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De Molins de Rey a Barcelona hay cuatro leguas de hermoso camino. Nada tan risueño, feraz y animado como las cercanías de la capital, digna por todos conceptos de ser visitada. Su puerto, aunque no muy amplio ni muy bien construido, aumenta su importancia y su grata de bahía, entre la ciudadela de Montjuich, la ciudad y la Barceloneta, barrio moderno muralla de mar es lo más interesante de Barcelona, porque forma una especie de terraza que se extiende a lo largo del puerto: La Lonja, edificio reciente en que hay reunidas una Escuela de dibujo, una de pilotaje y otra de comercio; la Capitanía General, que, a pesar de sus defectos, tiene un aspecto majestuoso, y principalmente la magnífica aduana nueva que acaba de ser construida en 1793; son los monumentos arquitectónicos más notables.

No hay ciudad en España tan activa y con tanta industria. En ninguna parte ha sido tan sensible el crecimiento de población si es cierto, como se asegura, que en 1715 Barcelona sólo tenía 37.000 almas y a raíz del desembarco de Carlos III en 1759, eran sus habitantes 53.000. Hoy tiene 114.410. Lo que hace verosímil esta rápida prosperidad es el sinnúmero de edificios construidos desde algunos años a esta parte, no sólo en el interior, sino también y sobre todo en los alrededores; tanto es así, que pocas ciudades francesas aventajan a Barcelona por el número y atractivo de sus casas de campo. Marsella, que podría comparársele en varios aspectos y que en algunos le lleva ventaja, no admite comparación en sus alrededores, donde se descubre a la vez un hermoso paisaje, un cultivo muy variado, la actividad industrial y todos los síntomas de la abundancia. Y aún hemos de añadir a los encantos de tales cercanías las ventajas de un suelo feraz y de un clima que, sin llegar a tórrido, permite el crecimiento de todas las producciones típicas de los países cálidos. Hay abundancia de extranjeros; numerosa guarnición; elementos educativos que ofrecen algunos centros literarios; una sala de anatomía; algunas bibliotecas públicas y un pequeño Museo de Historia Natural que Tournefort aumentó con una valiosa colección de selección de las curiosidades de los tres reinos de la naturaleza, puede inspirar envidia a más de un pequeño soberano. También tiene Barcelona hermosos paseos, numerosas y selectas sociedades y esa variedad de ocupaciones que presentan el comercio y la industria, etcétera. Debemos reconocer que pocas ciudades europeas ofrecen tanto atractivo y recursos como Barcelona. Sin embargo no es, ni mucho menos, lo que podría ser.

Los aficionados a las bellas artes podrán admirar tres cuadros de Mengs, y los arqueólogos seis columnas acanaladas de orden corintio, restos de un soberbio edificio que no se sabe cómo existió, y acerca de su pasado no se pusieron aún de acuerdo los eruditos; las ruinas de un anfiteatro; las de una casa de baños; varios fragmentos de estatuas antiguas y, en fin, multitud de lápidas que desafían aún la sagacidad de los investigadores.

En lo militar Barcelona es también importante. Recuérdese la prolongada resistencia que opuso en 1714 al mariscal de Berwick y el interés que ponía Felipe V en su conquista, sin la cual no se hubiese creído afirmado en el trono de España. Durante la guerra que recientemente ha terminado los generales franceses aspiraban a la conquista de Barcelona, considerando su posesión como acontecimiento decisivo. Debe su fuerza a la ciudadela que la defiende por su parte oriental y a Montjuich, que la domina y protege por la parte de poniente. Montjuich es una montaña bastante elevada en cuya cima hay un castillo que puede contener una numerosa guarnición. Artillado con mucho esmero por la parte de la ciudad, es muy escarpada por la marina su posición. A primera vista infunde verdadero res¬peto, pero las observaciones de un práctico lo juzgan demasiado extenso y recargado por otras más dispendiosas y macizas que eficaces, sobre todo, excesivamente elevado para infundir temor a un ejército que lo sitiara acampado en la llanura.

Barcelona debe principalmente su esplendor y su riqueza a su actividad y sus numerosas fábricas. Las más notables son las de indianas, de las que hay hasta ciento cincuenta. Las de encaje, blondas, cintas y telas de hilo, dan ocupación a doce mil obreros y otros tantos se e emplean en los diversos trabajos de la seda, como galones, cintas y tejidos de varias clases.

La población de Cataluña es de almas 1.200.000. Por muy favorecida que esté por la naturaleza, por mucho que la industria la vivifique en general, nos formaríamos una idea demasiado lisonjera acerca de esta región si la juzgáramos por su capital y sus costas. El interior contiene varias comarcas desiertas y algunas que difícilmente se librarían de su esterilidad, pero la industria se ha infiltrado hasta los últimos rincones. A pesar de las talas, que a partir de Fernando VI se han incrementado por diversas razones de inmediata utilidad, sus bosques contienen aún la suficiente madera para la calefacción, para el consumo de las fábricas e incluso para la construcción de navíos, aunque recibe mucha madera de Rusia, de Holanda, de Inglaterra y de Italia. El árbol más abundante de sus bosques es el alcornoque; todos los años salen hasta veinticinco barcos cargados de corcho con destino a los países nórdicos, y muchos tapones de la misma materia para París. Se me asegura que algunos obreros hacen hasta cuatro mil tapones diarios. También se da mucho el nogal, muy usado en carpintería y ebanistería, y una inmensa cantidad de almendros, avellanos, higueras, naranjos, etcétera, cuyos frutos se exportan en abundancia a los países nórdicos. La única madera que no se encuentra, con la abundancia que sería de desear, por lo mucho que se necesita, es la que se emplea para hacer duelas.

A pesar del floreciente estado en que se encuentra actualmente Cataluña, está menos poblada y quizá cuente con menos industria que en el siglo xv. En aquella época, los paños catalanes llegaban a Nápoles, a Sicilia y hasta a Alejandría. Los catalanes modernos, hay que reconocerlo, se preocupan más de fabricar mucho que de fabricar bien. A pesar de la excelente calidad de las materias primas que emplean, los productos que salen de sus manos no son modelos de buen gusto ni de trabajo perfecto. Además, los caminos, ese gran auxiliar del comercio, están generalmente muy descuidados. Tampoco se ha sacado todo el partido posible de los recursos que ofrece el suelo, ni mucho menos. ¡Qué variedad de mármoles encierra! ¡Cuántas minas que podrían explotarse! Hay algunas, sobre todo de carbón de piedra, cuya explotación, varias veces propuesta, ha tropezado siempre con dificultades. Entre otras se ha descubierto una muy productiva en Montañola, en la diócesis de Vich.

Después de Barcelona, la ciudad más importante de Cataluña es Lérida, a veinticinco leguas de distancia. En el espacio que las separa se encuentran villas y aldeas de hora en hora, salvo en las cuatro últimas leguas. Las cinco primeras recorren una comarca enriquecida por los dones de la naturaleza y los éxitos de la industria; y las cuatro siguientes demuestran mejor que ninguna otra zona la emprendedora actividad de los catalanes.

Más lejos encontramos el Noia, río de poca anchura y tortuoso cauce, que se vadea una docena de veces; que a menudo inunda la comarca, de la que no deja de ser agente fecundador. Es útil para el trabajo de muchas fábricas y sobre todo para la mayor parte de las numerosas de papel que abastecen a una gran parte de España y de las Indias. Esta industria ha hecho, en menos de dieciséis años, asombrosos progresos. En 1777 Cataluña sólo tenía ciento doce fábricas de papel. En 1788 llegaron a ser más de trescientas, y se calcula que produce anualmente más de un millón de piastras de beneficio.
Siguiendo el camino de Barcelona a Lérida, se pasa por las ciudades de Igualada y Cervera. La comarca que las separa no es tan hermosa ni está tan bien cultivada. Cervera, construida sobre una altura, con amplio horizonte, pertenece a la diócesis de Solsona, que, a pesar de tener una parte montañosa, es en todo el resto muy fértil en cereales y legumbres.

Cervera, ciudad de cinco mil almas, tiene una universidad muy frecuentada que fundó Felipe V al suprimir todas las de Cataluña; pues el resentimiento del vencedor irritado por una larga resistencia se hizo notar en variados aspectos. Pero Cataluña, objeto de supresiones y reformas de todo género, supo burlar los cálculos inspirados por el afán de venganza. Despojada de sus privilegios, sometida a una clase especial de imposiciones, no por eso deja de ser la región más industriosa y activa de España, y los fieles castellanos tienen más de un motivo para envidiar a los rebeldes. Por eso, los catalanes y los castellanos han formado hasta nuestros días dos pueblos distintos que rivalizan entre sí y llegan hasta odiarse, pero que en la última guerra han unido sus esfuerzos y sus propósitos convencidos por la corte y la Iglesia de que luchaban por una causa común.

La diócesis de Solsona se resiente de su lejanía de la capital y de las costas, lo que obliga a realizar esfuerzos mayores para sostener la industria. El obispo los ha realizado, y con éxito, y dio aliento a la ciudad donde reside. Se trabaja el hierro con buenos resultados; la orfebrería, las telas de algodón y los encajes ocupan a gran parte de sus habitantes. La agricultura es muy cuidada en sus cercanías y no se conocen los barbechos. No sucede como en otros sitios en que los viñedos prosperan a costa de los cereales: aquí ambos cultivos se unen sin que se perjudiquen mutuamente.
Cardona, villa de la misma diócesis, tiene en su territorio, convertido por mano del hombre en terreno muy fértil, una mina de sal, conocida por todos los naturalistas, quizá la única de esta clase que hay en Europa.

Lérida está situada en la extremidad occidental de Cataluña. En la llanura que la rodea abundan los cereales, el cáñamo, los olivos, las viñas, las frutas y legumbres de todas clases. Algunos canales de riego, que demuestran la actividad industriosa de sus habitantes, aumentan la fertilidad de la llanura, ensalzada en otro tiempo por el poeta latino Claudiano.
Se entra en la ciudad por un bello puente sobre el Segre, que la baña por su parte orien tal. Está situada al pie de una colina en la que se ven las ruinas de un castillo que antiguamente fue muy poderoso. El curso de este río, cuyos caprichos y desbordamientos opusieron a César, hace dieciocho siglos, obstáculos que sólo pudo vencer a fuerza de constancia y de genio, es a menudo un desastre para la comarca que riega. La ciudad de Lérida es la más expuesta a sus estragos, y para impedirlos, el actual gobernador, general Drouhot, de origen flamenco, ha hecho construir un dique que contribuye a aumentar su belleza.

Antes de llegar a Lérida, el Segre, que nace al pie de los Pirineos, atraviesa la llanura de Urgel, la más fértil en cereales de toda Cataluña. Pero toda la parte occidental de esta región carece de buenas comunicaciones. Por las deficiencias de sus caminos, el transporte de sus ricos y numerosos productos ha de hacerse sobre mulos.