

Nada contrasta más con la pretendida gravedad española que su baile favorito, el fandango, baile verdaderamente nacional, rebosante de expresión, del que los extranjeros se escandalizan al principio para terminar dejándose arrastrar por sus encantos.
Tan pronto como se inicia el fandango en un baile, todos los rostros se animan, e incluso los asistentes a los que su edad o su estado condenan a la inmovilidad, tienen que contenerse para no balancearse a su compás. Se ha imaginado un cuentecillo bastante ingenioso para dar una idea de su atractivo.
Cuéntase que la corte de Roma, escandalizada de que un país famoso por la pureza de su fe no hubiese condenado desde tiempo atrás ese baile profano, decidió hacerlo con toda solemnidad. Se reúne un consistorio y se entabla el proceso en regla del fandango. Se le iba ya a fulminar con una sentencia condenatoria, cuando uno de los jueces observa juiciosamente que no se debe condenar a un acusado sin verlo y oírlo. Se admite la observación y se hace presentar ante el tribunal a una pareja española de baile, que, al son de los instrumentos, despliega todos los matices del fandango. La severidad de los jueces no resiste a la prueba; poco a poco sus rostros austeros se muestran radiantes; se ponen en pie, sus piernas y brazos recobran la perdida flexibilidad. La sala del consistorio se transforma en sala de baile y el fandango, naturalmente, es absuelto.
Después de semejante triunfo, fácil es comprender que desdeña las reclamaciones de la decencia, y su imperio
parece estar sólidamente establecido. Sin embargo, cambia de carácter según los lugares en que se le admite. El
pueblo lo exige a menudo en el teatro y casi siempre sirve de final en los bailes particulares. En estos casos se limita
a marcar ligeramente la intención, pero en otras circunstancias, cuando un pequeño número de alegres
espectadores disipa los escrúpulos, esta intención es tan marcada que la voluptuosidad nos asalta; su aguijón hace
entonces palpitar los corazones juveniles y reanima los embotados sentidos del anciano. El fandango se baila sólo
entre dos personas, que nunca se tocan, ni siquiera con la mano. Pero viéndolas provocarse, tan pronto
aproximándose como alejándose, viendo cómo la bailarina, en el momento en que su languidez anuncia una próxima
gestos y actitudes las diversas emociones que experimentan, no es posible dejar de observar, ruborizándose, que
estas escenas son a los verdaderos combates de Citerea lo que las maniobras militares en tiempo de paz son al arte
de la guerra en la realidad.
Otra danza típica española son las seguidillas. Los bailarines son ocho; en cada ángulo las cuatro parejas desarrollan también, pero de pasada, los principales pasos del fandango. Una española que baila las seguidillas, vestida con su traje típico, acompañando a los instrumentos con las castañuelas y taconeando a compás con rara precisión, es uno de los agentes más seductores de que pueda servirse el amor para extender su imperio.
Los bailes particulares son bastante frecuentes en toda España. Hay en ellos una especie de presidente, llamado bastonero, que cuida de que reine el orden debido y está encargado de hacer bailar dos minués a cada asistente y arreglar las parejas en forma que todos queden lo más satisfechos posible.
En cuanto a las mascaradas y bailes típicos, están prohibidos en toda España desde el reinado de Felipe V. El conde de Aranda intentó hacerlos revivir en Madrid, pero estas diversiones no sobrevivieron a su gestión.