Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

Disección

Esto no obsta para que, como en los tribunales de justicia y otras muchas cosas en España, todo resulte admirablemente en el papel, pues las formas, reglas y sistema son perfectos en teoría. Los colegios de médicos y cirujanos dirigen la vida científica; los profesores Son miembros de infinitas academias y sociedades; se dan conferencias, se sufren exámenes y se expiden certificados de suficiencia debidamente sella. dos y firmados.

 

El Caleno de nuevo cuño sale pro. visto de una licencia para matar; pero lo que falta desde el comienzo hasta el fin, al paciente y al médico, es la vida. El médico sabe, no obstante, de memoria todos los aforismos antiguos, y discursea tan elocuente y plausiblemente sobre cualquier caso Como los ministros puedan hacerlo en las Cortes. Ambos improvisan magníficas teorías y opiniones, para las que su espléndida lengua les proporciona palabras que parecen llenas de pensamiento. Pero lo que es deficiente es la educación clínica, en que el caso se trae ante el estudiante aplicando el tratamiento conveniente, y, como consecuencia, las muertes casuales son más frecuentes que las curas.

La disección es repulsiva y contraria a sus prejuicios, totalmente orientales, y, por tanto, los alumnos, en vez de hacer experiencias en individuos, estudian con grabados, diagramas, preparaciones y esqueletos. En España, lo mismo que en todos los pueblos de la antigüedad, y hoy en Oriente, está muy generalizada la creencia de que el tocar un cuerpo muerto contamina; y, además aun no está vencida la objeción levantada por el clero de que huele a impiedad el mutilar un cuerpo hecho a imagen y semejanza de Dios. Si me lee algún médico podrá recordar que Vesalius, el padre de la anatomía moderna, fue condenado por la Inquisición, a la hoguera, en tiempo de Felipe II, por haber hecho una operación. El rey lo envió en peregrinación a los Santos Lugares para que expiase su pecado; en el camino naufragó y murió de hambre en Zante.

No es de extrañar, pues, que con una educación semejante, la práctica de la medicina esté anticuada y conserve todos los prejuicios clásicos y orientales y sea necesariamente muy limitada. En casos de fracturas graves, heridas de bala, los médicos suelen desahuciar al paciente casi al momento, aun cuando sigan visitándole y cobrando honorarios, hasta que la muerte le libra de sus muchos sufrimientos. En los males crónicos y de menos importancia, son menos peligrosos; porque como los remedios no hacen daño ni provecho, la naturaleza obra sola y en muchos casos cura. En enfermedades e inflamaciones agudas rara vez tienen éxito, pues aun cuando son aficionados al empleo de la lanceta, la utilizan con miedo y se asombran de la decisión de los ingleses en ciertos casos en que a ellos sólo se les ocurre encogerse de hombros, invocar a los santos y pronunciar un pedantesco discurso sobre la imposibilidad de emplear en la Católica España, donde el sol es brillante y el aire templado, el mismo sistema que en la fría, húmeda, brumosa y herética Inglaterra.

 

Médico de cabecera

La mayor parte de los españoles acomodados que pueden permitirse ese lujo, tienen su médico de cabecera y su confesor, pareja que cuida de los cuerpos y de las almas de todos los de la casa, les dan conversación y comparten con ellos el puchero, la bolsa y el tabaco.

Ellos dominan al marido por medio de la mujer y los hijos, no permitiendo que sean infringidos sus privilegios exclusivos. La etiqueta es la vida de los españoles, y algunas veces su muerte, como todos sabemos (aunque los españoles juren que todo es una mentira de los franceses) después de haber oído decir de Felipe III que se dejó morir antes que alterar la etiqueta de la Corte. Cuentan que una vez estaba sentado muy cerca del fuego, y aun cuando se quemaba materialmente, no se le ocurrió ni por un momento cometer la inconveniencia de que el rey de España se moviese sólo de su sitio, y al rogar a los que estaban presentes que le separaran el asiento, ninguno se permitió la libertad de hacerlo hasta que llegó el encargado de este servicio. En el caso de una enfermedad repentina en cualquier familia, a menos que el médico de cabecera se halle presente, ningún otro se atreverá, aun cuando haya sido llamado, a tomar iniciativa alguna hasta que el Esculapio de la casa llegue. Un médico inglés, amigo nuestro, tuvo ocasión de salvar la vida de un señor, por llegar en el momento en que sufría un ataque de apoplejía, con la boca llena de espuma y luchando con la muerte, con la particularidad de que en el cuarto inmediato estaba otro médico sentado tranquilamente en la camilla fumando al lado del brasero y charlando con las señoras de la casa, pero sin asistir al enfermo, porque no era el médico de la familia. Nuestro amigo sacó instantáneamente 30 onzas de sangre del brazo del paciente, sin que ninguno de los presentes se moviese de su sitio. ¡Apolo le salvó la vida! El mismo médico fue llamado casualmente para ver a una persona que tenía una inflamación en la córnea; preguntando, supo que el individuo había consultado a varios médicos y que por todo remedio le habían recetado baños de mar, leche de burras y caldo de culebra de Chiclana. Nuestro amigo, el hereje, trató la enfermedad con caústicos, y cuando en la consulta que se celebró dio cuenta de su sistema, los médicos indígenas se horrorizaron y asombraron, y más aun creció su asombro cuando vieron que el enfermó se puso bueno en una semana.

 

 

Junta de médicos

Es regla general que, al ser llamados por primera vez para ver a un enfermo, le miren con mucha atención, muevan la cabeza delante de las mujeres y aumenten la importancia del mal; procedimiento muy acertado para todo el mundo, pues, como todos los médicos, si no curan, matan al enfermo; si se da el primer caso, su mérito es tanto mayor cuanto más grave sea la enfermedad, y en el segundo, su responsabilidad es menor, pues el mal se considera superior a la ciencia humana.

Los médicos prolongan con la mayor naturalidad la asistencia, y, como cosa rara, puede observarse que sienten la necesidad de obrar unidos; así que, en cuanto el de cabecera considera la dolencia un poco grave, pide una junta. Todos sabemos lo que es una junta española en asuntos de paz o de guerra, y una de esta clase no tiene por qué ser mejor ni peor que las demás: en ellas no se hace nada, y si se hace algo se hace mal. En estas juntas, en las que se suelen reunir de tres a siete médicos, según el bolsillo del paciente, cada uno de ellos ve al enfermo, le toma el pulso, le dirige algunas preguntas y luego se retira al cuarto inmediato, donde se reúnen todos para discutir el caso, proporcionando en muchas ocasiones al enfermo la satisfacción de oír lo que dicen. El Protomédico preside; y mientras todos encienden los cigarros, el médico de cabecera explica la enfermedad, comenzando su relato por la historia del enfermo, su constitución, la dolencia y las medicinas que se le han propinado. Después, cada uno de los presentes, por orden de edades, expresa su opinión, hablando a menudo durante media hora, y, por último, el que preside hace un resumen y algunos comentarios a lo dicho por todos. El final suele ser que se sigue con el mismo tratamiento, o se introducen ligeras modificaciones; pero lo seguro es que al día siguiente se celebre una nueva junta, en la que los honorarios son caros, pues cada uno de los que acuden en consulta cobran de tres a cinco duros. A menudo la consulta dura muchas horas, convirtiéndose al fin en una enfermedad crónica.

Debemos decir, para hacer justicia a estos hábiles doctores, que, como cuerpo, son muy cuidadosos en el vestir: el aspecto exterior, por no decir la elegancia en el vestir, encumbra a los ojos de muchos una profesión que es de crédito moral muy incierto. Y por la misma razón, ¡qué cuidado en el traje, qué brillante la botonadura de la camisa de los violinistas extranjeros cuando vienen a Inglaterra! El digno doctor andaluz de nuestra familia española, hombre de mucha ciencia, como podrían atestiguarlo dos de sus pacientes que ahora descansan en paz, no hacía visitas si no iba vestido de punta en blanco. También el matador, cuando sale a la plaza, se atavía con su mejor traje de majo. Este cuidado especial de la persona se debe en parte a la moro-ibera afición a la ostentación, y en parte, a profundos principios de Galeno y a un alto concepto de los deberes de su cargo. Las autoridades de la antigüedad recomendaban a los doctores que se presentaran ante los enfermos rodeados de todo aquello que pudiese hacer buena impresión para ser recibidos a la cabecera del enfermo como mensajeros de buenas nuevas y como ministros de la salud, no de la muerte, pues consideraban que un atavío solemne despertaba ideas tristes en el enfermo. Un traje color de ala de cuervo, unido a un aspecto académico y lúgubre, son nuncios de tristeza y luto que nadie, ni en plena salud, gusta de contemplar, y el efecto que tales facies hippocratica produce en un desgraciado enfermo cuyo estado es desesperado, puede ser fatal.

 

Farmacopea

Las recetas de estos elegantes caballeros suelen ser más anticuadas que sus levitas, siendo la más corriente de todas no hacer nada, sino devengar honorarios, y que la naturaleza obre por sí sola; y así, los que son jóvenes y fuertes y no sufren dolencias muy graves, son mimados por la naturaleza y se curan por su vis medicatrix, que, cuando no se la estorba, suele producir curas maravillosas.

El sangrado puede atestiguar que un español, de cualquier sexo que sea, está mejor hecho que un reloj, puesto que su maquinaria tiene dentro fuerza y condiciones para regular sus propios movimientos y reparar los accidentes; y por esta causa, el relojero no tiene necesidad de desarmarlo, bastándole en la mayoría de los casos con ponerle un poco de grasa o limpiarlo para que marche perfectamente. Los remedios que se suelen emplear, cuando llega el caso, son sencillos, y son buscados más bien entre los vegetales de la superficie de la tierra que entre los minerales en sus entrañas. Las recetas externas se reducen a cataplasmas en el vientre, sinapismos en los pies, fomentos de agua de malvavisco y de manzanilla, y el cura. Los internos, tisanas, leche de almendras o de burras, cocimientos de arroz, etc., etc., se siguen unos a otros con tanta regularidad, que el novato no tiene más que repetir los pasajes médicos de las sátiras de Horacio. En ningún país, sin embargo, se puede esperar mejor que se curen las enfermedades, por aquello de que todo tiene remedio menos la muerte. Si, por desgracia, el enfermo muere, se culpa a la enfermedad y al médico. Es posible que la costumbre de los antiguos iberos fuese, después de todo, la más atinada: sacaban al enfermo a la puerta de la calle, y a todo el que acertaba a pasar le preguntaban su parecer, y las recetas que daban podían surtir tanto efecto como los santos, las reliquias, el caldo de lagarto o la leche de burras:

And, doctor, do you really think that asses milk I ought to drink?

It cured yourself, I grant, is true but then it was mothers's milk to you(1)

(1) ¿Doctor, cree usted realmente, que debo tomar leche de burras? -Ella le curó a usted, es verdad, pero para usted era leche de madre