Cosas de España

El país de lo imprevisto

Richard Ford (1830-1833) Grabados: Gustavo Doré

 

Abandono de los hospitales

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El abandono de los hospitales que habían estado bien dirigidos y administrados, ha repercutido en los españoles. Los que se dedican a la carrera de medicina carecen de las ventajas de estudiar clínica y observar los casos difíciles resueltos por maestros expertos. Recientemente se ha procurado en algunas ciudades de importancia, sobre todo en las costas introducir reformas y mejoras; pero la socaliña oficial y la rutina ignorante figuran aún entre los males que no tienen cura en España. En 1811, cuando el ejército inglés estaba en Cádiz, un médico llamado Villarino, empujado por algunos de nuestros indignados cirujanos, llevó a las Cortes el asunto del mal estado de los hospitales españoles. Se nombró una comisión, y ésta redactó un lastimoso informe aún existente, en el que se puso de manifiesto que los fondos destinados a sostenimiento y asistencia de los enfermos se quedaban entre las manos de los administradores y demás empleados. El resultado de ello fue el que podía esperarse: que las autoridades se unieron y persiguieron a Villarino, tachándole de revolucionario, consiguiendo que no se hiciere caso de sus palabras. El superintendente de ese establecimiento era el famoso Lozano de Torres, que mató de hambre al ejército inglés después de Talavera, y que, según las palabras del duque de Wéllington, era «un ladrón y un mentiroso». Después de este escándalo la regencia le nombró gobernador de Castilla la Vieja, y Fernando VII, en 1817, le hizo ministro de Justicia.

Como edificios, los hospitales son, por lo general, muy grandes, pero el espacio está en ellos tan poco habitado como en las vastas llanuras de Castilla. En Inglaterra se necesitan salas para los enfermos; en España, enfermos para las salas. Los nombres de algunos de los hospitales mayores están muy bien elegidos; el de Sevilla, por ejemplo, se llama de La Sangre y de Las cinco llagas, que están esculpidas en el arco de entrada como racimos de uvas. Sangre es un nombre fatal para este reino del sangrado, cuya lanceta, lo mismo que la navaja española, no da cuartel. En materia de vida o de muerte, este establecimiento se parece a los arsenales de España, en donde en el momento preciso siempre falta de todo. Su dispensario presentaba, como la tienda del boticario de Shakespeare, una colección de cajas de píldoras vacías.

 

Atraso general

El gran hospital de Madrid se llama el general, y la asistencia médica en él corre parejas con la ayuda de algunos generales españoles, tales como Lapeña y Venegas, que en el momento preciso abandonaron en absoluto a Graham en Barrosa, y al Duque en Talavera. Por supuesto que en ello no hay nada nuevo, pues, como el viejo proverbio dice, socorros de España, o tarde o nunca. En casos de batallas y muertes repentinas, en paz y en guerra, los españoles profesionales, militares y médicos, son muy buenos para asistir a ellas, dando a esta palabra, únicamente la acepción de estar presentes, sin mezclarse para nada en su marcha y esto ocurre cuando se reparten golpes, no sólo con los médicos, sino con toda la nación española: si un hombre cae herido en la calle, se desangrará seguramente, a menos que las autoridades lleguen a tiempo de levantar el cuerpo y curar las heridas; los demás, excepción hecha de los ingleses, y hablamos por experiencia pasarán de largo, y no ciertamente por miedo a la sangre ni odio al asesinato, sino por el horror que el español siente a la sola idea de verse mezclado en las redes de La Justicia, cuyos funcionarios detienen a todo el que interviene o está presente, como sospechoso o como testigo; y cuando uno cae en las garras de la justicia española puede estar seguro que no saldrá de ellas hasta dejarse el último céntimo.

Las escuelas y los hospitales, especialmente en las ciudades del interior, carecen de toda clase de adelantos mecánicos y modernos descubrimientos, y los pocos que los tienen, son de manufactura francesa y de segundo orden. Cosa parecida ocurre con los libros de medicina y las obras técnicas: todo lo que hay es copiado y malo; se ha visto que es mucho más fácil traducir y copiar que inventar, y por eso en la medicina española, lo mismo que en arte y literatura, hay muy poca originalidad: todo es adaptación de las ideas de otros, o una adaptación de la ciencia antigua y de la ciencia árabe. Muchos de sus términos médicos, así como muchas de sus drogas, son puramente árabes (jalea, elixir, jarabe, rob, sorbete, julepe, etc.) y denuncian el origen de los conocimientos, pues no hay nada tan seguro para averiguar las fuentes de donde se ha tomado una ciencia como estudiar su lenguaje y fraseología. Cuando los españoles se apartan del camino seguido por sus antepasados es para adoptar un tímido velo francés. Las pocas publicaciones modernas de medicina son traducciones de sus vecinos, y la escasa existencia de medicamentos de sus boticas se ha hecho más peligrosa e inútil con los productos de los cúralotodo de París. Es una verdadera desgracia para la Península que todo lo que se conoce de los trabajos que hace la pensadora y escrupulosa Alemania y la decidida y práctica Inglaterra haya de pasar por el alambique de la traducción francesa, y el original queda así doblemente estropeado, y la sagrada causa de la verdad y de los hechos es demasiado frecuentemente sacrificada a la gálica manía de suprimir los dos por el honor de su propio país. No es de extrañar, pues, que los médicos españoles desconozcan casi en absoluto las obras, las operaciones y los inventos modernos, y que sus textos de consulta se limiten a Galeno, Celso, Hipócrates y Boerhaave. Los nombres de Hunter, Harvey y Astley Cooper les son tan desconocidos como los últimos descubrimientos de Herschel: la luz de estos planetas tan distantes no ha podido aún llegar hasta ellos.

 

 

Colegio de San Carlos

Ahora, el Colegio de San Carlos, o sea la Escuela de Medicina de Madrid, confía mucho en poder enseñar la obstetricia por medio de figuras de cera: bien es verdad que aprender una ciencia práctica sobre el papel no es exclusivo en España de la clase médica. La gran escuela naval de Sevilla está dedicada a San Telmo, el cual, reuniendo en sí los atributos de Cástor y Pólux, aparece en las tormentas en el palo maestro en forma de luces para socorro de los marineros, y en cuanto empieza a sentirse el viento, sople de donde quiera, ya están las tripulaciones de rodillas rogando a este Hércules marino, en vez de recoger las velas y empuñar los remos.

Nuestros marineros, que sienten afición al mar con todas sus consecuencias, como no tienen ningún San Telmo que les socorra en el mal tiempo (aun cuando aquel artillero algo irreverente del Victoria llamara al héroe de Trafalgar San Nelson), arriman el hombro y realizan el milagro por sí mismos: aide toi, et le ciel t'aidera. En nuestros tiempos, los guardiamarinas aprendían el arte de la navegación en una sala con un modelo de navío de tres puentes que estaba sobre una mesa, con lo cual tenían la gran ventaja de no estar expuestos al mareo. El infante don Antonio, almirante de la Marina española, estaba paseando en el Retiro, junto al estanque, cuando alguien le propuso embarcarse en una lancha, y él respondió excusándose: «Desde que vine de Nápoles a España no me he arriesgado nunca a embarcarme». Por contado que en esto, como en otras muchas cosas, hay un criterio distinto a orillas del Támesis y a las del Betis; y así ocurre que junto al Hospital de Greenwich, una gran fragata flotante, grande como la vida, es la escuela de la que salen los que a diario recuerdan que los veteranos del Cabo de San Vicente y de Trafalgar supieron «cumplir con su deber», siendo la evidencia de las victorias de ayer una garantía para la realización de sus esperanzas, basándose el futuro en el pasado.

Con los cuarteles, cárceles, arsenales y fortalezas, los establecimientos dedicados a las miserias corporales, son poco dignos de verse, y el extranjero que pueda hará bien en evitarlos, pues, seguramente, encontrará en su país ejemplares mejores. Para dar más fuerza a esta afirmación, presentaremos una ligera descripción de alguno que tuvimos ocasión de ver hace unos pocos años.

 

Manicomios

Los manicomios en España se llaman casas de locos, palabra que se deriva del árabe locao; y, como sus congéneres del Cairo, estaban tan mal dirigidos, que no parecía sino que los directores hacían méritos para ingresar en ellos.

La locura, indudablemente, trastornaba al mismo tiempo la inteligencia de los enfermos y endurecía las entrañas de los que les cuidaban, y la inversión absurda de los escasos fondos producía un resultado verdaderamente desastroso. No había ni asomo de clasificación, cosa por cierto nada corriente en España. El maniático, el loco furioso y el tranquilo estaban revueltos en confusión de suciedad y miseria: allí gritaban dirigiéndose insultos los unos a los otros, se les encadenaba como a fieras y se les trataba peor que a criminales, pues las pasiones de los más furiosos eran exacerbadas con el salvaje látigo. Ni siquiera había una cortina para excusar las necesidades de aquellos seres humanos reducidos a la condición de animales: todo era público, hasta el trance de la muerte, dándose el caso de que el último suspiro de algún sin ventura se mezclase con la risa histérica de los espectadores. En casos especialísimos, el cuerpo de alguno de aquellos cuya inteligencia estaba perdida, se encerraba en una celda aislada, sin más compañía que su aflicción. Algunos de éstos, al entrar allí, llevados por sus parientes para quitarlos de enmedio, no estaban locos; pero tardaban poco en estarlo, pues la soledad, la pesadumbre y el hierro acaban con los cerebros. Estos establecimientos, que los naturales del país deberían ocultar por vergüenza, eran los que primeramente enseñaban a los extranjeros, en particular a los ingleses, pues como nos consideran a todos como locos, creen que es una cosa muy natural que nos encontremos a gusto entre nuestros iguales.

Los españoles, de acuerdo en esto con muchos otros habitantes del continente, tienen la creencia de que a todo inglés intrépido le falta un sentido, y fundan esta creencia en varias observaciones, alguna de las cuales no deja de ser razonable. Ven que en todo caso prefieren los usos, dichos y hechos ingleses a los suyos, y esto, ante los ojos de un español y de un francés, es señal evidente de chifladura. Además, nuestros compatriotas dicen la verdad en sus boletines, usan toallas y rasuran a diario los pelos superfluos. Y aparte detalles de excentricidad de menos importancia, ¿no son los naturales de Inglaterra, Escocia e Irlanda los reos de tres actos, que cualquiera de ellos les calificaría como locos de atar, si el ministro de Justicia diese un decreto de lunático inquirendo? ¿No se han desangrado en dinero y hombres por España en el campo de batalla, en la Bolsa y en los ferrocarriles?

«¡Oh Anticyris tribus caput insanabile!».