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Uno de los que más gustan a los españoles es la música. Cultivan este arte con éxito, aunque su música nacional no ha hecho grandes progresos. Lo único que tiene carácter propio son las pequeñas composiciones sueltas, conocidas por tonadillas y seguidillas, producciones a veces agradables, pero cuya monótona modulación prueba que el arte de la composición musical está todavía en su infancia entre los españoles. En cambio, hacen éstos clamorosa justicia a las obras maestras alemanas e italianas, que siempre encuentran cabida en sus numerosos conciertos. Existen muchos aficionados, pero pocos compositores que merezcan mención. Un poeta de Madrid, don Tomás Iriarte, muerto hace poco en la flor de su edad, publicó, hace ya veinte años, un poema sobre la música en que compensa la aridez del género didáctico con algunos episodios ingeniosos y una imaginación brillante. Los entendidos afirman que el poema define con verdadera maestría el carácter de la música española.

Tienen los españoles, además de los bailes particulares y los conciertos, otros puntos de reunión, como son las tertulias y los refrescos. Las tertulias son reuniones muy parecidas a las francesas; quizá reina en las españolas más libertad, pero el fastidio se apodera a menudo de los concurrentes, igual que en las nuestras. Las mujeres, en general, no son amigas de reuniones. Cada una de ellas aspira a ser el centro de una tertulia, y es, sin duda, este exclusivismo el que destierra aún de la sociedad española lo que nosotros llamamos la galantería francesa. Aquí las mujeres son amadas, y hasta adoradas, como en otras partes, pero cuando no se siente por ellas un vivo interés no se acostumbra tenerles esas consideraciones que nuestra urbanidad prodiga indistintamente a todo el sexo amable. No es que los españoles no tengan también su galantería. Sus demostraciones sutiles y ampulosas abundan en sus novelas y comedias, que a los extranjeros parecen exageradas y enfáticas. Carecen de esas formas fáciles, de esas expresiones elegantes en las que los mismos que nos reprochan se ven obligados a reconocer la galantería francesa. Para nosotros, una linda mujer de la que no estamos enamorados no es más que una amable criatura que espera, pero que no exige nuestros cumplidos; para los españoles es, si sabe hacerse respetar, una divinidad a la que sólo podemos aproximarnos de rodillas, por decirlo así.

Los refrescos, inventados por el lujo y la golosina, tampoco contribuyen gran cosa al acercamiento entre ambos sexos. Durante el curso del año consisten sólo en ligeras meriendas que se ofrecen a las personas cuya visita se recibe; son como el preludio de las tertulias. Pero en las ocasiones solemnes, cuando se trata de celebrar una boda, un bautizo o el cumpleaños del dueño de la casa, el refresco es un asunto importante y muy dispendioso. Se invita a todos los conocidos. A medida que van llegando, los hombres forman grupo aparte de las mujeres. Éstas se sientan en una habitación y la etiqueta exige que permanezcan solas hasta que haya llegado todo el mundo. La dueña de la casa las espera sobre un canapé, situado en un lugar determinado del salón, que, según la costumbre antigua, que aún subsiste en parte, se llama el estrado, encima del cual hay colgada generalmente una imagen de la Virgen. Al aparecer el refresco, la conversación se anima y damas y caballeros se reúnen. Primero se pasan rondas de vasos de agua, en los cuales se deja luego disolver azúcar esponjado (azucarillos); se reparten luego tazas de chocolate, alimento favorito de los españoles, que lo toman dos veces diarias y lo consideran tan beneficioso para la salud o por lo menos tan inocente y colores. La concurrencia no sólo come allí hasta hartarse, sino que llena de golosinas grandes cucuruchos de papel, los sombreros y hasta los pañuelos. El extranjero admitido por vez primera a esta especia de banquete donde sólo faltan licores alcohólicos, no ve la nación sobria por ninguna parte.

A los refrescos siguen generalmente el baile o el juego, pero es muy raro que se terminen con una cena. Ésta es muy frugal en España y casi nunca se hace en compañía. La cocina española, tal como la recibieron de sus ascendientes, no suele ser del agrado de los extranjeros.

Gustan los españoles de los condimentos fuertes, como la pimienta, la salsa de tomate, el pimiento picante y el azafrán, que dan color o infectan casi todos sus manjares. Sólo uno es del agrado de los extranjeros y es el que en España se llama olla podrida, especie de revoltijo de todas clases de carnes cocidas juntas. Por lo demás, casi no existe la cocina española pura, a no ser en las familias modestas apegadas a las costumbres antiguas. En casi todas partes se mezcla con la francesa, que llega a suplantarla por completo en no pocas casas.