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Por encontrarse Madrid y Aranjuez en la diócesis de Toledo, el cardenal arzobispo de esta ciudad frecuentaba la corte, aun antes de verse obligado a ello por su cargo de gran inquisidor; y, sin embargo, Madrid sigue siendo como antes, sede de uno de sus vicarios, que le suple en sus funciones episcopales. Hace cosa de doce años traté a este digno auxiliar del prelado Lorenzana y se me perdonará explique, aunque sea en resumen nada más, los detalles y el resultado del asunto que motivó este conocimiento; me place decirlo, porque sirven para probar que el fanatismo y la intolerancia religiosa de España no son incurables, como generalmente se cree.

Un agente de una potencia extranjera, ligado por las leyes de su país a la religión pro­testante, estaba enamorado de una linda castellana. Un enorme obstáculo se oponía a su unión, y era la invencible aversión de la familia católica hacia un yerno hereje. El padre viene a Madrid para arrancar a su hija de los peligros de la seducción y se la lleva, desconsolada, a treinta leguas de la capital. El enamorado le sigue de cerca, se postra a sus pies, le enternece, pero no consigue disuadirlo. «No puedo le dice el padre unir mi familia a una familia enemiga de Dios y de mi religión. Convertíos y seréis mi yerno.» El joven hereje pide permiso para defender al menos su causa ante el mismo tribunal de la Iglesia, al que espera encontrar menos inexorable que al familiar. El austero castellano aprueba su idea, aunque sin prometer un feliz desenlace.

El extranjero regresa a Madrid animado por un rayo de esperanza. Se presenta al gran vicario del arzobispo de Toledo y dice:

«Tenéis en vuestra presencia a un desdichado a quien sólo vos podríais hacer dichoso.

Mi corazón pertenece por entero a doña N., a cuya mano aspiro, pero un obstáculo que se considera infranqueable nos separa. Yo nací fuera del seno de la Iglesia romana. Sería inútil que me exhortarais a abjurar de lo que llamáis mis errores. ¿Creeríais sincera tan repentina conversión? ¿Creéis que semejante acto de vasallaje honraría al culto que profesáis? Dejad que el paso del tiempo y el irresistible ascendiente de doña N. se ocupen de llevarme a lo que vos y quizá yo en lo futuro consideráis camino de salvación eterna. Por otra parte, el honorable cargo que desempeño, y que es mi único medio de subsistencia, sería incompati­ble con un cambio de religión. Si no obtengo la mano de doña N. moriré desesperado; si no me queda otro camino para obtenerla que renunciar a mi culto y, por consiguiente, a mi cargo, nos moriremos de hambre. Sólo vos, ministro de un Dios de paz y de bondad, podéis conciliar todo, y puesto que está en vuestra mano, no dudo que lo haréis.»»

Tales argumentos mitigaron la austeridad del gran vicario. «Ante todo, necesitaría dijo tener la certeza de que sois libre. ¿Cómo me lo demostraréis? Además necesitaría la prueba de que en vuestro país la religión protestante es tan exclusiva que quien no la profesa no puede ocupar cargo alguno. Y, finalmente, querría convencerme de que no estáis lejos de aproximaros a la Iglesia católica.»

Al oír estas palabras, el joven extranjero creyóse triunfante y dijo: «Fácil me será daros todas estas seguridades; a vos toca designar por qué conducto queréis que os lleguen»». «Me bastan dos personas de reconocida honorabilidad en quienes tengáis confianza y que merezcan la nuestra.»» El joven nombra al encargado de negocios de Francia y al de los Estados Unidos. Se da la conformidad y se nos invita a pasar por la oficina del gran vicario. Nos hace entrar uno después de otro y nos formula tres preguntas, a las que respondemos afirmativamente. Firmamos una especie de acta notarial que disipa todos los escrúpulos del gran vicario, del arzobispo y de la familia ortodoxa. Ante un altar católico, los dos enamorados se unen en matrimonio sin tener que abjurar de sus creencias respectivas. Luego se han mostrado fieles a su juramento, así como a la religión de sus padres. Se han ocupado mucho de su mutua felicidad y muy poco de su conversión. Si la lectura de estas líneas ocupa unos momentos de ocio de la feliz pareja, al revivir sobresaltos y peligros, con el éxito del amor sobre la intolerancia, obtenido por mediación de la amistad, tal vez asoma una lágrima a los ojos.

Así eran hace doce años, así son todavía el prelado de Toledo y sus auxiliares. En esa ocasión dieron la primera prueba de tolerancia de este género en España. Poco tiempo des­pués, otra pareja que se encontraba en condiciones idénticas apeló al precedente, con el mismo resultado.

Hay otros casos, mucho más dificultosos que el referido, en los cuales se invoca la mediación del gran vicario de manera poco edificante para las costumbres. Me refiero a lo que llaman en el país sacar por el vicario. Toda muchacha, desde los doce años de edad, puede hacer que se case con ella un muchacho, con tal que tenga por lo menos catorce. Basta para ello probar que el muchacho ha usado por anticipado de los derechos matrimoniales, o que le ha prometido su mano o incluso que le ha dado a entender de alguna manera que deseaba unirse a ella. La muchacha debe presentar las pruebas de sus asertos ante el vicario general. Si afirma que el galán ha tenido comercio con ella y éste 10 niega, ella tiene que pro­barlo, y basta para ello con que algunos vecinos declaren haberlo visto entrar en la casa en horas anormales. Un anillo, un alhaja, un regalo, y, sobre todo una cartita amorosa, aunque no se nombre para nada el matrimonio, pueden servir de prueba, a la muchacha que reclama un marido.

No sé cuál pueda ser el espíritu de semejantes leyes. ¿ Es que se ha querido poner a un sexo en guardia contra las asechanzas del otro? ¿O que la autoridad civil y la eclesiástica están de acuerdo para multiplicar el número de matrimonios, con riesgo de que muchos resulten desgraciados?

Sea por lo que sea, lo cierto es que desde el momento en que la reclamante se dirige al vicario, éste hace detener al novio, que permanece en la cárcel mientras dura el proceso. Si el vicario falla que «ha lugar al matrimonio»», el prisionero no sale hasta después de celebrado el casamiento. A menudo el deseo de recobrar una libertad induce a sacrificar la otra, pero ya se supone que lazos contraídos de tal suerte no ligan por mucho tiempo al que los contrae.

Hay otra manera de emplear el ministerio del vicario eclesiástico que es quizá igual de impropia desde le punto de vista de las costumbres, pero es más noble respecto al amor. Un hombre ama a una joven que le corresponde, pero que está sometida a la autoridad paternal. El novio, que no puede obtener el permiso de los padres de la doncella, va en busca del vicario; le entera el común afecto y le indica la casa en que quiere sea recogida su futura hasta el día de la boda. El vicario, después de haber comprobado que el consentimiento es mutuo, envía a un comisario para retirar a la joven del hogar paterno, hace que la lleven al lugar indicado, hasta que, después de instruida la causa, recibe la bendición nupcial.

Esta es, generalmente, la jurisprudencia matrimonial vigente en toda la monarquía española, pero en la práctica la ejecución más o menos rigurosa de estas reglas depende mucho de la prudencia y de las opiniones del ministerio apostólico. En estos últimos tiem­pos se han promulgado leyes que devuelven a la autoridad paternal una parte de su influen­cia sobre el destino de los hijos y tienden a impedir el escándalo que suele acompañar a los matrimonios celebrados sin su respetable sanción.