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A partir de la capital son muy florecientes la industria y la población todo a lo largo de la costa. Badalona, sólo a una legua de Barcelona, nos da el primer ejemplo. Cuatro leguas escasas más allá se atraviesa la linda ciudad de Mataró, notable por su limpieza y sus actividades. No tiene arriba de nueve mil almas, pero sus fábricas de algodones, sederías y, sobre todo, encajes; el floreciente cultivo de su territorio, y su comercio, especialmente el de vinos, hacen que sea uno de los lugares más importantes de esta costa.

El camino de Barcelona a Mataró es muy agradable, pero nada en toda España me ha parecido comparable a la deliciosa jornada siguiente. Un camino nuevo, que sigue las sinuosidades de la costa, subiendo y bajando las laderas, a veces escarpadas, de los cerros excavados en la roca en algunos lugares, atraviesa lindas poblaciones que, por la construcción de sus casas decoradas con sencillez, su limpieza y hasta por la actividad industriosa de sus habitantes, recuerdan las comarcas más agradables de Holanda. Olvidad la atmósfera brumosa de esta última región, prestadle imaginariamente el clima deliciosamente templado de los países cálidos refrescados por la brisa marina, substituid el curso triste y silencioso de los estrechos y gangosos canales de Batavia por el agitado movimiento de las olas, conservad todo  lo que la industria nos ofrece de atractivo, y tendréis una idea del camino de Barcelona a Malgrat.Algunas de estas poblaciones, que contrastan notablemente con el resto de España, merecen ser recordadas.

Después de Mataró está Arenys de Mar, en donde empieza la diócesis de Gerona y que tiene un pequeño astillero y una Escuela de pilotaje; Canet de Mar, villa muy bien situada cuyos habitantes comercian no sólo con toda España sino con las Indias Occidentales, y se ocupan con éxito de la fabricación de encajes. San Poi, moderna población que crece rápidamente animada por su fecunda industria; Calella, uno de los más lindos lugares de la costa donde se trabaja bien el algodón, la seda y los encajes. Pineda y, por fin, Malgrat, tras el cual se deja este camino delicioso y las orillas del mar, para adentrarse en una región agreste.

Antes de llegar a Gerona hay que atravesar una comarca montañosa en que alternan los bosques y la maleza. Gerona está dividida en dos partes desiguales por el Ter, que se cruza sobre un puente, pero que se puede vadear casi de continuo. Esta ciudad, famosa en las guerras modernas de España, no anunciaba en marzo de 1793 ningún preparativo militar, lo que me confirmó en la idea -que luego no he abandonado- de que el Gobierno español no tenía concebido el proyecto de romper con la república francesa. La diócesis a que Gerona da su nombre, es una de las comarcas mejor cultivadas y más florecientes de toda España. La parte próxima al mar produce abundante vino, limones, naranjas y toda clase de cereales. La parte montañosa está cubierta de viñas, trigales y olivares. En la parte de bosque se encuentran sobre todo muchos alcornoques, cuyo corcho es una riqueza considerable. Pocos pueblos de esta diócesis dejan de tener abundancia en sus productos y actividad en sus habitantes. El Ampurdán, que forma su parte septentrional, es una vasta
llanura muy fértil en toda clase de cereales y frutos.

Hay en la misma diócesis una villa cuyo nombre es apenas conocido; se trata de Olot, situada cerca del nacimiento del Fluviá. Esta villa merece ser destacada por la enorme acti vidad de sus habitantes. Allí no hay nadie ocioso y casi no existe una fabricación que no adopten. Hay cien telares de medias, manufacturas de paños, de ratinas, de papel, de jabón, de naipes, etcétera.

A dos leguas y media de atravesar una linda comarca y cruzar un río, se llega a la Madrina, el mesón más sucio y más caro del trayecto, pero que ofrece con el cerro que lo domina un conjunto muy agradable. De la Madrina a Figueras, sitio donde dormimos por última vez en España, el terreno aparece bastante cubierto y, si exceptuamos algunos matorrales, bien cultivado. Hay campos de trigo, altramuz, y lino; pero lo que predomina son los olivares y los viñedos. Se atraviesan algunos ríos que durante la mayor parte del año solo llevan un hilito de agua que se desliza sobre un amplio lecho de arena; y en esto se parecen casi todos los ríos que de los Pirineos van a parar al Mediterráneo, tanto en esta parte de Cataluña como en el Rosellón. Así es el Fluviá, que vadeamos dos leguas antes de Figueras. Sus orillas estaban entonces tranquilas, como en el seno de la más profunda paz. Nada anunciaba que pronto iban a convertirse en principal teatro de las operaciones militares de los ejércitos español y francés.

Cuando pasé por allí en 1793, se esperaba de un momento al otro al general Ricardos, nombrado comandante en jefe de la región catalana. Figueras, ciudad abierta que no debemos confundir con su castillo, no tenía entonces más guarnición que 1.700 infantes y trescientos jinetes, y en sus proximidades sólo había cinco mil infantes. ¡Para que luego digan que España se proponía invadir el Rosellón! Aún se trabajaba en las fortificaciones del castillo, situado a menos de un cuarto de legua de la ciudad, sobre una altura. Contenía ya gran reserva de artillería y todas las provisiones de boca y de guerra que al pasar año y medio caerían en poder de los republicanos franceses.

Al principio de la guerra los españoles, debido a un conjunto de circunstancias, entre las cuales no seré tan injusto que olvide su valentía, realizaron progresos en nuestro territorio. Penetraron, al occidente de Bellegarde, por el desfiladero de los Orts, en Saint Laurent de Cerda, pueblo empotrado en las gargantas pirenaicas, refugio de contrabandistas y ciudadanos muy poco afectos a la república francesa. Desde allí invadieron los distritos de Prades y de Ceret, obligando a capitular al castillo de Bellegarde. Llegaron sus amenazas muy cerca de Perpiñán, y, volviendo de repente hacia el mar, consiguieron apoderarse de Elne, Colliure y de Port Vendres. Tales triunfos no fueron muy duraderos. El ejército francés venció los obstáculos que se le oponían. Después de la batalla, en la que perdió la vida el conde de la Unión, se rindió el castillo de Figueras, donde se habían refugiado los restos de sus tropas. Cuando, en 1793, pasé por allí no pude penetrar en la fortaleza, donde sólo era permitida la entrada a los trescientos obreros que acudían diariamente para terminar su construcción, y tuve que contentarme con dar un rodeo a lo largo de sus murallas y por el camino cubierto de sus obras exteriores. Dos años después pude realizar mi deseo.

La fortaleza de Figueras fue comenzada por Fernando VI, quien se propuso que fuese una obra maestra de fortificación. Lo fue, por lo menos, de lujo defensivo. Todos los mili tares que la han visto coinciden en afirmar que ninguna plaza europea ha sido provista con tanta abundancia de toda clase de medios de defensa, y al entrar los sitiadores pudieran darse cuenta de ello. Todas sus murallas, tanto las de perímetro como las obras exteriores, eran de piedra de sillería con más de una toesa de espesor. Sus fosos eran profundos y su anchura pasaba de cien pasos. Sus aproches, desde el único lado atacable, se hallaban minados; su defensa principal no era visible desde ningún punto del exterior; todo estaba acasamatado: murallas, cuarteles, hospital, establos, cuevas, almacenes, etcétera. No faltaban los víveres en proporción a estos recursos defensivos. El agua se conservaba en cuatro grandes cisternas excavadas en los cuatro ángulos de parada; eran abastecidas por un acueducto. Se habían almacenado provisiones de todas clases en enorme cantidad: barriles de harina, galletas, quesos, bacalao, aceite, aguardiente, etcétera.

Después de apoderarse del castillo de Figueras, el ejército francés se corrió por las proximidades, desde La Junquera hasta las orillas del Fluviá. Pero para poder ocupar el Ampurdán y asegurarse el suministro de víveres por vía marítima necesitaba el puerto y la fortaleza de Rosas y el fortín de la Trinidad, llamado por los franceses el Botón.

Rosas dista de Figueras cuatro leguas, y al ir crucé por Vilabertrán y Perelada, una hermosa comarca. Situado el Botón en la falda de los Pirineos, que allí se hunden ya en el mar, parece a cierta distancia un viejo castillo en ruinas. De más cerca se descubre sobre una llanura el castillo de Rosas, cuyas defensas consisten en una doble fila de murallas sin foso, ni camino cubierto, ni glacis. Este castillo sólo hubiera opuesto una breve resistencia, sin la ayuda que le prestó una escuadra española anclada en la extensa bahía, sobre cuyas márgenes, en semicírculo, se asientan el castillo, el pueblo y el Botón, que se alza sobre abruptas rocas y fue construido con el doble objeto de defender la entrada de la bahía y proteger la pequeña plaza de Rosas a la distancia de un cuarto de legua. Tiene en su parte superior un faro, que sirve a los navegantes de guía contra los escollos. Aunque su recinto es muy reducido, contaba en sus tres plataformas escalonadas con bastantes defensas que sostuvieron contra los franceses una lucha bastante prolongada; y al capitular tuvo tiempo la guarnición para librarse por escaleras de cuerda que permitieron bajar a la playa, donde las chalupas de la escuadra ofrecían el salvamento. Al entrar encontraron cadáveres; y hasta después de posesionarse del Botón, el ejército francés no pudo acudir a la conquista de Rosas.

Este puerto es poco frecuentado, a pesar de ser su extensión inmensa, en la que pueden anclar hasta los mayores navíos. Pero la entrada en la bahía es demasiado abierta para que las embarcaciones queden bien protegidas contra los vientos y los ataques del exterior. La comarca, próxima en dirección a los Pirineos, me pareció digna de ser visitada por su pintoresca visualidad. Alejándome de la fortaleza, hube de trasponer la gigantesca mole montañosa que separa la bahía de Rosas de la que se le opone al norte, a la cual se llega por mar después de un largo rodeo, doblando el cabo de Creus. Recorrí dos leguas de penoso camino para llegar a Selva Alta, pueblo enterrado entre peñas. Media legua más allá encontrarnos Selva Baja, bastante mayor, a la orilla de la bahía, con un puertecito que no carece de actividad. En sus cercanías se cosecha un vino generoso tan agradable de gusto como de color y que, entre los vinos de postre, ocuparía un lugar intermedio entre el de Jerez y el de Frontignan.

Para volver de La Selva a Figueras hay que seguir los escarpados flancos de la bahía. Luego se desciende a la encantadora cuenca en que está situado el pueblo de Llansá, y al cruzarla contemplamos los cerros cubiertos de viñedos que la rodean; después de haber ascendido hasta un vetusto castillo, divisamos la villa de Perelada y, en el término del horizonte, un camino que sube serpenteando desde la población al fuerte de Figueras.

La contemplación del bello Ampurdán provoca siempre en un filántropo la melancolía, porque deplora que las comarcas más fértiles hayan de ser teatro de los estragos de la guerra: Flandes, el Palatinado, Lombardía. Era necesaria toda la ambición de gloria y de dominio de una Catalina II para llevar esta plaga a los desiertos, entre peñascos, ente los frígidos lagos de Finlandia; pero los ampurdaneses no tuvieron mucho que lamentar durante la permanencia del ejército francés, porque sólo se causaron los daños inevitables, y entre los acantonamientos de las tropas los campos continuaban en pleno cultivo. En las cercanías de Rosas reverdecían las cepas junto a los agujeros producidos por los obuses, y en los cerros próximos a Figueras quedaban olivares casi completamente intactos. Las tropas acampadas bajo los olivos disponían solamente de los troncos estériles o secos. La filosofía se aúna en cierto modo con el terrible arte militar, por esencia destructor, cuando una buena disciplina prohíbe los excesos vengadores.

Pero digamos toda la verdad. En esos accesos de furor a que incita el choque duro con una firme resistencia, en la embriaguez del triunfo, se cometieron, tanto en Cataluña como en Vasconia, crueldades que denigran al espíritu recto, y que una política humanitaria debió impedir. En Euguy y en Orbaiceta, de Navarra, y en San Lorenzo de la Muga, pocas leguas al noroeste de Figueras, España tenía fundiciones muy valiosas para sus arsenales, y los ejércitos franceses las trataron como si fuesen Portsmouth o Plymouth, sin dejar piedra sobre piedra.

Pero ya es hora de alejarse de Cataluña y dar término al viaje.

Desde Figueras se ven claramente los Pirineos, mejor dicho, estamos a su pie. Ramificación de los Pirineos son los cerros que dominan, a distancia, la altura en que está situada Figueras y que van a hundirse en el mar por el cabo de Palamós. Al Ampurdán, así limitado, lo riegan, sobre todo de noroeste a sudeste, varios ríos y arroyos vadeables casi todo el año, pero que aumentan prodigiosamente su caudal con el deshielo y las lluvias de primavera. En abril de 1795 fui testigo de uno de estos desbordamientos periódicos. Después de un chaparrón de tres días vimos todos los ríos secundarios entre el Fluviá y Figueras, y el mismo Fluviá, salirse de madre y hacer las comunicaciones muy dificultosas. En España esto es frecuente, sobre todo en Cataluña, donde una inundación imprevista del Segre, el Cinca y otros ríos afluentes opuso a las operaciones de César obstáculos que sólo pudo superar con gigantescos trabajos.

El camino de Figueras a La Junquera es delicioso. Primero se sigue la cadena de cerros, fértiles en su mayoría, cerca de Figueras. Una vez pasada la aldea Pont de Molins empieza la serie de alturas en que los españoles habían construido sus reductos. Algunos de ellos están a la orilla, pero al otro lado del Llobregat, que viene desde el pie de las montañas de Bellegarde y que atravesamos dos veces sobre lindos puentes. Poco después de haber dejado los reductos atrás y traspuesto ya un cerro, aparecen a nuestra vista montañas, una de las cuales corona Bellegarde, y a su pie La Junquera sometida en absoluto a los disparos de la amenazadora fortaleza.

La Junquera, situada a la entrada de un valle que va ensanchándose poco a poco hacia la parte de Cataluña, no tiene otros recursos que los del cultivo del alcornoque. Hay media legua larga desde La Junquera hasta el lugar donde se encuentra primero una casita aislada, cerca de la cual, aún en 1793, había dos columnitas que formaban el límite entre Francia y España. Una con el escudo y la corona del Rey Católico, y la otra con el nombre de la República Francesa y sus atributos, que acababan de ser allí esculpidos.

Antes de llegar al Boulou, primera posta francesa, se pasa junto al Tech, pequeño río que baja de los Pirineos, riega Prat de Molló y desemboca en el mar pasado Colliure. En 1793 aún era penoso vadearlo, y disgustaba la presencia de unos hombres, en camisa, metidos en el agua hasta la cintura para empujar, a fuerza de brazos, los coches de pasajeros hasta la otra orilla. La guerra, que asoló sus proximidades, le proporcionó un puente de madera que, después de servir durante dos años para el paso de un ejército, favorece ahora comunicaciones pacíficas.

Me detengo en el Boulou, a un tiro de fusil del Tech, y, desde tierra de Francia, dirijo por última vez los ojos hacia el hermoso país que acabo de abandonar, y deseo darle a conocer, ofreciendo a los que me lean la recapitulación de mis observaciones, de mis conjeturas y de mis deseos.