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Durante el buen tiempo (y decir esto en Valencia es decir casi todo el año) resulta delicioso recorrer las cercanías de la capital. Numerosas y lindas viviendas campesinas llaman la atención del viajero. Sobre todo es digno de atención el pueblo de Benimaclet, a media legua de Valencia. Allí, como en cien lugares más del reino, se puede comprobar que no se alejaba mucho de la verdad aquel sueco, persona de mucho ingenio y delicado gusto, a quien conocimos como embajador de su corte en Francia, que decía: «En este dichoso país todo se olvida; ya no tiene uno aquí patria ni negocios, ya no es marido, ni padre, ni amigo, sólo es un ser aislado de sus semejantes y que se embriaga con las bellezas naturales y A un cuarto de legua de Benimaclet hay otro pueblo más elevado, el de Burjasot. Además del sepulcro de la Ladvenant, célebre actriz, la Le Couvreur española, más afortunada que la francesa, por haber encontrado sin dificultad un asilo a la sombra de los altares, enseñan al viajero, como una de las curiosidades del país, los silos, que son enormes agujeros de veinticinco a treinta pies de profundidad, excavados en forma de grandes toneles y revestidos interiormente con piedra de sillería. Los moros los construyeron para guardar sus granos; los labriegos actuales continúan utilizándolos.

Muchos parajes más atraen las atenciones de los viajeros. Si quieren ver un hermoso convento de franciscanos visitan el de San Miguel de los Reyes; también se les propondrá la visita a tres cartujas próximas a Valencia, situadas en parajes encantadores. Una de ellas sobre todo, la de Porta Coeli, merece particular mención. Allí, todo tiene indicios de abundancia y todo contribuye a la paz del espíritu. Por mucha aversión que inspire la vida ,monacal, no se deja de sentir profundo interés hacia la vida solitaria y silenciosa de aquellos hombres que no desatienden los beneficios que la naturaleza prodigó en torno a su retiro y que, austeros pero no adustos, practican a un tiempo tranquilamente la devoción y el trabajo. He visitado algunas de sus celdas, cuyo único adorno es la limpieza y la elegante sencillez. Vi también su cementerio, cuyo modesto recinto está circundado por palmeras  que cubren con su sombra las sepulturas, por encima de las que se entrecruzan los rosales, como si quisieran impedir que la putrefacción cadavérica infectara el aire.