las clases bajas siempre llevan consigo, como las avispas su aguijón.

Siempre la tienen a mano cuando la sangre se calienta y antes de que empiece ningún proceso refrigeratorio. Así, en los casos en que un inglés desarmado cierra el puño, un español abre su navaja. Este instrumento ruin es fatal en pendencias de celos, cuando las clases bajas encienden su cólera en la antorcha de las furias, y no atienden a más razón que la navaja, y entonces la puñalada va a su sitio, pues así como los sangrados son torpes y desconocen casi en absoluto la anatomía y el modo de manejar el escalpelo, el común de las gentes sabe a la perfección maniobrar con la navaja y el sitio en que debe asestar el golpe; y no suelen errar, pues la herida, aunque no sea tan profunda como un pozo ni tan ancha como la puerta de una iglesia, «lleva lo suyo». Generalmente, las dan a la manera traicionera de sus antepasados los iberos y orientales; y si es posible un navajazo «por bajo de la quinta costilla», es lo suficiente. La hoja, como su congénere el cuchillo de Arkansas o de Bowie de los yanquis, puede perfectamente sacar las tripas de un hombre, o atravesarlo de parte a parte, de modo que se pueda mirar a través de su cuerpo. El número de muertos en romerías y ferias excede, seguramente, del que arroja la mayor parte de las batallas españolas, aunque no se suela decir una palabra en los periódicos, porque son considerados como cosa corriente, y, aun los crímenes, que harían que se publicara hoja doble en nuestros diarios, en el continente apenas se mencionan, pues los extranjeros ocultan lo que nosotros publicamos sin rebozo.

En casos menores de flirteo en los que el culpable no quiere hacer un castigo ejemplar, sino solamente dejar un recuerdo, suelen dar un navajazo en la cara del contrario, diciendo al mismo tiempo, ya estás señalao. Esto recuerda el winkel quarte, la herida en la cara, que es la única salida de un estudiante alemán para salvar su honor cuando le llaman ein dummer junge, un pollo estúpido:

«Und ist die quart gesessen

So ist der touche vergessen(1)»

Las expresiones: Mira que te pego, mira que te mato, son bromitas cariñosas de las que dice una maja a su majo, y, cuando sólo amenazan con la señal en la cara, dicen en Sevilla: Mira que te pinto un jabeque (que es también el nombre del afilado falucho mediterráneo). «Se burla de las cicatrices el que nunca sintió una herida», pero aquellos o aquellas que han recibido un jabeque, avergonzados del estigma y no atreviéndose a mostrarse en público, sienten la natural ansiedad por recobrar la fama y la piel, cosa qué sólo puede lograrse con un cosmético, panacea universal. En tiempos de Felipe IV se decía que lo mejor para hacer desaparecer esas superfluas señales era la grasa de gato, y Don Quijote afirmaba que solamente se curaban los arañazos hechos por las mujeres o los felinos con aceite de Apariccio.


(1) Y hecha la herida, la afrenta queda olvidada

 

 

el unto del hombre

Con los adelantos de las ciencias se sustituyeron aquellos medios por el unto del hombre o grasa humana. Nuestro amigo don Nicolás Molero, cirujano muy práctico de Sevilla, nos decía que antes de la invasión francesa preparaba él este específico, vendiéndolo a peso de oro; pero que habiendo sido después adulterado por empíricos sin conciencia, se había desacreditado.

La receta del bálsamo de Fierabrás ha hecho romperse la cabeza a los comentaristas del Quijote, pero a nosotros nos ahorró trabajo la amabilidad de don Nicolás que puso a nuestra disposición la fórmula de esta pommade divine o, mejor dicho, mortal. «Cójase a un hombre de buena salud que haya sido muerto violentamente (cuanto más reciente la muerte, mejor), quítesele el sebo que envuelve el corazón, el cual se derretirá después a fuego lento, y clarificándolo se le coloca en un sitio fresco hasta el momento de usarlo». Los numerosos días de fiesta y ceremonias religiosas de España, que reúnen a multitud de personas, combinados con el sol, el vino y las mujeres, han asegurado siempre una provisión de sujetos escogidos.

 

 

El curandero

 

En España, como en otras partes, la manía del médico es una diversión muy cara, que las clases pobres y más numerosas, de los distritos rurales especialmente, se permiten con rareza. Las gentes, lo mismo que las mulas, están rara vez enfermas y sólo se meten en la cama para morirse. Claro está que en el partido hay un médico con el que están igualados, y cuando muere, su vacante se anuncia en los periódicos oficiales y va otro a reemplazarle. Sus modestísimos honorarios les son pagados en dinero y en especie, tanto en trigo, y tanto en metálico; el principio a que se atiende es al de la baratura y, como en nuestra nueva ley de pobres, es preferido el que contrate al mayor número de personas por la cantidad más pequeña. Sus igualados declinan a veces el prestar entera confianza en su ciencia o en su maña y consultan con más frecuencia al barbero o curandero, porque en la ortodoxa España siempre hay algún charlatán donde quiera que se trate de manejar la espada, la pluma, la lanceta o el rosario. Los hechizos, conjuros, reliquias, encantamientos, etcétera, etc., a que se recurre, son si no medievales, por lo menos muy poco cristianos. Pero la farmacopea espiritual de esta patria de Fígaro es demasiado interesante para que vaya a la cola de ningún capítulo.