Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

Espectáculo degradante

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Pero volvamos a los locos españoles y a los manicomios. Su aspecto era tristísimo y desagradable para el cuerdo, y degradante para el loco. Los locos furiosos imploraban una «limosna» de los extranjeros, pues sus compatriotas no les daban mas que piedras. No deja ciertamente de haber una especie de locura en la furiosa energía y el intenso anhelo de todos los mendigos españoles; y en los que están en los manicomios, aun cuando hayan perdido todas sus facultades, queda viva y despierta la natural propensión a pedir, sin duda alguna porque es la más indestructible y como el «sentido común» del país.

Por lo general, en los manicomios había algún enfermo cuyo estado de miseria agravada le hacía objeto de una curiosidad malsana. En Toledo, en 1843, los guardianes (palabra que también se usa para los que guardan fieras), siempre llevaban a los extranjeros a la jaula o cubil de la mujer de un célebre capitán general de Cataluña, categoría superior a la de Lord-Lieutenant de Irlanda. Se le permitía revolcarse desnuda en lodo, y aquello se enseñaba como un caso raro. Los moros, por lo menos, no encierran a sus inofensivas locas, que pasean desnudas por las calles, y a los locos los encierran como santos cuya inteligencia ha volado al cielo. Los antiguos médicos iberos, de acuerdo con Plinio, creían que la locura se curaba con la hierba vettonica, y la hidrofobia, con un cocimiento de cynorrhodon o escaramujo, por ser inadecuado al paladar canino. Los españoles modernos parece como que sólo desean, por ignorancia, obscurecer todo momento de lucidez en un delirio uniforme.

 

Casas de expósitos

Los hospicios estaban, en la época en que los vimos últimamente, tan mal dirigidos como los manicomios. Se les llama Casas de expósitos o la Cuna, como si fuera la cuna y no el sepulcro de los pobrecitos niños. En casi todas las capitales de provincia hay uno de estos asilos; los principales se asientan en las ciudades levíticas, pues ellos son el resultado natural del celibato del clero rico, tanto regular como secular. La cuna en nuestros tiempos podría definirse como un lugar donde los inocentes son martirizados y al que los padres desnaturalizados llevan a sus hijos para que los vayan matando de hambre lentamente. El primer hospicio lo fundó en Milán, en 787, un sacerdote llamado Dateo. El de Sevilla, que vamos a describir, fue fundado por el clero de la catedral, y lo dirigían y administraban doce individuos, seis clérigos y seis seglares, de los cuales pocos se ocupaban de él como no fuera para aumentar el número de sus asilados. El hospicio está situado en la calle de la Cuna; junto a una ranura, preparada para los donativos de la caridad, hay un mármol con una inscripción en latín, que dice este verso de los Salmos: «Cuando mi padre y mi madre me abandonen, me recogerá el Señor».

Hay un pequeño postigo en el muro que se abre cuando llaman a él para admitir a los inocentes hijos del pecado, y, durante la noche, vela siempre un ama para encargarse de los niños cuyos padres ocultan su culpa en la obscuridad.

«Toi que l'amour fit par un crime, et que l'amour défait par un crime à son tour, funeste ouvrage de l'amour,

de l'amour funeste victime».

Muchos de los niños que llevan están moribundos, y los dejan allí para evitarse los gastos del entierro; otros van casi desnudos, y muy pocos son los que llegan vestidos con todo lo necesario. Estos últimos suelen ser vástagos de gente de clase alta que quieren ocultarlos por algún tiempo. Con ellos suelen llegar cartas rogando al ama que tenga cuidado con un niño que seguramente será recogido en su día, y también acompañan algún distintivo o señal por el que pueda ser reconocido e identificado, siguiendo en esto las costumbres de la antigüedad. Todos los detalles referentes a los niños expósitos se consignan en un libro que es un triste recordatorio de los crímenes y remordimientos humanos.

Aquellos niños que son reclamados pagan unos seis peniques por cada día que han estado en el hospicio; pero no se presta mucha atención a las recomendaciones de cuidado, ni a la promesa de reclamación, porque los españoles no se fían mucho unos de otros. Como no lleve el niño la indicación del nombre que ha de ponérsele, se le bautiza generalmente con el del santo del día en que fue admitido. El número de expósitos en este hospicio era muy grande, aumentando a medida que la pobreza se extendía, mientras que los fondos destinados a su sostenimiento disminuían por la misma razón. La Semana Santa y la Navidad tienen un gran influjo en la población de estos establecimientos, pues nueve meses después de estas fiestas, en que la gente se pasa la noche arrodillándose ante reliquias e imágenes, es decir, en enero y en noviembre, el número diario de entradas aumenta en una proporción de quince a veinte.

Siempre hay un exceso de amas de cría en la cuna, pero, por lo general, son las de malas condiciones, que no pueden encontrar colocación en casas particulares; usualmente cada una tiene a su cargo tres niños. Algunas veces, cuando una mujer decente quiere ponerse a criar y, por lo tanto, tiene interés en que no se le retire la leche, se va a la cuna; el pobre niño a quien amamanta engorda un poco; pero luego, cuando le falta aquel plus de alimento, vuelve a estropearse y se muere. Las amas que hay fijas alimentan a los niños, no con arreglo a las necesidades de éstos, sino teniendo en cuenta el número. Algunos niños son enviados a madres que han perdido sus hijos, para que los críen, y cobran unas diez pesetas al mes; los niños así criados son los que tienen más probabilidades de vida, pues ninguna mujer que ha sido madre y ha dado el pecho a su hijo, sería capaz de dejar morir de hambre a un niño que tuviera a su cargo. Las amas de la cuna conocen el hambre muy de cerca, y aun cuando no se quedaran sin leche, o ésta no se les volviera de malas condiciones con la alimentación que reciben, nunca podrían satisfacer a los hambrientos pequeñines. La proporción de los muertos era terrible: parecía aquello un sistema organizado de infanticidio. La muerte es un bien para el niño y un ahorro para el establecimiento; y si la vida de un hombre no tiene mucho valor en España, menos la ha de tener la de un niño abandonado. La manera que tenían los griegos y los romanos de exponer a los niños a una muerte inmediata, era menos cruel que la muerte lenta de estos osarios españoles. Esta cuna, cuando la visitamos por última vez, estaba dirigida por un sacerdote vulgar, que, como buen español, era un mal administrador y malversaba los fondos. Se hizo rico, como el visitador de Gil Blas, en Valladolid, mirando por la hacienda de los pobres y huérfanos. Sus departamentos bien alhajados y su rollizo aspecto, hacían un triste contraste con la condición de sus consumidos administrados. Éstos estaban en grupos, separados los enfermos de los sanos; aquéllos colocados en una gran estancia, en un tiempo salón de actos, cuyo techo dorado y de hermosas proporciones contrastaba con la presente miseria. Los niños estaban echados en filas en sucios colchones, a lo largo del suelo, sin asistencia y sin cuidado alguno. Sus cabezas grandes, sus cuellecitos flacos, sus ojos hundidos y sus caritas amarillas, tenían el tinte de la muerte. Traídos al mundo sin culpa ni deseo por su parte, su vida se extinguía apenas empezada, mientras su madre estaba lejos pensando: «Cuando haya llorado bastante por su nacimiento lloraré por su muerte».

Los de alguna más salud estaban en cunas, apareados a lo largo de una gran habitación, con el hambre retratada en sus mejillas y en sus ojos. Al penetrar en aquel recinto hería los oídos el grito agudo de las infelices criaturas, que, como estaban mal alimentadas, lloraban siempre y no tenían un momento de tranquilidad. Su existencia empieza con el primer sollozo de la cuna, como dice Rioja; pero todos lloran al venir al mundo y muchos se marchan de él sonriendo. Algunos, los que acababan de ingresar y no habían mamado de sus madres lo suficiente, estaban alegres y de buen color y dormían tranquilos, inconscientes de su suerte y de lo que les reservara el porvenir.

 

 

Terrible mortalidad

De doce, uno solía sobrevivir para holgazanear por el hospicio, mal vestido, mal alimentado y peor enseñado. Los chicos eran destinados al ejército; las chicas, al servicio doméstico, o a algo peor si la voz pública no calumniaba al cura director. Se criaban egoístamente y sin ningún afecto; sin noción de lo que es amabilidad y cariño, sus jóvenes corazones se cierran apenas abiertos: «el mundo no les protege, ni las leyes tampoco». En sus cabezas aprendía el barbero a afeitar, y todos eran visitados por los pecados de sus padres. No teniendo a nadie que los quiera y que se ocupe de ellos, se vengan de su abandono odiando a la humanidad. Su única preocupación consistía en pensar quién pudiera ser su padre y en si serían reclamados algún día y llegarían a ser ricos. Algunos, por excepción, eran adoptados por personas cariñosas que no tenían hijos, y que se interesaban por uno de los desgraciados cuneros; pero si uno de estos niños adoptados era reclamado por sus padres, tenían que entregarlo. Townshend cita una costumbre completamente oriental que se conserva en Barcelona: cuando las muchachas están en edad de casarse se pasean en procesión por las calles, y todo el que desee elegir a alguna de ellas para su mujer puede hacerlo «tirándola su pañuelo». Esta costumbre española se conserva todavía en Nápoles.

Así era la cuna de Sevilla cuando la visitamos la última vez. Ahora, según hemos oído decir, con gran placer por nuestra parte, está admirablemente dirigida bajo un patronato de señoras que, aquí como en todas partes, son las mejores guardianas del hombre en su primera o segunda infancia, por no decir nada de todas las edades intermedias.

 

Presunción médica

Nuestros lectores tendrán que convenir con nosotros en compadecer a los desgraciados que se ponen enfermos en España, pues la dolencia que tengan irá seguida de peores síntomas en la persona del médico del país, y si la opinión que de éstos tienen sus compatriotas es cierta, no les salvará ni el mismo Esculapio. Los facultativos de Madrid llevan poca ventaja a sus colegas de provincias, y aun son a veces más dañinos que ellos, puesto que siendo médicos de la mismísima corte, el paraíso en la tierra, son, según corresponde, superiores a los médicos del resto del mundo, de los que, como es natural, no tienen que aprender nada. Están, pues, un siglo atrasados, por lo menos, con respecto a sus congéneres de Inglaterra. En las naciones y en los individuos suele haber una idea falsa de las excelencias propias cuando no se tiene suficiente conocimiento de los méritos de los demás y, por lo tanto, se carece de términos de comparación; y esto es tanto más fuerte entre los menos informados y los que menos salen de su rincón. Así ocurre que, a pesar de todas las deficiencias de que iremos hablando, la presunción de la clase médica española es aún mayor que la de la militar, si es que esto es posible; unos y otros han matado a millares. Se consideran los mejores espadachines, médicos y cirujanos del mundo y los más indicados para manejar las tijeras de las Parcas. Sería una pérdida de tiempo el tratar de disipar esta fatal ilusión, y seguramente al consejero mejor intencionado se le tomaría por envidioso, malévolo e imbécil, porque ellos creen que su ignorancia es la suma perfección. Los extranjeros tienen muy pocas probabilidades de éxito entre ellos, y ni aun los mismos del país que han hecho fuera sus estudios encuentran facilidades para implantar sistemas nuevos. Sus compañeros formarían liga contra ellos por considerarles innovadores perjudiciales, no los llamarían nunca en consulta (la rama más lucrativa de la profesión), y entretanto, los confesores envenenarían los oídos de mujeres (que son las que gobiernan a los hombres), previniéndolas del peligro que correrían sus almas si sus cuerpos eran curados por un judío, o hereje, o extranjero; términos sinónimos para ellos.