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Su capital, sin ser una hermosa ciudad, es muy agradable, sobre todo de varios años a esta parte, por haberse establecido un servicio de vigilancia que se ocupa de su hermoseamiento y de su policía. Sus calles, que no están pavimentadas, presentan una extremada pulcritud. La basura que retiran con mucha frecuencia de la ciudad sirve de abono para la huerta que por todas partes la circunda. La miseria y la vagancia están telares de sedería daban ocupación a más de veinte mil habitantes, sin contar los que trabajaban las maderas y hierros de tanta maquinaria, los que devanan la seda, la hilan, la tiñen, etcétera.

Esta prosperidad no ha dejado de aumentar desde entonces y me han informado que actualmente (1796) hay en Valencia ocho mil telares de todas clases. El Gobierno no deja de favorecer esta industria. La guerra exigió dos levas extraordinarias que en España llaman quintas. La corte española ha exceptuado del sorteo a todos los mozos que estuviesen empleados en fábricas de seda, y esta excepción ha correspondido a más de tres mil personas en la capital valenciana. Pero no es ésta la única ocupación de los valencianos. También proporcionan una cantidad considerable de cáñamo a los arsenales del rey. Sus vinos y aguardientes salen en abundancia, no sólo para Inglaerra, las islas Jersey, Holanda y el Norte, pasando por Dunkerque, donde se manufacturaba hace algunos años la mayor parte de los aguardientes valencianos, sino también, desde algunos años acá, para la América española. Los vinos y aguardientes valencianos suben por el Loira hasta cerca de Orleans, pues los comerciantes franceses gustan de unir el aguardiente valenciano al francés, y mezclan los vinos para darles más color.

Su capital, sin ser una hermosa ciudad, es muy agradable, sobre todo de varios años a esta parte, por haberse establecido un servicio de vigilancia que se ocupa de su hermoseamiento y de su policía. Sus calles, que no están pavimentadas, presentan una extremada pulcritud. La basura que retiran con mucha frecuencia de la ciudad sirve de abono para la huerta que por todas partes la circunda. La miseria y la vagancia están telares de sedería daban ocupación a más de veinte mil habitantes, sin contar los que trabajaban las maderas y hierros de tanta maquinaria, los que devanan la seda, la hilan, la tiñen, etcétera.

Esta prosperidad no ha dejado de aumentar desde entonces y me han informado que actualmente (1796) hay en Valencia ocho mil telares de todas clases. El Gobierno no deja de favorecer esta industria. La guerra exigió dos levas extraordinarias que en España llaman quintas. La corte española ha exceptuado del sorteo a todos los mozos que estuviesen empleados en fábricas de seda, y esta excepción ha correspondido a más de tres mil personas en la capital valenciana.Pero no es ésta la única ocupación de los valencianos. También proporcionan una cantidad considerable de cáñamo a los arsenales del rey.

Sus vinos y aguardientes salen en abundancia, no sólo para Inglaterra, las islas Jersey, Holanda y el Norte, pasando por Dunkerque, donde se manufacturaba hace algunos años la mayor parte de los aguardientes valencianos, sino también, desde algunos años acá, para la América española. Los vinos y aguardientes valencianos suben por el Loira hasta cerca de Orleans, pues los comerciantes franceses gustan de unir el aguardiente valenciano al francés, y mezclan los vinos para darles más color.

Otra de las fuentes de riqueza de Valencia es el arroz, pero su cultivo altera la salubridad del clima. Sin embargo, disponen de medios para precaverse contra la influencia malsana. He conocido a algunos que vivían impunemente en medio de sus arrozales a condición de salir solamente a las horas de sol, cerrar bien sus viviendas por la noche y privarse casi por completo de beber agua; pero los que no tienen tantas precauciones son víctimas de cumplir los reglamentos. Su prestigio y algunas veces hasta su seguridad personal se ven comprometidos, y la ley se elude con frecuencia. Las cosechas de arroz son prodigiosas. La enorme demanda ha encarecido el producto y los cultivadores aseguran que la cosecha del arroz en el reino de Valencia produce por lo menos treinta o treinta y dos millones de reales.

Otra producción característica de los reinos de Valencia y Murcia es la barrilla, elemento esencial para la fabricación de espejos. Se cosechan unos años con otros 150.000 quintales, que van a Francia, Inglaterra, Génova y Venecia.

La sosa es una especie de barrilla que emplean las jabonerías francesas e inglesas. En el reino de Valencia se cosechan unos 25.000 quintales de sosa. El algazul es una tercera clase de barrilla, de la que se cosechan cuatro mil quintales, que pasan en su mayor parte a Marsella. Y finalmente, el solicor, cuarta especie de barrilla; es silvestre y se emplea en las vidrierías de Francia, Inglaterra e Italia.

El aceite es una de las producciones más abundantes del reino de Valencia, pero sólo está permitido exportarlo a bajo precio. Está considerado como de sabor y olor poco agradables, y por lo general merece su reputación, aunque algunos propietarios, a fuerza de precauciones y cuidados, consiguen hacer un aceite muy admisible.

Los valencianos tienen bastante habilidad para sacar partido de todos los productos de su suelo. Disponen de una tierra con la cual hacen los llamados azulejos de varios colores, que sólo se fabrican allí. Los emplean para revestir suelos y paredes y pintan en ellos muy varios asuntos.

El esparto, aun siendo una de las producciones más humildes de la región, es de gran utilidad para sus habitantes, que fabrican con él numerosas esteras y cordajes. Antiguamente se llevaba gran cantidad a los puertos franceses del Mediterráneo. La exportación fue prohibida en 1783. Se reclamó contra esta prohibición, alegando que no era posible consumir en la región todo el esparto que produce; por lo cual permitió el Gobierno algunas exportaciones importantes a los puertos de Tolón y Marsella, donde es muy usado en astilleros y arsenales.

La laboriosidad de los valencianos emplea hasta el áloe, planta parásita que sólo parece destinada para ornato y setos vivos de las haciendas. De sus hojas largas y extraordinariamente espesas sacan una fibra con que fabrican riendas. Las abundantes cosechas de naranjas, limones, uvas, higos y, sobre todo, vinos y aguardientes, les permiten una inmensa exportación.

Entremos ahora en la ciudad y veamos lo que tiene de notable.

Su Lonja es un vasto edificio donde se reúnen los comerciantes y fabricantes, y el asunto principal, casi único, de
sus negociaciones y tratos es la más valiosa producción del país: la seda. Las artes y las letras suelen ser poco cultivadas en las ciudades fabriles y comerciales. Sin embargo, Valencia cuenta con una biblioteca pública, la del arzobispo, que contiene incluso una colección de estatuas y bustos antiguos.

El último arzobispo de Valencia, cuya austeridad de costumbres le hacía enemigo de todos los placeres profanos, consiguió que el teatro de Valencia fuese derribado y se edificasen casas en el terreno que ocupaba. Muerto el arzobispo, los aficionados al arte escénico preparan una nueva sala de espectáculos bajo la dirección de Fontana, hábil arquitecto que hace algunos años fue llamado a Madrid para contribuir a los trabajos de adorno del palacio real.

La Capitanía General resulta más notable por su magnífico emplazamiento que por su arquitectura. Es un antiguo y enorme edificio situado en el mejor barrio. Entre los muros de la ciudad y los arrabales de extramuros se extiende por este lado una larga explanada a la que se llega por cinco puentes sobre el Guadalaviar. Si la corriente llenara el cauce, difícil sería imaginar perspectiva más hermosa; pero llega a Valencia agotada por los abundantes tributos que paga en su recorrido, ya que antes ha contribuido al riego de la feraz comarca.

El sistema de riegos es admirable. Las diversas sangrías que hacen al río originan varios canales o acequias que esparcen su benéfico influjo por todas las haciendas. Cada propietario sabe de antemano el día y la hora en que le corresponde recibir la bienhechora visita. Entonces abre su esclusa y el agua se introduce por los canalillos que bordean sus campos; canalillos que está obligado a limpiar semestralmente. Hay cuatro acequias que se nutren con agua del Guadalaviar. La principal es la que empieza en Gestalgar y se llama de Moncada, pueblo a cuatro leguas de Valencia, donde tiene su sede la oficina de esta acequia; pues en este reino los riegos son objeto esencial de la Administración. Hay en la capital un tribunal encargado de hacer ejecutar las leyes relacionadas con el riego y castigar sus infracciones. Celebra sus juntas en el atrio de la catedral, y a pesar de la rústica sencillez de sus miembros, todos ellos labradores, sabe muy bien hacerse respetar. Este riego periódico tiene sin duda grandes ventajas. Conserva el frescor y la fertilidad, multiplica las cosechas hasta el punto de que la tierra esté constantemente cubierta de frutos. Los de las moreras se recogen hasta tres veces al año; las praderas de trébol y de alfalfa se siegan ocho y hasta diez veces.

No contenta la tierra con alimentar los olivos y moreras, produce aún a su sombra fresas, cereales y legumbres. Pero el riego normalizado tiene bastantes inconvenientes. La fertilidad provocada no da a los frutos la substancia que reciben cuando los produce la tierra con sus condiciones. Por esto los alimentos son en general en Valencia mucho menos nutritivos que en Castilla. La abundancia de agua que de tal modo desnaturaliza los vegetales parece extenderse también al reino animal. La malignidad ha ido aún más lejos y ha inventado estos versos españoles que apenas si permito transcribir: En Valencia la carne es hierba, la hierba es agua, los hombres son mujeres y las mujeres nada.

En las cercanías del Guadalaviar están los más bellos paseos de Valencia: la Alameda, Monteolivete y el camino de El Grao, pueblecito situado a la orilla del mar, a media legua de la ciudad.

Durante mucho tiempo, Valencia no ha tenido más puerto que la pobre rada que hay enfrente de El Grao. Las embarcaciones pequeñas quedaban a media legua de la corte y casi nunca se aproximó ni a esa distancia un navío de tres palos. Hacían la descarga trasladando las mercancías a lanchones que se acercaban a la orilla y eran después remolcados por bueyes hasta la playa. A Valencia sólo le faltaba un puerto para ser una de las ciudades más prósperas de España. Desde hace cuatro o cinco años se ocupan de que lo tenga. Un hábil ingeniero, discípulo de don Tomás Muñoz, ha sido encargado de la obra. Todo ha contribuido a su éxito: la protección especial del nuevo capitán general de la región, don Luis de Urbina; las aportaciones voluntarias de los mercaderes y fabricantes; un anticipo de cinco millones de reales hecho por el Banco de San Carlos. El nuevo puerto tendrá dieciocho pies de profundidad y podrá albergar incluso fragatas. Para construirlo no excavan el lecho de la playa, sino que elevan el agua del mar artificialmente, como se hizo para el puerto de Cherburgo. El de Valencia quitará importancia al de Alicante.

Antes incluso de que se pensara en construir el puerto no había nada tan risueño como el camino de Valencia a El Grao, pero este pueblecito sólo estaba habitado por pescadores y la playa contigua por el lado norte sólo tenía modestas barracas. Al consumir un incendio la mayor parte de ellas han sido sustituidas por lindas casitas uniformes, de modo que resultará una linda población nueva.

Para sentir la admiración que merecen la ciudad y la huerta deben contemplarse desde  lo alto de Micalet, torre unida a la catedral. La ciudad parece construida en el centro de un inmenso vergel, sembrado por infinitas barracas. Aparece del Guadalaviar la perezosa corriente, y la Albufera, lago en comunicación con el Mediterráneo por un canal muy estrecho. Abundan en la Albufera las aves acuáticas, cuya caza es para los valencianos un placer casi embriagador. Se lo permiten sobre todo dos veces durante el mes de noviembre. En esta época el lago está poblado de cercetas, pollos de agua y varias clases de patos silvestres. Los cazadores, subidos en barcas, los persiguen y los obligan a buscar asilo en los rosales; por fin, cercados muy estrechamente, alzan el vuelo por bandadas, y entonces es cuando se les dispara a placer. La Albufera pertenece al rey, que la tiene arrendada en doce mil piastras. El arrendatario autoriza mediante un pago las cacerías, y esta especulación resulta más lucrativa que muchos negocios.

La catedral de Valencia es un edificio más elegante que majestuoso, cuyas paredes están estucadas y enmarcadas por varillas de oro. Entre otros buenos cuadros, contiene algunos de Juan de Juanes, uno de los mejores pintores españoles de segunda categoría. También es muy elogiado el Temple, iglesia moderna de gusto sencillo y noble, y el Colegio del Patriarca, cuya iglesia sería hermosa si no estuviese tan ahumada. En otras iglesias hay también cuadros de Juan de Juanes, Ribalta y Llorente, los tres pintores valencianos más famosos.

Lo que distingue sobre todo a la ciudad y al reino de Valencia es el trabajo de sus fábricas. Las de paños contribuyen mucho a la prosperidad de este reino, sobre todo las manufacturas de Onteniente, Concentaina y Alcoy. Elaboran estas fábricas la mayor parte de las lanas de la comarca, que, a pesar de su calidad inferior, dan muy buenos paños corrientes y son muy buscadas por las manufacturas del Languedoc. Pero son mucho más importantes las manufacturas de seda. Hace doce o quince años se producía mucha más de la necesaria, por lo cual no era razonable que el Gobierno pusiese tantas trabas a la exportación. Ahora que el número de telares es casi doble de entonces, la prohibición de exportar las sedas está motivada. Incluso han de importarlas de Italia y a veces de Francia, como ocurrió en 1784, en cuyo año hubo muy mala cosecha. Los progresos de la fabricación han alentado en estos últimos tiempos la plantación de moreras. En donde se cultivan prosperan. Hace algunos años había aún entre Valencia y Murviedro un terreno vasto, seco y estéril llamado el Arenal. Ahora lo cubren las moreras. Los propietarios han multiplicado este cultivo en sus haciendas. Se me ha dicho de uno que cosecha anualmente hasta veinte libras de semillas de gusanos de seda y tiene moreras bastantes para poder alimentarlos sin ayuda de nadie; y es corriente ver propietarios que tienen cinco, seis y siete libras de semillas. Conviene advertir que todos estos árboles son de fruto blanco, mientras en otras provincias, como, por ejemplo, en el reino de Granada, la mora es negra y los gusanos que se alimentan de sus hojas producen una seda algo inferior.

Las sedas de Valencia, por su finura, son comparables a las mejores de Europa, pero el hilado es aún deficiente, pues esta operación se reparte entre millares de manos que no trabajan de igual manera, lo que origina desigualdad en los tejidos. Hay que reconocer, sin embargo, que el arte de prensar las telas tiene tanta perfección en Valencia como en cualquier otro país de Europa, gracias a un valenciano, fabricante muy emprendedor, que sorprendió este secreto de los pueblos orientales en un viaje que hizo de propósito a Turquía. Se llamaba don Manuel Foz.

La Sociedad patriótica de Valencia contribuye mucho, desde hace algunos años, al progreso industrial. Ninguna de estas sociedades se ha ocupado con mayor continuidad y buen éxito de las instalaciones útiles; alienta el cultivo de las moreras y los perfeccionamientos en la preparación de sedas; adjudica premios a los inventores de maquinaria que simplifique los procedimientos industriales. Las Sociedades patrióticas de España son una institución moderna que sin haber alcanzado aún su perfeccionamiento, estimulan ya la iniciativa pública.