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Entre los placeres casi exclusivos de la nación española ocupa el primer lugar un espectáculo por el que siente un profundo apego y que  no encuentra simpatía en el resto de Europa: las corridas de toros.

Muchos españoles consideran su fiesta favorita como un aliciente para conservar el ardimiento característico de su raza. Podríamos preguntarles qué relación tiene con la intrepidez y la valentía un espectáculo en que los espectadores no corren peligro alguno y donde los actores prueban con la infrecuencia de los accidentes que no hay motivo para excitar un profundo interés. No ignoro que dejan de sufrir algunas veces tremendas contusiones; pero es cierto que durante más de nueve años, en los que asistía a corridas de toros, no tuve noticia de un solo toreador que haya muerto a consecuencia de sus heridas. Sin embargo, como medida de precaución, un sacerdote provisto de los Santos Óleos presencia el espectáculo desde una especie de palco enrejado. Por lo efusión de sangre y los sufrimientos del prójimo, pero no con los peligros y el dolor. Podría hacerlos duros y crueles, pero no esforzados y valerosos.

Otra prueba de que semejante espectáculo no influye para nada en la moral de los que lo frecuentan, es que lo presencian mujeres jóvenes, ancianos, hombres de todas edades y caracteres, y ninguno se corrige de su debilidad, de su timidez, ni altera la dulzura de sus costumbres. Hay más. He conocido extranjeros tan agradables por su ingenio como por sus maneras que al principio experimentaban en las corridas de toros emociones tan violentas que les hacía palidecer y se impresionaban hasta sentirse indispuestos, pero acababan por  aficionarse.

Las corridas de toros, que ocasionan mucho gasto, rinden a los empresarios enormes ganancias. Las localidades más baratas cuestan 2 ó 4 reales, según sean de sol o de sombra. Las más caras llegan a valer veinticuatro reales. Cuando del producto se ha deducido el precio de los caballos, de los toros y el salario de los toreadores, el beneficio suele destinarse a fundaciones piadosas. En Madrid constituye uno de los principales ingresos del Hospital General.

Las corridas de toros se celebran casi siempre en verano, cuando se muestran esos animales más vigorosos y el clima permite los espectáculos al aire libre. Se condenan a esta especie de sacrificio castas privilegiadas. Y se distribuye a los espectadores una lista en la que se menciona el nombre y la procedencia de las víctimas, cuyos tormentos van a servir su diversión.

La arena es una especie de circo, alrededor del cual se escalonan veinte gradas, de las cuales sólo la de más arriba está cubierta; los palcos ocupan la parte superior del edificio. En algunas ciudades que no disponen de un lugar especialmente destinado para esos combates la plaza principal se convierte en plaza de toros. Es realmente impresionante ver todo un pueblo reunido en torno a ese circo, en espera de la señal que dé principio a la fiesta, con manifestaciones impacientes.

Comienza el espectáculo con una especie de paseo en torno de la plaza, donde se presentan, unos a caballo y otros a pie, los atletas que luego entablarán una lucha con el noble animal, vestidos con toda la elegancia del traje español; encajonados en la silla los picadores, con sombrero redondo y polainas de gamuza; los peones vestidos y calzados en forma ligera y lucida, con chaquetilla de seda de un color brillante y bordados.

Terminado el paseo, avanza gravemente por lo menos uno y con frecuencia dos alguaciles a caballo, vestidos de negro y con peluca, que van a pedir al presidente de la fiesta (el gobernador o el corregidor) la orden de principiar. Se da la señal, y en seguida el toro, encerrado hasta entonces en una especie de cabaña con puerta a la plaza, aparece. Los agentes de Temis, que nada tienen que dirimir con él, se apresuran a retirarse, y su terror, generalmente mal atendido por sus monturas, sirve de preludio al cruel placer de que van a disfrutar los espectadores.

El toro es acogido con gritos y ruidosas expresiones de alegría que lo aturden. Primero tiene que luchar con los combatientes montados, picadores, que lo esperan provistos de una larga lanza. Este ejercicio, para el que precisa tener a un tiempo destreza, puño y valor, nada tiene de denigrante. Antiguamente, los más nobles señores no desdeñaban entregarse a él, y aun hoy algunos hidalgos consideran honroso luchar a caballo con el toro.

Los picadores abren la escena. Con frecuencia el toro, sin haber sido provocado, se lanza sobre ellos, y todo el mundo augura favorablemente de su fiereza. Si a pesar del hierro agudo que responde al ataque vuelve a embestir, la gritería redobla: ya no es placer, ¡es entusiasmo! Pero si el toro, pacífico, sorprendido, gira cobardemente alrededor de la plaza, las voces y los silbidos le siguen, alternados con injurias y golpes dados desde la barrera, como si se tratase de un enemigo común que debe expiar un enorme crimen. Si no es posible avivar su coraje se le considera indigno de ser atormentado por los hombres, y los incesantes gritos de ¡perros!, ¡perros!, le suscitan nuevos enemigos. Se lanzan contra él enormes dogos que se le agarran al cuello y a las orejas. El animal recurre a sus armas naturales, y los perros van por el aire, caen sobre la arena, sorprendidos y a veces desgarrados; pero se recobran y se reanuda el combate, que suele terminar con el vencimiento del toro, al que remata el cachetero.

Si, por el contrario, se conduce con bravura, le aplauden los espectadores y recorre un camino más glorioso, pero también más doloroso y prolongado. El primer acto de su tragedia pertenece a los combatientes montados, y en él se animan los episodios más sangrientos y con frecuencia los más desagradables.

El irritado animal desafía el hierro que infiere a su cuello profundas heridas, se ceba en el inocente caballo que soporta el peso de su enemigo, le desgarra los costados y lo tumba en unión del jinete, quien correría grave peligro si unos combatientes a pie llamados chulos no acudieran a distraer y a provocar al toro agitando ante él capas de varios colores. Salvan al jinete derribado con riesgo propio, ya que a menudo el toro los persigue y han de poner  en juego toda su agilidad para librarse al tiempo que le tiran la capa, contra la que se ensaña la cólera del animal burlado, que algunas veces va derecho al bulto y el atleta no tiene más remedio que saltar rápidamente la barrera de seis pies de alto que forma el recinto interior de la arena. En varios puntos la barrera es doble y forma un pasillo en el cual no tiene nada que temer el toreador perseguido. A menudo el toro salta la barrera, pero, impulsado por su inquietud, recorre aquel círculo en busca de una salida que lo devuelve a la plaza, donde seguirá su tormento hasta la muerte. Donde la barrera no sea doble, si el toro consigue saltarla con un vigoroso impulso, se apodera de los espectadores más próximos una viva inquietud que les induce a precipitarse por las gradas superiores y su precipitación es a veces más peligrosa que la presencia del toro, porque al tropezar éste a cada paso en el suelo desigual se preocupa más de salvarse que de vengarse, y cae al fin bajo los golpes que se le dan a mansalva.

Aparte de estos casos, poco frecuentes, el toro vuelve de nuevo a la plaza. Su adversario, antes caído, tuvo tiempo suficiente para levantarse, y vuelve a montar en su jamelgo si éste no quedó inutilizado, y el ataque se reanuda. Pero con frecuencia el picador se ve obligado a cambiar varias veces de montura. He visto hasta ocho o diez caballos destripados por un toro caer y agonizar en el campo de batalla. En cuyo caso, faltan expresiones para celebrar tales proezas, que son, durante varios días, asunto predilecto de las conversaciones, Algunas veces los pobres caballos, modelo de paciencia, de valor y docilidad, ofrecen antes de sucumbir un espectáculo estremecedor. Se les ve andar, pisándose las tripas que salen ensangrentadas de un vientre desgarrado, aún obedientes a la mano que los conduce. La repugnancia se apodera entonces de los espectadores delicados y turba su placer.

Pero un acto nuevo se prepara. Cuando se juzgue que el toro ha sido suficientemente castigado por los picadores,éstos se retiran y empiezan las bárbaras excitaciones de los combatientes a pie, que se ponen delante del animal, y cuando éste se lanza sobre ellos le hunden en el morrillo, de dos en dos, las banderillas, especie de flechas terminadas en forma de anzuelo y provistas de pequeñas banderolas de papel coloreado. El furor del toro redobla; muge y se agita, y sus vanos esfuerzos consiguen sólo hacer más hiriente la flecha que desgarra sus carnes. Este último suplicio pone de relieve la agilidad de sus nuevos adversarios.

De pronto nos impresiona su audacia, que les permite afrontar de tan cerca los cuernos del temible animal, pero sus manos adiestradas actúan con tanta seguridad, y ellos escapan tan ágilmente al peligro, que, después de presenciar algunas corridas, sus prodigios de habilidad se reducen a un ligero episodio de la tragedia cuyo desenlace vamos a describir.

Cuando el vigor del toro se muestra casi agotado, su sangre brota por veinte heridas, corre a lo largo de su cuello y empapa sus costados robustos; cuando la impaciencia del pueblo reclama otra víctima, el presidente da la señal, pregonada por el toque de los clarines. El matador avanza y reina él solo en la escena; en una mano sostiene un larga espada, en la otra una especie de banderola que hace ondear ante su adversario. Ya están el uno frente al otro; se detienen; se observan mutuamente. La agilidad del matador burla varias veces el ímpetu del toro, y se aviva el placer expectante de los espectadores. A veces el toro se inmoviliza, rasca la arena con su pezuña y parece que medita su venganza. El toro en esa posición; el matador que calcula sus movimientos y adivina sus proyectos: forman un cuadro que un pincel hábil no desdeñaría. El silencio de la asamblea responde a esta escena muda. El matador asesta por fin el golpe mortal, y si el toro cae al instante, mil gritos celebran el triunfo del vencedor, pero si el toro se resiste a morir, álzanse murmullos no menos ruidosos al estallar. Al toreador, cuya gloria iba a remontarse hasta las nubes, se le considera un carnicero torpe. Pero pronto se procura el desquite. Su audacia llega hasta el furor ciego y hace temer por su vida. Por fin asesta un golpe bien dirigido. El animal vomita sangre a borbotones, lucha con la muerte, se tambalea, cae, y su vencedor se embriaga de gloria con los aplausos del pueblo. Tres mulas adornadas con campanillas y banderolas ponen fin a la escena. Se sujeta al toro por los cuernos que traicionaron su valor y el animal, poco antes furioso y soberbio, es arrastrado ignominiosamente fuera de la arena, donde sólo deja un rastro de sangre y un leve recuerdo, bien pronto desvanecido por la presencia de su sucesor.

En los días consagrados a estas fiestas se ven inmolar así (en Madrid por lo menos) seis toros por la mañana y doce por la tarde. Los últimos se reservan exclusivamente para el matador, quien, sin el concurso de los picadores, se ingenia para dar variedad al goce de los concurrentes. Tan pronto pone al toro en combate con algún extranjero intrépido que le ataca montado en otro toro, como lo deja que se las entienda con un oso. El último toro se reserva especialmente al populacho. Se le recubre las puntas de los cuernos con una envoltura redondeada que le quita gravedad al peligro. Así, el toro que llaman embolado pierde la condición de pinchar y desgarrar. Numerosos aficionados bajan al ruedo para atormentarlo cada uno a su manera y expían a menudo su cruel placer con violentas contusiones, pero el toro acaba siempre por caer ante las estocadas del matador.

Los espectadores que no comparten el encarnizamiento general lamentan que los pobres animales no libren al fin su vida, cruelmente atormentada por espacio de una hora, y los ayudarían gustosos a escapar a sus perseguidores. La sucesión de monótonas escenas hace languidecer el interés que el espectáculo ofrecía en el comienzo y nos recuerda las palabras de Plinio el Joven referente a los juegos circenses: «Nihil novum, nihil varium, nihil quod non semel spectasse sufficiat»; pero a juicio de los inteligentes que han estudiado a fondo las argucias del toro, los recursos de su habilidad y de su furor, las diferentes maneras de provocarlo, de burlarlo, de atormentarlo; ninguno de los lances tiene parecido con otro, y compadecen a los espectadores profanos que no saben apreciar su rica variedad.

Un maestro digno de componer un poema didáctico acerca de una materia en apariencia tan limitada y, sin embargo, tan fecunda, el famoso torero Pepe Hillo, acaba de publicar un tratado titulado La tauromaquia, o arte de torear, a pie y a caballo, obra muy útil, dice en el título, para los toreros de profesión y para los aficionados,única en su especie y deseada por el público. Al menos puede decirse de esta obra que el autor entiende acerca de lo que escribe.

Pasa con la tauromaquia como con todas las demás actividades, es decir, que el espíritu partidista distribuye las reputaciones y niega o exagera los éxitos obtenidos. Durante mi primera estancia en Madrid los aficionados se dividían en partidarios de Costillares y de Romero, dos famosos matadores, de la misma manera que en otros lugares se forman bandos entusiastas de dos actores célebres. Cada secta era tan enfática en sus elogios y exclusiva en sus decisiones, como los gluckistas y los puccinistas franceses. Es dificultoso persuadirse de que el arte de matar a un toro, que parece ser oficio solamente de carniceros, dé motivo a graves discusiones y se vea ensalzado hasta el delirio, no sólo por el vulgo, sino por hombres muy sensatos y mujeres primorosas. No juzguemos por ello desfavorable mente a los españoles. Su desenfrenada afición a las corridas de toros, el bárbaro goce que experimentan al ver derramada la sangre de tan inocentes y valerosos animales, no les impide tener sentimientos humanitarios y bondadosos. Al salir de sus festejos sanguinarios no aprecian menos la paz de un hogar feliz, las efusiones amistosas y las ternuras de amor; su valentía no se ha transformado por ello en ferocidad. En el siglo en que los lances de honor y los asesinatos eran más frecuentes no eran más aficionados que ahora a su espectáculo favorito. Sus costumbres se han dulcificado sin que haya disminuido esta pasión; antes bien, parece que se ha exaltado. El día de un combate taurino es un día solemne para toda la comarca. Se
acude de diez o doce leguas a la redonda. El artesano que apenas tiene lo necesario para subsistir cuenta con lo superfluo para consagrarlo a este espectáculo.

Durante el reinado de Carlos III, el Gobierno pareció darse cuenta de los inconvenientes de esta especie de frenesí, causa de desórdenes y disipación en un pueblo que necesitaba aficionarse al trabajo, desprestigio de la agricultura, a la cual privaba cada año de tantos recursos valiosos. El rey sentía personal aversión por las corridas de toros y deseaba que gradualmente renunciase a ese gusto la nación española. Su primer ministro, Floridablanca, mostróse dispuesto a secundar ese propósito. Se había empezado a restringir el número de esas fiestas en provincias, y en Madrid sólo se lidiaban ya toros débiles; de modo que faltaba el principal atractivo, pero ya se sospechaba que se reanimaría la afición cuando reinase Carlos IV.

Hay en España otra diversión, pálido reflejo de las corridas de toros, llamada fiesta de novillos, donde toros jóvenes destinados no a morir, sino a crecer todavía para proporcionar luego placeres menos inocentes, ensayan sus cuernecitos en la peligrosa misión que se les destina, entregados a la diversión de una cuadrilla de mozalbetes, aprendices como ellos.
El príncipe y la princesa de Asturias no se atrevían a contrariar francamente a los gustos del viejo Carlos III, pero no dejaban de asistir como curiosos a esas parodias de la gran tragedia, que más adelante merecería su protección. El principio de su reinado refrenda la conjetura. De mucho tiempo atrás no se presenció en Madrid ninguna de esas fiestas dadas por la corte que se llamaron fiestas reales. Eran corridas de toros a las que servía de escenario la plaza Mayor. La casa militar del rey presidía el buen orden. Sus alabarderos de a pie formaban el contorno interior de la escena, y sus largas armas prevenidas eran la única barrera que se oponía a los peligrosos caprichos del toro. Durante el reinado precedente sólo hubo una de esas fiestas reales. Se las creía abolidas. Pero la coronación del nuevo rey ha dado motivos para volver a ponerlas en boga. Las corridas de toros han recobrado el favor público. Se concede con mayor facilidad el permiso para celebrarlas en las ciudades que lo solicitan para dedicar su producto a obras de caridad.

Las de la capital han vuelto a ser mecedoras del entusiasmo que se adormecía y ha despertado. Desde 1789 volvieron a verse fiestas animadas y sanguinarias, como de tiempo atrás no se veían; y más de una vez un toro se ha quedado solo en la plaza después de destripar a todos los caballos y herido a la mayor parte de los toreros. Con la descripción de las fiestas de toros termino las observaciones que me propuse reseñar acerca de las costumbres y los gustos de la nación española y de mi prolongada estancia en Madrid. Conforme a ese relato de las normas, placeres y recursos de la capital, se puede convenir en que si un extranjero conoce bien la lengua (que no es dificultosa), le introducen en los círculos españoles (que son muy accesibles) y se familiariza con las costumbres del país (que ofrecen algunas particularidades, pero no chocan), si (finalmente) sólo ha de solicitar en Madrid las atenciones de alguna amable española: puede pasar el tiempo en esa capital agradablemente como en ningún otro pueblo de Europa.