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El pueblo tiene algunos juegos particulares, que adolecen de la gravedad que se atribuye a toda la nación. Uno de ellos es un triste y débil reflejo de los juegos que conservaban la fuerza y destreza de los antiguos en continua actividad. Consiste en lanzar con  vigoroso brazo una barra de hierro a cierta distancia, por lo cual recibe el nombre de «juego de la barra».

Otro juego, muy apreciado por el pueblo, pero más insípido aún, es común a los italianos y españoles, varios hombres, sentados formando un círculo, levantan cada uno por turno dos, cuatro, seis, diez dedos y enuncian rápidamente en voz alta el número exacto de dedos.

Las personas llamadas «de buena compañía» se procuran distracciones de otro género. En los círculos en que la ociosidad los reúne, tienen como principales distracciones, lo mismo que en otras partes, los juegos de baraja, sobre todo el tresillo; también juegan a una especie de billar, al que llaman «juego de trucos».

En general, no acostumbran a invitarse mutuamente a comer y apenas conocen los inocentes y sanos placeres campestres. La vida en el campo no parece tener atractivo alguno para los españoles. Fácil sería contar sus casas de campo. De tantos particulares opulentos como habitan en Madrid, quizá no lleguen a diez los que poseen una. En cuanto a esas mansiones tan numerosas en Francia, en Inglaterra, en Alemania y que tanto contribuyen a embellecer las cercanías de sus principales ciudades, mansiones en que sus propietarios pasan por temporadas, son rarísimas, tanto en los alrededores de Madrid como en el resto de la Península. Los ciudadanos ricos del reino concentran en el interior de las ciudades todos sus placeres.