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Tarragona, Colonia de los Escipiones, fue durante mucho tiempo sede del gobierno romano en España. El mar lame sus murallas y forma un puerto pequeño cuya actividad ha disminuido mucho desde que aumentó su tráfico el de Reus, población moderna que, gracias Está situada unas cuatro leguas al noroeste de Tarragona, y entre las dos se extiende una de las llanuras más fértiles y mejor cultivadas de España. Los habitantes de Reus utilizan el puertecito de Saló para exportar sus frutas, vinos y aguardientes. La prosperidad de que gozan es una de las creaciones milagrosas de la industria, y bien merece que el viajero se desvíe algunas leguas para ser testigo de ella. Encontrará en Reus, bajo la dirección de una casa inglesa, una de las más hermosas fábricas de aguardientes de Europa, un teatro bastante bonito, hermosos cuarteles y por todas partes indicios de abundancia y actividad.

Los tarraconenses luchan cuanto pueden contra estos jóvenes rivales. Deseosos de devolver a su puerto la prosperidad primitiva, empezaron a mejorarlo por cuenta propia y corte los ayudó en esta empresa mediante algunas concesiones y la exención de varios impuestos. La guerra no hizo paralizar esta empresa patriótica. Tarragona fue antiguamente plaza fuerte y aún conserva una parte de sus antiguas murallas. Cuando pasé, en 1793, se acababa de construir un fuerte con múltiples troneras tuyo objeto era defender al menos los accesos a la playa. Se puede seguir el camino de Barcelona sin entrar en Tarragona; pero el deseo de conocer esa ciudad famosa me impulsó a subir hasta ella por un sendero abrupto. Quedé admirado de la hermosura de su emplazamiento, pero su interior me pareció triste y desolado. Sus accesos erizados de rocas, extremadamente penosos para los coches. Su catedral, sostenida por enormes pilares, es hermosa pero sombría.Abundan en Tarragona los restos de monumentos de la antigüedad, como son los de un circo, un anfiteatro, las ruinas de un palacio del emperador Augusto, numerosas inscripciones romanas y, sobre todo, los vestigios de un acueducto de seis a siete leguas de recorrido, de cuya restauración se habló en 1782.

Saliendo por la puerta que conduce a Barcelona, más que descender buenamente nos precipitamos hacia el camino real. Las cercanías de Tarragona son risueñas y pobladas. Es una serie casi ininterrumpida de lindas casas desde la ciudad hasta el caserío de la Figareta, que está a menos de una legua. A dos leguas de allí se pasa bajo un hermoso arco de triunfo que debió ser construido, en la remota antigüedad, para conmemorar alguna hazaña en un sitio frecuentado entonces, y aislado ahora, en medio del campo. Está bastante bien conservado, excepto sus capiteles, que parecen haber sido de orden corintio y que se ha tratado de remozar. Los sabios españoles aseguran que este arco es de la época de Trajano. A una legua a la derecha del camino hay otro monumento, mucho más deteriorado, llamado la torre de los Escipiones, porque afirma la tradición que dos romanos de este nombre están enterrados allí. Aunque los estragos del tiempo han desgastado todos los contornos, aún se distinguen las figuras de dos esclavos en actitud de duelo.

Un poco más allá del arco de triunfo encontramos la linda aldea de Altafulla, perfectamente situada; y Torredembarra, construida ésta sobre una altura junto al mar. Tiene una especie de puerto o rada donde se refugian algunas barcas. Toda esta comarca, que recorrimos en los primeros días de marzo (la juventud del año en Cataluña), tiene singular agrado por lo benigno de su clima, lo variado de su cultivo y la belleza de varios parajes; sólo falta que los caminos sea menos abruptos.

Cuatro leguas más allá de Torredembarra está Vendrell, pueblo importante, donde vi con agrado una verdadera casa de campo muy bien situada. Me informaron de que la construyó y habitaba siempre en ella, un señor Pedro de Soutes, modesto agricultor que, en contra de la costumbre de la mayoría de sus compatriotas, había adoptado por completo la vida campestre. En una región en que el buen tiempo dura nueve o diez meses, y en que no logra el invierno despojar al campo de sus galas, es lamentable que sean tan poco admitido este género de vida.

Pasado Vendrell, se atraviesa una comarca bastante árida hasta llegar a la linda población de Villafranca, al salir de la cual se tiene enfrente una cordillera que abarca casi todo el horizonte. Allí está el famoso Montserrat, asilo escarpado y solitario de esos religiosos que han merecido la atención de más de un viajero.

El monasterio de Montserrat dista ocho leguas de Barcelona. Lo único notable que hay en el trayecto es la villa de Tarrasa, renombrada por sus fábricas de paños finos. En la ladera de alta montaña está situado el monasterio unido a la iglesia, que es uno de los monumentos religiosos más notables. Contiene ochenta lámparas de plata, candelabros, relicarios, bustos del mismo metal; coronas con piedras preciosas, magníficos ornamentos, etcétera. Los guardianes de tanta riqueza son trece o catorce. Sus ermitas están esparcidas por la montaña y ocupan un espacio de cerca de dos leguas hasta la cumbre. La más elevada, la de San Jerónimo, disfruta de un panorama espléndido sobre llanuras inmensas. Desde allí se divisan algunos ríos cuyo curso puede seguir la mirada; ciudades, islas y el mar inmenso. Los habitantes de estos solitarios retiros llevan una vida apacible, tranquila, hasta agradable, sin trabajo obligado, sin inquietudes por la subsistencia y sin remordimiento, pero no sin austeridad. En medio de sus riquezas, en el seno de la abundancia, se limitan a una feliz medianía, y la hospitalidad que ejercen para con los visitantes, casi es el único dispendio.